Por Fernando Lizama Murphy
El 11 de abril de 1957, cuando regresaba a su hogar en el barrio El Palomar de Buenos Aires, Ante Pavelic fue víctima de un nuevo atentado contra su vida. De los anteriores había resultado con más susto que lesiones, pero en este caso las balas de los agresores fueron más certeras y lo dejaron mal herido. La familia, temerosa de que buscasen la manera de finiquitar la tarea, lo trató en forma privada, lo ocultaron en Chubut y cuando pudieron, amparados en una identidad falsa que probablemente les otorgó el gobierno argentino, lo trasladaron a Madrid. La única condición que puso el gobierno de Francisco Franco para recibirlo fue “discreción”. En medio de la Guerra Fría, a nadie le resultaba cómodo ser el anfitrión de uno de los criminales de guerra más buscados desde el término de la Segunda Guerra Mundial.
Nunca se recuperó bien de las lesiones y el 28 de diciembre de 1959 fallecía en el Hospital Alemán de la capital española. Está sepultado en el cementerio San Isidro.
Así terminaba la vida de uno de los dictadores más despiadados que conoció el siglo XX.
