Por Fernando Lizama Murphy
El 11 de abril de 1957, cuando regresaba a su hogar en el barrio El Palomar de Buenos Aires, Ante Pavelic fue víctima de un nuevo atentado contra su vida. De los anteriores había resultado con más susto que lesiones, pero en este caso las balas de los agresores fueron más certeras y lo dejaron mal herido. La familia, temerosa de que buscasen la manera de finiquitar la tarea, lo trató en forma privada, lo ocultaron en Chubut y cuando pudieron, amparados en una identidad falsa que probablemente les otorgó el gobierno argentino, lo trasladaron a Madrid. La única condición que puso el gobierno de Francisco Franco para recibirlo fue “discreción”. En medio de la Guerra Fría, a nadie le resultaba cómodo ser el anfitrión de uno de los criminales de guerra más buscados desde el término de la Segunda Guerra Mundial.
Nunca se recuperó bien de las lesiones y el 28 de diciembre de 1959 fallecía en el Hospital Alemán de la capital española. Está sepultado en el cementerio San Isidro.
Así terminaba la vida de uno de los dictadores más despiadados que conoció el siglo XX.
Respecto a quién fue el responsable del atentado, la versión más difundida habla de agentes yugoeslavos enviados por el mariscal Tito. Pero la hija del difunto, asegura que fueron los mismos croatas que lo acompañaban en el exilio, para seguir ellos adelante con el proyecto de su líder.
Nació Ante Pavelic en Bradina, ciudad de la actual Bosnia- Herzegovina, en julio de 1889, cuando ese territorio era parte del imperio austrohúngaro. Formado en la religión católica, desde muy joven le inculcaron un resentimiento en contra de los serbios, en su mayoría ortodoxos. En 1918 se graduó de abogado en la Universidad de Zagreb y ese mismo año las naciones victoriosas de la Primera Guerra Mundial deciden desmembrar el Imperio austrohúngaro, creando una nación en la que fusionan, contra su voluntad, a varias etnias balcánicas (Bosnios, Croatas, Eslovenos y Serbios) convirtiéndola en un reino en el que asume como monarca Alejandro I, reino al que bautizó como Yugoeslavia.
Desde un comienzo los croatas se opusieron a esta fusión y reclamaron su independencia. Muy pronto Pavelic se integró a un grupo nacionalista que perseguía este fin, porque además, cada una de las naciones, sobre todo croatas y serbios, buscó imponer su hegemonía al resto de los miembros de esta coalición forzada, en cuyo gobierno predominaban los serbios, con el consiguiente malestar de los otros integrantes. La imposibilidad de gobernar en armonía empujó a Alejandro I a tomar el poder total, convirtiendo su monarquía en absoluta, más parecida a una dictadura.
Los nacionalistas croatas, que no estaban dispuestos a someterse a este sistema, a instancias de su líder Ante Pavelic comienzan una guerra de guerrillas, amparados por el gobierno italiano de Benito Mussolini, que le brinda apoyo casi incondicional, y ejecutada por los “ustachas”, un grupo paramilitar organizado por el líder para crear, a como diera lugar, la anhelada patria croata al margen de Yugoslavia. Las acciones de los ustachas llegan a su punto culminante con el asesinato del rey Alejandro I en Marsella, el 9 de octubre de 1934.
Los ustachas, creados por Pavelic en Zagreb, en enero de 1929, surgen como una reacción al asesinato del líder croata Stjepan Radić en el parlamento de Belgrado y se convirtieron, ─con el paso del tiempo y con el beneplácito de los gobiernos de Italia, Alemania y de una parte de la iglesia católica, que vio con buenos ojos el afán de imponer su credo por sobre el ortodoxo que practicaban los serbios─ en una minoría dispuesta a lograr a cualquier precio la independencia de su país. A medida que fueron ganando poder, los ustachas se fueron transformando en un ente sanguinario que no trepidaba en ultimar a todo aquel que se opusiera a sus afanes.
Hasta su llegada al poder, nunca fueron un grupo numeroso, pero se hacían notar por la violencia de sus manifestaciones que, como dijimos, llegaron hasta asesinar al rey y en el mismo atentado, al Ministro de Asuntos Exteriores francés Louis Barthou, además de tres espectadores. Pese a que el asesinato fue perpetrado por un sicario, la justicia francesa no tardo en descubrir detrás la mano de los ustachas y condenó a Pavelic a la pena de muerte como autor intelectual del magnicidio.
Pavelic, refugiado en Italia recibió la noticia de su condena, pero Mussolini negó su extradición. Esta era la segunda vez que el croata era condenado a la pena capital. Antes, el mismo rey que él mandara a asesinar, lo condenó a muerte por sus acciones terroristas. Entonces también recibió la protección del Duce.
Cuando, el 24 de marzo de 1941, las tropas de Hitler invadieron Yugoslavia, el Führer autorizó la creación de la República de Croacia y nombró a Pavelic, que se alineó de inmediato con el eje, como gobernante. Mile Budak, el flamante ministro de Educación y Cultura, en cuanto asumió dejó claro los objetivos del nuevo gobierno: “Para las minorías como serbios, judíos y gitanos, tenemos tres millones de balas”.
Poco tiempo después de asumir el gobierno, Pavelic, ─que, emulando a sus ídolos que se hacían llamar el Duce y el Führer, se autoproclamó el Poglavnik (algo así como “líder iluminado”)─ no controlaba militarmente el país, en manos de los ejércitos alemán e italiano, pero sí a los ustachas que, ensoberbecidos por el poder, iniciaron la persecución implacable contra serbios, judíos y gitanos, transformando su misión en una especie de cruzada para lograr que se convirtieran al cristianismo. Esto al comienzo atrajo las simpatías del Vaticano y de la jerarquía de la iglesia croata. Pero ese era solo un pretexto, porque muy pronto comenzaron a ejecutar a sacerdotes que se oponían a los abusos y a serbios y judíos convertidos.
Pese a todo, una parte de la iglesia croata y del Vaticano, nunca le quitó su apoyo.
Al final y como suele ocurrir, el expolio a los vencidos se transformó en uno de los principales motivos de la causa. La casta gobernante se enriqueció a costa de los abusos cometidos en contra de sus “enemigos”, que no eran otros que aquellos “extranjeros” que vivían desde siempre en territorios controlados ahora por los croatas, la etnia dominante.
Los sobrevivientes a estas matanzas que eran tomados prisioneros, iban a parar a alguno de los 25 campos de concentración que se instalaron en el país, siendo Jasenovac el más grande y siniestro. Algunas de las atrocidades cometidas, como quemar vivos hijos o violar hijas frente a sus padres, o abrir el vientre de madres embarazadas para matar a los nonatos antes de asesinarlas, escandalizaban incluso a los propios nazis.
Se estima en un millón las personas ultimadas durante los cuatro años que duró este régimen perverso. El general alemán Edmund Glaise von Horstenau escribió en su diario:
“Los ustachas degollaban cientos de personas a ambos lados del río Sava. Nosotros difícilmente soportábamos los gritos de hombres mujeres y niños”.
En 1945, cuando cayó Alemania y las tropas de Tito comenzaron a invadir Yugoslavia con la instrucción precisa de exterminar a toda la elite gobernante en Croacia, la cúpula del régimen, junto a algunos sacerdotes, logró huir a países vecinos. Pavelic consiguió refugio en un convento franciscano de El Tirol austriaco durante unos meses, desde donde, en 1946, lo trasladaron a Roma disfrazado de monje, ocultándolo en el Colegio san Jerónimo. Todo amparado por la iglesia católica, donde el croata tenía muy buenos vínculos.
Pese a su falsa apariencia, los aliados sabían de su lugar de reclusión, pero no hicieron nada por capturarlo. Lo consideraban un anticomunista y esa condición, en medio de la tensión existente con la Unión Soviética, hizo que se desentendieran de él y de muchos otros criminales de guerra.
A fines de agosto de 1947, con pasaporte falso emitido por la Cruz Roja Internacional, con un nuevo nombre, Pal Aranyos y con nacionalidad húngara, logró trasladarse a Buenos Aires a bordo del barco de bandera italiana Sestriere. En la capital argentina fue recibido, primero, por el médico personal de Juan Domingo Perón, el doctor Brankon Benzon, croata, y luego por el Obispo Miguel de Andrea, de abierta simpatía por el fascismo. Seis meses antes, también con pasaporte falso, había llegado a la Argentina la esposa. Posteriormente lo hizo su hija con su marido.
Aunque Juan Domingo Perón trataba de mantener una buena convivencia con los aliados, desde que conoció a Benito Mussolini y su gobierno cuando ejerció como Agregado Militar de la Embajada Argentina en Roma, mostró simpatía por el fascismo. Ahora, como presidente de su país no dudó en acoger a Pavelic y a sus seguidores a quienes les dio la protección necesaria para que, supuestamente, iniciaran una nueva vida. A muchos de ellos se les dio trabajo en la administración pública, en las universidades y se les concedieron contratos con el gobierno.
Pero Pavelic, que no podía aceptar que Croacia, el país creado por él después de tantas luchas, despareciera tan prontamente bajo las garras del comunismo, organizó el Gobierno Croata en el Exilio, presidido por él y conformado Vjekoslav Vrancic, además de otros ustachas que lograron cruzar el océano, a los que apoyaron grupos de fascistas locales de una organización llamada Agrupación Croata del Movimiento Peronista. Según estimaciones, unos 20.000 croatas seguidores del régimen de Pavelic se asentaron en Argentina poco tiempo después de su caída y muchos de ellos continuaron siendo fieles a los mandatos de su líder, con mayor o menor grado de compromiso con la causa. Otros llevaron una vida paralela, trabajando como uno más en el país que los acogiera y también los hubo que se dispersaron por la extensa geografía argentina, para dedicarse a trabajar, ajenos a los designios de los líderes.
El compromiso del peronismo con Pavelic y los ustachas fue sin recato. De partida, recién llegado fue recibido de manera especial, sin pasar los controles aduaneros y trasladado por el doctor Benson en un automóvil de la presidencia. Además se le entregó una casa, de propiedad del gobierno argentino, en el barrio El Palomar, en Buenos Aires, desde donde, además de residir, dirigía su gobierno. Lo protegía un incondicional: Dinko Sakic, que actuaba como guardaespaldas, dueño de un enorme historial de crímenes mientras estuvo a cargo del principal campo de prisioneros del régimen.
Pero no fueron los únicos líderes del gobierno de Croacia que llegaron a la Argentina, también lo hicieron, entre muchos otros:
-Anton Elez, ayudante de Sakic en Jasenovac. Vivió con su misma identidad en Córdoba, hasta julio de 1985, cuando fallece de muerte natural. Nunca fue juzgado por sus crímenes.
-Vladimir Kratch, jefe de la fuerza aérea croata
-Radomil Vergovitch, a cargo de la policía estatal.
-Josep Tomlianovich, general del ejército ustacha
-Gorg Vrantich, jefe de la policía secreta.
A Stjepan Hefer, Ivan Asancaic y Josip Markovic, les cupo el “honor” de hacerse cargo del Movimiento Libertador Croata, que organizó el líder antes de trasladarse a España.
Desde Argentina y desde Valencia, España, ─donde creó un centro de operaciones a cargo de Vjekoslav Luburic, un ustacha tristemente célebre por los despiadados asesinatos cometidos durante su paso por el campo de concentración de Jasenovac,─ dirigió su gobierno en el exilio. Desde la oficina valenciana, que funcionaba bajo la fachada de una imprenta y amparada por el franquismo, los croatas se dedicaron a hacer la guerra en contra del gobierno del mariscal Tito, atentando contra líneas férreas, poniendo bombas en distintas reparticiones estatales, incluso en una sala de cine en Belgrado donde murieron varias personas, además de ataques a embajadas yugoeslavas en otros países y otras formas de lucha subversiva que llevaron al gobierno de Yugoeslavia a solicitar en dos oportunidades a la Argentina, la extradición del jerarca croata. En 1951 fue el gobierno de Perón y en 1957 el de Aramburu los que la negaron, en ambos casos argumentando que no existía nadie de nombre Ante Pavelic en el país.
Sin embargo los refugiados croatas en Argentina se permitían celebrar fiestas de su nación en la vía pública y hacer otras manifestaciones sin que el gobierno del país hiciese nada por evitarlo, pese a los reiterados reclamos de diplomáticos yugoslavos.
La principal labor y tal vez el mayor éxito conseguido por el líder croata fue crear grupos de ustachas en los diversos países y continentes en los que buscaron refugio luego de huir de su país. Muchos de ellos se asentaron en los Estados Unidos, otros en Europa, Sudamérica, Australia, y en muchos de ellos prevalecía el deseo de conservar esa patria que habían logrado con Pavelic a la cabeza, aunque para conseguirlo se hubiese sometido a los caprichos de los líderes del eje durante la Segunda Guerra Mundial, incluso cediendo territorios a Italia como ocurrió con parte de Dalmacia, y se hubiese asesinado a miles de inocentes.
Para financiar su incipiente organización Pavelic necesitaba recursos. Pero los tenía. Al huir de Zagreb él y sus adláteres desvalijaron las arcas del país, llevando todo el oro que pudieron. Además, desde que comenzaron con la persecución de sus enemigos étnicos, antes de ejecutarlos y con la promesa de perdonarles la vida, los obligaban a ceder propiedades y riquezas al gobierno, por lo que de recursos disponían en abundancia. Posteriormente fijaron cuotas a los croatas que tenían negocios en diversas partes del mundo y a los que se negaban a colaborar, los sometían a distintos tipos de castigos, incluso la muerte.
Por todo eso, tenían enemigos en todas partes. En 1969 en España fue asesinado Luburic, el encargado de la oficina de Valencia, pero ni con su muerte ni la de Pavelic dejaron de existir los ustachas. Como se habían internacionalizado, distintas facciones continuaron operando desde diversos lugares del mundo, siempre luchando contra el régimen de Tito y cuando éste murió y en 1991 comenzó la sucesión de guerras en Yugoeslavia en la que cada uno de los pueblos que integraban esa nación nacida a la fuerza, quisieron autonomía, los ustachas aportaron con armamento, voluntarios y otros recursos a la causa croata.
Dinko Sakic continuó operando desde Paraguay, aunque parte del Movimiento de la Resistencia Nacional Croata lo consideraba un comunista infiltrado. Incluso lo acusaban de enriquecerse con la venta de pasaportes falsos.
Ignacio Montes de Oca, autor de Ustashas: El ejército nazi de Perón y el Vaticano, afirma en su libro.
“Tampoco la muerte de Pavelic en diciembre de 1959 y la de Luburic en abril de 1969 frenó las operaciones de la red croata. Los ustashas iban a engrosar su prontuario con decenas de ataques terroristas: el derribo o secuestro de al menos cuatro aviones, la colocación de bombas en embajadas o empresas yugoslavas en varias ciudades europeas, una brutal campaña de asesinatos de croatas exiliados que se negaban a aportar dinero para la causa y, por supuesto, la muerte de decenas de funcionarios yugoslavos dentro y fuera de Croacia. Hacia 1970, las células ustashas funcionaban de manera autónoma y suponían un grave problema para los servicios de seguridad de los países en donde operaban”.
A pesar de que no existen pruebas concluyentes, se estima que los ustachas estuvieron detrás del ataque terrorista a un avión de la línea aérea serbia JAT en 1972 en el que murieron 27 pasajeros. Incluso se los menciona como posibles autores de un ataque contra la estatua de la Libertad, en Nueva York. Y como se puede ver en lo señalado en su libro por Montes de Oca, también se les acusa de otros ataques a aeronaves y de muchos más atentados.
Este mismo autor afirma que en 1993, en Argentina se contrataron mercenarios para que fuesen a luchar por la causa croata en las guerras balcánicas, como también fueron ustachas como voluntarios y en el 2001, durante el gobierno de Carlos Menem, quedó al descubierto el tráfico ilegal de armas a Croacia, en el que en sus comienzos estuvo involucrado el que para entonces ya estaba extraditado Dinko Sakic, junto a otros dos perseguidos por la justicia yugoeslava, Ivo Rojnica y Domagog Petric.
Fue también durante el gobierno de Carlos Menem, en 1998, cuando la justicia argentina autorizó la extradición de Dinko Sakic y de su mujer Nada Luburic de Sakic.
Con el fin de la guerra de los Balcanes y la creación de la República de Croacia, se habría cumplido el objetivo para el que Ante Pavelic creó los ustachas y desde entonces habrían dejado de operar.
Pero existen investigadores, periodistas y organismos internacionales que continúan buscando la verdad con respecto a lo ocurrido en los oscuros años del gobierno de Pavelic en ese país y de los crímenes que este líder, a través de la siniestra mano de los ustachas, cometió, tanto durante la Segunda Guerra Mundial como antes y después de ese conflicto.
Por otra parte y como suele ocurrir, a muchos de estos asesinos masivos hay sectores de fanáticos que los convirtieron en un mito y les rinden culto, pensando que la actividad que desarrollaron fue en bien de la humanidad o de la causa que defendían. Ante Pavelic es uno de ellos. En su tumba en Madrid, no faltan las flores y otros elementos para homenajearlo.

Para saber más
-Montes de Oca, Ignacio – Ustachas, el ejército nazi de Perón y el Vaticano
Editorial Sudamericana
-Goñi, Uki ─ La auténtica Odessa – Ediciones Paidos
-Hernández, Miguel – Ustachas en Argentina
Revista Historia Hoy
Consultado mayo 2024
–Eduardo Anguita y Daniel Cecchini – Los nazis protegidos por Perón y Aramburu que instalaron un “gobierno” en Buenos Aires y armaron una red terrorista internacional
Revista Infobae
Consultado mayo 2024
-Montes de Oca, Ignacio – «Ustashas», la organización terrorista que funcionó desde Valencia una década antes del nacimiento de Bin Laden.
Diario ABC – Historia
Consultado mayo 2024
-Israel Viana – Pavelic: el carnicero fascista de Croacia que horrorizó (incluso) a Hitler y está enterrado en Madrid
Diario ABC Historia
Consultado mayo 2024
Fernando Lizama Murphy
Mayo 2024







