GEMELOS

(CUENTO) Por Fernando Lizama-Murphy

niños caminoNacimos el mismo día desde el mismo vientre. A mí los vientos de Playa Ancha me arrastraron al mar; él prefirió la relativa quietud de una oficina bancaria. Yo opté por los amores fugaces, de esos cuyas huellas se borran como pisadas en la arena; él armó una hermosa familia con su mujer y sus tres hijos.

Él descansa en el féretro en medio de la iglesia; yo, que pasaba por aquí, como dicen las visitas inesperadas, contemplo su cuerpo en eterno reposo. Es tanto nuestro parecido que creo estar viéndome a mí en ese macabro sitio. Como si el vidrio que lo separa fuese un espejo. Y preferiría que así hubiese sido, ser yo el que ocupara ese lugar. Para mí las responsabilidades terminan en cuanto el barco atraca, pero él aún no concluía su tarea.   Seguir leyendo “GEMELOS”

REENCUENTRO CON ARTURO (Segunda parte)

funeralPor Fernando Lizama-Murphy

Inquieto, nervioso, angustiado, me faltaban calificativos para definir mi estado de ánimo durante los días siguientes. Incapaz de hacer nada, en la oficina me limitaba a calentar el asiento. Por supuesto permanecí atento a lo que ocurría con el crimen del ejecutivo que tenía conmocionada a la ciudad. Por eso supe que una semana después, luego de los peritajes del Instituto Médico Legal, entregaron el cadáver de Arturo para su sepultación. El informe pericial que apareció en la prensa roja hablaba de “muerte con arma corto punzante en la zona toráxica. Se perciben cuatro heridas…”. La conclusión policial hablaba de asesinato con arma blanca y motivo, el robo. Aunque yo no tomé ninguna pertenencia del finado, encontraron el cuerpo casi desnudo. La empresa en la que él trabajaba se hizo cargo del funeral, al que asistí pensando en camuflarme entre la multitud que esperaba encontrar, pero éramos tan pocos, que resulté muy visible para todos. Sospeché que los que ocupaban la última corrida de asientos, como en la tele, eran policías buscando al asesino entre los asistentes, por lo que me acerqué hacia el altar y tomé asiento en la tercera fila.

Estaba inquieto. Me sentía cubierto de miradas de reproche, como si todos supieran que se encontraban ahí despidiendo a Arturo por mi culpa.

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Reencuentro con Arturo (Primera Parte)

CallejónPor Fernando Lizama-Murphy

Esto de la tecnología me permitió reencontrarme con mi amigo Arturo, del que me distancié, por eso de los caminos de la vida, hace casi cincuenta años.

Con Arturo éramos compañeros de curso, vecinos e íntimos amigos además, igual que nuestros padres. Compartimos travesuras, alegrías y tristezas y tal vez continuaríamos juntos si la presencia de Olivia no hubiese interferido en nuestra amistad. Olivia me volvió loco en plena adolescencia y ─me imagino que sin proponérselo─ me obligó a alejarme de Arturo.

Trastocó el orden de mis prioridades un embarazo completamente ajeno a nuestros inexistentes planes y la presión de los padres para que nos casásemos, me obligó a bajar del tren que me trasladaba al futuro. Arturo continuó su camino e ingresó a la universidad para estudiar ingeniería. Se tituló y desapareció del barrio y de mi vida con un contrato para trabajar en el extranjero. Mi padre, desilusionado, me consiguió con unos amigos un puesto en la administración pública, porque me dijo que, por hacer cosas de adultos, ahora estaba obligado a financiar pañales, leche y medicamentos especiales para un niño que nació con problemas, quizás como consecuencia por el tiempo en que Olivia intentó disimular su panza, usando ropa ceñida.

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EL PANTEONERO DE SAN TEOBALDO

camenterioSan Teobaldo cumplía dos décadas desde su fundación y la población preparaba las celebraciones. Todos alababan el buen ojo de los fundadores; la palabra carencia no existía en el idioma del pueblo. Ni la enfermedad, la muerte, la religión o la policía habían logrado ubicarlo en el mapa.

Pocos día antes de los festejos, quizás emocionado por su proximidad, falleció de un infarto don Custodio Gómez, egregio fundador de San Teobaldo.

Los funerales carecieron del brillo que imponía la importancia del muerto. Primero, porque como no se practicaba ningún credo, no existían presbíteros que pudieran rezar un réquiem por el alma del difunto ni iglesia donde realizarlo. Y segundo, porque la inexistencia de muertos obligó a improvisar un cementerio y a determinar por sorteo el nombre del panteonero, oficio que nadie quería ejercer, menos aún de tan ilustre habitante. Seguir leyendo “EL PANTEONERO DE SAN TEOBALDO”

CONJURO A LAS LUCIÉRNAGAS

niño mapucheLa primera vez le dijo que era el sacristán, la segunda fue el alcalde, luego, un policía, un albañil. Rosalía seguía el juego, sabiendo por la voz y el aliento que era Marcos, su vecino leñador, marido de Edelmira.

Muerta Clara, su madre, Rosalía creció al amparo de sus tíos, mostrando ahora, en la adolescencia, una belleza inquietante. El pelo negro enmarcaba un rostro moreno, armónico, poseedor de unos inútiles ojos ambarinos.

Marcos se ausentaba por semanas, talando en remotos rincones del bosque. A su regreso, dormía días enteros mientras Edelmira recolectaba moras, mosquetas o callampas para contribuir al sustento. Salía ella y él despertaba para cruzar hasta la rústica vivienda de la vecina. Creía engañarla con su burdo camuflaje verbal.

La ciega se dejaba seducir, ajena a las consecuencias de su candidez. Evocaba el suave y tierno cariño materno, pero se entregaba sin resistencia a este hombrón rudo, de manos callosas, simulando desconocer su identidad. Temía perder ese único afecto brutal y por eso guardaba un silencio cómplice. Cuando él dejó de visitarla, Rosalía supuso que fue porque intuyó que en su vientre latía un nuevo corazón. Seguir leyendo “CONJURO A LAS LUCIÉRNAGAS”

DIECISIETE POR CIENTO

Young girl with a scarf Varanasi Benares India_Jorge RoyanLa visito por última vez para contarle que mañana parto para la India, mamá. Sí, a Rajastán, Jaipur para ser más específico. En realidad, no soy yo quien se va. Viaja Juan Andrés Valdés Baldovinos, pero soy yo. En doce años de cárcel se aprenden muchas cosas, entre otras, a falsificar documentos que le abren un sinfín de puertas que la sociedad le cierra de golpe cuando ha estado preso, mamá. Me voy con dinero obtenido de bancos con esos mismos documentos falsos. Porque un ex presidiario no tiene espacio en este país, mamá. No puede trabajar ni tiene posibilidades de ganarse el dinero en forma decente, mamá. La única opción es seguir delinquiendo. Y eso que yo nunca robé ni timé o estafé a nadie, mamá. Estuve preso por causas que en otros sitios ni siquiera constituyen un delito y que son las que me llevaron a elegir Jaipur y no otro destino. Pero mi certificado de antecedentes personales deja constancia expresa de mi condición de delincuente, mami querida. Ese es el candado que me clausura todos los espacios. ¡Ahora sí que soy un malhechor! Ahora que he falsificado documentos para obtener dinero ilícito o un pasaporte para conseguir visa hindú. ¿Antes, mamá? ¡Jamás lo fui! Todo lo que le dijeron fue mentira. Siempre me gustaron las niñas pequeñas y no veo nada malo en ello, mamá… porque yo no las dañaba, mamá. Lo hacía con cariño. Seguir leyendo “DIECISIETE POR CIENTO”

EL SOMBRERO DE LA CONDESA

Se embarcó entre gallos y medianoche, huyendo de su Hungría natal. Cambió su nombre en el camino. Antes, a bordo de un vapor, había enviado a sus parientes de Chile un baúl gigante de alcanfor con lo rapiñado a las arcas de su país, aprovechando el caos de posguerra.

En su patria era una condesa perseguida por la justicia. Acá, una mujer acogida por la elite santiaguina que, omitiendo su pasado, la incorporó a la vida social que tanto agradaba a la folklórica parodia local de la Belle Époque.

Cuando espías de su país la ubicaron en Chile, solicitaron su extradición, aunque sin mucho afán. Era de mal gusto juzgar a un miembro de la nobleza. Las autoridades nacionales pasearon por años entre los escritorios de la cancillería y de los juzgados la petición magyar. Así transcurrió el lustro necesario para que la condesa olvidara sus culpas y retomara, sin tapujos, sus antiguos títulos. Entonces, con mayor razón pasó a ser invitada de honor a todos los eventos sociales. La burguesía local buscaba su cercanía, aunque no faltaran aquellos que la apuntaban con el dedo, pregonando el pasado oscuro de la noble y hermosa dama. Seguir leyendo “EL SOMBRERO DE LA CONDESA”