INTENTO POR RECUPERAR LA ALFORJA

Quinto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Al puerto arribaban naves de banderas extrañas que nunca antes vi y que al preguntar me decían que eran de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Holanda y otras procedencias que no recuerdo, todas tierras que yo creía parte de un mundo de fantasía. Hasta cuando tenía unos diez años creía que la tierra era plana y que empezaba y terminaba alrededor de Vichuquén. El padre Nicodemo fue el que me habló del mundo redondo que existía más allá de los cerros y del mar que rodeaban mi pueblo natal. También me habló de Dios, que había creado todo lo que nuestros ojos podían ver, me conversó de su España natal, del paso por el Río de la Plata y de que el mundo estaba dividido en muchas naciones y que los países poderosos se habían adueñado de los más débiles y que éstos querían ser libres y que por eso luchaban los criollos contra los realistas.

En una de mis salidas con el patrón a entregar unas maderas, vi en la calle a la matrona que la noche de mi llegada al puerto me arrastró al interior de la cantina. Me dio vergüenza contarle a don Simón lo que me había ocurrido, pero quería recuperar mi alforja y, como ya me ubicaba bien en Valparaíso, decidí que regresaría en algún momento para reclamar lo mío. 

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TRABAJANDO PARA DON SIMÓN

Cuarto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Puerto de Valparaíso, J. M. Rugendas.

Entre mis sueños me vi abrazado a la matrona que, a medida que el baile transcurría, sudaba más y más, al tiempo que se despojaba de sus prendas. Yacían en el piso varias enaguas, refajos y otras ropas femeninas que sólo había visto colgadas en los patios de las casas de mi pueblo, mientras los generosos pechos de la hembra, ahora sin más ataduras que un suelto camisón, se sacudían al ritmo de las melodías que las alegres cantoras entonaban y que la concurrencia coreaba o acompañaba con sus palmas o tamborileando en las mesas. Lo que más recuerdo son risas, muchas risas.

Pero el despertar fue muy distinto.

Me puse de pie con muchas dificultades. Mi cuerpo no respondía a las órdenes que mi cabeza, con intenso dolor, intentaba darle. En zigzag caminé hasta el comienzo del callejón donde la luz del sol otoñal me encandiló. Algo repuesto, busqué mi alforja, pero no estaba. Quise volver a la cantina, pero con las puertas cerradas y sin ningún ruido, todas las casas se veían iguales. Entonces me dije que era urgente encontrar a mis compañeros de viaje y comencé a recorrer otra vez el caserío buscando las bodegas que había visto la tarde anterior y donde, con seguridad, don Mamerto entregaría los cueros. Si no era ahí, ¿dónde? Pensaba que una caravana tan grande como la nuestra no podía pasar desapercibida, pero por todos lados se veían yuntas de bueyes arrastrando carretones con mercaderías.

Miraba con atención, más no aparecía nadie conocido, como si se los hubiese llevado el mar. En jinetes que pasaron por mi lado me pareció ver a algún integrante de nuestro grupo, pero me desilusionaba al mirarlo bien. La angustia me tenía abrumado.

El día transcurrió sin que pudiese encontrar a ningún vichuquenino. Para peor, no me quedaba ni un duro en el bolsillo ¡Si ni siquiera tenía la alforja! En un momento pasó por mi lado una carreta cargada con maderas y se detuvo algo más adelante. La conducía un hombre mayor que comenzó a descargarla con mucha dificultad. Le ofrecí ayuda y entre ambos logramos entregar los materiales que portaba.

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VALPARAÍSO

Tercer capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Valparaíso me decepcionó. Toda esa grandeza que describieran los que ya lo conocían me pareció exagerada. Aunque como hasta entonces nunca había salido de Vichuquén y sus alrededores, todo lo que veía, escuchaba u olía me resultaba novedoso, llamativo. La actividad portuaria, con veleros que parecían gigantes al lado de los botes de los pescadores, junto a naves de guerra erizadas de cañones, hacían que el mar pareciera otro mundo.

Pero en tierra reinaba la miseria. Sobresalían unas pocas de esas grandes casas de dos y más pisos de las que hablaban mis amigos, se veían muchas bodegas y gente de otros países conversando en idiomas que yo ni siquiera imaginaba, pero casi todo lo que se pisaba eran excrementos, suciedad, basura en la que escarbaban niños pequeños y decenas de perros. Muchas de las viviendas eran casuchas construidas a la ligera con lo que se encontraba a mano, otras de adobes, igual que las de Vichuquén, pero levantadas sin ningún cuidado, techadas con cartones u otros materiales precarios, que cobijaban a personas pobremente vestidas. Por todos lados se veían redes de pesca y ropa tendida al sol otoñal.

Intentando encontrar ese otro Valparaíso, el descrito por mis camaradas, comencé a recorrer las callejuelas de tierra que se encaraman tortuosas por cerros y quebradas. Caminé solo, porque mis compañeros de excursión, pretextando cansancio, prefirieron permanecer en el rústico albergue que mi tío consiguió para tan numerosa comitiva. Ante mis ojos no estaba el puerto del que tanto había escuchado hablar, que ya creía parte de un mito. Poco a poco me fui convenciendo que existía nada más que en la imaginación de aquellos que lo visitaron alguna vez.

Sólo en una calle pude ver comercios con telas exóticas, productos de ultramar, objetos que no me imaginaba para qué servían, alimentos nunca antes vistos por mí, mujeres voceando sus mercaderías; tropecé con carretas de bueyes, caballos percherones y mulas cargadas hasta la cima. También con algunos elegantes jinetes montando hermosos alazanes, y hasta pude ver a una dama en su coche guiado por palafreneros vestidos con vistosas libreas. Pero todo rodeado de un marco de enorme pobreza.

Estaba realmente perplejo ante a tanta diversidad social. En carretones de tracción humana, personas andrajosas ofrecían pescados, mariscos u hortalizas, niños descalzos mendigaban entre los transeúntes. Y perros, muchos perros. Yo cuidaba el hatillo donde portaba mis pertenencias y la alforja donde guardaba unas monedas, porque me habían advertido de mozalbetes que aprovechaban cualquier descuido para robar.

Buscando esa ciudad de fantasía de la que tanto me hablaron, perdí la noción del tiempo y del espacio. Sólo cuando el crepúsculo anunciaba el fin del día quise regresar a la modesta casucha de adobe en la que mis camaradas descansaban, pero no encontré el camino.

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LUCHANDO CONTRA LOS ASALTANTES

Segundo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

No recuerdo bien qué día fue cuando el tío Gilberto nos mandó a tres jinetes para abrir camino. Durante nuestra andanza, desde un bosque divisamos a la distancia a unas personas. Desmontamos con cautela y, ocultos entre los matorrales, vimos cómo unos hombres empujaban y golpeaban a otros, mientras unas mujeres lloraban, arrastradas por los mismos hombres. Sin duda eran asaltantes que habían cogido una presa y se preparaban para eliminar a los testigos y llevarse a las mujeres. Conmigo estaban Ramón y Eliecer, que era muy amigo mío. Ocultos entre las malezas nos acercamos lo más que pudimos y nuestra sorpresa fue grande cuando vimos al Aurelio entre los bandidos.

En silencio regresamos a nuestras cabalgaduras y de ahí a encontrarnos con la caravana que seguía el paso cansino de los bueyes. Corrimos donde el tío Gilberto y le advertimos sobre lo que estaba ocurriendo a media jornada, y que habíamos visto al Aurelio entre los malos.

─¡Algo me decía que ese gallo no era de fiar! ─respondió el tío, y nos dio instrucciones de montar a todos los jinetes y regresar al lugar donde los bandidos estaban haciendo de las suyas. Dejó cuatro cabalgaduras para escoltar a los boyeros que continuarían avanzando a su paso.

Montados, nos dejamos caer sobre los asaltantes. El tío Gilberto y otro de los jinetes tenían sables heredados de alguna guerra y se abalanzaron a caballo mientras los demás desmontábamos. Entre todos, aprovechando la estupefacción de verdugos y víctimas, corrimos cuchillos, lanzazos y disparos que muy pronto tenían a tres de los malos en el suelo, mientras otros cuatro intentaban huir, excepto uno que tomó a una mujer como escudo y amenazó con degollarla si nos acercábamos. El hombre no se percató de que por su espalda se acercaba el tío Gilberto con su sable, quien de un sólo corte casi le arranca la cabeza. Yo creo que no se dio cuenta que estaba muriendo. El otro con el que el tío Gilberto no tuvo piedad fue con el Aurelio, que atado de manos y arrodillado, lloraba. Lo atravesó de lado a lado, cuando yo estaba con él. El tío me dirigió una mirada terrible, que yo nunca le había visto en su rostro de hombre bonachón, antes de decirme:

─Con los traidores y los bandidos, la piedad no existe.

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DEJANDO EL TERRUÑO

Primer capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

En la época en que comienza mi aventura, marzo de 1819, yo tenía dieciséis años. Era un joven robusto de tanto picar leña, de empujar el arado detrás de los bueyes, de encaramarme a los manzanos y a los perales, de tirar las redes en el lago y en el mar. Hoy soy un anciano, la vista y el oído me fallan y también las fuerzas. Lo que les narraré ocurrió hace casi medio siglo.

Me llamo Félix Núñez, soy nacido en Vichuquén, caserío en la costa de Curicó. Hombre de campo, las primeras letras me las enseñó el padre Nicodemo, ayudante del párroco don José Hurtado de Mendoza, pero fue por un tiempo breve porque debí reemplazar a mi padre en las faenas campesinas. Los realistas lo enrolaron por la fuerza durante la Guerra de la Independencia, para luchar contra el cacique Basilio Vilu y nunca más supimos de él.

Cinco años después de su partida, Rosario, mi madre, una mestiza fuerte, sobrina lejana de Vilu, insistía en que su hombre ─como le llamaba─ estaba vivo, porque en sus sueños no le había avisado de su muerte. Ella aseguraba tener un sentido que le permitía, mientras dormía, conocer lo que en verdad ocurría con otras personas que llevaba en su corazón, aunque estuviesen lejos.

─Más que finado, para mí que éste armó casa por allá por donde se fue con eso de la guerra ─solía decir, quizás como una forma de engañar la soledad. Por lo menos, mientras viví a su lado, ella nunca lo dio por muerto, ni vistió de viuda y eso le servía de esperanza y de pretexto para evitar el embate de algunos pretendientes.

Aprendí a leer y a escribir bien cuando fui mayor, que fue también cuando estudié para ser maestro de escuela. Ahora, ya retirado de todo y desde hace un tiempo de regreso en el terruño natal, donde han muerto casi todos aquellos con los que compartí mi infancia y presintiendo cercana mi propia partida, he decidido dejar por escrito aquello que tantas veces relaté a alumnos y vecinos, historias que muchos de ellos, encerrados en este rincón y ajenos al mundo real, creyeron desvaríos de viejo loco. Dijeron que eran sucesos imaginados, pero puedo jurar sobre la tumba de mi santa madre que todo lo narrado ocurrió, porque lo viví en carne propia. 

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LAS PERLAS DE LA CORONA

“¡Oh! Y que bien decía un mercader portugués a quien le vendían unas muy ricas perlas, no las quiero comprar, ni emplear en eso mi caudal, no sea que mañana amanezcan los hombres con juicio, y todo se me pierda.”

Francisco Ximénez, (1666-1722) fraile dominico español.
Autor de “La Historia natural del reino de Guatemala”

“Isla de las Perlas”
Durante su tercer viaje, Cristóbal Colón descubrió la isla de Cubagua, a la que bautizó “Isla de las Perlas” por la abundancia de perlas (1498).

Para nadie es un misterio que, para las potencias europeas, el gran motor de la conquista de América fue la ambición, tanto de riquezas como de territorios. En el caso de España, vino además disfrazada de deseos de extender la fe y salvar a los impíos del fuego eterno.

El oro, la plata, las piedras preciosas llenaban los sueños de los codiciosos conquistadores, que ávidos, no trepidaban incluso en llegar a matarse entre ellos por lograr una tajada mayor de la generosa torta que encontraron al otro lado del océano. Y si eran capaces de asesinarse, es fácil suponer el nulo respeto que sentían por la vida de los nativos.

Pero además del oro, la plata y las piedras preciosas, la llave que abrió la puerta a la codicia fueron las perlas.

La ostra, un molusco bivalvo muy apetecido en la gastronomía fina, es también el “fabricante” de perlas. La forma natural de la producción de esta gema es a partir de un cuerpo extraño que se introduce al interior de la ostra y ésta, como un medio de defensa, comienza a cubrirla lentamente con capas de una secreción de conchiolina con carbonato de calcio, mezcla conocida como nácar, estructurando la perla. Las hay de distintos tamaños, formas y colores, pasando por diversas tonalidades entre el blanco y el negro. En cuanto a las formas, las más cotizadas son las redondas y las lágrimas o peras. El proceso de construcción de una perla puede durar diez años o más y al parecer el tamaño depende del tiempo que permanece dentro del bivalvo.

Según investigaciones de Elizet Payne Iglesias, de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica, que hizo un exhaustivo estudio sobre el tema, existen varias especies de ostras perlíferas o perleras, siendo las más importantes en América la Pinctata imbricata, propia del Caribe colombo-venezolano y la Pinctata margaritifera mazatlánica, que se encuentra en el Pacífico, entre el golfo de California y el Ecuador. Seguir leyendo “LAS PERLAS DE LA CORONA”

PERÓN Y LA FALLIDA INVASIÓN A CHILE

He contribuido con mis escritos aconsejando con tesón al gobierno chileno a dar aquel paso (tomar posesión del Estrecho) porque Magallanes pertenece a Chile y, quizás, toda la Patagonia. No se me ocurre, después de mis demostraciones, como se atreve el gobierno de Buenos Aires a sostener ni mentar siquiera sus derechos. Ni sombra, ni pretexto de controversia queda.

Domingo Faustino Sarmiento en el diario “El Progreso” del 28 de noviembre de 1842.

Perón y Farrell
Perón y Farrell en Buenos Aires.

Juan Domingo Perón regresó desde Italia con claras ideas expansionistas. Al ser observador directo de lo que estaba aconteciendo en la Europa de la preguerra, resucitó en él la idea que surgiera en el siglo XIX en su país, respaldada por personalidades como Domingo Faustino Sarmiento, quien después se desdijo de lo que se publica en el encabezamiento de esta crónica, al escribir, en 1874 a Bartolomé Mitre:

“…te aconsejo que sacudas el alma del pueblo argentino y lo hagas mirar hacia Chile, en especial hacia su extremo sur. Allí, exactamente, está la llave maestra que nos abrirá las puertas para presentarnos ante el concierto internacional como una nación destinada a regir y no a ser regida”.

Fue en esa época, perteneciendo ya a la élite política de su país, cuando sostenía que solo los países bioceánicos podían destacarse en el ámbito internacional.

Siguiendo los postulados de Sarmiento, Perón vio como indispensable la salida de su país al Pacífico para lograr el desarrollo. Además consideraba al resurgimiento alemán como un ejemplo a seguir y se convenció que Argentina estaba predestinada a ser la cabeza de una potencia sudamericana. Si se miraba el mundo desde sus ojos, Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, sería gobernada por Alemania, y nadie discutiría la hegemonía de Estados Unidos en América del Norte, pero en América del Sur no se veía ningún país con la capacidad de tomar las banderas de la unidad, salvo Argentina o Brasil, y por supuesto a él le agradaba la idea de que fuese su nación la que encabezara este proceso en el continente. Seguir leyendo “PERÓN Y LA FALLIDA INVASIÓN A CHILE”

PERÓN, ESPÍA EN CHILE

El único que se escapó de la acción de la justicia fue el principal autor de la trama, el Mayor Perón; pero el recuerdo de su conducta, totalmente reñida con la convivencia internacional, no se ha borrado nunca de la memoria de los miembros del Ejército de Chile”.

Lo que supo un auditor de guerra

Leonidas Bravo
Editorial Pacífico, 1955
Citado por Urbatorivm

Juan Domingo Perón junto al Presidente de Chile Arturo Alessandri Palma y su gabinete
Al centro arriba, Juan Domingo Perón junto al Presidente de Chile Arturo Alessandri Palma y su gabinete.

A partir de 1930 la situación de los países latinoamericanos se complicó, al igual que para el resto del mundo, a raíz de la quiebra de Wall Street. Las economías poco industrializadas, dependientes de productos sin elaboración, pasaron la cuenta a los gobiernos que debieron enfrentar severas crisis sociales.

Según estudios, la economía chilena fue la que más se resintió. Si en 1928 creció casi un 15%, en 1932 se contrajo un -11%. Para Argentina las cosas no iban mucho mejor, tanto que José Luis Torres, un periodista e historiador tucumano, bautizó el período entre 1930 y 1943, como la “década infame”. En ambos países la situación política pasó grandes zozobras, con alta cesantía y baja de los salarios, con el consiguiente aumento de la pobreza y el incremento de los movimientos populares que, como contrapartida, despertaban reacciones hostiles de los empresarios, muchas veces apoyados por las fuerzas armadas.

Es cosa sabida que cuando lo gobiernos enfrentan severas crisis internas, escarban en los viejos conflictos con los vecinos para buscar elementos que permitan distraer a la opinión pública. En el caso de Chile y Argentina, éste ha sido un método recurrente durante gran parte de la vida independiente de ambos países, cuyos gobiernos han encontrado en los vacíos fronterizos, heredados de la época de la colonización española, pretextos para justificar amenazas, movimientos de tropas y ofensivas diplomáticas.

En los años 30 del siglo pasado existían varios de estos conflictos latentes entre las dos naciones, pero el grado de dificultades que enfrentaban dentro de sus territorios era tan grande que es probable que ambas autoridades comprendieran que crear una situación de mayor enemistad con el vecino no iba a calmar las aguas internas. Sin embargo, las desconfianzas se mantenían vigentes.

En medio de todos estos problemas emergió en Argentina una figura militar que marcaría para siempre la historia de ese país: Juan Domingo Perón. Seguir leyendo “PERÓN, ESPÍA EN CHILE”

LA COVADONGA, NAVE RELEGADA POR LA HISTORIA

Se acercaba la hora del medio día i aquella lucha obstinada e indecisa parecía prolongarse indefinidamente. Moore, que era la fuerza, sentía en su alma la sombría cólera del que, siendo omnipotente, se ve burlado por el débil. Comprendía, en medio de su taciturno despecho, que hasta ese momento el triunfo correspondía a la Covadonga, i que había llegado el instante de lanzar sobre el pequeño insolente todos los rayos de su poder. El espolón de la Independencia, más poderoso que el del Huáscar, iba a dar fin a la tragedia.

Vicente Grez Yavar (1847-1909)
Escritor, periodista y Diputado

Covadonga
Perfil de la “Virjen de la Covadonga”.

Esta pequeña nave sirvió durante dieciséis años, con fidelidad, a la Armada de Chile. Dieciséis años de gloriosa trayectoria que, opacada por la gesta gigante de Prat y la Esmeralda, la relegó a un segundo plano, del que pretendemos rescatarla.

La Vírjen de la Covadonga, nombre que recibió al ser bautizada, fue construida en el Arsenal de Carrara, España y lanzada al agua el 28 de noviembre de 1859. Se construyeron ocho iguales en los astilleros españoles, donde la definieron como “goleta a hélice”, porque se desplazaba a vela y a máquina, con calderas que le permitían desarrollar una potencia de 160 CV, para alcanzar una velocidad máxima de 7 nudos (13 km/h).

Su casco de madera tenía una eslora de 48,5 mts., desplazaba 630 toneladas y poseía un calado de 3,35 mts.

La primera destinación que le fue asignada por la armada española fue la de nave correo en Manila, para trasladar correspondencia entre las diversas islas del archipiélago filipino, llegando hasta Hong Kong.

Los informes de los viajes de Humbolt por América, despertaron en Europa hambre por conocer las maravillas que el polímata berlinés describía en sus informes. En España, que no terminaba de resignarse a la pérdida de sus colonias del Nuevo Mundo, conocer tantas cosas que el continente dominado por más de trescientos años ocultaba y que ellos no fueron capaces de ver, fue un golpe duro.  Para tratar de revertir esa situación organizaron la llamada Comisión Científica del Pacífico, una ambigua expedición en la que se embarcaron tres zoólogos, un geólogo, un botánico, un antropólogo y un fotógrafo. Seguir leyendo “LA COVADONGA, NAVE RELEGADA POR LA HISTORIA”

Las accidentadas exequias de Prat y Serrano

En uno de mis últimos viajes a Iquique llegó a mis manos esta historia, escrita por un bombero voluntario de esa ciudad. Me pareció material interesante como para escribir una crónica, pero después de releerla, creí mejor dejarla como estaba, con ese especial sabor de aquel que la escribe porque la siente desde el corazón.

Vaya desde este chileno un sincero homenaje a los voluntarios del Cuerpo de Bomberos de Iquique, que en ese instante sublime, fueron capaces de sobreponerse al temor para llevar a cabo un acto heroico, aún a riesgo de su propia integridad. Acto que enaltece la dignidad del género humano.

Ojalá saquemos lecciones para el futuro y que disfruten esta lectura como me ocurrió a mí mientras le hacía algunas pequeñas correcciones.

Fernando Lizama Murphy

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22 de mayo 1879

La Sepultura de Prat y Serrano

Rodrigo Longa T.

Voluntario del Cuerpo de Bomberos de Iquique.


Miércoles 21 de Mayo de 1879. El día más largo para Chile y para bomberos de Iquique. La historia oculta que se mantiene latente en nuestra ciudad es inmensa y muchos la desconocen.

Hoy gracias a los relatos históricos que cuentan los mismos libros de guardia, novedades y relatos orales de la época. Les narraré parte de lo que se vivió aquel día.

Libro de Guardia C. Bomberos Iquique
Libro de Guardia C. Bomberos Iquique

Cuando comenzaba a caer la noche, los cuerpos de dos oficiales chilenos fueron depositados por un solitario bote en el muelle de la ciudad. En ese lugar comenzó a aglomerarse la gente, a gritar consignas anti chilenas y a agredir los cuerpos.

Esto llegó a oídos del Director de la Primera Compañía de Bomberos, don Eduardo Llanos, quien fue a entrevistarse, donde hoy se encuentra la antigua aduana, con el General Buendía, a cargo de la ciudad. Seguir leyendo “Las accidentadas exequias de Prat y Serrano”