APRENDIENDO A NAVEGAR

Noveno capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Pronto me asignaron funciones a bordo. Me incluyeron en un turno en el que, además de limpiar las cubiertas y las cabinas de los oficiales, ordenar las mercaderías en las bodegas y espantar ratones y cucarachas para que no infectaran nuestras comidas, tuve que aprender a remendar velas y ayudar al cocinero a encender el fogón para preparar las comidas, cuidando de evitar que una chispa pudiese provocar un incendio, además de muchas otras funciones propias de la vida en el mar, que con el correr de los días ya no me parecía tan aburrida.

Una vida dura, en la que, pese a viajar apiñado con un par de centenares de personas recluidos en el estrecho espacio de una nave, se siente la soledad. Las incomodidades permiten recordar con nostalgia aquello que dejamos en tierra firme, que tantas veces nos pareció malo o insuficiente, y tal vez por eso las evocaciones aparecen con mucha frecuencia. Esta tristeza aumentaba durante los atardeceres cuando, observando el ocaso del día, alguien tañía una guitarra y varias voces coreaban canciones cargadas de melancolía. En algunos rincones de la nave, los que sabían escribir y tenían a quienes dirigirle sus cartas, redactaban mensajes que seguramente guardarían porque no se veía quién los pudiese llevar a su destino. A esos mismos, los tripulantes que no tenían la suerte de conocer las letras, les pedían que escribiesen a sus familiares o a sus amadas. Muchas veces se hacían bromas y el escritor llenaba la hoja con mensajes obscenos o palabrotas que por supuesto el solicitante del favor no sabía interpretar. Los que sí sabían leer, reían. Nunca supe si alguna de esas cartas llegaría a su destinatario.

Por mi parte, aunque hubiese conocido bien ese arte, no tenía a quién dirigirle mis saludos. Incontables veces sentí lágrimas que escapaban de mis ojos y no hice nada para contenerlas. Pensé que era un asunto mío, por la forma abrupta y violenta en la que había llegado hasta aquí, pero no tardé en darme cuenta que a muchos de nosotros nos pasaba lo mismo, incluso a los veteranos del mar.

Para atender las necesidades del cuerpo, teníamos una tabla con un agujero en la popa y, sujetos de unos cordeles para no caer al océano, evacuábamos a la vista de quien quisiera mirar. La intimidad no es algo practicable en la vida del marinero y muchas de las cosas que suceden a bordo permanecen en eterno secreto por un acuerdo tácito entre los tripulantes. Lo que ocurre en esa isla flotante se archiva ahí para siempre.

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A LA FUERZA RUMBO AL NORTE

Octavo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Primera Escuadra Nacional. Obra de Álvaro Casanova Zenteno.

Abrí los ojos para encontrarme en un sitio oscuro, empapado y entumido por el agua helada que cubría el piso. Estaba tan sediento que intenté beber de ahí, pero era salada. Me llamó la atención. Confundido, pensé que tal vez había provocado algún desmán en medio de mi embriaguez y que estaba preso por la guardia, pero ¿por qué el agua salada? Nadie aparecía para dar una explicación y el dolor de cabeza me atormentaba, igual que en mis borracheras anteriores. Recordé entonces que juré no volver a tomar y ya había roto mi promesa varias veces. Me reproché diciendo que lo que me ocurría era por eso, por no respetar lo prometido. Además, la noche anterior había fornicado con una prostituta y había participado en una fiesta en un lugar que parecía Sodoma y Gomorra. El padre Nicodemo, aparte de las primeras letras, me había inculcado muy profundamente el sentido de culpa, y yo era un pecador que estaba recibiendo el merecido castigo.

En medio de mis cavilaciones, intentaba fijar la vista en unas rendijas que permitían el tenue paso de luz, pero un extraño vaivén me lo impedía. Opté por ponerme de pie, lo que logré después de varios intentos. Identifiqué las rendijas como el marco de una puerta y, al acercarme a ella, tropecé con algo y me fui de bruces. Al palpar el bulto descubrí otro cuerpo. Pensé que estaba muerto, pero me incliné sobre él y escuché un leve ronquido. Lo remecí hasta que un quejido me anunció que había despertado y que sus ojos me miraban extrañados, mostrando tanto desconcierto como yo. Ahora fue él quien comenzó a quejarse de la humedad y el frío. Con mi ayuda, se puso de pie.

─ ¿Dónde estoy? ─preguntó.

─Lo mismo quisiera saber. Parece una cárcel, pero se mueve ─respondí, descorazonado, porque esperaba una respuesta más precisa.

─¿Quién eres?

─Me llamo Félix Núñez; estaba en el puerto en una taberna y amanecí aquí. Pero no sé cómo llegué.

El hombre guardó silencio durante un instante, poniendo atención a los ruidos que provenían del exterior. Luego afirmó.

─Estamos en una nave, vamos navegando.

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DE FARRA CON PEDRO

Séptimo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Con el invierno llegaron las lluvias y los temporales, la afluencia de naves disminuyó y al negocio de don Simón le bajaron las ventas. Tuvo que despedir personal, y entre ellos salieron Pedro y don Luis.

Después de mi primera visita yo había ido cuatro o cinco veces a visitar a Inés a su hogar, y la verdad era que me daba cuenta de que no teníamos nada en común. Yo tímido, ella más aún, nos sentábamos en la puerta de su casa a mirar desde lejos el mar, sin intercambiar palabras. De vez en cuando yo le hacía algún comentario como “está lindo el día” y ella se limitaba a sonreír y a encogerse de hombros. Aparte de su hermoso rostro moreno, ojos café muy bonitos, de toda su belleza, no le encontraba nada más. Casi no le conocía la voz. En el último tiempo había dejado de ir y don Luis me miraba con cara de reproche en la barraca. En cierta medida, para mí fue un alivio su despido, aunque percibiera que iban a pasar hambre. La paga no era muy buena, pero servía para llenar la olla. Ahora no tendrían ni eso. Ojalá el hombre encontrara pronto un nuevo trabajo, e Inés un pretendiente que la mereciera.

Al momento de partir, don Luis se despidió con afecto de aquellos que continuaban en el empleo y pasó de largo por mi lado. Yo le había extendido la mano y él me ignoró. Debo reconocer que inicialmente me pareció un desaire, pero pensándolo bien, fue otro alivio, porque me sentí liberado de ese compromiso forzado.

El caso de Pedro fue distinto. Para él no era tan terrible quedar sin trabajo pues tenía deseos de regresar a Santiago para ver a su madre. Había decidido que si el padrastro la continuaba golpeando, lo asesinaría.

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AMOR A LA FUERZA

Sexto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Además de acompañar al jefe a recibir y a entregar maderas cuando no había salidas, tenía que ayudar a don Luis, un maestro que manejaba la corvina, esa sierra larga con mango en los dos extremos. Cuando los troncos eran muy gruesos o había que cortarlos a lo largo, se necesitaban dos personas para manejarla, una de cada lado. El maestro marcaba con un carbón el corte y guiaba el aparato. El ayudante era como el sostén del otro extremo y se tenía que limitar a seguir el ritmo que imponía el cortador. Era un trabajo pesado y monótono.

Una tarde, al concluir la faena, don Luis me invitó a su casa.

─Es una rancha modesta, amigo, pero usted se ve un cabro decente y me gustaría presentarle a mi familia.

Le avisé a la señora Rosaura que esa noche no cenaría con ellos y le dije a Pedro de la invitación. No le gustó mucho que a él no lo considerase, pero no podía hacer nada, así que me fui caminando con mi ocasional anfitrión.

Tal como lo anunciara, su casa era modesta, cubierta con los lampazos que don Simón regalaba a sus maestros. El interior lúgubre, iluminado apenas con una fogata en la que se estaban asando unos pescados, tenía unas sillas y una mesa enclenque, también fabricadas con retazos de madera. El piso era de tierra apisonada. Parecía que, además de la pieza a la que llegamos, tenía otras dos. De una de ellas salió una mujer de edad mediana, vestida muy humildemente.

─Ella es Rosa, mi mujer ─me la presentó don Luis.

Detrás de ella salieron tres niños pequeños con los mocos colgando, descalzos y sucios.

─Y estos son mis hijos ─agregó.

Algo no me cuadraba de esta invitación. Nuestras edades no eran compatibles y me parecía que el hecho de tomar una punta de la corvina mientras él cortaba, no daba como para amistad.

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INTENTO POR RECUPERAR LA ALFORJA

Quinto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Al puerto arribaban naves de banderas extrañas que nunca antes vi y que al preguntar me decían que eran de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Holanda y otras procedencias que no recuerdo, todas tierras que yo creía parte de un mundo de fantasía. Hasta cuando tenía unos diez años creía que la tierra era plana y que empezaba y terminaba alrededor de Vichuquén. El padre Nicodemo fue el que me habló del mundo redondo que existía más allá de los cerros y del mar que rodeaban mi pueblo natal. También me habló de Dios, que había creado todo lo que nuestros ojos podían ver, me conversó de su España natal, del paso por el Río de la Plata y de que el mundo estaba dividido en muchas naciones y que los países poderosos se habían adueñado de los más débiles y que éstos querían ser libres y que por eso luchaban los criollos contra los realistas.

En una de mis salidas con el patrón a entregar unas maderas, vi en la calle a la matrona que la noche de mi llegada al puerto me arrastró al interior de la cantina. Me dio vergüenza contarle a don Simón lo que me había ocurrido, pero quería recuperar mi alforja y, como ya me ubicaba bien en Valparaíso, decidí que regresaría en algún momento para reclamar lo mío. 

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TRABAJANDO PARA DON SIMÓN

Cuarto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Puerto de Valparaíso, J. M. Rugendas.

Entre mis sueños me vi abrazado a la matrona que, a medida que el baile transcurría, sudaba más y más, al tiempo que se despojaba de sus prendas. Yacían en el piso varias enaguas, refajos y otras ropas femeninas que sólo había visto colgadas en los patios de las casas de mi pueblo, mientras los generosos pechos de la hembra, ahora sin más ataduras que un suelto camisón, se sacudían al ritmo de las melodías que las alegres cantoras entonaban y que la concurrencia coreaba o acompañaba con sus palmas o tamborileando en las mesas. Lo que más recuerdo son risas, muchas risas.

Pero el despertar fue muy distinto.

Me puse de pie con muchas dificultades. Mi cuerpo no respondía a las órdenes que mi cabeza, con intenso dolor, intentaba darle. En zigzag caminé hasta el comienzo del callejón donde la luz del sol otoñal me encandiló. Algo repuesto, busqué mi alforja, pero no estaba. Quise volver a la cantina, pero con las puertas cerradas y sin ningún ruido, todas las casas se veían iguales. Entonces me dije que era urgente encontrar a mis compañeros de viaje y comencé a recorrer otra vez el caserío buscando las bodegas que había visto la tarde anterior y donde, con seguridad, don Mamerto entregaría los cueros. Si no era ahí, ¿dónde? Pensaba que una caravana tan grande como la nuestra no podía pasar desapercibida, pero por todos lados se veían yuntas de bueyes arrastrando carretones con mercaderías.

Miraba con atención, más no aparecía nadie conocido, como si se los hubiese llevado el mar. En jinetes que pasaron por mi lado me pareció ver a algún integrante de nuestro grupo, pero me desilusionaba al mirarlo bien. La angustia me tenía abrumado.

El día transcurrió sin que pudiese encontrar a ningún vichuquenino. Para peor, no me quedaba ni un duro en el bolsillo ¡Si ni siquiera tenía la alforja! En un momento pasó por mi lado una carreta cargada con maderas y se detuvo algo más adelante. La conducía un hombre mayor que comenzó a descargarla con mucha dificultad. Le ofrecí ayuda y entre ambos logramos entregar los materiales que portaba.

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VALPARAÍSO

Tercer capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Valparaíso me decepcionó. Toda esa grandeza que describieran los que ya lo conocían me pareció exagerada. Aunque como hasta entonces nunca había salido de Vichuquén y sus alrededores, todo lo que veía, escuchaba u olía me resultaba novedoso, llamativo. La actividad portuaria, con veleros que parecían gigantes al lado de los botes de los pescadores, junto a naves de guerra erizadas de cañones, hacían que el mar pareciera otro mundo.

Pero en tierra reinaba la miseria. Sobresalían unas pocas de esas grandes casas de dos y más pisos de las que hablaban mis amigos, se veían muchas bodegas y gente de otros países conversando en idiomas que yo ni siquiera imaginaba, pero casi todo lo que se pisaba eran excrementos, suciedad, basura en la que escarbaban niños pequeños y decenas de perros. Muchas de las viviendas eran casuchas construidas a la ligera con lo que se encontraba a mano, otras de adobes, igual que las de Vichuquén, pero levantadas sin ningún cuidado, techadas con cartones u otros materiales precarios, que cobijaban a personas pobremente vestidas. Por todos lados se veían redes de pesca y ropa tendida al sol otoñal.

Intentando encontrar ese otro Valparaíso, el descrito por mis camaradas, comencé a recorrer las callejuelas de tierra que se encaraman tortuosas por cerros y quebradas. Caminé solo, porque mis compañeros de excursión, pretextando cansancio, prefirieron permanecer en el rústico albergue que mi tío consiguió para tan numerosa comitiva. Ante mis ojos no estaba el puerto del que tanto había escuchado hablar, que ya creía parte de un mito. Poco a poco me fui convenciendo que existía nada más que en la imaginación de aquellos que lo visitaron alguna vez.

Sólo en una calle pude ver comercios con telas exóticas, productos de ultramar, objetos que no me imaginaba para qué servían, alimentos nunca antes vistos por mí, mujeres voceando sus mercaderías; tropecé con carretas de bueyes, caballos percherones y mulas cargadas hasta la cima. También con algunos elegantes jinetes montando hermosos alazanes, y hasta pude ver a una dama en su coche guiado por palafreneros vestidos con vistosas libreas. Pero todo rodeado de un marco de enorme pobreza.

Estaba realmente perplejo ante a tanta diversidad social. En carretones de tracción humana, personas andrajosas ofrecían pescados, mariscos u hortalizas, niños descalzos mendigaban entre los transeúntes. Y perros, muchos perros. Yo cuidaba el hatillo donde portaba mis pertenencias y la alforja donde guardaba unas monedas, porque me habían advertido de mozalbetes que aprovechaban cualquier descuido para robar.

Buscando esa ciudad de fantasía de la que tanto me hablaron, perdí la noción del tiempo y del espacio. Sólo cuando el crepúsculo anunciaba el fin del día quise regresar a la modesta casucha de adobe en la que mis camaradas descansaban, pero no encontré el camino.

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LUCHANDO CONTRA LOS ASALTANTES

Segundo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

No recuerdo bien qué día fue cuando el tío Gilberto nos mandó a tres jinetes para abrir camino. Durante nuestra andanza, desde un bosque divisamos a la distancia a unas personas. Desmontamos con cautela y, ocultos entre los matorrales, vimos cómo unos hombres empujaban y golpeaban a otros, mientras unas mujeres lloraban, arrastradas por los mismos hombres. Sin duda eran asaltantes que habían cogido una presa y se preparaban para eliminar a los testigos y llevarse a las mujeres. Conmigo estaban Ramón y Eliecer, que era muy amigo mío. Ocultos entre las malezas nos acercamos lo más que pudimos y nuestra sorpresa fue grande cuando vimos al Aurelio entre los bandidos.

En silencio regresamos a nuestras cabalgaduras y de ahí a encontrarnos con la caravana que seguía el paso cansino de los bueyes. Corrimos donde el tío Gilberto y le advertimos sobre lo que estaba ocurriendo a media jornada, y que habíamos visto al Aurelio entre los malos.

─¡Algo me decía que ese gallo no era de fiar! ─respondió el tío, y nos dio instrucciones de montar a todos los jinetes y regresar al lugar donde los bandidos estaban haciendo de las suyas. Dejó cuatro cabalgaduras para escoltar a los boyeros que continuarían avanzando a su paso.

Montados, nos dejamos caer sobre los asaltantes. El tío Gilberto y otro de los jinetes tenían sables heredados de alguna guerra y se abalanzaron a caballo mientras los demás desmontábamos. Entre todos, aprovechando la estupefacción de verdugos y víctimas, corrimos cuchillos, lanzazos y disparos que muy pronto tenían a tres de los malos en el suelo, mientras otros cuatro intentaban huir, excepto uno que tomó a una mujer como escudo y amenazó con degollarla si nos acercábamos. El hombre no se percató de que por su espalda se acercaba el tío Gilberto con su sable, quien de un sólo corte casi le arranca la cabeza. Yo creo que no se dio cuenta que estaba muriendo. El otro con el que el tío Gilberto no tuvo piedad fue con el Aurelio, que atado de manos y arrodillado, lloraba. Lo atravesó de lado a lado, cuando yo estaba con él. El tío me dirigió una mirada terrible, que yo nunca le había visto en su rostro de hombre bonachón, antes de decirme:

─Con los traidores y los bandidos, la piedad no existe.

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DEJANDO EL TERRUÑO

Primer capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

En la época en que comienza mi aventura, marzo de 1819, yo tenía dieciséis años. Era un joven robusto de tanto picar leña, de empujar el arado detrás de los bueyes, de encaramarme a los manzanos y a los perales, de tirar las redes en el lago y en el mar. Hoy soy un anciano, la vista y el oído me fallan y también las fuerzas. Lo que les narraré ocurrió hace casi medio siglo.

Me llamo Félix Núñez, soy nacido en Vichuquén, caserío en la costa de Curicó. Hombre de campo, las primeras letras me las enseñó el padre Nicodemo, ayudante del párroco don José Hurtado de Mendoza, pero fue por un tiempo breve porque debí reemplazar a mi padre en las faenas campesinas. Los realistas lo enrolaron por la fuerza durante la Guerra de la Independencia, para luchar contra el cacique Basilio Vilu y nunca más supimos de él.

Cinco años después de su partida, Rosario, mi madre, una mestiza fuerte, sobrina lejana de Vilu, insistía en que su hombre ─como le llamaba─ estaba vivo, porque en sus sueños no le había avisado de su muerte. Ella aseguraba tener un sentido que le permitía, mientras dormía, conocer lo que en verdad ocurría con otras personas que llevaba en su corazón, aunque estuviesen lejos.

─Más que finado, para mí que éste armó casa por allá por donde se fue con eso de la guerra ─solía decir, quizás como una forma de engañar la soledad. Por lo menos, mientras viví a su lado, ella nunca lo dio por muerto, ni vistió de viuda y eso le servía de esperanza y de pretexto para evitar el embate de algunos pretendientes.

Aprendí a leer y a escribir bien cuando fui mayor, que fue también cuando estudié para ser maestro de escuela. Ahora, ya retirado de todo y desde hace un tiempo de regreso en el terruño natal, donde han muerto casi todos aquellos con los que compartí mi infancia y presintiendo cercana mi propia partida, he decidido dejar por escrito aquello que tantas veces relaté a alumnos y vecinos, historias que muchos de ellos, encerrados en este rincón y ajenos al mundo real, creyeron desvaríos de viejo loco. Dijeron que eran sucesos imaginados, pero puedo jurar sobre la tumba de mi santa madre que todo lo narrado ocurrió, porque lo viví en carne propia. 

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LAS PERLAS DE LA CORONA

“¡Oh! Y que bien decía un mercader portugués a quien le vendían unas muy ricas perlas, no las quiero comprar, ni emplear en eso mi caudal, no sea que mañana amanezcan los hombres con juicio, y todo se me pierda.”

Francisco Ximénez, (1666-1722) fraile dominico español.
Autor de “La Historia natural del reino de Guatemala”

“Isla de las Perlas”
Durante su tercer viaje, Cristóbal Colón descubrió la isla de Cubagua, a la que bautizó “Isla de las Perlas” por la abundancia de perlas (1498).

Para nadie es un misterio que, para las potencias europeas, el gran motor de la conquista de América fue la ambición, tanto de riquezas como de territorios. En el caso de España, vino además disfrazada de deseos de extender la fe y salvar a los impíos del fuego eterno.

El oro, la plata, las piedras preciosas llenaban los sueños de los codiciosos conquistadores, que ávidos, no trepidaban incluso en llegar a matarse entre ellos por lograr una tajada mayor de la generosa torta que encontraron al otro lado del océano. Y si eran capaces de asesinarse, es fácil suponer el nulo respeto que sentían por la vida de los nativos.

Pero además del oro, la plata y las piedras preciosas, la llave que abrió la puerta a la codicia fueron las perlas.

La ostra, un molusco bivalvo muy apetecido en la gastronomía fina, es también el “fabricante” de perlas. La forma natural de la producción de esta gema es a partir de un cuerpo extraño que se introduce al interior de la ostra y ésta, como un medio de defensa, comienza a cubrirla lentamente con capas de una secreción de conchiolina con carbonato de calcio, mezcla conocida como nácar, estructurando la perla. Las hay de distintos tamaños, formas y colores, pasando por diversas tonalidades entre el blanco y el negro. En cuanto a las formas, las más cotizadas son las redondas y las lágrimas o peras. El proceso de construcción de una perla puede durar diez años o más y al parecer el tamaño depende del tiempo que permanece dentro del bivalvo.

Según investigaciones de Elizet Payne Iglesias, de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica, que hizo un exhaustivo estudio sobre el tema, existen varias especies de ostras perlíferas o perleras, siendo las más importantes en América la Pinctata imbricata, propia del Caribe colombo-venezolano y la Pinctata margaritifera mazatlánica, que se encuentra en el Pacífico, entre el golfo de California y el Ecuador. Seguir leyendo “LAS PERLAS DE LA CORONA”