LOS LEÑADORES DEL RÍO BAKER

Imagen Portal del Patrimonio Gob. de Chile.

Incierto es el lugar en donde la muerte te espera;
espérela, pues, en todo lugar.

(Séneca)

En un lugar remoto ubicado en la desembocadura del río Baker, en la región de Aysén, se encontraron treinta tres cruces, que recuerdan a obreros anónimos que en 1906 murieron ahí en circunstancias que ni la arqueología ni la historia han podido dilucidar del todo.

Cuando viajas a la Patagonia chilena, específicamente a Caleta Tortel, es habitual que te ofrezcan paseos a la Isla de los Muertos, ubicada en la desembocadura del río Baker. Se trata de un pequeño crucero que te permite conocer un rincón perdido, en medio de una selva impenetrable, que oculta una tragedia de la que existen diversas versiones, ocurrida a comienzos del siglo XX.

En el lugar es posible observar una treintena de cruces, la gran mayoría anónimas, que recuerdan que ahí descansan los cuerpos de algunos hombres fallecidos en trágicas y confusas circunstancias. ¿Fueron envenenados, murieron de hambre o qué fue lo que ocurrió?

Para entender cómo se llega a esto, contaremos que, el Gobierno de Chile, temeroso de que esos territorios remotos fuesen invadidos por Argentina, buscó la forma de poblarlos a través de colonos. Pero para que llegasen esos colonos era necesario crear fuentes de trabajo y vías de acceso.

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RAQUEL LIBERMAN, DE ESCLAVA SEXUAL A HEROÍNA

Por Fernando Lizama Murphy

La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización; pero no la penetra todavía. Se dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea, y es un error. Existe todavía; sólo que no pesa ya sino sobre la mujer, y se llama prostitución.

Víctor Hugo

A Argentina, entre 1860 y 1940, arribaron más de seis y medio millones de migrantes europeos. Provenían de Italia, España, Francia y muchos de otros países del oeste de Europa, con una corriente importante que viajaba desde Polonia, la mayoría de los cuales eran judíos que escapaban de los pogromos creados en Rusia y posteriormente perseguidos por los nazis. En casi todos los casos los empujaba la pobreza. 

Una vez en Argentina y como era natural que ocurriera, las diversas colonias se reunieron entre compatriotas lo que permitió que nacieran organizaciones cuyo objetivo era, inicialmente, el ayudarse entre ellos. Por eso casi todas tomaron el nombre genérico de sociedades de socorros mutuos, y dentro de estos socorros, además de ayuda para la educación de los hijos, la salud, ayudas mortuorias, actividades sociales y otros, estaba el apoyo para que iniciaran negocios que les permitieran vivir como lo soñaran al momento de abordar las naves que los trasladarían a su nueva patria.

Muchos de los migrantes prosperaron y se convirtieron en distinguidos miembros de la comunidad. Lo que no todo el mundo sabía (o si lo sabían, simulaban ignorarlo) era que, paralelamente a sus negocios oficiales, algunos migrantes desarrollaban una actividad muy lucrativa, ilícita y socialmente repudiable: la trata de blancas.

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ANABALÓN, MESA BELL Y RENCORET. TRES PROTAGONISTAS PARA DOS CRÍMENES

 

Por Fernando Lizama Murphy

El asesinato es la forma extrema de la censura.

George Bernard Shaw

Portada revista Wikén dedicada a Luis Mesa Bell.

Manuel Anabalón Aedo, profesor chillanejo de 22 años que ejercía su profesión en Antofagasta, fue detenido en la nortina ciudad mientras participaba en un mitin político. No era primera vez que el fogoso maestro tenía problemas por su forma de pensar. Militante del Frente Único Revolucionario, precursor del Partido Socialista, según algunos historiadores, movimiento muy ligado a la masonería, el joven no perdía oportunidad de manifestar su disconformidad con las autoridades del país.

Estamos en 1932 y Chile está pagando la gran cuenta que le ha dejado la quiebra de Wall Street, la que se ha visto agravada, además, por la crisis del salitre, hasta pocos años antes el principal ingreso de la nación. La miseria campea, el trabajo escasea y muchos especuladores se aprovechan de la situación para lucrar. Los funcionarios públicos, mal pagados, son presas fáciles de coimas y muchas autoridades de los diversos poderes del Estado hacen la vista gorda mientras reciben algún donativo, tan necesario en esos momentos críticos.  

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LA INCREIBLE HISTORIA DE DON MIGUEL GONZÁLEZ BARRIGA DE LA CUEVA

Por Fernando Lizama Murphy

Vestimentas de penquistas durante el periodo virreinal español.

Por recomendación de un amigo, descargué (con autorización, por cierto) de la Biblioteca de la Universidad de Harvard un libro, escrito por don Ambrosio Valdés y publicado en Chile por la imprenta “Victoria” en 1890, cuyo título llama la atención: Ojos de cuenta, pelo de oro”.

Don Ambrosio Valdés Carrera (1843-¿…?), acérrimo balmacedista radicado en Quillota, nieto de don José Miguel Carrera, fue un destacado historiador, pero sobre todo un genealogista que hurgó en las raíces de muchas familias llegadas a Chile durante el período colonial.

Al inicio del libro mencionado, que no fue el único que publicó, cuenta una historia que no pudo ser ratificada en otros textos por este cronista, pero que por lo curiosa, merece ser narrada.

En el libro de Valdés aparecen algunas inconsistencias cronológicas que omitiremos y de igual forma resucitaremos los hechos y a los protagonistas.

Don Alonso González Barriga, andaluz, inició su carrera militar en España a las órdenes del duque de Medina-Sidonia. Luego pasó a México junto al almirante Pedro Portel Casanate, quien lo envió a Filipinas a mando de la escuadra para, desde ahí, pasar a Chile, específicamente a la ciudad de Concepción. Estamos frente a un soldado fogueado en mil batallas al que le correspondió venir a luchar contra los araucanos, donde se reencontró con Portel Casanate, que fue nombrado Gobernador entre 1656 y 1662, año en el que muere de hidropesía, en Concepción.

Antes de fallecer, el gobernador nombra como su albacea a don Alonso González Barriga, hecho que aparece mencionado en el libro “Historia de Concepción 1550-1970”, del historiador Fernando Campos Harriet.

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DESEMBARCO EN PISCO

Undécimo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

La suerte nos seguía jugando en contra. La idea era desembarcar en Pisco de noche, pero el viento nos abandonó a media tarde y solo al amanecer divisamos la costa, donde las tropas realistas nos esperaban con piezas de artillería, además de caballería y un nutrido contingente. En ese sitio los brulotes no servían y la única posibilidad era desembarcar, eludiendo el fuego enemigo. El mayor Miller nos ordenó subir a los botes, que se abrieron en abanico para abarcar la mayor cantidad de playa y nos instruyó de no disparar hasta estar a tiro del enemigo sin tener que recargar, lo que nos dejaba muy expuestos. Luego del primer tiro, calar bayoneta y buscar el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Quizás por la vivencia de la balsa, ya no sentí la misma sensación de pánico con las balas zumbando sobre mi cabeza, aunque veía caer a mis compañeros a mi lado. Continué corriendo y cuando estuve a una distancia que me pareció buena, me eché a tierra, apunté a una cabeza que sobresalía detrás de un refugio y disparé. Estoy seguro de haber dado en el blanco. Inmediatamente miré alrededor y vi a varios de mis compañeros en una carrera desenfrenada en contra de las posiciones enemigas. Decidido a caer luchando, continué corriendo lo más agachado que podía y en zigzag para dificultar la puntería de los españoles, con la bayoneta apuntando al frente. Cuando veía algo que podía servir de refugio, me ocultaba para recuperar el aliento y continuaba mi loca carrera. El uniforme de lanilla, mojado al bajar de los botes, además del peso del fusil y de todo el equipamiento, sumado a la emoción del momento, obligaba al cuerpo con frecuencia a pedir un reposo.

Pese a todos los obstáculos fuimos una ola la que cayó sobre los enemigos, que, aterrados, comenzaron a huir hacia la plaza del pueblo, desde donde, refugiados hasta en el campanario de la iglesia, también nos disparaban. Mientras muchos de los nuestros caían, a mi derecha, a unos pocos pasos, corría el mayor Miller, pero enceguecido en el frenesí de la batalla, ensartando con mi bayoneta a todo aquel que se me cruzara, no me percaté que las balas enemigas lo habían herido.

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ATACANDO EL CALLAO

Décimo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Ya tenía perdida la cuenta del tiempo transcurrido cuando fuimos enviados a distintas naves. Al mayor Miller y a mí nos correspondió el bergantín Galvarino, de dos mástiles y dieciocho cañones.

El día 28 de septiembre de 1819 (lo sé porque lo dijo el almirante en su arenga) atracamos en el fondeadero de la Isla San Lorenzo, frente a El Callao y muy cerca de la naves españolas. Después del discurso, el almirante envió a un oficial con una carta para el Virrey del Perú anunciándole el inicio del bloqueo y que si no rendía su flota y la ciudad, iniciaríamos el ataque.

El almirante traía a bordo un arma secreta, por lo menos para mí. Los cohetes Congreve, que como todo lo que se usaba en la guerra, para mí eran un misterio. Pronto tuve que abordar unas balsas que se arrojaron al mar y en las que instalamos unos caballetes metálicos sobre los que se dispusieron los famosos cohetes, que eran unos cilindros metálicos con punta cónica rellenos de material explosivo, y de los que sobresalía hacia atrás un cordel, que los oficiales llamaron mecha, apuntando a las naves españolas y a las fortalezas de El Callao. No eran muy pesados y tenían una vara de madera a manera de cola.

Antes de iniciar el ataque, el almirante dio instrucciones de navegar apegados a la costa para ver la reacción del enemigo. Fue mi bautismo de fuego, pues el Galvarino sufrió el ataque de las armas de los fuertes, que, afortunadamente, carecían de buena puntería, por lo que solo provocaron daños menores, aunque el susto fue grande.

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APRENDIENDO A NAVEGAR

Noveno capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Pronto me asignaron funciones a bordo. Me incluyeron en un turno en el que, además de limpiar las cubiertas y las cabinas de los oficiales, ordenar las mercaderías en las bodegas y espantar ratones y cucarachas para que no infectaran nuestras comidas, tuve que aprender a remendar velas y ayudar al cocinero a encender el fogón para preparar las comidas, cuidando de evitar que una chispa pudiese provocar un incendio, además de muchas otras funciones propias de la vida en el mar, que con el correr de los días ya no me parecía tan aburrida.

Una vida dura, en la que, pese a viajar apiñado con un par de centenares de personas recluidos en el estrecho espacio de una nave, se siente la soledad. Las incomodidades permiten recordar con nostalgia aquello que dejamos en tierra firme, que tantas veces nos pareció malo o insuficiente, y tal vez por eso las evocaciones aparecen con mucha frecuencia. Esta tristeza aumentaba durante los atardeceres cuando, observando el ocaso del día, alguien tañía una guitarra y varias voces coreaban canciones cargadas de melancolía. En algunos rincones de la nave, los que sabían escribir y tenían a quienes dirigirle sus cartas, redactaban mensajes que seguramente guardarían porque no se veía quién los pudiese llevar a su destino. A esos mismos, los tripulantes que no tenían la suerte de conocer las letras, les pedían que escribiesen a sus familiares o a sus amadas. Muchas veces se hacían bromas y el escritor llenaba la hoja con mensajes obscenos o palabrotas que por supuesto el solicitante del favor no sabía interpretar. Los que sí sabían leer, reían. Nunca supe si alguna de esas cartas llegaría a su destinatario.

Por mi parte, aunque hubiese conocido bien ese arte, no tenía a quién dirigirle mis saludos. Incontables veces sentí lágrimas que escapaban de mis ojos y no hice nada para contenerlas. Pensé que era un asunto mío, por la forma abrupta y violenta en la que había llegado hasta aquí, pero no tardé en darme cuenta que a muchos de nosotros nos pasaba lo mismo, incluso a los veteranos del mar.

Para atender las necesidades del cuerpo, teníamos una tabla con un agujero en la popa y, sujetos de unos cordeles para no caer al océano, evacuábamos a la vista de quien quisiera mirar. La intimidad no es algo practicable en la vida del marinero y muchas de las cosas que suceden a bordo permanecen en eterno secreto por un acuerdo tácito entre los tripulantes. Lo que ocurre en esa isla flotante se archiva ahí para siempre.

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A LA FUERZA RUMBO AL NORTE

Octavo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Primera Escuadra Nacional. Obra de Álvaro Casanova Zenteno.

Abrí los ojos para encontrarme en un sitio oscuro, empapado y entumido por el agua helada que cubría el piso. Estaba tan sediento que intenté beber de ahí, pero era salada. Me llamó la atención. Confundido, pensé que tal vez había provocado algún desmán en medio de mi embriaguez y que estaba preso por la guardia, pero ¿por qué el agua salada? Nadie aparecía para dar una explicación y el dolor de cabeza me atormentaba, igual que en mis borracheras anteriores. Recordé entonces que juré no volver a tomar y ya había roto mi promesa varias veces. Me reproché diciendo que lo que me ocurría era por eso, por no respetar lo prometido. Además, la noche anterior había fornicado con una prostituta y había participado en una fiesta en un lugar que parecía Sodoma y Gomorra. El padre Nicodemo, aparte de las primeras letras, me había inculcado muy profundamente el sentido de culpa, y yo era un pecador que estaba recibiendo el merecido castigo.

En medio de mis cavilaciones, intentaba fijar la vista en unas rendijas que permitían el tenue paso de luz, pero un extraño vaivén me lo impedía. Opté por ponerme de pie, lo que logré después de varios intentos. Identifiqué las rendijas como el marco de una puerta y, al acercarme a ella, tropecé con algo y me fui de bruces. Al palpar el bulto descubrí otro cuerpo. Pensé que estaba muerto, pero me incliné sobre él y escuché un leve ronquido. Lo remecí hasta que un quejido me anunció que había despertado y que sus ojos me miraban extrañados, mostrando tanto desconcierto como yo. Ahora fue él quien comenzó a quejarse de la humedad y el frío. Con mi ayuda, se puso de pie.

─ ¿Dónde estoy? ─preguntó.

─Lo mismo quisiera saber. Parece una cárcel, pero se mueve ─respondí, descorazonado, porque esperaba una respuesta más precisa.

─¿Quién eres?

─Me llamo Félix Núñez; estaba en el puerto en una taberna y amanecí aquí. Pero no sé cómo llegué.

El hombre guardó silencio durante un instante, poniendo atención a los ruidos que provenían del exterior. Luego afirmó.

─Estamos en una nave, vamos navegando.

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DE FARRA CON PEDRO

Séptimo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Con el invierno llegaron las lluvias y los temporales, la afluencia de naves disminuyó y al negocio de don Simón le bajaron las ventas. Tuvo que despedir personal, y entre ellos salieron Pedro y don Luis.

Después de mi primera visita yo había ido cuatro o cinco veces a visitar a Inés a su hogar, y la verdad era que me daba cuenta de que no teníamos nada en común. Yo tímido, ella más aún, nos sentábamos en la puerta de su casa a mirar desde lejos el mar, sin intercambiar palabras. De vez en cuando yo le hacía algún comentario como “está lindo el día” y ella se limitaba a sonreír y a encogerse de hombros. Aparte de su hermoso rostro moreno, ojos café muy bonitos, de toda su belleza, no le encontraba nada más. Casi no le conocía la voz. En el último tiempo había dejado de ir y don Luis me miraba con cara de reproche en la barraca. En cierta medida, para mí fue un alivio su despido, aunque percibiera que iban a pasar hambre. La paga no era muy buena, pero servía para llenar la olla. Ahora no tendrían ni eso. Ojalá el hombre encontrara pronto un nuevo trabajo, e Inés un pretendiente que la mereciera.

Al momento de partir, don Luis se despidió con afecto de aquellos que continuaban en el empleo y pasó de largo por mi lado. Yo le había extendido la mano y él me ignoró. Debo reconocer que inicialmente me pareció un desaire, pero pensándolo bien, fue otro alivio, porque me sentí liberado de ese compromiso forzado.

El caso de Pedro fue distinto. Para él no era tan terrible quedar sin trabajo pues tenía deseos de regresar a Santiago para ver a su madre. Había decidido que si el padrastro la continuaba golpeando, lo asesinaría.

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AMOR A LA FUERZA

Sexto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Además de acompañar al jefe a recibir y a entregar maderas cuando no había salidas, tenía que ayudar a don Luis, un maestro que manejaba la corvina, esa sierra larga con mango en los dos extremos. Cuando los troncos eran muy gruesos o había que cortarlos a lo largo, se necesitaban dos personas para manejarla, una de cada lado. El maestro marcaba con un carbón el corte y guiaba el aparato. El ayudante era como el sostén del otro extremo y se tenía que limitar a seguir el ritmo que imponía el cortador. Era un trabajo pesado y monótono.

Una tarde, al concluir la faena, don Luis me invitó a su casa.

─Es una rancha modesta, amigo, pero usted se ve un cabro decente y me gustaría presentarle a mi familia.

Le avisé a la señora Rosaura que esa noche no cenaría con ellos y le dije a Pedro de la invitación. No le gustó mucho que a él no lo considerase, pero no podía hacer nada, así que me fui caminando con mi ocasional anfitrión.

Tal como lo anunciara, su casa era modesta, cubierta con los lampazos que don Simón regalaba a sus maestros. El interior lúgubre, iluminado apenas con una fogata en la que se estaban asando unos pescados, tenía unas sillas y una mesa enclenque, también fabricadas con retazos de madera. El piso era de tierra apisonada. Parecía que, además de la pieza a la que llegamos, tenía otras dos. De una de ellas salió una mujer de edad mediana, vestida muy humildemente.

─Ella es Rosa, mi mujer ─me la presentó don Luis.

Detrás de ella salieron tres niños pequeños con los mocos colgando, descalzos y sucios.

─Y estos son mis hijos ─agregó.

Algo no me cuadraba de esta invitación. Nuestras edades no eran compatibles y me parecía que el hecho de tomar una punta de la corvina mientras él cortaba, no daba como para amistad.

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