EXPEDICIÓN

Atlantis

DE TENERIFE A LA GUAIRA EN BALSA

Que el hombre sepa que el hombre puede

Alfredo Barragán

Desde hace un tiempo este autor se ha empeñado en hurgar en aquellas teorías que hablan de visitantes que llegaron a América provenientes de distintos lugares, antes que Cristóbal Colón. Hemos hablado sobre egipcios de la época de los faraones, sobre polinésicos y de otros navegantes que, cruzando el océano Pacífico desde el poniente arribaron a estas costas. También nos hemos referido a aventureros que, en distintas épocas y partiendo de Sudamérica, han surcado el mar para llegar a tierras lejanas allende ese océano, intentando recrear antiguas travesías y así demostrar intercambios culturales y comerciales con áreas remotas.

En esta crónica nos trasladaremos de océano para hablar de unos expedicionarios argentinos que, convencidos de la posibilidad de que africanos, cruzando el Atlántico, hubiesen llegado a las costas de América, efectuaron la travesía en balsa desde Tenerife a La Guaira.

Del cómo y por qué lo hicieron, habla este artículo.

Alfredo Barragán, abogado, nacido en 1949 en la ciudad de Dolores, entre Buenos Aires y Mar del Plata, es lo que se podría llamar un expedicionario congénito. Creador del CADEI (Centro Actividades Deportivas Exploración e Investigación), antes de la aventura que nos ocupa, cruzó el Caribe en kayak, los Andes en globo aerostático, además de escalar muchas de las más altas cumbres del mundo, entre otras excursiones, casi todas de alto riesgo.

Según relata en una entrevista al diario argentino La Nación, en abril de 1980 sus compañeros de travesías, inquietos porque pasaba ya mucho tiempo desde la última, lo llamaron por teléfono manifestando su desasosiego. La naturaleza, la historia y la adrenalina los invitaban con fuerza a romper la rutina. Entonces él, comprendiendo que necesitaban una nueva aventura, prometió que buscaría algo que hacer y recordó que en la peluquería, mientras esperaba el turno para ser atendido, leyó en una revista sobre las monumentales cabezas de piedra olmecas que mostraban rasgos negroides. Luego de averiguar más sobre el tema, decidió llevar a cabo una expedición para demostrar que habitantes de África arribaron a América mucho antes que Colón.  

Al referirnos a Alfredo Barragán no estamos hablando de un excéntrico millonario que en estas travesías busca emociones financiadas con holgura. O de algún explorador pagado por una revista especializada que espera algún tipo de remuneración por sus expediciones. Hablamos de un abogado de clase media que vive de su trabajo y que ha evitado, en lo posible, buscar auspiciadores para sus proyectos. Los financia de su bolsillo, del aporte de sus compañeros de travesías y con la generosidad de distintas personas e instituciones que lo apoyan, sin obligarlo a publicitar un determinado producto o servicio. Asegura que eso le da la libertad para desarrollar cada proyecto según sus propias pautas, las que comenta y discute con los otros aventureros que lo acompañan en cada uno de esos proyectos y que son los que, en definitiva, arriesgan la vida junto a él.

Barragán, después de revisar mapas con corrientes marinas del Atlántico, llegó a la conclusión que un viaje desde África hasta América, escogiendo la temporada menos peligrosa por los huracanes, impulsado solo por el viento, las corrientes y un poco de suerte, era posible. Para reafirmar su teoría, vendió una propiedad con el objeto de financiar un viaje a México y conocer de cerca la cultura Olmeca y sus colosales cabezas de piedra.

La cultura Olmeca se desarrolló en Mesoamérica entre el 1.200 y el 400 a.C. y fue la precursora, entre otras, de mayas y aztecas. Abarcaron desde la zona de las actuales Veracruz y Tabasco y bordeando el Golfo de México hacia el sur, se estima que llegaron hasta la actual Nicaragua. Como estuvieron asentados en zonas ocupadas posteriormente por mayas y otras culturas, para los arqueólogos ha resultado un enorme desafío diferenciar ruinas, reliquias y entierros, pero, poco a poco, han logrado su propósito y descubrir para los olmecas un universo propio, cada día más trascendente en el mundo de la investigación de las culturas precolombinas.  

Colosal cabeza Olmeca

Su legado en cerámica, escultura en piedra y en jade es muy importante. También fueron pioneros en el cultivo del cacao y el maíz, entre otros y en el uso del hule proveniente del árbol del caucho. Se cree que inventaron el juego de pelota que posteriormente continuaban practicando los mayas y que además legaron a esta cultura y a los aztecas muchos de los conocimientos que ellos uutilizaron. También les habrían heredado algunos dioses y ritos.

Aún existen incontables misterios en torno a los olmecas, entre ellos que los arqueólogos no han podido establecer un ascendiente africano en los hallazgos hechos, salvo los mencionados rasgos negroides de las cabezas de piedra, que por el momento parecen ser más especulativos que reales.

En cuanto a las enormes cabezas de basalto (la más grande de las 17 encontradas mide 3,4 x 3 mts. y pesa 40 toneladas), la primera fue descubierta en 1862 por el periodista y explorador mexicano, José María Melgar quien, haciendo la advertencia de que solo era un aficionado a la arqueología, se atrevió a anticipar que la cabeza representaría a etíopes que habrían arribado a América en tiempos remotos.

Este comentario abrió la puerta a otros investigadores que observaron los rasgos negroides en las famosas esculturas, agregando que podrían corresponder a posibles navegantes africanos que habrían llegado a esa parte del mundo hace unos 3.500 años.

Por otra parte, Barragán encontró unas tablillas de piedra talladas por primitivos habitantes africanos que los mostraban a bordo de rústicas balsas.  Unir ambos cabos fue lo que llevó a montar esta expedición, con el ánimo de demostrar la posibilidad real de esta afirmación.

Junto a Jorge Iriberri, Félix Arrieta, Óscar Giaccaglia y Daniel Sánchez Magariños, cuatro años tardaron en preparar la travesía que realizaron a bordo de una balsa construida con nueve troncos de madera de balsa que consiguieron en Ecuador. Con menos de doscientos dólares llegaron a Guayaquil y con ese dinero algunos de los expedicionarios se internaron en la selva para elegir los troncos que se acomodaban al diseño que habían confeccionado. Luego de 42 días, lograron seleccionar y embarcar los maderos escogidos con rumbo a Buenos Aires. En camiones aportados por una empresa local los trasladaron a Mar del Plata, donde confeccionaron la rústica embarcación.

Los cinco expedicionarios                         Barragán y su libro

Tratando de ser lo más fieles a los diseños originales, los troncos fueron atados con cordeles vegetales, instalaron un mástil bípode del que colgaron una vela rectangular donada por la Armada Argentina, vela dada de baja en la fragata Libertad. Como habitáculo, tenían una casucha de cañas con techo de paja. El baño, un balde atado con un cordel a la popa; la cocina, unos pocos utensilios, dos balones de gas y un pequeño anafe.

Por acuerdo entre los miembros de la tripulación y según investigaciones que realizaron respecto a las características de las primitivas balsas africanas, a su embarcación no le instalaron timón, lo que significaba que el viaje sólo sería de ida, sin posibilidad de retorno. La vela rectangular permite muy poca maniobrabilidad frente a los vientos.

No tenían brújula ni ningún otro instrumento de navegación, solo se orientaban por las estrellas, la ubicación del sol y sin timón, se dejaban llevar por las corrientes y los vientos. Mientras navegaban, en realidad no sabían muy bien en donde estaban ni hacia dónde eran arrastrados. Lo que si llevaron, más por insistencias de las familias, fue un equipo de radio que les permitía informar a diario sobre su estado,

La otra precaución que tomaron fue que a dos miembros de la travesía que aún tenían sus apéndices, se los operaron. En una balsa de 13,6 metros de largo por 5,8 de ancho, no existían las comodidades como para atender a enfermos y menos practicar cirugías.

La comida estaba constituida por alimentos no perecibles donados por un supermercado de Mar del Plata, además de la esperanza de la pesca para disponer de carne fresca, lo que nunca ocurrió. Durante los 52 días que tardó la travesía, solo consiguieron un pez.

Cuando la balsa estuvo lista, la expedición, bautizada Atlantis, inició su viaje en Tenerife. El 22 de mayo de 1984 se hicieron a la mar en una travesía en la que pocos factores quedaron al azar. Se trataba de reproducir, con la mayor fidelidad imaginable, el viaje que habría llevado a los africanos a América, más de tres mil años antes de la epopeya de Colón.

Barragán pensaba que más que un espíritu de conquista, lo que llevó a esos primitivos navegantes hacia este destino, fue la casualidad.

Entre ellos, los tripulantes adquirieron, antes de zarpar, varios compromisos, algunos complejos de cumplir, como por ejemplo, si uno caía al agua era prácticamente imposible salvarlo pues la balsa carecía de timón como para regresar por él. Deberían abandonarlo. Para la eventualidad de que esto llegase a ocurrir, dispusieron en la popa una cuerda de setenta metros. Era el único asidero a la vida en la eventual caída, que, afortunadamente, no se dio.

La otra precaución fue atarse a la nave durante las tormentas y las marejadas.

Además de dos tormentas, que les provocaron gran temor pues enfrentaron olas de hasta siete metros y en las que ya veían que su frágil embarcación zozobraba frente a la fuerza del mar y del viento, los principales problemas fueron la orientación y calcular la distancia recorrida. Pese a que Sánchez Magariños sabía ubicarse por las estrellas, muchas noches de niebla y varias de ellas seguidas, les impidieron ver el cielo. En cuanto a la distancia, calculaban al ojo que avanzaban 70 millas náuticas por día, pero no sabían si la cifra y la dirección eran las correctas, lo que les impedía estimar los días que faltaban para llegar a destino, según los presupuestos hechos por el líder de la expedición, con la consiguiente incertidumbre respecto a que si los alimentos y el agua alcanzarían hasta el término del viaje.

Pese a que se habían propuesto no pedir ayuda a ninguna nave con la que se cruzaran, el día 49 de la travesía fueron avistados por un pesquero, el Maratún que se acercó y les preguntó si eran la balsa que había zarpado desde Tenerife. Cuando respondieron afirmativamente, el capitán les dijo:

─¡Bienvenidos a América! Están a diez millas de los Testigos, archipiélago venezolano.

Luego de abrazarse emocionados por haber conseguido la meta, continuaron su viaje para atracar en La Guaira tres días después. Luego de 52 días en los que dejaron atrás 5.000 kilómetros, arribaron a su destino en medio de una calurosa recepción por parte de los venezolanos.

Atlantis demostraba que una travesía en balsa entre los dos continentes era posible hace 3.500 años, con los medios disponibles en aquella época.

La historia de este viaje épico quedó registrada en un libro escrito por el propio Alfredo Barragán y en un documental, dirigido por él y filmado por Félix Arrieta durante la travesía, quién, una vez a bordo de la embarcación, confesó que no sabía nadar.

La balsa se conserva en Dolores, Argentina, en un museo que los aventureros están montando para que la gente recuerde su hazaña.

Balsa exhibida junto al obelisco, en Buenos Aires

Fernando Lizama Murphy

Marzo 2024

Para saber más

Barragán, Alfredo: Expedición Atlantis. – Editado por Cadei

Nöllman, María: periodista diario La Nación de Argentina. Entrevista publicada el 29 de mayo de 2023.

Vesco, Leandro: periodista diario La Nación de Argentina, artículo publicado el 11 de mayo de 2021.

Bueno, Isabel: Historia National Geographic – El hallazgo de las colosales cabezas Olmecas de piedra en Las Ventas.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/las-cabezas-colosales-de-los-olmecas-en-la-venta_18989 (consultado marzo 2024)

CUENTO DE NAVIDAD

El 24 de diciembre a mediodía, se paralizaron las actividades en la oficina de contabilidad en la que trabajo, para que los funcionarios asistiésemos al salón de reuniones. Allí, los casi cincuenta empleados disfrutamos de un cóctel organizado por la gerencia, celebrando la Navidad. No faltaron los canapés, pastelitos, torta y otras delicadezas dispuestas por los jefes, acompañadas de champaña y bebidas. También nos repartimos los típicos regalos del amigo invisible.

Como siempre, las conversaciones giraron en torno a los temas habituales en las reuniones de oficina, con risotadas entre los hombres y comentarios relativos a la forma de vestir de la fulanita o a las conductas de la sutanita, por parte de las mujeres. No faltó el que con tono malicioso sacó a relucir el romance, tan “secreto” que todos conocían, entre el gerente y la nueva secretaria.

Como nos habían dado la tarde libre, cerca de las dos comenzaron los intercambios de abrazos de despedida y los deseos de una feliz Navidad. En ese momento se acercó a mí Inostroza, un empleado muy retraído que llevaba algunos meses trabajando en la empresa y que siempre permanecía como distante. Pensé que venía a desearme parabienes y lo abracé con entusiasmo, como si fuésemos viejos amigos, mostrando que también me sentía parte del espíritu navideño.

Debo decir que todo lo que sabía de este compañero de trabajo era lo que estaba a la vista. Que era bajo, de unos cuarenta años, muy delgado, de pelo crespo y ojos oscuros. De su vida, lo desconocía todo y me imaginé que a él con la mía, le pasaba lo mismo. Pero era otro tema el que quería conversar conmigo.

−Fernando –me dijo− yo sé que nos conocemos poco y que si aceptas lo que te voy a pedir, voy a alterar toda tu celebración, pero necesito un favor.

Lo miré extrañado. −¿Por qué me elige a mí, si apenas nos conocemos?− me pregunté. Pero algo en su mirada me hizo decir:

−Dime, de qué se trata.

Con eso abrí la puerta a una de las historias más extrañas que me han ocurrido.

−Resulta que mi madre, que tiene 84 años y está desde hace mucho tiempo postrada, padece de una forma de demencia senil que la va, poco a poco, regresando al pasado. Hace un par de años era una adolescente, ahora es una niña de unos cinco años.

−¿Y…?

−Le escribió una carta al Viejo Pascuero…

Diciendo esto me pasó una hoja de cuaderno en la que se podía leer, escrito con una caligrafía muy delicada, de esas de antaño y que para nada era la de una niña de cinco años:

Querido Viejito Pascual:

Te escribo esta carta para pedirte que para Navidad me traigas un oso de peluche de esos que tienen un corazón en los brazos que dice “Te amo”. Yo me he portado bien todo el año para que tú me des ese regalo.

Muchas gracias y saludos a los gnomos que te ayudan a fabricar los juguetes y a los renos que te trasladan por el cielo para hacer felices a los niños como yo.

Me quedé mirando a Inostroza sin saber qué decir.

−Como tú eres alto y macizo, te quiero pedir que te disfraces de Viejo Pascuero y le lleves el regalo a mi madre. Lo haría yo, pero como puedes ver, mi contextura no es precisamente la más adecuada.

Pensé en mi mujer, en mis dos hijos, en nuestra costumbre de asistir en familia a la misa del gallo, a la que mi señora partía antes con los niños para que yo me quedase poniendo los regalos en torno al árbol. Pensé en mis padres ya fallecidos, en que quizás si me atrasaba mi señora se llevaría un disgusto. En fin, una procesión de situaciones, recuerdos y añoranzas, viajaron por mi mente en unos segundos que seguramente a Inostroza le parecieron interminables. Como no le daba una respuesta, me dijo:

−Si no puedes no importa, yo sé que tienes a tu familia y no me gustaría causarte algún conflicto.

Pero le dije que sí y en pocos minutos estaba en el baño de la oficina poniendo sobre mis ropas el disfraz de Viejo Pascuero que Inostroza había arrendado para la ocasión. El calor de diciembre es sofocante y nunca me imaginé el tormento que es para esos hombres que se ganan unos pesos en estas fechas, disfrazados.  

Poco después salimos en mi automóvil con rumbo a un barrio que yo desconocía y nos detuvimos frente a una casa que mostraba que tuvo tiempos mejores. Desde la calle se veían titilar en el interior las luces de una guirnalda en el árbol navideño.

Inostroza, que permaneció en el auto, me dijo

–La habitación de mi madre es la segunda puerta a mano derecha. Como puedes ver desde aquí, a la entrada está el árbol de pascua donde encontrarás un único paquete. Es su oso de peluche.

No sé de dónde me salió, pero al entrar al dormitorio dije el ¡Jojojo! tan fuerte, que la anciana despertó de su sopor y abrió unos ojos desmesurados mientras se llevaba ambas manos a la cara, como tratando de disimular su asombro. Era evidente su desmejorada salud, pero sacó fuerzas de flaquezas y se irguió en la cama:

−¡Viejito Pascual! – dijo con una voz apenas audible, en un tono que me llamó la atención, porque parecía imitar una voz infantil.

Me senté a su lado y comencé a acariciarle el cabello cano y desgreñado. Ella se acurrucó contra mí y la sentí llorar. Me imaginé que de alegría, aunque a mí también me salieron unos lagrimones. Recordé que nunca tuve a mi madre en los brazos como ahora lo hacía con una extraña. Hice el ademán de tomarla para llevarla en volandas hasta el árbol, pero ella me interrumpió:

−¡No! Yo puedo sola.

Se sentó a la orilla de la cama y se puso de pie. Tambaleaba y temiendo que se fuese a caer, la tomé de un codo y acompañé su pausado caminar hasta llegar al sitio en que se encontraba el regalo. Le acerqué una silla para que se sentara y lo abriese con tranquilidad. Lo hizo con la delicadeza que solo los ancianos ponen en sus acciones, evitando romper el papel. Cuando apareció el oso, lo abrazó como seguramente lo hizo con sus hijos recién nacidos, con una ternura conmovedora. Pasados unos minutos, me miró con cara suplicante y me dijo:

−Viejito ¿me puede regresar a mi cama?

Ahora si la tomé en volandas y la deposité en su lecho. Pronto dormía abrazada a su oso.

Una vez en el auto, me despedí de Inostroza y continué viaje hasta mi hogar disfrazado de Pascuero. Había decidido darle una sorpresa a mi familia, que disfrutó con mi humorada.

Me saqué el disfraz, me vestí adecuadamente para ir a la misa del gallo. Como siempre, mi señora y los niños me precedieron, mientras yo acomodaba los paquetes en torno al árbol.

Una vez en la iglesia, le di gracias al Niño Jesús por esa inmejorable oportunidad de brindar amor que puso en mi camino. 

Fernando Lizama Murphy

HISTORIA DE LA CAPTURA DE CETÁCEOS EN EL LITORAL CHILENO

Por Fernando Lizama Murphy (Miembro de la Academia de Historia Naval y Marítima de Chile)

Entonces dame un ballenero, dondequiera que esté,
que no tema a un pez que pueda nadar en el mar salado;
luego dame un barco apretado y con velas cómodas,
y por último acuéstate al lado del noble cachalote;
en el Índico océano,
o el océano Pacífico,
No importa qué océano
Adelante, tira O!

Estrofa de antigua canción marinera, publicada por J.N. Reynolds (1799-1858) en su trabajo de 1839 titulado: “Mocha Dick o la ballena blanca del Pacífico: una hoja de un diario manuscrito”.

Agradecimientos. Cuando se busca información sobre la caza de cetáceos en Chile, casi todos los caminos conducen al libro “Soplan las ballenas” y a otros trabajos publicados por el antropólogo, profesor e investigador de la Universidad de Chile, señor Daniel Quiroz Larrea, sin duda el mejor documentado estudioso del tema. Basado fundamentalmente en ese texto y gentilmente autorizado por el profesor Quiroz, he escrito este trabajo. También me he tomado la libertad de utilizar algunas de las imágenes que ilustran esa publicación.

INTRODUCCIÓN

El extenso litoral chileno permite que en él se hayan logrado identificar 43 tipos de cetáceos, correspondientes a tres de las cuatro especies que en este momento circulan por los océanos del planeta. La variedad climática, desde el extremo sur polar hasta las cálidas aguas del norte, resultan ser el hábitat apropiado para muchos de estos enormes mamíferos acuáticos que, se calcula, hace más de 50 millones de años, en el eoceno, hicieron su aparición, primero caminando sobre la tierra, para luego de un largo proceso de transformación, convertirse en lo que vemos nadando, cada día menos, por los océanos.

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EL NAUFRAGIO DE LA GOLETA CONSTITUCIÓN

Por Fernando Lizama Murphy (Miembro de la Academia de Historia Naval y Marítima de Chile)

Piense que está asistiendo al naufragio de un barco. El océano, de cuando en cuando, reclama sus víctimas.

Emilio Salgari

Naufragio en el Cabo de Hornos. Pintura de  Josef Carl Berthold Püttner.

El desastre de Rancagua (1 y 2 de octubre de 1814) significó para muchos patriotas chilenos el comienzo de un exilio forzoso al otro lado de Los Andes, donde carrerista y o´higginistas por igual buscaron refugio. Algunos de los asilados, de ambos bandos, lo hicieron para salvar la vida y otros, también de ambos bandos, con el ánimo de reconstruir el ejército y volver a la patria para luchar por su liberación. Carrera arrastraba el peso de haber abandonado a su suerte a O´Higgins en Rancagua, lo que lo hacía muy impopular entre los seguidores del derrotado general.

Sabemos que O´Higgins fue bien aceptado por José de San Martín en Mendoza, en cambio José Miguel y su hermano Juan José Carrera, acusados de una actitud arrogante, fueron desarmados y enviados como prisioneros a Buenos Aires, donde José Miguel gozaba de la simpatía de Alvear, que durante un efímero período fue Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Pese a la sucesión de gobernantes que las Provincias Unidas tuvieron durante en ese conflictivo período, casi todos ellos coincidían en que la independencia de su país estaba sujeta a la de sus vecinos. Por una parte se mantenía la intención inglesa de apoderarse de parte del país, los españoles, junto con los realistas, se hacían fuertes en Montevideo y recuperaban Chile y desde Brasil, Carlota Joaquina no disimulaba su intención de hacer crecer su país a expensas de los otros que daban al Atlántico. En esas condiciones, los gobernantes rioplatenses de turno coincidían en que cualquier esfuerzo por neutralizar a todos los enemigos, les eran favorables.

Fue en estas circunstancias en las que el controvertido patriota chileno, presbítero Julián Uribe, seguidor incondicional de Carrera, planteó la opción de integrar a los chilenos refugiados en la capital del Río de la Plata, a una flota corsaria, que Buenos Aires estaba concibiendo para que hiciera la guerra a la armada virreinal que operaba libremente por el Pacífico Sur, desde El Callao.

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EL MOTÍN DE LAS CONVICTAS

La his­to­ria de es­ta mu­jer es ex­traor­di­na­ria. Al­gu­na vez fue muy her­mo­sa. Em­bar­ca­da por un cri­men atroz, con­vi­vía a bor­do con el ca­pi­tán. Po­co an­tes de lle­gar a la la­ti­tud de Bue­nos Ai­res, cons­pi­ró con otras mu­je­res con­vic­tas pa­ra ase­si­nar a to­dos a bor­do, sal­vo unos po­cos ma­ri­ne­ros…

                                                                                                                Charles Darwin

Partiremos diciendo que el título de esta crónica es, en parte, mentira. El motín existió y las convictas también, pero diversas investigaciones han demostrado que los dichos del célebre Darwin no ocurrieron como a él se los narraron. Pese a toda su sabiduría, en este caso se hizo eco de chismes de cantina para describir a Mary Clarke, la principal protagonista de este curioso episodio que se inicia cuando expiraba el siglo XVIII. La historia es distinta, aunque con un fondo de verdad.

En febrero de 1797, 66 mujeres son embarcadas en Falmouth, puerto inglés, a bordo de la fragata Lady Shore. Todas son convictas por haber cometido distintas fechorías tales como robos, mendicidad, prostitución, asesinato, cuyas condenas fluctúan entre siete años y prisión perpetua. Con las cárceles británicas atiborradas, con los Estados Unidos de Norteamérica, que desde que se declararon independientes dejaron de recibir condenados, el triste destino que esperaba a estas damas era la colonia penitenciaria de Botany Bay en Australia.  

Cabe hacer notar que la justicia inglesa, alguna vez muy cuestionada por sus fallos considerados “blandos” por la aristocracia, endureció la mano a tal punto que delitos muy pequeños, como el de una mujer acusada de no devolver una manta que le prestaron, recibían castigos de siete años de prisión. Existe una lista con los nombres de las mujeres y los delitos cometidos, por eso podemos saber que 55 de ellas estaban condenadas a siete años, una a catorce y las diez restantes a cadena perpetua. ¿Por qué? Se puede leer sobre una mujer castigada por robar un pañuelo de seda, otra por robar queso y así, algunos delitos que hoy no merecerían ni la concurrencia a un tribunal. Con los hombres eran más rigurosos aún. Thomas Eccles de 43 años, por robar tocino y pan, fue condenado a muerte.

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LA TRAGEDIA ÉTNICA DE RAPA NUI Y LA POLINESIA

LA TRAGEDIA ÉTNICA DE RAPA NUI Y LA POLINESIA

«Tepito-te-henúa, ombligo del mar grande,
taller del mar, extinguida diadema.
De tu lava escorial subió la frente
del hombre más arriba del Océano,
los ojos agrietados de la piedra
midieron el ciclónico universo,
y fue central la mano que elevaba
la pura magnitud de tus estatuas…»

Fragmento del poema Rapa Nui, de Pablo Neruda.

Según se reconoce oficialmente, la isla de Pascua —Rapa Nui para los isleños— nació al mundo occidental el 6 de abril de 1722, día de la pascua de resurrección. De ahí su nombre. Ese día, el almirante holandés Jakob Roggeveen descendió a tierra con ciento cincuenta hombres para encontrarse con un grupo de aborígenes casi desnudos, a los que de inmediato consideraron seres inferiores. Incluso se dice que a uno de los tripulantes se le escapó un tiro de mosquete que hirió de muerte a un isleño. Si fue intencional e intimidatorio es algo que no sabemos.

Pero no existe unanimidad respecto a este hallazgo. La Sociedad Geográfica de Madrid, en su Boletín del Año VIII, emitido en septiembre de 1883, aseguraba que la isla fue descubierta por el marino español Juan Fernández hacia 1570, durante una expedición que abarcó gran parte del Pacífico Sur.

En el mismo Boletín se cita que en 1686 la isla habría sido visitada por el inglés Davis, pero Lionel Waffer, cirujano en la nave de Davis, publicó una relación del viaje en la que las características topográficas de la isla descubierta en esa ocasión, diferían mucho de las de Rapa Nui, dejando dudas que nunca se han aclarado sobre esta visita.

Por eso prevaleció como autor del descubrimiento Jakob Roggeveen, quien, con una flota de tres naves y 260 tripulantes, zarpó desde Texel, Holanda, el 1 de agosto de 1721, para regresar al mismo puerto el 11 de junio de 1723, después de ser el decimosexto marino en dar la vuelta al mundo. El descubrimiento de la isla de Pascua es considerado el hallazgo más importante de su travesía.

Los investigadores estiman que Rapa Nui fue poblada mil años antes por polinésicos provenientes desde otras islas de la cuenca del Pacífico Sur, especialmente Tahiti, que a su vez fueron habitadas dos milenios antes por migrantes del Sudeste asiático.

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SENDEROS DE MUERTE EN LUCANAMARCA

Por Fernando Lizama Murphy

…el marxismo–leninismo es el sendero luminoso del futuro.

José Carlos Mariátegui, escritor peruano

En las décadas de 1960, 70 y 80, el Estado, enfrentado a múltiples y sucesivas crisis políticas y económicas, se olvidó más que nunca del Perú profundo, de ese Perú del campesino indígena, eternamente postergado en la sierra y en la selva. La zona al interior de Ayacucho, una de las más pobres del país, carecía de caminos, escuelas, hospitales y el gobierno solo se hacía presente a través de algunas remotas unidades policiales, de escaso contingente y mal pagadas, que se dedicaban a solucionar pequeños conflictos campesinos, casi siempre en beneficio de aquel que les retribuía mejor. Era tal el atraso, que en muchas comunidades no usaban el dinero para el intercambio de productos, sino el trueque. Tantas veces engañados, desconfiaban de aquellos que intentaban comprarles o venderles algo con billetes.

Como es habitual, los políticos aparecían en períodos de elecciones para desaparecer pronto, ganasen o perdiesen.

Desde el gobierno central se hicieron algunos intentos de remediar esta situación, como una reforma agraria en la que se les entregaron parcelas de entre 3 y 20 hectáreas –expropiadas a los latifundistas− pero en la que los campesinos, bajo la condición de “arrendires”[1], quedaban obligados a trabajar durante diez a doce jornadas al mes para el antiguo patrón o para el gamonal[2] , en forma gratuita y por un plazo indefinido. Diez o doce jornadas que casi siempre se convertían en más, acomodándolas según las cuentas del patrón. Como los arrendires no disponían de tiempo para atender sus propias parcelas, porque el tiempo no era de su propiedad, surgieron los “allegados”, medieros que trabajaban la tierra de estos nuevos parceleros a cambio de repartir lo producido. Nunca se capacitó a los campesinos de manera que pudiesen administrar bien esas posesiones que pagaban con trabajo.

En conclusión, el experimento fracasó y la pobreza continuó expandiéndose entre comunidades de por sí pobres y a consecuencia de su ignorancia e ingenuidad, temerosas y desconfiadas de todo.

En este entorno de abandono y miseria y luego de la Revolución Cubana, el Perú oculto, que tenía en Ayacucho su epicentro, dio a luz muchos movimientos extremistas de inspiración marxista, que incluían todas las corrientes (leninistas, maoístas, troskistas, guevaristas y otras). El partido comunista peruano, en variantes tradicionales y algunas nuevas, encontraba un caldo de cultivo más que fértil para captar seguidores.

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JOSÉ RODRÍGUEZ LABANDERA Y EL HIPOPÓTAMO

Por Fernando Lizama Murphy

“Con demasiada sorpresa han visto los habitantes del Guayas, que se hallaban en botes y diferentes embarcaciones menores, colocados enfrente de la ciudad, al otro lado del río, sumergirse el Hipopótamo, estando a su bordo el señor José Rodríguez, en unión del señor José Quevedo, joven contemporáneo de aquel y natural también de este país, y seguirlo con la vista fija a un pequeño tubo, que quedaba muy poco fuera del agua e imperceptible a la simple mirada, a una distancia regular; dicho tubo estaba amparado por una boca de fuego en la que estaba colocada la bandera nacional, que flameaba hermosamente por la brisa que corría”.

Diario El Ecuatoriano del Guayas – 21 de septiembre de 1838
José Rodríguez Labandera, inventor, científico, mecánico y militar ecuatoriano.

Después de su tercer intento y por falta de financiamiento, José Raymundo Rodríguez Labandera dejó abandonado su submarino, bautizado como Hipopótamo, en la orilla del río Guayas. Harto de burocracia, botó su sueño de tantos años y desapareció para buscar un medio de subsistencia.

José Rodríguez supo desde niño lo que eran las privaciones. Sus padres, personas modestas, a duras penas le entregaban lo justo para vivir. Aun así, él soñaba con ser alguien. Mientras inventaba sus juguetes, observaba el entorno y se daba cuenta de que existía un mundo mejor. Uno que, lamentablemente, nunca le abrió sus puertas. Decidido a buscarlo, desde temprana edad entró a estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de la Sociedad Filantrópica del Guayas, donde aprendió rudimentos del arte de la impresión.

Cuando tenía 18 años, fue de los primeros aspirantes que ingresaron a la Escuela Náutica de Guayaquil, fundada en 1823 por el General John Illingworth, el mismo que años antes trasladara a Lord Cochrane a Chile. En esta institución aprendió, entre otras materias, física, matemáticas y fundamentos de la ingeniería naval.

Como guardiamarina, fue enrolado en la Armada Colombiana y participó en el bloqueo de El Callao. Después se retiró voluntariamente y decidió radicarse en Lima. Ahí comenzó a proyectar el que sería su mayor invento. En 1837, cuando consideró que el diseño y las características estaban lo suficientemente maduros como para llevarlo a cabo, lo presentó a las autoridades peruanas buscando apoyo y financiamiento. Sólo encontró lo primero, y sin dinero, no podía seguir.

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JOSÉ ANTONIO ÁLVAREZ CONDARCO. UN HÉROE OLVIDADO

Por Fernando Lizama Murphy

“…la presencia de este oficial es aquí rarísima, como que a su inmediata dirección giran las fábricas de pólvora y salitres, delineación de mapas topográficos y otras incumbencias no menos importantes, que absolutamente no hay otro a quien confiarlas”.

Fragmento de carta de San Martín a Pueyrredón, presentando a Álvarez Condarco

En todas las guerras existen personajes que cumplen roles secundarios y eso les impide calificar para ser integrado al panteón de los héroes. Las guerras por la independencia de los países de América del Sur tienen muchos de esos personajes injustamente olvidados.

Hoy nos vamos a referir a un tucumano genial y valiente, que tuvo una muy importante participación en la guerra por la independencia de Chile y, más indirectamente, en la del Perú. Escribiremos sobre don José Antonio Álvarez de Condarco. (Posteriormente suprimiría la preposición “de” de su apellido)

Nació en Tucumán en 1780 y de su infancia no es mucho lo que se sabe. Solo que era hijo del regidor del Cabildo de su ciudad, homónimo y de doña Gregoria Sánchez de Lamadrid. Es muy probable que en sus años de colegio haya aprendido química, lo que le resultó de mucha utilidad en su vida profesional y tal vez ya en esta época haya sobresalido por su prodigiosa memoria visual, como se verá, característica importante para su futuro y el de la Independencia de Chile

En 1810, establecido en Buenos Aires, decide que sus simpatías están al lado de los patriotas de Mayo y asume algunos compromisos en una de las corrientes que intentan dirigir los ánimos independentistas de los habitantes del Río de la Plata.  Es en esas instancias donde se le encomienda su primera misión a Chile: mediar, para unificar criterios y directrices, entre las distintas facciones que luchan por la independencia del país.

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EL PIRATA MÁS FAMOSO DE CHILOÉ

Por Fernando Lizama Murphy

¡Oh mi Jesús amoroso! / ¡Oh mi Dios, Padre Divino! / Por esta cruz en tus hombros / por este amargo camino / Dadme luz y entendimiento / a esta torpe pluma y lirio / para relatar a ustedes / el caso más peregrino / del señor Pedro Ñancúpel / que en Melinka fue cautivo.

Fragmento de poema anónimo dedicado a Pedro Ñancúpel
Retrato hablado de Pedro Ñancúpel.

Quizás sea el aislamiento, tal vez la imaginación desbordada por la soledad o algo de su comida típica, vaya uno a saber, lo que hace de Chiloé una zona prolífica en mitos y leyendas. Algunas tienen bases reales que inspiran a los chilotes para crear o adaptar personajes o fábulas que, a través de los siglos, han ido enriqueciendo el enorme imaginario popular.

Por eso muchas veces, cuando alguien se propone escribir sobre acontecimientos acaecidos años ha en el archipiélago, le cuesta separar la paja del trigo, el mito de la realidad.

Es lo que pasa cuando se busca información sobre los piratas que asolaron las islas en la segunda mitad del siglo XIX. Algunos comentaristas los ven como delincuentes sanguinarios y otros como redentores dispuestos a terminar con los abusos de los poderosos.

En esta crónica intentaremos separar las aguas entre el mito y la realidad. Claro que las turbulentas aguas de los canales del sur no facilitan la tarea.

La Isla de Chiloé fue uno de los últimos baluartes de los españoles en Sudamérica y cuando los patriotas chilenos lograron su captura, en 1826, muchos chilotes no estuvieron de acuerdo en adherir a la nueva patria. Una importante cantidad de residentes querían continuar ligados a la corona española, sobre todo porque el gobierno de Chile, después de expulsar a los ibéricos, los dejó en la más completa orfandad, una parte por desidia y también por carecer de los elementos y los recursos económicos para colonizarla adecuadamente. Aunque sin duda la causa principal fue porque la naciente república tenía más al norte otros conflictos muy urgentes que resolver. Aparte de enviar un pequeño contingente militar, un puñado de policías y algunos funcionarios públicos y judiciales, no hubo más. Chiloé podía esperar.

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