LUCHANDO CONTRA LOS ASALTANTES

Segundo capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

No recuerdo bien qué día fue cuando el tío Gilberto nos mandó a tres jinetes para abrir camino. Durante nuestra andanza, desde un bosque divisamos a la distancia a unas personas. Desmontamos con cautela y, ocultos entre los matorrales, vimos cómo unos hombres empujaban y golpeaban a otros, mientras unas mujeres lloraban, arrastradas por los mismos hombres. Sin duda eran asaltantes que habían cogido una presa y se preparaban para eliminar a los testigos y llevarse a las mujeres. Conmigo estaban Ramón y Eliecer, que era muy amigo mío. Ocultos entre las malezas nos acercamos lo más que pudimos y nuestra sorpresa fue grande cuando vimos al Aurelio entre los bandidos.

En silencio regresamos a nuestras cabalgaduras y de ahí a encontrarnos con la caravana que seguía el paso cansino de los bueyes. Corrimos donde el tío Gilberto y le advertimos sobre lo que estaba ocurriendo a media jornada, y que habíamos visto al Aurelio entre los malos.

─¡Algo me decía que ese gallo no era de fiar! ─respondió el tío, y nos dio instrucciones de montar a todos los jinetes y regresar al lugar donde los bandidos estaban haciendo de las suyas. Dejó cuatro cabalgaduras para escoltar a los boyeros que continuarían avanzando a su paso.

Montados, nos dejamos caer sobre los asaltantes. El tío Gilberto y otro de los jinetes tenían sables heredados de alguna guerra y se abalanzaron a caballo mientras los demás desmontábamos. Entre todos, aprovechando la estupefacción de verdugos y víctimas, corrimos cuchillos, lanzazos y disparos que muy pronto tenían a tres de los malos en el suelo, mientras otros cuatro intentaban huir, excepto uno que tomó a una mujer como escudo y amenazó con degollarla si nos acercábamos. El hombre no se percató de que por su espalda se acercaba el tío Gilberto con su sable, quien de un sólo corte casi le arranca la cabeza. Yo creo que no se dio cuenta que estaba muriendo. El otro con el que el tío Gilberto no tuvo piedad fue con el Aurelio, que atado de manos y arrodillado, lloraba. Lo atravesó de lado a lado, cuando yo estaba con él. El tío me dirigió una mirada terrible, que yo nunca le había visto en su rostro de hombre bonachón, antes de decirme:

─Con los traidores y los bandidos, la piedad no existe.

Yo, que nunca había visto matar a nadie, aparte del ganado, estaba atónito. Ver tanta sangre por todas partes, cabezas y manos cortadas mientras las mujeres lloraban desconsoladas, me tenía muy impresionado. Eliecer, que tampoco había vivido una situación así, estaba de pie a mi lado y me abrazó. Nos costó controlar las lágrimas para evitar que los más viejos se burlaran. Claro que al momento del ataque estaba como ciego, corrí con mi cuchillo en la mano y lancé tajos a diestra y siniestra, pero no me di cuenta si maté a alguien. Que corté a algunos sí, porque la hoja estaba ensangrentada.

Dos de los asaltantes quedaron vivos. Les dimos una golpiza de pie y puños hasta hartarnos. De los cautivos, las dos mujeres, entre ellas una niñita que no pasaba de los ocho años, habían sido violadas y lloraban abrazadas. Parecían madre e hija. Los hombres, un anciano, un hombre de unos treinta y cinco y un joven como de mi edad, yacían heridos, golpeados y con cortes de cuchillo. El anciano falleció al día siguiente. Nada pudimos hacer por él, salvo sepultarlo a la orilla del sendero y rezar.

El hombre, que dijo llamarse Adalberto y era marido de la mujer y padre de los dos jóvenes, nos relató que viajaba desde el puerto de Matanzas a Santiago buscando nuevos horizontes.

─Matanzas sigue en manos de los españoles, que esperan refuerzos, y a los criollos nos tratan muy mal. Por eso decidí viajar a Santiago.

─Pero usted sabía lo arriesgado de ese viaje ─le respondió mi tío.

─A pesar de eso, decidí correr el riesgo. El finado era mi suegro. Un buen hombre.

Estaba claro que las víctimas no podían seguir con nosotros, por lo que el tío Gilberto les proveyó de dos jinetes, uno de ellos mi amigo Eliecer, para que los escoltaran hasta la hacienda Pumanque, relativamente cercana. También les prestó cuatro caballos, de esos que les arrebatamos a los asaltantes. El tío calculó que con el andar de los bueyes nuestros amigos nos alcanzarían en unas tres o cuatro jornadas.

La carreta en que viajaban don Adalberto y los suyos sirvió de celda para los dos bandidos, a los que atamos en su interior para entregarlos a la justicia. Iban muy maltrechos después de la golpiza. Más tarde Eliecer me relató que en cuánto llegaron a la estancia, el capataz los hizo colgar, mientras suplicaban por sus vidas.

─Nunca había visto a un colgado ─me dijo muy impresionado mi amigo cuatro días después cuando regresaron a la caravana. 

De ahí en adelante el camino continuó sin mayores contratiempos, salvo un día de lluvia que convirtió la senda en fango, haciendo más lento nuestro andar. Vadeamos ríos, retiramos árboles caídos, siempre avanzando a un paso muy lento, marcado por los bueyes, hasta empalmar con el Camino Real, en un caserío llamado Placilla. Ahí acampamos por última vez. El tío Gilberto dijo que muy pronto veríamos Valparaíso y a mí me invadió una enorme ansiedad. En las tertulias nocturnas alrededor de las fogatas y mientras se jugaba a las cartas o a los dados, tanto habían hablado del puerto los que ya lo habían visitado, que anhelaba conocerlo.

Después de transcurridos tantos años no lo recuerdo con exactitud, pero con seguridad llevábamos más de un mes viajando y estábamos agotados. Saco la cuenta que a dos leguas diarias, por lo menos tardamos cuarenta días.

Esa noche el tío Gilberto celebró el éxito del viaje, nos comimos casi todas las reservas de charqui, asamos unos conejos y unas tórtolas que cazamos con mi honda y otras armas, y me permitieron beber aguardiente. Al comienzo sentí que me quemaba el gaznate, pero pronto me acostumbré y bebí varios sorbos desde el odre. No recuerdo mucho lo que pasó, pero dormí como un ángel.

Claro que al día siguiente, mientras descendíamos hacia el puerto, el dolor de cabeza me mataba y varias veces tuve que bajar del caballo para vomitar. Me consolaba ver a Eliecer a mi lado en las mismas. Además del malestar, debía soportar las burlas de los más viejos. Juré que nunca más iba a beber, pero pronto olvidé ese juramento.

Por Fernando Lizama Murphy

Las Aventuras de Félix Núñez. De campesino a marinero. Libro I, Un surco en el mar

VER EN AMAZON

Este texto corresponde al segundo capítulo de la novela Un surco en el mar, primer volumen de la trilogía De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, ficción histórica que narra las aventuras de un campesino de Vichuquén, pequeña localidad de la zona central de Chile, que en la época inmediatamente posterior a la independencia del país se verá involucrado en diversos acontecimientos históricos a partir del segundo bloqueo de El Callao emprendido por Lord Cochrane en el marco de la Expedición Libertadora del Perú (1819) hasta mediados del siglo XIX.

La serie, si bien siguiendo el esquema de textos novelados, respeta los hechos históricos y refleja muchos aspectos de la vida cotidiana en la época en que sucedieron estos hechos.

VER CAP. ANTERIOR

VER EN

9 comentarios en “LUCHANDO CONTRA LOS ASALTANTES

  1. Pingback: VALPARAÍSO – Fernando Lizama-Murphy

  2. Pingback: TRABAJANDO PARA DON SIMÓN – Fernando Lizama-Murphy

  3. Pingback: INTENTO POR RECUPERAR LA ALFORJA – Fernando Lizama-Murphy

  4. Pingback: AMOR A LA FUERZA – Fernando Lizama-Murphy

  5. Pingback: DE FARRA CON PEDRO – Fernando Lizama-Murphy

  6. Pingback: A LA FUERZA RUMBO AL NORTE – Fernando Lizama-Murphy

  7. Pingback: APRENDIENDO A NAVEGAR – Fernando Lizama-Murphy

  8. Pingback: ATACANDO EL CALLAO – Fernando Lizama-Murphy

  9. Pingback: DESEMBARCO EN PISCO – Fernando Lizama-Murphy

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s