INTENTO POR RECUPERAR LA ALFORJA

Quinto capítulo de la novela Un surco en el mar, Libro I de la serie De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, de Fernando Lizama Murphy (disponible en Amazon)

Al puerto arribaban naves de banderas extrañas que nunca antes vi y que al preguntar me decían que eran de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Holanda y otras procedencias que no recuerdo, todas tierras que yo creía parte de un mundo de fantasía. Hasta cuando tenía unos diez años creía que la tierra era plana y que empezaba y terminaba alrededor de Vichuquén. El padre Nicodemo fue el que me habló del mundo redondo que existía más allá de los cerros y del mar que rodeaban mi pueblo natal. También me habló de Dios, que había creado todo lo que nuestros ojos podían ver, me conversó de su España natal, del paso por el Río de la Plata y de que el mundo estaba dividido en muchas naciones y que los países poderosos se habían adueñado de los más débiles y que éstos querían ser libres y que por eso luchaban los criollos contra los realistas.

En una de mis salidas con el patrón a entregar unas maderas, vi en la calle a la matrona que la noche de mi llegada al puerto me arrastró al interior de la cantina. Me dio vergüenza contarle a don Simón lo que me había ocurrido, pero quería recuperar mi alforja y, como ya me ubicaba bien en Valparaíso, decidí que regresaría en algún momento para reclamar lo mío. 

Cuando llevaba cerca de un mes trabajando con don Simón, un día, al igual como lo hizo conmigo, gritó:

─Este muchacho es Pedro Artigas y desde hoy trabaja con nosotros.

Lo que no me dijo don Simón fue que compartiríamos el cuarto en el que dormía, pero no me incomodó. Pedro, que era un año mayor que yo, resultó ser un buen amigo. Era de Santiago y llegó siendo niño al puerto huyendo de su padrastro que lo golpeaba con cualquier pretexto. Desde su arribo trabajaba en lo que le permitiese sobrevivir para reunir unos pesos y su deseo era retornar a Santiago. Dormía donde lo sorprendía la noche.

─También golpea a mi madre y regresaré solo para matarlo ─me confesó sobre su padrastro en una oportunidad en que nos quedamos conversando a la luz de la vela.

A Pedro, don Simón lo dejó como ayudante de uno de los maestros y ocasionalmente lo mandaba a comprar al único negocio de ultramarinos que, por esa época, existía en Valparaíso.

Una noche le relaté la que fue mi primera experiencia en el puerto y luego de reírse de mi ingenuidad, me sugirió:

─¿Y por qué no vamos a recuperar tu alforja?

─¿Cuándo? ─respondí con la misma candidez campesina.

─¡Ahora, ya!

Lo miré perplejo.

─¿Tú crees que don Simón está pendiente de nosotros? Él está durmiendo como un angelito. ¡Vamos! ─me insistió.

Y así, cuando ya todo era oscuridad, salimos por entre unas tablas mal clavadas del costado del galpón. Mi corazón latía muy fuerte, pero pronto comencé a recuperar la calma.

No fueron muchas las calles que recorrimos hasta que encontré el lugar en el que pasé mi primera noche porteña. Nadie custodiaba la puerta. Entramos con mucho cuidado al interior, donde la música de guitarras y vihuelas y las mismas canciones que escuchara un tiempo antes, continuaban sonando, como si nunca se hubiese cerrado el lugar. En un rincón, abrazada a otro hombre y riendo, vi a la hembra que esa noche me embaucó y me dirigí hacia allá para encararla. A pocos pasos me seguía Pedro, quizás por eso saqué unas agallas extrañas en mí para gritarle:

─¡Quiero mi alforja!─. Ella me miró como diciendo ¿quién será este imbécil?, pero yo insistí.

─¡Quiero que me devuelvan la alforja que me robaron aquí la otra noche!

No sé de dónde salió un grandote que me tomó del cuello por la espalda mientras preparaba el golpe que iba a propinarme en la cara, pero Pedro se adelantó y le pegó en la oreja. El hombre me soltó para devolver el ataque y yo me colgué de él hasta hacerlo caer al suelo. Comenzamos a patearlo, pero el acompañante de la matrona se puso de pie y, cuchillo en mano, se abalanzó sobre mí. Por suerte en esa época tenía la agilidad de un conejo, porque no sé cómo evité la puñalada y lo golpeé en la boca del estómago. Tengo que reconocer que mi brazo derecho pegaba fuerte. También cayó al suelo y otros parroquianos se metieron en la trifulca por lo que con Pedro nos miramos y, sin decirlo, pensamos que lo mejor era salir de ahí antes de que nos agarrasen entre todos. Corrimos como galgos hasta llegar al galpón y entrar por entre las tablas sueltas.

Permanecimos en silencio un rato, con el corazón agitado, mientras en la calle se escuchaban voces y pisadas que quizás andaban tras nuestros pasos.

Después de eso, decidí olvidar la alforja y continuar trabajando para reunir el dinero que me permitiese regresar a Vichuquén.

Por Fernando Lizama Murphy

Este texto corresponde al quinto capítulo de la novela Un surco en el mar, primer volumen de la trilogía De Campesino a Marinero. Las Aventuras de Félix Núñez, ficción histórica que narra las aventuras de un campesino de Vichuquén, pequeña localidad de la zona central de Chile, que en la época inmediatamente posterior a la independencia del país se verá involucrado en diversos acontecimientos históricos a partir del segundo bloqueo de El Callao emprendido por Lord Cochrane en el marco de la Expedición Libertadora del Perú (1819) hasta mediados del siglo XIX.

La serie, si bien siguiendo el esquema de textos novelados, respeta los hechos históricos y refleja muchos aspectos de la vida cotidiana en la época en que sucedieron estos hechos.

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