REENCUENTRO CON ARTURO (Segunda parte)

funeralPor Fernando Lizama-Murphy

Inquieto, nervioso, angustiado, me faltaban calificativos para definir mi estado de ánimo durante los días siguientes. Incapaz de hacer nada, en la oficina me limitaba a calentar el asiento. Por supuesto permanecí atento a lo que ocurría con el crimen del ejecutivo que tenía conmocionada a la ciudad. Por eso supe que una semana después, luego de los peritajes del Instituto Médico Legal, entregaron el cadáver de Arturo para su sepultación. El informe pericial que apareció en la prensa roja hablaba de “muerte con arma corto punzante en la zona toráxica. Se perciben cuatro heridas…”. La conclusión policial hablaba de asesinato con arma blanca y motivo, el robo. Aunque yo no tomé ninguna pertenencia del finado, encontraron el cuerpo casi desnudo. La empresa en la que él trabajaba se hizo cargo del funeral, al que asistí pensando en camuflarme entre la multitud que esperaba encontrar, pero éramos tan pocos, que resulté muy visible para todos. Sospeché que los que ocupaban la última corrida de asientos, como en la tele, eran policías buscando al asesino entre los asistentes, por lo que me acerqué hacia el altar y tomé asiento en la tercera fila.

Estaba inquieto. Me sentía cubierto de miradas de reproche, como si todos supieran que se encontraban ahí despidiendo a Arturo por mi culpa.

Al mirar hacia la primera fila, me llamó la atención una mujer joven, muy atractiva, vestida de traje negro y con anteojos oscuros. La acompañaba un hombre, que supuse su marido y dos niños pequeños. Al concluir la ceremonia, el hombre tomó el cajón de una de sus manillas y del grupo de los que parecían compañeros de trabajo aparecieron cuatro más. Faltaba un portador. La dama atractiva se acercó a mí y me preguntó:

─¿Es usted mi tío Raimundo?

El reencuentro con Arturo había estado plagado de sorpresas, por lo que, una más, no me alteró demasiado, aunque sentí cómo mi pulso se elevaba.

─Sí, yo soy Raimundo Colima, pero no sabía que era su tío, añadí sonriendo, con un humor muy fuera de lugar en un sepelio.

─Mi nombre es Estefanía, usted era un gran amigo de mi padre. Me habló mucho de usted y en su teléfono vi una foto que se tomaron hace un mes, cuando se reunieron en su casa. Por eso lo reconocí. Para mí sería un honor que se incorporara a los que portan el ataúd.

Con las piernas temblando, caminé como un robot hasta el sitio en el que estaba el cuerpo de mi amigo y ella lo hizo a mi lado.

─Espero que nos acompañe al cementerio porque cuando todo esto termine, necesito que conversemos.

─Vine a pié, pero me las arreglaré de algún modo…

─Utilice nuestro auto. Nosotros viajaremos en el que pone a disposición la funeraria.

─No se moleste, tomaré un taxi.

─No es molestia, por el contrario, nos haría un favor. Después de dejar a mi padre para la cremación y de nuestra plática, lo llevamos donde pueda tomar locomoción hasta su casa.

No me quedó otro remedio que aceptar. Pese al temor que me producía este encuentro, me sentía cautivo de esta mujer a la que recién conocía.

Mientras manejaba como un integrante más de la comitiva, mi mente divagaba respecto a qué querría conversar ella conmigo. Sentía pánico de decir algo que me delatara. Una semana antes yo había asesinado a su padre y algo me decía que ella conocía lo ocurrido. Mientras más nos acercábamos al cementerio, mayor era mi miedo. Siempre fui respetuoso de las leyes porque sentía un temor visceral a caer preso. Mentalmente repasaba los hechos del día de la muerte de Arturo ─no me gustaba llamarlo crimen porque se trataba de una situación consentida por él, aunque a última hora se arrepintiera─ y pensaba en que todo estaba tan bien planificado, menos esto que apareció a última hora, la recuperación de la salud de mi amigo, echando por tierra mis planes de un futuro mejor.

En el cementerio, la ceremonia fúnebre fue breve y muy pronto nos encontramos con Estefanía caminando por entre las tumbas. Su marido y sus hijos lo hicieron en sentido opuesto, pretextando buscar la sepultura de otro pariente. Cuando quedamos solos, habló:

─Hace poco menos de un mes, mi padre contactó a todos sus hijos para que tuviésemos una reunión. Entiendo que por teléfono a todos nos explicó lo mismo. Estaba muy enfermo, con muchos dolores, con una calidad de vida horrible y una expectativa de sobrevivencia incierta. A la mencionada reunión, yo fui la única que asistí.

Yo caminaba al lado de Estefanía sin saber adónde conducía este monólogo. Mi gran temor era que me condujera a la prisión.

─En la conversación que tuve con mi padre, al que no veía por lo menos desde hacía diez años, me ratificó su diagnóstico y las características de su dolencia. Me dijo además que, en vista de que yo era la única que había atendido su llamado, me heredaría todo aquello que no le fuera obligatorio testar. Ese mismo día acudimos a los bancos, me traspasó su dinero y luego nos dirigimos a una compañía, donde me nombró beneficiaria de dos pólizas de seguro de vida.

Al mencionar esto de las pólizas, sentí que las piernas me flaqueaban. Me imaginé como un títere utilizado por Arturo para cumplir su propósito y luego marginado, sin la recompensa prometida. Pero ella pronto me tranquilizó.

─Me dijo además que había una tercera póliza, en la que usted era el beneficiario, a cambio de un gran favor que debía hacerle. Me dijo que si él moría en forma trágica alrededor de la fecha en la que efectivamente falleció, quería decir que usted había cumplido su parte. No me quiso dar detalles respecto al favor, pero me aseguró que si todo ocurría como lo tenía previsto, usted se merecía con creces ese dinero.

No me salían las palabras. No se me ocurría qué decir, qué preguntar. ¿Sabría ella en qué consistía el “favor”? ¿Sabría que a última hora él se había arrepentido y que sin embargo, igualmente yo llevé a cabo el trabajo? ¿Hasta dónde Estefanía conocería la realidad?

─La verdad es que el favor solicitado por su padre fue muy difícil de cumplir, pero ya está hecho. Créame que, teniendo en cuenta la amistad que me unía con él, lo hubiese hecho sin necesidad de compensaciones. ¿Cuándo conversó con Arturo por última vez?

─La noche anterior a su muerte. Me llamó para despedirse, porque suponía que usted ya tenía todo planificado. Me imagino, tío, lo que le habrá costado cumplir con el extraño encargo de mi padre. Pero como usted dice, ya está hecho y puede permanecer tranquilo. Me insistió en lo mucho que estaba sufriendo por culpa de la maldita enfermedad y yo le agradezco a usted que haya hecho lo que las leyes le niegan a los enfermos terminales.

Lo que ella me decía me provocaba un estupor que estaba obligado a disimular. Si un día antes llamó a su hija para despedirse, ¿por qué me dijo que estaba sanando y que ya no era necesaria su ejecución? No entendía nada y sigo sin comprenderlo.

Dando por terminado el diálogo, Estefanía se acercó, me dio un beso en la mejilla y regresó junto a los suyos. Yo quedé perplejo. En realidad todo lo ocurrido en este tiempo, desde el reencuentro con Arturo, me tenía perplejo.

Después del sepelio, durante varios meses la inquietud me mantuvo insomne, inquieto. En el trabajo, por el que nunca sentí ningún apego, no rendía para nada, tanto que mi jefe me sugirió que tomara un descanso. Mientras estaba en casa, llegó la notificación de la aseguradora para que pasara por mi pago.

Ese día me vestí con mi mejor terno y llegué hacia mediodía a la compañía aseguradora. Caminaba con el estómago apretado. A punto de dar vuelta la página de mis miserias, un extraño y mal presentimiento me invadía. Tanto que, al entrar a la oficina, tuve que pedir un baño. Mis tripas liberaron parte de la tensión, pero continuaba inquieto. Mientras esperaba a que me atendieran, sospechaba de todos. En unos veía policías listos para capturarme, en otros, asaltantes que esperaban a que cobrara mi dinero para robarme. Al final, me entregaron un vale vista para ser cobrado en una oficina bancaria o depositado en mi cuenta. Como no tenía una, opté por regresar a casa.

Temeroso a ser capturado o asaltado, durante varios días me mantuve encerrado en mi hogar y sólo cuando el documento estaba próximo a su vencimiento, me decidí y fui al banco. Por el monto, me llevaron a una oficina aparte y el ejecutivo me sugirió que abriera una cuenta, para que no circulara con tanto dinero.

Empecé a percibir que con dinero todo se hace más fácil. Acepté y salí con una chequera y unas tarjetas que me permitirían circular casi sin efectivo en los bolsillos.

Con el paso del tiempo, poco a poco los temores se fueron disipando y fui adquiriendo una seguridad que antes no tenía. Compré una nueva casa a la que nos trasladamos con Doris, que no se explicaba de dónde salía el dinero para financiar tanta cosa moderna que invadía nuestro nuevo hogar.

Ese año, para la Navidad, recibí una única tarjeta de saludo. La remitía Estefanía. Debajo de las palabras impresas, sólo decía “Muchas gracias”. No supe cómo obtuvo mi nueva dirección, lo que me inquietó durante un tiempo, aunque no pasó nada. Durante muchos años continué recibiendo esa solitaria tarjeta y siempre con el “Muchas gracias” como único texto agregado de puño y letra.

Mi vida de familia se normalizó, la relación con mi mujer renovó bríos y el primer viaje que hicimos cuando jubilé fue a Machu Picchu. Pasado algún tiempo, un día Doris no resistió más y formuló la pregunta que la intrigaba quizás desde cuándo.

─Raimundo, amor mío, ¿le puedo preguntar de dónde ha salido todo este dinero?

La miré largamente antes de responder. En mi fuero íntimo hubiese preferido que nunca me lo hubiese preguntado, pero por su lealtad merecía alguna explicación.

─¿Recuerdas la visita de Arturo?

─¡Por supuesto! Si fue la primera vez que una persona importante pisaba nuestra casa ─respondió.

─Entonces piensa que Arturo fue como mi hada madrina. Durante esa visita me tocó con su varita mágica y me abrió la puerta al mundo en el que vivimos hoy. Quizás algún día, cuando esté a punto de morir, te cuento todo lo que pasó durante ese reencuentro. Por el momento, creo que es mejor para los dos que nos dediquemos a disfrutar de nuestra buena fortuna.

Estoy escribiendo esta historia, para que Doris la lea, casi veinte años después, presintiendo la cercanía de la parca. Lo hago mientras contemplo extasiado, desde la ventana del hotel, las cataratas del Niágara.

 

Fernando Lizama Murphy

Octubre – 2015

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