REENCUENTRO CON ARTURO (Segunda parte)

funeralPor Fernando Lizama-Murphy

Inquieto, nervioso, angustiado, me faltaban calificativos para definir mi estado de ánimo durante los días siguientes. Incapaz de hacer nada, en la oficina me limitaba a calentar el asiento. Por supuesto permanecí atento a lo que ocurría con el crimen del ejecutivo que tenía conmocionada a la ciudad. Por eso supe que una semana después, luego de los peritajes del Instituto Médico Legal, entregaron el cadáver de Arturo para su sepultación. El informe pericial que apareció en la prensa roja hablaba de “muerte con arma corto punzante en la zona toráxica. Se perciben cuatro heridas…”. La conclusión policial hablaba de asesinato con arma blanca y motivo, el robo. Aunque yo no tomé ninguna pertenencia del finado, encontraron el cuerpo casi desnudo. La empresa en la que él trabajaba se hizo cargo del funeral, al que asistí pensando en camuflarme entre la multitud que esperaba encontrar, pero éramos tan pocos, que resulté muy visible para todos. Sospeché que los que ocupaban la última corrida de asientos, como en la tele, eran policías buscando al asesino entre los asistentes, por lo que me acerqué hacia el altar y tomé asiento en la tercera fila.

Estaba inquieto. Me sentía cubierto de miradas de reproche, como si todos supieran que se encontraban ahí despidiendo a Arturo por mi culpa.

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Reencuentro con Arturo (Primera Parte)

CallejónPor Fernando Lizama-Murphy

Esto de la tecnología me permitió reencontrarme con mi amigo Arturo, del que me distancié, por eso de los caminos de la vida, hace casi cincuenta años.

Con Arturo éramos compañeros de curso, vecinos e íntimos amigos además, igual que nuestros padres. Compartimos travesuras, alegrías y tristezas y tal vez continuaríamos juntos si la presencia de Olivia no hubiese interferido en nuestra amistad. Olivia me volvió loco en plena adolescencia y ─me imagino que sin proponérselo─ me obligó a alejarme de Arturo.

Trastocó el orden de mis prioridades un embarazo completamente ajeno a nuestros inexistentes planes y la presión de los padres para que nos casásemos, me obligó a bajar del tren que me trasladaba al futuro. Arturo continuó su camino e ingresó a la universidad para estudiar ingeniería. Se tituló y desapareció del barrio y de mi vida con un contrato para trabajar en el extranjero. Mi padre, desilusionado, me consiguió con unos amigos un puesto en la administración pública, porque me dijo que, por hacer cosas de adultos, ahora estaba obligado a financiar pañales, leche y medicamentos especiales para un niño que nació con problemas, quizás como consecuencia por el tiempo en que Olivia intentó disimular su panza, usando ropa ceñida.

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