HISTORIA Y LEYENDA DEL ORIFLAMA

Oriflama 340 x 386Historia de un célebre naufragio acaecido a mediados del siglo XIX. El buque, cargado de un tesoro, lleva más de dos siglos enterrado en la costa del Maule.

La historia

En Chile, junto a la desembocadura del río Huenchullamí, entre las ciudades de Constitución e Iloca, se encuentran sepultados, bajo varios metros de arena, los restos del navío Oriflama. Una empresa, creada para rescatar las preciosas mercaderías que, se supone, cargaba el barco al momento de su naufragio, efectuó excavaciones que debió suspender al no llegar a un acuerdo con las autoridades en cuanto a la forma de repartir el eventual tesoro, que estaría bajo tierra desde hace dos siglos y medio.

El Oriflamme fue un navío de dos puentes botado en 1743 en los astilleros de Toulon, de Francia, por el ingeniero Pierre Blaise Coulomb, miembro de una connotada familia de constructores navales. Tenía 41,3 metros de eslora, 11 de manga y desplazaba 1.500 toneladas. Destinado por su país de origen a nave de guerra, cargaba 56 cañones, lo que no impidió que en un enfrentamiento con los británicos, en abril de 1761, fuese capturado por ellos. Reducido su armamento a la mitad, se convirtió en nave mercante.

Se desconoce en qué circunstancia cayó en manos españolas, aunque se supone que fue una de las varias naves inglesas confiscadas en puertos hispanos por orden del rey Carlos III, cuando, en diciembre de 1761, se iniciaron hostilidades entre ambos países.

Nuestra Señora del Buen Consejo y San Leopoldo fue el nombre que le asignaron sus nuevos propietarios, aunque entre los tripulantes conservó el más breve de Oriflama. Dos años después de su captura el gobierno español lo remató, siendo adquirido por los armadores Juan Bautista Uztaris, Hnos y Cía., quienes lo utilizaron para efectuar viajes entre el viejo y el nuevo continente, todos teniendo como destino los puertos del Caribe. En varias oportunidades, entre 1763 y 1768, navegó desde y hacia Cádiz, Veracruz y La Habana, transportando mercaderías y pasajeros.

Capitaneada por José Antonio Alzaga, el 18 de febrero de 1770 zarpó con rumbo al Callao, desde Cádiz, en conserva con el San Joseph, también conocido como Gallardo. El Oriflama portaba en sus bodegas alrededor de 3.400 cajones con objetos como cristalerías y adornos finos, destinados a ser vendidos a las familias más acomodadas del Perú y Quito.

No se sabe si al cruzar el Cabo de Hornos o en medio de un temporal en el Pacífico Sur, ambas naves se separaron y no volvieron a saber nada una de la otra hasta el 23 de julio, cuando desde el Gallardo divisaron a su compañera de viaje, navegando entre Constitución y Valparaíso. El capitán de esta nave, Juan Esteban de Ezpeleta, ordenó disparar una salva de saludo, pero no obtuvo respuesta. En medio de una mar agitada se acercó lo más que pudo al pairo del Oriflama, sin que a bordo se divisaran señales de vida. Preocupado, envió a su segundo en un bote.

El espectáculo que éste encontró fue dantesco. Una epidemia de escorbuto, además del hambre y el frío, asolaban a la nave. Ya habían lanzado casi ochenta cadáveres al mar y otros 106 tripulantes se debatían entre la vida y la muerte. La treintena que se mantenía en pie, carentes de fuerzas por la mala alimentación, eran incapaces de maniobrar la nave.

En medio de esta mar picada, el capitán Ezpeleta hizo varios intentos de socorrerlos, incluso envió otros botes con cuarenta tripulantes para que operaran la malograda nave, llevando también alimentos y agua para los sobrevivientes. Pero el destino quería que nadie quedara vivo en el Oriflama. Cuando las embarcaciones de apoyo se encontraban a medio camino entre ambos barcos, se desató un violento temporal que impidió cualquier acercamiento. Los botes regresaron al Gallardo y el Oriflama, a merced de los elementos, fue arrastrado hacia la costa maulina.

El San Joseph intentó seguir la deriva de la nave siniestrada, pero alrededor de las diez de la noche perdió todo contacto visual y el capitán consideró demasiado arriesgado continuar buscándola en medio de esa tempestad y en las cercanías de una costa rocosa.

Hacia el mediodía del 27 de julio de 1770, los lugareños divisaron desde el litoral la nave a punto de encallar, e hicieron grandes esfuerzos para intentar el rescate de algunos marinos que colgaban desde los mástiles, pidiendo ayuda. Pero el mar no estaba dispuesto a entregar sus presas. El barco se hundió y todos murieron frente a la mirada de impotencia de aquellos que, desde la orilla, se esforzaban por socorrerlos. Sólo una docena de cuerpos fue devuelta por el océano.

Nos permite deducir la importancia del cargamento del Oriflama el hecho de que sólo ocho meses después del naufragio, el 8 de marzo de 1771, arribó a la desembocadura del río Huenchullamí, desde Lima, don Juan Antonio de Bonachea, junto a nueve marineros y tres buzos, enviados por el virrey con órdenes de encontrar los restos del naufragio y llevarlos al Callao. Casi un año estuvo en la zona esta delegación, sin encontrar nada. Dieron por finalizada la búsqueda a comienzos de 1772.

Corte del bergantín Oriflama.
Corte del bergantín Oriflama.

La leyenda

Como ocurrió con muchos naufragios, en torno al Oriflama también se tejió una leyenda.

Dice que cuando los marineros del Gallardo se vieron obligados por la fuerza del temporal a regresar a su nave, sin poder socorrer a sus colegas, surgió un viento extraño que hacía silbar un canto fúnebre a los mástiles y jarcias de la nave herida. Todos, sintiendo un escalofrío en sus espaldas, pensaron que era como un himno de despedida de los tripulantes muertos.

Pero de pronto las velas, que estaban recogidas, se desplegaron, el velamen se hinchó, todos sus fanales se encendieron y la nave comenzó a navegar a todo trapo con un destino desconocido, dejando su estela luminosa. Incluso el capitán Ezpeleta, marino avezado y ajeno a estos signos misteriosos, desde la borda de su nave fue sorprendido testigo de cómo el Oriflama se desvanecía lentamente en el horizonte.

Desde entonces en la jerga marinera se le conoce como La Nave de los Agonizantes y muchos aseguran haberse cruzado de noche con ella en las costas del Pacífico Sur, mientras va dejando su estela luminosa.

Quizás todavía en las reuniones de cantinas portuarias, los marineros describen a la nave, con todas sus velas hinchadas por el viento, completamente iluminada surcando los mares y tripulada por los fantasmas de sus trescientos muertos.

Dicen que la leyenda del Oriflama sirvió de inspiración para uno de los galeones de la película Piratas del Caribe.

Fernando Lizama-Murphy

Septiembre 2015

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