LA OBSESIÓN DE MR. SPENCER

Mr. Spencer, proveniente de Edimburgo, ancló en Valparaíso durante el verano de 1908, poco después del enésimo terremoto que asolara al puerto. Tenía veinticuatro años recién cumplidos.

La escala, destinada a analizar fenómenos sísmicos, convirtió al puerto en su residencia definitiva. Se quedó para saciar su inagotable sed por conocer todo lo descubierto o por descubrir.

Esa ansiedad lo convirtió en un solitario. Amo de su tiempo y de su vida, se desplazaba al lugar donde el instinto le advirtiera sobre la posibilidad de algún suceso notable. Todas las investigaciones de Mr. Spencer surgían “desde las tripas”, como llamaba él a ese espíritu observador en su castellano engominado.

Su admiración incondicional por Darwin fue decayendo cada vez que releía El Origen de las Especies, pues crecían las dudas respecto a, según él, la pata coja de la teoría de la evolución. Spencer sostenía que su compatriota no había considerado el problema espiritual. Sus propios estudios lo habían llevado a concluir que en el universo existía un número determinado e inamovible de almas, que estimó en diez mil ochocientos veinticuatro millones setecientos cincuenta y seis mil ciento catorce. Esto significaba que se requería que alguna forma de vida desapareciese para que otra surgiera. La cifra incluía a todas las especies vivientes, incluso los microorganismos conocidos hasta entonces. Según Mr. Spencer afirmaba, todos tenían alma. Seguir leyendo “LA OBSESIÓN DE MR. SPENCER”

BATALLÓN 45

Mr. Brown abandonó el sillón con dignidad, mientras sus ojos vidriosos retenían las lágrimas. Caminó por el pasillo hasta la escala. Los ecos de ofensas y amenazas retumbaban en sus oídos casi sordos. Subió al dormitorio arrastrando sus ochenta y dos años, cerró la puerta con pestillo y se encogió en el lecho como un recién nacido. Había decidido partir a primera hora.

Cuando el Sol rasguñaba las cumbres y las olas aún no despertaban, salió en silencio, llevando solo un maletín con pertenencias imprescindibles, como la fotografía de su Deborah, muerta diez años antes. Su otra mano la ocupaba el paraguas. Antes de alejarse, contempló con tristeza la casa, cobijo de su familia por tantos años.

Lo cotidiano comenzó a invadir el plan de Valparaíso cuando Mr. Brown ya llevaba una hora en un escaño de la plaza de la Victoria, esperando la apertura del banco. Pidió hablar con el agente.

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EL BATERISTA

Mi nombre es Alfredo Mercupillán, Fredy Mércupi en el ambiente artístico. Soy el baterista de la banda de rock progresivo “Los Estúpidos”. Sí, como se oye. Seguramente se preguntarán por el origen de tal nombre; les explico que somos cinco integrantes, que comenzamos a tocar, con mucho éxito, en fiestas de la universidad. Cuando decidimos profesionalizarnos, se lo comunicamos a nuestras familias. Consideraron nuestro proyecto como una soberana estupidez. El bautizo fue fácil. Hoy, varios de aquellos que antes nos descalificaron, viven a costillas nuestras. Seguir leyendo “EL BATERISTA”

EL VAPOR DE LA DUCHA

Cuando finalizaba la fiesta por mis ocho años, los amigos, entre risas, me comentaron que mi padre los había acariciado.

—Conmigo siempre lo hace —les expliqué, nervioso.

—Pero tú eres su hijo —replicaron con sorna.

Mi madre minimizó el tema:

—Tú sabes cómo es tu padre. Siempre querendón con los niños —me dijo.

—Es que me avergüenza que acaricie a mis amigos. Seguir leyendo “EL VAPOR DE LA DUCHA”

UN FOTÓGRAFO CIEGO

fotógrafo de plazaLa diabetes, con su paso cansino, privó a Leopoldo de sus atributos. Ya le había devorado dos dedos del pié y ahora iba por la pierna entera. Su memoria lo abandonaba como la gotera a la llave. Pero para su oficio, lo peor era la ceguera que le envolvía los ojos con su gasa sombría. La plaza de San Teobaldo se difuminaba ante él como en un eterno invierno.

La cámara Leica, su “socia”, entregaba imágenes inciertas que en nada se parecían a aquellas en las que eternizara actos cívicos, romances, familias y niños que ya eran ancianos como él. Los reclamos por desenfoque, cabezas amputadas o familias divididas, aumentaban. Pero Leopoldo, que se negaba a aceptar el deterioro de su vista, culpaba a la calidad de los líquidos reveladores y a su vieja cámara. Repetía muchas veces una toma, para lograr una foto mediocre y la paciencia de los clientes se agotaba pronto. Ya no esperaban, como antes, para ver su retrato en el papel. Cada vez con más frecuencia necesitaba que su amigo manisero enfocara y revelara, limitándose a oprimir el obturador. Seguir leyendo “UN FOTÓGRAFO CIEGO”

LA SOMBRA DEL PAPAGAYO

papagayoEl hombre, con aspecto de filibustero escocés, calza unas viejas botas de cordones largos desatados. De noche, se dirige con seguridad hacia la casa en la que los moradores intentan dormir. El golpe en la puerta con un báculo retumba en el silencio nocturno, provocando pavor. Junto al tenue haz de luz que despide la puerta al entreabrirse, asoma parte del rostro ojeroso de una anciana. A sus espaldas se percibe la presencia de un hombre, viejo también.

—¿Qué se le ofrece? —pregunta ella, con voz trémula.

—Vengo por el papagayo —responde la voz cavernosa del filibustero. Seguir leyendo “LA SOMBRA DEL PAPAGAYO”

LA MÁQUINA

La MáquinaEn el vecindario lo conocimos como “La Máquina”. Jamás nos preocupó conocer su verdadero nombre. Tendría unos diez años más que yo, medía cerca de dos metros y pesaba, por lo menos, ciento treinta kilos. Su inteligencia era inversa a su musculatura.

Fui testigo de su fuerza impresionante cuando la Chevrolet Apache amaneció con el neumático desinflado y mi padre recordó, enrabiado, que tenía la gata prestada. Jugando le dije:

—Máquina, levanta la camioneta.

Y él la alzó como si se tratara de un saco de cemento. La mantuvo en alto hasta que mi viejo le instaló un tronco bajo el eje. Cuando hubo cambiado la rueda, La Máquina la depositó con suavidad en el suelo. Quedamos todos boquiabiertos. Seguir leyendo “LA MÁQUINA”