VIAJE A “EL PANTANO”

¡Y yo en esta facha! Te recriminas cuando lo ves subir portando un maletín de cuero. Ese hombre no pertenece al mundo de los pasajeros de ese microbús rural. Estás acostumbrada a cargar sacos de papas, ovejas, balones de gas, pero no a ver un espécimen como éste. Atractivo, elegante, cuarentón. ¿A qué irá a “El Pantano”? No existen industrias ni oficinas públicas y en la faena forestal sólo trabajan obreros. Si es un turista pudiente debería viajar en una camioneta cuatro por cuatro, no en ese destartalado microbús.

Al mirarlo sientes renacer la coquetería sepultada por tu trabajo. Te sabes atractiva, aunque algo abrutada, como lo señaló un pretendiente que osó meter sus manos donde no debía. Cohibida por tu aspecto, te ausentas por unos minutos, para regresar con algo de maquillaje y peinada.

El extraño mira con simpatía a quienes se acomodan para las dos horas y media de viaje, como buscando a alguien entre esa treintena de personas humildes. Parecen no incomodarlo los olores, ni balidos, ni cacareos. Tampoco el llanto de niños aburridos.

Cuando don Chuma, tu padre, pone en movimiento la máquina, las personas terminan de acomodar sus bultos. Llevan los víveres necesarios hasta su próxima visita a la ciudad. Coges el talonario de boletos y comienzas a cobrar, asiento por asiento. Un extraño cosquilleo te asalta cuando te acercas al misterioso pasajero.

―Hola, Melinda― te saluda.

Te desconciertas.

―¿Cómo sabe mi nombre?

―¡Uf! Te conozco desde que eras muy pequeña. ¿No te acuerdas de mí? Soy Juan Coloma, hijo de Chamo y Edelmira.

Sientes como si un torrente de lava ascendiera desde tus pies y explotara en tu cara. Frente a ti está Juan Coloma, el muchacho que colmaba tus sueños de adolescente. ¡Cómo ha cambiado! Diez o doce años mayor que tú, te dejaba loca cuando visitaba el caserío mientras estudiaba en Talca.

―¡Ah! usted es el que se fue al extranjero ―intentas en vano controlar el rubor.

Los demás pasajeros vuelven la cabeza sin disimulo. Nadie parece reconocerlo con su apariencia actual.

―El mismo. Vivo en Canadá, pero como mi madre murió hace poco, vengo a buscar a mi hermana.

―A la Clota ―afirmas, recuperando en parte tu seguridad.

―Sin mi madre no habrá quién la cuide. La tía Eulalia está muy anciana como para hacerse cargo. Tengo todo arreglado para internarla con unas monjas.

―Déjeme terminar de cobrar y regreso con usted.

Desde que comenzó el diálogo, en el microbús rural solo se escucha el ronroneo del motor y los crujidos de la vieja carrocería. Los demás pasajeros, como nunca, viajan en silencio, decididos a no perderse ni una palabra. Hasta las gallinas detienen su cacareo.

Mientras concluyes tu trabajo, una anciana le recuerda a Juan que era muy amiga de su madre, repasa travesuras de la infancia, los problemas para educarlo y le dice, en un tono algo recriminatorio, que no se supo más de él cuando partió a la universidad. El hombre le explica que estudió Ingeniería Forestal, viajaba a “El Pantano” cuando podía, hasta que obtuvo una beca del gobierno de Canadá para un post grado y se quedó por allá. Le cuenta que tiene dos hijos y espera traerlos a Chile para sus vacaciones. Tú escuchas todo, porque traes la oreja parada como murciélago. Alcanzaste a imaginar un romance, por un segundo pensaste que habías encontrado al príncipe azul que podría sacarte, literalmente, del pantano. ¿Por qué te saludó con tanto afecto, si es casado? ¿Buscará una aventura fácil? Producto de una tú ya tienes a tu hijo y con él basta.

¿Cómo será Canadá?, ¿Cómo será ese mundo remoto que rodea a Juan? Pero es casado ¡Qué decepción!

El hombre que ocupa el asiento contiguo a Juan, se pone de pie ―Siéntese aquí Melindita —dice con una sonrisa cómplice. Conversan de todo. Él con soltura, tú a la defensiva, hasta que cuenta que la señora Coloma ya no existe.

―Los matrimonios en Canadá son como de cristal, se quiebran con mucha facilidad.

También te habla de sus hijos pequeños. Viven con la madre, hablan inglés, francés y chapurrean algo de castellano. Él está a cargo de una empresa forestal. Le va bien, lo que intuías con solo ver su ropa y sus gestos. Terminados los trámites con las monjitas, regresará a Canadá. Para las vacaciones piensa traer a sus hijos a Chile, pero duda si llevarlos a “El Pantano”.

Cuando pregunta por tu vida, no sabes qué responder. Porque ¿qué es tu vida? Cinco horas diarias arriba de este bus, conviviendo siempre con la misma gente. Un mundo reducido como el caserío, que nada ha cambiado desde que él se fue. Una rutina fastidiosa a la que te atan tu padre y Jaime, tu hijo de catorce años, que estudia interno en la ciudad. Pero eso es demasiado trivial para comentárselo a un hombre de mundo. Prefieres decirle que llevas una vida apacible, que estás contenta con ella, aunque sabes que esa mentira puede ser el picaporte a las ilusiones forjadas en estos pocos minutos.

Porque supones que no tiene donde hacerlo, lo invitas a cenar a la suerte de la olla. Acepta feliz.

―Dormiré en la casa de mis padres, pero no tengo dónde comer.

Luego de bajar los bultos, lo acompañas a la rústica vivienda donde creció junto a su familia.

―¿Cómo está Claudio, mi hermano? –pregunta y te sorprende.

―Hace mucho tiempo que no se le ve por aquí.

Te mira extrañado.

―¿Ya no vive con la Clota en la casa de mi madre? Él me avisó de su muerte.

―Hace mucho tiempo que desapareció de “El Pantano”. Ni siquiera vino para el funeral. No sé cómo se enteró de su muerte.

Juan guarda silencio. Se detienen frente a la puerta porque sería mal visto si entras. Tampoco te invita a pasar, pero cuenta, confundido, que por muchos años le envió dinero a Claudio para las necesidades de su madre y la Clota.

―Parece que nunca les entregó ni un peso, porque vivían en la miseria. Sin la ayuda de nosotros, los vecinos, hubieran muerto de hambre.

Ves cómo surge la ira. Lo puedes percibir en la vena hinchada de la frente, en las manos empuñadas. Prefieres no repetirle los comentarios; que él era un malagradecido, un desgraciado que abandonó a su familia.

Entra y sale de inmediato, como si el olor a la pobreza extrema lo expulsara de la casa. Quizás ya lo había olvidado o tal vez era otro el olor cuando vivía ahí. Mientras caminan hacia la vivienda de su tía Eulalia, te pide que no lo trates de usted, que lo haces sentir muy viejo. Junto con el rubor, renace la ilusión. Más ahora que sabes de su generosidad y de su separación. Sientes vergüenza ajena por lo que hacía Claudio. Si te enviara el dinero, lo administrarías correctamente.

Juan no sabe que su madre ya no recordaba nada ni reconocía a nadie. Menos sabrá que se ensuciaba encima y que doña Eulalia la cuidaba lo mejor posible. Seguramente Claudio también se lo ocultó. Lo ves abatido, intuyes que necesita apoyo y te cuelgas de su brazo. Él no se resiste. Te agradece con una sonrisa melancólica y continúan como novios hasta la casa de su tía.

Eres testigo del dolor provocado por la imagen de su hermana demente. Se asombra, porque la ve igual que hace quince años. El tiempo, que avanza inflexible para los demás, se ha detenido en la Clota, como si su cerebro, casi inactivo, solo se entretuviera en evitar el envejecimiento. Él la abraza, la besa, pese a que huele a cloaca, igual que la anciana. Les entrega una bolsa con pasteles. Quiere saber dónde puede comprarles ropa para cambiarles los harapos.

―Aquí, casi nada. La señora Mara puede tener algunas prendas de segunda mano, como para salir del apuro –le dices.

Te pasa dinero para que les busques algo que las haga verse mejor. Es de noche cuando regresas con jeans, blusas y chombas para la Clota y dos vestidos floreados para la tía Eulalia.

En tu casa calientas una cazuela de ave que dejaste preparada la tarde anterior, con pan amasado y pebre. Tu padre bebe un vaso de vino y se retira al dormitorio. Comen en silencio. Él está atribulado e intentas levantarle el ánimo con algunas historias campesinas escuchadas en el bus. Es evidente que sonríe por cortesía.

Después de la cena, se dirige a la casa de sus padres. Como única compañía tendrá pulgas, chinches y ratones, cuando tú podrías estar calentando su cama. Si él no conciliará el sueño por el ataque de los insectos, tú tampoco porque estarás soñando despierta con ese mundo lejano al que él, sin proponérselo, te transporta. Con seguridad no usará colchones malolientes e intentará dormir sentado, cubierto con un chal raído, en la mecedora que su madre usaba para tejer.

Por la mañana se le ve mejor, como si la tristeza hubiese quedado cautiva en la almohada o en la mecedora. Temprano ha ido a la vertiente para lavarse, junto a su hermana. Tú, que anoche te bañaste, te has puesto la mejor ropa y luces muy bien, peinada y maquillada con gusto. El espejo afirma que te ves estupenda. Él acude a despedirse de su tía antes de abordar el microbús hacia Talca. Mira a su alrededor e intuyes que le está diciendo adiós para siempre al caserío donde nació. Clota se deja arrastrar hasta el asiento del fondo y Juan reserva un sitio. Sabes que es para ti.

El viaje de regreso es triste, se percibe un aire de separación. Además la Clota está particularmente inquieta, como intuyendo que será enclaustrada para siempre, lejos de bosques, montañas y vertientes, por el pecado de ser distinta. Los pasajeros viajan en silencio, atentos a la conversación que fluirá entre ustedes cuando termines de cobrar los pasajes. Pero te sientas a su lado y no sabes de qué hablar. Él rompe el silencio.

―Una vez que lleguemos a Talca, ¿me puedes ayudar a elegir ropa para la Clota y luego acompañarme al convento? También compraré algo para que le lleves a mi tía, cuando regreses a “El Pantano”, si no te incomoda.

―Encantada te acompaño y llevo tus encargos. Normalmente no tengo nada que hacer desde que llego a la ciudad hasta la hora del regreso.

Hablan trivialidades. Él evoca su infancia, pregunta por algunos vecinos que recuerda y tú, que estás en otro planeta, pensando en la manera de atarlo, escuchas todo en un eco lejano, respondes como una autómata.

Después de comprar la ropa, viajan en taxi hasta el convento. En un trámite breve, gira un cheque, se despide de la monja y besa a su hermana en la mejilla. Sale y respira profundo, como aliviado.

―Creo que es la hora para un buen café.

Te avergüenzas porque no conoces un lugar para sugerirle. Pasan frente a una cafetería que además tiene libros y él acota que eso es habitual en Canadá. Sentados frente a las tazas, te sorprende.

―Quiero proponerte que viajes a Canadá.

―¿Ahora, contigo? ―sientes cómo se acelera tu corazón.

―No, ahora es imposible. Necesitas una visa de turista. Consíguela y una vez allá, te ayudo a tramitar la residencia.

―¿Por qué me propones esto?

―Eres una mujer hermosa e inteligente y en “El Pantano” permanecerás para siempre empantanada ―añade sonriendo por su agudeza.

No te insinúa nada romántico. No usa las palabras amor, sentimiento, ni mucho menos matrimonio. Entiendes que solo te ofrece ensanchar tu estrecho mundo.

―¿Qué esperas de mí? Desde que era una niña te vi como un ser excepcional. Cuando regresabas de la universidad, pensaba que tú podrías ser la persona que me ayudara a salir del pozo que es el caserío. Pero nunca te fijaste en mí. Ahora no puedes pedirme que salte al vacío. Están mi hijo y mi viejo.

―Aunque no lo creas, desde que comenzaste a crecer me fijé en ti, porque siempre fuiste muy atractiva, pero eras muy pequeña. Ahora conservas tu belleza y me gustaría rehacer mi vida sentimental con una mujer como tú. Pero es demasiado prematuro. Pese a que nos conocemos de toda la vida, solo nos conocemos desde ayer.

―Te encuentro razón. Pero para poder partir, debo ordenar mi pasado. No puedo partir así no más.

―Yo lo hice así. Partí a Canadá con lo puesto y a fuerza de trabajar duro tengo lo que tengo.

―Tenías tu profesión, la beca y no cargaste con otras personas.

Con esto crees enrostrarle que abandonó a la familia que le dio todo para asegurarle su bienestar. Pero él parece no percibir el reproche.

―Para eso estaré yo, para abrirte puertas. Todo ese mundo que con esfuerzo conseguí para mí, estará a tu disposición. Y si marcha bien y nos entendemos, quizás podríamos vivir juntos, organizar una familia. Ahí te llevas a Jaime.

Después del café, caminan por el centro, conversando como amigos. Almuerzan en un restorán que a ti te parece muy elegante. A él, en esta ciudad nada lo asombra. Se acerca la hora del regreso a “El Pantano” y se dirigen hacia el Terminal de Buses. Te da su correo electrónico y pide tu número de celular. Caminas en silencio, meditando.

―Espero que analices mi oferta y te decidas pronto. Si resuelves partir, avísame para enviarte el pasaje. No volveré al caserío. Son demasiados recuerdos ingratos. Ayer pude arrendar un auto, pero preferí viajar en micro, como lo hice desde niño. Y me alegró mucho, porque me permitió reencontrarte.

Quieres que se vaya pronto. Un nudo en la garganta te impide hablar. Él retoma la palabra.

―¿Te parece si me das un número de cuenta donde pueda depositarte el dinero para la Clota y mi tía? Por supuesto que también habrá una parte para ti, por la preocupación. Ya tendré ocasión de arreglar cuentas con mi hermano.

Accedes, le das el número de la libreta de ahorro y agradeces su confianza. Él te besa en la mejilla, tú buscas sus labios.

Mientras Juan Coloma cruza el Terminal para tomar el bus que lo llevará a Santiago, los pasajeros de siempre, los huasos, los amigos, respetando tu tristeza, acomodan sus bultos en el destartalado vehículo. Don Chuma te mira afligido. No le gusta verte sufrir.

Y a ti, “El Pantano” te espera una vez más.

Fernando Lizama-Murphy

Este relato forma parte del libro 24 Cuentos

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