AL RITMO DE LAS OLAS

a mano en el mar¡Tanto que te lo dijimos, Carlita! Unirse a un hombre con esa diferencia de edad, no podía llevar a nada bueno. Y menos, tratándose de un artista con tres matrimonios a cuestas. ¡Si recién cumplías dieciocho cuando él ya peinaba los sesenta!

Todo comenzó cuando visitaste a tu prima Jackie en Nueva York y ella, por su profesión tan metida en el ambiente artístico, te llevó al concierto y te lo presentó tras bambalinas. Quedaste extasiada con sólo verlo, pese a su pelo teñido, a su exceso de maquillaje para esconder las arrugas. Y él, seguramente, se encandiló con tu porte, tu tipo tan exótico, que muchos yanquis pensaron que Chile estaba cerca de las Filipinas.

Y, en éxtasis, partiste a vivir a su mansión de Miami, con playa propia, yate, lancha y moto de agua a la puerta. Cualquiera se hubiese deslumbrado con el entorno mágico, más aún teniendo en cuenta que te aceptó como eras, una provinciana modesta. Nunca quisiste ver que sólo era para lucirte como su mascota, su trofeo de caza, que nunca te tomó en serio, que jamás miró tu enorme belleza interior. Eras una más en su interminable lista de conquistas, pero estabas enceguecida por su mundo, tan distinto a la chatura provinciana de Curicó.

Lo peor fue que pensaste que el sueño jamás tendría fin. Aunque nunca lo dijiste, íntimamente esperabas que, en algún momento te hiciera su cuarta esposa y podrías acceder a un poquito de la riqueza acumulada durante décadas de éxito.

De su brazo apareciste en la portada de los diarios, en revistas, en canales de TV y cuando tomaste el sol en topless en el muelle de la mansión, los paparazzi se dieron un banquete con tus pechos perfectos y él rió con la situación. Poco le importó que su hembra apareciese así en diarios, revistas e internet. Era publicidad gratuita, que aunque no la necesitaba, siempre le venía bien.

Cuando te comentamos el escándalo que esas fotos provocaron acá, en Curicó, y en todo Chile, te burlaste de nuestro subdesarrollo.

Pero te lo dijimos, Carlita, por mail, por teléfono, por todos los medios disponibles, que eso no iba por buen camino. Tu tío te advirtió que estabas cometiendo un suicidio sentimental. Te dijo que la alegría era como las olas, que iba y venía e insististe en que tu felicidad era como una mar en calma, sin olas, que nunca las tendría. Con festiva inocencia agregaste que tu artista te mimaba día y noche, confidenciaste que accedías sin egoísmos a sus caprichos eróticos, que te mostraba un mundo de placeres que nosotros jamás conoceríamos y agregaste, molesta, que nuestras advertencias no eran sino envidia, el típico chaqueteo del chileno.

Y vino la gira a Europa, a la que él no quería que fueras y tenía sus razones, pero te empecinaste por conocer París. Recorriste la ciudad luz mientras él asistía a los ensayos y fuiste por la noche a la actuación, que estuvo impecable, y quisiste pasar a los camerinos, pero los guardaespaldas te dijeron que no podían dejar entrar a nadie y tú, que los conocías, les recordaste a gritos quién eras. Con insultos les refregaste el estrecho lazo que te unía a él, pero ellos se encogieron de hombros, te miraron compasivos y te sugirieron que no hicieras escándalo, que volvieras calladita al hotel, que lo esperaras ahí. Llegó cuando el sol ya iluminaba el Sena, borracho, con olor a un perfume que tú nunca usaste y la ola de la felicidad comenzó a recogerse.

En Berlín y en Londres pasó lo mismo. Cuando despertaba a media tarde, te ignoraba, como si no existieras, se drogaba para estar en condiciones para la siguiente actuación y lo mirabas con pena, pensando en las oportunidades que se perdía por estar así, enfermo decías tú. Por recomendación de su mánager, que te vio anímicamente mal, regresaste a Miami, que mejor lo esperaras ahí, te dijo, que cuando terminara la gira europea volvería la normalidad, que siempre era lo mismo y quedaste sola en la mansión, rodeada de paparazzi que intentaban entrevistarte, fotografiarte desnuda.

Al final, entre enrabiada y desilusionada, hablaste y dijiste tantas cosas que no debieras haber dicho, que cuando regresó, furioso te expulsó de su mansión de Miami. Pero en la noche, cuando tenías la maleta lista, te pidió perdón, volviste a caer en su embrujo y te entregaste a él por entero. La ola volvió a la playa.

Pero un mes después apareció otra publicación con una entrevista que ni siquiera recordabas y ahí las cosas se fueron a pique bruscamente. Durante días te ignoró, pasando a tu lado como si fueras una más de las estatuas griegas de escayola que adornaban la mansión.

Entonces viajó a Nueva York, pero al partir, te dijo que cuando regresara esperaba que ya no estuvieras ahí. Te dejó un maletín lleno de dólares, en agradecimiento por los gratos momentos, te dijo, y te sentiste como una vulgar puta.

Prevaleció el orgullo, no aceptaste el dinero y desnuda te internaste en el mar frente a la mansión de Miami. Miraste hacia las palmeras donde se escondían los paparazzi, viste el reflejo de los lentes de sus cámaras y escuchaste el chasquido de los obturadores, pero seguiste tras la ola que se recogía y pasaste por el lado de personas en sus yates, en motos de agua, pasaste al lado de los surfistas empujados por la brisa o por las mareas, tanta gente feliz incapaz de percatarse que la mar se recogía y se recogía y se miraban mutuamente extrañados, ellos viendo cómo te sumergías y tú porque practicaban sus deportes en la arena.

Y seguiste en pos de las rompientes, hasta que se fusionaron con la línea del horizonte.

Fernando Lizama-Murphy

Este relato forma parte del libro 24 Cuentos

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