SOPITA DE POLLO

Valparaíso ascensor Artillería─Con estos gringos nunca se sabe. Podría ser el papá, el abuelo o hasta el marido ─piensa Donato apoyado contra el rincón del ascensor Artillería, mientras desciende hacia el Plan de Valparaíso.

Frente a la ventana que mira al puerto se apiñan los turistas, que en sus cámaras eternizan mar, barcos, remolcadores y el dique flotante.

La muchacha rubia, delgaducha, casi albina, mantiene la mirada en Donato y en su musculatura de gimnasio, al mismo tiempo que lucha por desprenderse del gringo viejo que insiste en que observe el paisaje.

Donato, aparentando indiferencia, permanece erguido en el rincón, mirando de soslayo con sus ojos negros, rodeados de una barba bien cuidada. Parece ignorar a sus compañeros de viaje y el paisaje. La postal que tanto atrae a los turistas, forma parte de su vida.

─Aunque no me gustan esas rubias deslavadas y famélicas, ésta estaría bien buena para cambiar la cazuela de osobuco por una sopita de pollo ─se dice

Sonríe con su pensamiento y observa que la niña responde a esa sonrisa que nunca dirigió hacia ella. El gringo viejo, que se empeña en llamar la atención de la muchacha, lo mira con un gesto adusto, casi rencoroso. Como él no le ha hecho nada, responde inspeccionando sin recato a la gringuita, que, coqueta, se deja observar.

De los short cuelgan unas largas y hermosas piernas; sobre la fina cintura asoma un talle atractivo detrás del blusón suelto y sin mangas, que insinúa unos pechos pequeños pero erectos. Los ojos ámbar, decoran un rostro atractivo, enrojecido por el sol, de nariz respingona salpicada de pecas.

─Tendrá unos diez y nueve años la gringuita y no estaría nada de mal una sopita de pollo ─ concluye, sonriendo para sí, su análisis Donato.

Desciende el último del ascensor mientras el grupo, rodeando como enjambre a la guía, que grita instrucciones en inglés, se dirige al edificio de la Aduana, continúa por las casas típicas de la calle Carampangue. Él se detiene en el paradero de trolebuses, simulando esperar uno. Dispone de tiempo, porque el camión que conduce está en reparaciones y tendrá por lo menos dos días más de asueto forzado.

La guía los lleva por el barrio El Puerto, las calles Cochrane, Bustamante, Clave, Cueto, La Matriz, Blanco; les muestra un decadente American Bar, les habla del Ronald Bar, de La Casa Amarilla, de Los Siete Espejos y de otros sitios de perdición, según los definiera el Padre Vicente Marín y Manero, donde antaño pululaban marineros, contrabandistas, obreros y prostitutas, convirtiéndolo en el barrio bravo por excelencia.

Donato sólo conoce de oídas las historias de esa agitada vida nocturna, agonizante desde el toque de queda y sepultada por el sida. En la Plaza Echaurren los gritos de los vendedores callejeros no consiguen ocultar el decadente Mercado Municipal, ni las agrietadas construcciones de comienzo del siglo XX, varias veces terremoteadas.

El hombre, vestido de tigre, sigue sin mucho disimulo a la manada de antílopes, mientras la muchacha busca pretextos para mantenerse rezagada. Que el cordón de la zapatilla, que la contemplación de un ornato de las ventanas, que un grafiti obsceno. El gringo viejo no se da por vencido y se empecina en arrastrarla a su lado, mirando hacia atrás con el rostro congestionado, amenazante.

En la Plaza Sotomayor, los turistas del grupo se confunden con otros, repartiéndose por los cuatro costados del monumento a los Héroes de Iquique. La guía, gritando en inglés y con un cartelito en la mano, intenta mantenerlos unidos. Donato cruza hacia la estación de Ferrocarriles, mira artesanías en los diversos locales y compra un collar de conchitas intercaladas con pequeños lapislázuli, que levanta en su mano cuando la gringuita mira hacia él.

El gesto basta para que ella inicie la carrera, mientras el gringo-padre-abuelo-marido agita los brazos y grita desesperado un nombre que Donato, en medio del ruido urbano, no entiende y que tampoco le interesa. Entonces se lo traga la estación a la que ella llega riendo, feliz, justo para que aborden el convoy de Metroval, que en ese momento inicia su viaje.

En algún hotelucho del Almendral, devorará la sopita de pollo.

Fernando Lizama-Murphy

Este relato forma parte del libro 24 Cuentos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s