EL BATERISTA

Mi nombre es Alfredo Mercupillán, Fredy Mércupi en el ambiente artístico. Soy el baterista de la banda de rock progresivo “Los Estúpidos”. Sí, como se oye. Seguramente se preguntarán por el origen de tal nombre; les explico que somos cinco integrantes, que comenzamos a tocar, con mucho éxito, en fiestas de la universidad. Cuando decidimos profesionalizarnos, se lo comunicamos a nuestras familias. Consideraron nuestro proyecto como una soberana estupidez. El bautizo fue fácil. Hoy, varios de aquellos que antes nos descalificaron, viven a costillas nuestras.

Nos iniciamos hace una década con un éxito espectacular en todo sentido. Nuestra apacible vida de jóvenes provincianos cambió violentamente. Luego de cada actuación, cientos de muchachitas se abalanzaban sobre nosotros, nos asaltaban en las piezas de los hoteles e invadían los escenarios. Varias veces nuestras vidas corrieron peligro. A cambio, repartimos sin límites sexo envasado en condones. Si hubiésemos buscado la paternidad, no hubiera resultado. Estábamos secos.

Entre todas las muchachas que compartieron nuestra lujuria, se destacó Pantera. Trigueña, flaca, repleta de tatuajes y piercings, pero con dos grandes virtudes: unas tetas monumentales y una cadencia de cintura que cada vez que llegábamos al éxtasis, era como si me sacara hasta el cerumen de las orejas. Fue la única que logró remover un poco el corazón de piedra edificado frente a tanto apremio femenino y, sobre todo, gay. La hice mi compañera, claro que en nuestro estilo, donde compartíamos todo. Por eso, un día ella se la chupaba al vocalista, otro se acostaba con el guitarrista, así como yo también disfrutaba, sin prejuicios, de los afectos de las muñecas que elegían mis colegas. Pensábamos que la única forma de mantener al grupo unido y aprovechar al máximo el éxito, que nos pintaban como fugaz, era conservando una unidad ajena a cualquier factor externo. Incluidas las mujeres.

Cuando comenzamos las giras por el país, Pantera se convirtió en una rémora que viajaba en nuestro autobús pegada al éxito como un póster, que en apariencias no sentía celos cuando yo pernoctaba con muchachas de otras ciudades, anhelantes de disfrutar de nuestra cordialidad.

Demás está decir que éste es un ambiente de orgías, sexo, drogas y alcohol, y que nuestra juventud se esfuma con tanto exceso. Pero eso pasó a ser lo de menos. Con los bolsillos repletos, le echamos para adelante, como si el planeta fuese a desparecer mañana.

Junto a los contratos para la primera gira internacional, comenzaron los problemas. Pantera quiso ser parte de mi equipaje, pero todos se opusieron y yo estuve de acuerdo. Resultaría un estorbo. Viajamos sin parejas por Europa, actuando en Madrid, París, Londres, Liverpool, Fráncfort y Ámsterdam. Los comentarios aseguraron que el tour fue un gran éxito desde el punto de vista musical. Del resto, ni hablar, porque no recuerdo nada. Lo pasé arriba de la pelota.

Al regreso, Pantera estaba en la primera fila del aeropuerto y el beso de recepción fue portada en todo el país. Entonces comenzó a insistir con lo del matrimonio. ¡La muy estúpida se quería casar! Y yo, como quién oye llover. Ella no perdía oportunidad de formalizar nuestra relación, mientras yo no estaba ni ahí con atarme a una responsabilidad de la que no sería fácil desprenderme y que tampoco me sentía capaz de cumplir.

Después de la foto en el terminal aéreo, se convirtió en invitada frecuente a programas faranduleros, anunciando que estaba todo listo para el matrimonio. Proporcionaba datos tales como el nombre de la iglesia, del recinto en el que se haría la recepción y hasta una lista de invitados. Y yo… ni idea.

Sólo tenía claro que, una vez casados, no podría continuar con mi vida que tanto me agradaba.

Pensándolo bien, en su mirada vi siempre más codicia que amor. Siempre he tenido claro que no es mi aspecto el atractivo.

Pero tanto insistió que, esa noche, después de una deslumbrante actuación en el festival de Viña y con el pretexto de afinar detalles de la boda, tomamos mi Corvette negro, cruzamos Valparaíso, bordeamos Playa Ancha, hasta detenernos en Laguna Verde, esa playa que estando tan cerca, parece remota.

Desierta en la madrugada, solo se escuchaba el ruido de la marea y a lo lejos los sones cumbiancheros de alguna celebración que se resistía a morir. En el extremo sur, las luces de la planta termoeléctrica se reflejaban en un mar oscuro, decorado por la espuma de las olas que desaparecían tragadas por la arena.

No consumí nada, pero Pantera abusó de todo lo que teníamos a mano. Bebió, fumó e inhaló, hasta terminar en un estado desastroso.

Entonces, me interné vestido, caminando con lentitud entre las suaves olas de la aurora. Ella me siguió hasta perder pié. Nos sumergimos. Yo regresé mojado a la arena, pero sin problemas. Pantera sacó la cara del mar con su mirada extraviada y me extendió las manos. Intentó ponerse de pié pero cayó de espaldas y comenzó a hundirse. Nada hice por socorrerla y la dejé partir al ritmo de la marea. En el estado en que se encontraba, creo que no se percató de que la vida se le llenaba de agua salada. La corriente la arrastró mientras yo gritaba pidiendo ayuda.

Sobrio como nunca, relaté a la policía que ella insistió en bañarse, que perdió pié sumergiéndose y que no la vi más. Les dije que me tiré al mar con el propósito de salvarla, pero que me resultó imposible. La resaca me arrastraba y también corría peligro. Lloré por ella.

La familia de Pantera, que siempre se opuso a nuestro romance, no creyó mi versión y contrataron abogados e investigadores privados para probar que había sido asesinato. Pero no lo lograron.

Continué tocando la batería, ganando mucho dinero y cambiando pareja todas las noches, sin imaginar que la familia de Pantera persistía en su persecución, esperando el momento en que mi conciencia me traicionara y relatara la verdad.

Mucho tiempo después, ebrio como cuba, confesé entre gemidos a Rafaela, mi compañera de turno, que por mi negligencia había muerto mi ex novia. Fue en un restorán frecuentado por paparazzi festivaleros, que ocultaban micrófonos y cámaras para obtener material para sus sucios reportajes.

De mi voz aguardentosa obtuvieron una pésima grabación. Yo diría que cada cual escuchaba lo que quería oír. Pero los titulares se llenaron con mi foto, con mis borrosos dichos y la familia de Pantera, que buscaba una indemnización millonaria se aprovechó de ello para acusarme de asesino, exigiendo dinero y presidio perpetuo.

Negué todo frente a los detectives y en el tribunal en el que me obligaron a escuchar la cinta con mi confesión, pretendiendo que aceptara la culpabilidad. Pero bien asesorado por mis abogados, no lograron que dijera ni una palabra comprometedora. Salí libre.

Decidieron citar a Rafaela, mi compañera de esa noche de remordimientos, pero no alcanzó a declarar; cayó al vacío desde uno de los destartalados ascensores de los cerros porteños.

Entonces, arreglaron un careo con los padres de Pantera, pero un extraño accidente durante el viaje hacia Valparaíso, les impidió llegar. Se les cortaron los frenos.

Ahora los hermanos de Pantera me acusan de la muerte de su hermana, la de sus padres y la de Rafaela. Aseguran que fueron accidentes intencionales.

En cuanto a mí, ya conversé con el mismo sicario.

Fernando Lizama-Murphy

Este relato forma parte del libro 24 Cuentos

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