LA PROBABLE TRAVESÍA DE TÚPAC YUPANQUI A RAPA NUI

Por Fernando Lizama Murphy / RPI 2023-A-2883

En algún sitio algo increíble espera ser descubierto.

Carl Sagan

El que no navegue hasta que se hayan superado todos los peligros, nunca debe navegar.

Thomas Fuller

Los conquistadores españoles llegaron a América llenos de ambiciones y de sueños de grandeza. En tierra, la imaginación de la tropa creó ciudades encantadas, como El Dorado o La Ciudad de los Césares, donde el oro, la plata, las piedras preciosas, las mujeres y los manjares abundaban, donde la vida era paradisíaca, creando ilusiones en aquellos que, venidos casi siempre de la pobreza, las privaciones y la ignorancia, anhelaban caminos fáciles para cambiar sus vidas.

Los hombres de mar no se quedaron atrás y así aparecieron en sus mentes ─hartas de viajes interminables, mal alimentados, incómodos, mal dormidos, muchas veces víctimas de enfermedades o de veleidades climáticas aterradoras─ islas de fantasía a las que eran arrastrados por vientos, corrientes o temporales, donde todo aquello que a bordo escaseaba, ahí superaba sus mejores sueños.

Las naves, pequeñas y frágiles, navegaban por mares a veces bravías a veces serenas, en travesías interminables, asombrando a sus tripulantes con peces y otras especies de una fauna que nunca antes vieron. Entonces, la imaginación, el miedo, la incertidumbre y la soledad, crearon mundos, monstruos, sirenas y con frecuencia la fantasía sobrepasó al razonamiento y a la lógica. Lo absurdo, sumado a las supersticiones, aceptadas por mentes proclives a creer todo aquello que se les contaba, fue caldo de cultivo propicio para la propagación de mitos carentes, casi siempre, de todo sustento.

Los cronistas, importantes narradores de la época, comenzaron a plasmar en sus escritos estas aventuras, reales o imaginarias, que muchas veces, o quienes aseguraban haberlas vivido o aquellos que las llevaban al papel, magnificaban o inventaban, para hacerlas más atractivas a los pocos lectores y agigantar leyendas que sobre estas tierras ignotas comenzaron a circular.  

Pero los cronistas no siempre basaron sus escritos en los comentarios afiebrados de marinos y soldados. Muchos contaron sus propias experiencias o las de otros que les relataron sus vivencias en esas tierras de sueños y esperanzas para algunos, de pesadillas y muerte para otros.

También hubo escritores que escucharon las voces de los nativos, que narraron historias o mitos ocurridos antes de la llegada de los españoles y que, por carencia de un sistema escrito, se transmitían de boca a oído, de generación a generación. Y aquí, para la historia que nos convoca, queremos citar, principalmente, a tres de estos cronistas que dejaron constancia de relatos precolombinos en sus escritos.

Como en la mayoría de los aventureros que cruzaron el Atlántico en esa época, sus orígenes están llenos de incertezas. Nacido hacia 1532, aparentemente en Alcalá de Henares, fue un afortunado para su época porque pudo estudiar (aunque no se sabe dónde), astronomía, matemáticas y por supuesto latín, lengua a la que no podía permanecer ajeno un hombre culto de entonces. Luego de un paso por México, donde tuvo algunos problemas con la justicia que lo obligaron a huir, arriba a Perú, después de una breve permanencia en Guatemala.

Uno de los narradores más importantes y quizás el más culto de los que arribaron a América durante la primera centuria después del descubrimiento de América, fue Pedro Sarmiento de Gamboa. Su vida merece más que una crónica; una novela quedaría corta para amparar sus vicisitudes y probablemente muchos dudarían de su veracidad.

El fallecido historiador chileno José Miguel Barros Franco (1924- 2020) dedicó parte importante de su vida a buscar detalles de las peripecias de Sarmiento de Gamboa, encontrando muchos episodios oscuros, para los que existen escasos datos y sobre los que continuó investigando, como por ejemplo que en Lima fue detenido por el Tribunal del Santo Oficio por hacer sortilegios y conjuros y por poseer unos anillos a los que se le atribuían poderes mágicos, todo muy mal visto por la Inquisición. Barros Franco falleció en febrero del 2020 y con seguridad muchas de sus investigaciones sobre la vida de este aventurero español no alcanzaron a ser volcadas en escritos.

Pero más allá de sus conocimientos de magia o ciencias ocultas, fueron las otras capacidades de Sarmiento de Gamboa las que prevalecieron. Entre 1567-1569 participó en el viaje de Álvaro de Mendaña a la Polinesia para, a su regreso, convertirse en un hombre de confianza del Virrey Francisco de Toledo, quién, entre otras misiones, le encomienda la de escribir la historia del Perú, que Sarmiento convierte en el libro “Historia de los Incas” (1572), libro que se suponía perdido hasta que fue encontrada en 1785, en la biblioteca de Gottingen, una copia. En este libro cita a muchos de aquellos que participaron en los hechos que ahí se narran.

Tal vez fue durante la expedición de Mendaña, en las que descubrieron las Islas Salomón, (llamadas así porque se suponía que fue el lugar en el que el bíblico rey hebreo ocultó sus tesoros) donde Sarmiento escuchó algo relativo a un viaje en esa misma dirección, que, treinta años antes del arribo de Colón, habrían efectuado los incas, dirigidos por el príncipe Túpac Yupanqui. Lo concreto es que en su libro incorporó este episodio, sin imaginar que, siglos más tarde, abriría un debate que persiste hasta nuestros días.

Otro cronista de la época, el padre Miguel Cabello de Balboa (o Valboa), malagueño nacido entre 1530 y 1535, fallecido en Bolivia en 1608, que antes de llegar a América y consagrarse sacerdote en Quito (1571) luchó en las guerras de Flandes. Arribó a Lima en 1580, donde escribió su libro Miscelánea antártica. Una historia del Perú antiguo (1586) en el que también relata, con muchas coincidencias con la de Sarmiento, pese a que nunca se conocieron ni entre ellos ni sus obras, la historia de la navegación de Túpac Yupanqui a la Polinesia, aunque Cabello tiende un cierto velo de incertidumbre respecto al destino final de la expedición incaica.

En 1613 Fray Martín de Murúa (1525-1618) publicó su Historia General del Perú, donde también menciona el episodio que nos preocupa, pero sin agregar nuevos antecedentes a los ya mencionados por Sarmiento y Cabello. Se puede suponer que tuvo acceso a los libros de los anteriores para escribir su versión.

Los tres textos permanecieron guardados en bibliotecas durante varios siglos y solo vieron la luz en los últimos ciento cincuenta años, al ser encontrados por investigadores en Europa y Estados Unidos, abriendo la puerta a muchos interesados por develar esta parte de la historia o del mito.

Resumiendo, tanto Sarmiento como Cabello y Murúa relatan un viaje que, zarpando desde Manta (hoy Ecuador), habría realizado el príncipe inca Túpac Yupanqui, a la cabeza de 20.000 hombres y a bordo de 400 balsas, hacia la Polinesia, descubriendo las islas de Ahuachumbi y Ninachumbi (en distintos textos aparecen con otros nombres, fonéticamente parecidos, por lo que en este trabajo utilizaremos éstos, por parecernos los más fáciles de memorizar (N. del A.)), que algunos investigadores contemporáneos identifican con las actuales Mangareva y Rapa Nui.

Abierto el debate, la mayor parte de quienes han participado en él, aceptan que el periplo de Túpac Yupanqui efectivamente se realizó, aunque existen escépticos que piensan que, con los conocimientos de navegación de los Incas, pueblo serrano por excelencia, es imposible que se hubiese efectuado a un destino que los alejara de la costa. Hay investigadores que piensan que, en general, los aborígenes americanos solo conocieron la navegación de cabotaje, es decir, con el litoral a la vista.

El reconocido periodista, abogado e historiador peruano Hermann Buse de la Guerra, (Lima 1920-1981), en el libro Historia Marítima del Perú (Tomo II vol. 2) hace un detallado análisis respecto de la veracidad del periplo incaico y de sus posibles destinos, basado en estudios que diversos eruditos efectuaron al respecto. En su texto asegura que el viaje fue un hecho, sin comprometerse a un destino determinado, ofreciendo, eso sí, opciones y las más o menos reales posibilidades de que se hubiese efectuado.

Otro historiador peruano, don José Antonio del Busto (Lima, 1932-2006) quizás el hombre que más investigó la vida de Túpac Yupanqui, la que vertió en sus libros Túpac Yupanqui – El Resplandeciente – libro I El Conquistador y libro II El Gobernante, relata que el emperador Pachacútec, padre de Túpac Yupanqui, inició la expansión del imperio inca hacia el norte, logrando someter a muchas tribus. Pero cometió el error de no consolidar sus conquistas y en cuanto dio vuelta la espalda, comenzaron las rebeliones. Para revertir esa situación, envió a su hijo al mando de un gran ejército, para que subyugara nuevamente a aquellos que habían osado intentar zafarse del incanato.

Túpac Yupanqui, después de dos campañas exitosas, durante las que logró recuperar muchos de los territorios anexados por su padre, incluso añadiendo nuevos, llegó a la costa de lo que hoy es Ecuador para encontrarse con un puerto de mucha actividad marítima, situación desconocida para la mayoría de los incas, gente proveniente de la sierra.

El príncipe, entrevistando a los lugareños, conoció de viajeros que, viniendo del poniente y desde el norte, arribaban en sus balsas para comerciar. Túpac Yupanqui, convencido de que le quedaba poco por conquistar en tierra, concibió la idea de expandir el imperio hacia el sitio desde donde provenían las balsas. Decidió cruzar el océano para agregar nuevos territorios, más riquezas y más súbditos para el incanato.

Pero, tal como dijimos antes, la teoría del viaje tiene detractores y aunque hay una gran mayoría de estudiosos que lo aceptan como realmente efectuado, no todos coinciden en los destinos alcanzados por la expedición.

ASPECTOS GENERALES DE LA TRAVESÍA

Las embarcaciones

Si bien es cierto existe la creencia de que los incas, pueblo proveniente de la sierra, carecía de experiencia marinera, no es menos cierto que poseían una gran capacidad de adaptación a las distintas situaciones que les tocaba enfrentar durante sus campañas de conquista. Además, como se trataba de un ejército muy disciplinado, no dudaban en cumplir las órdenes que sus superiores les imponían, independiente del riesgo que implicaran. Eso permite que muchos estudiosos del tema no duden con respecto a que efectivamente fueron capaces de adaptarse a la vida del mar.

Pero aun así, es difícil de creer que, con su poca experiencia, pudiesen dirigir una expedición como la señalada por Sarmiento de Gamboa. Es muy probable que se apoyasen en pueblos costeños cuya capacidad de navegantes nadie pone en duda.

Los grandes marinos de las costas ecuatorianas eran los aborígenes de la isla Puná, pero según consigna la historia, éstos no aceptaron el sometimiento a Túpac Yupanqui. Solo fueron subyugados por su hijo Huayna Cápac algunos años después de la incursión de su padre. Eso complica la opción de que hubiesen participado en la expedición.

Los otros eximios navegantes de la zona fueron los residentes en Manta y en ellos prevalecía el sentido comercial por sobre el belicoso y es muy probable que hayan sido manteños los que tripularon las naves que trasladaron a los incas a estos nuevos destinos.

Los manteños mantenían un vivo intercambio comercial con pueblos provenientes de lo que ahora es Colombia e incluso de Panamá, hacia el norte. Algunos estudiosos de su cultura aseguran que llegaron al actual México. Para el sur el comercio se realizaba con comarcas costeñas del Perú, arribando hasta Arica o tal vez más al sur, todo esto mucho antes de la existencia de los incas. 

Del mismo modo, los comentarios de Sarmiento permiten suponer un trueque constante con comerciantes provenientes desde el poniente, al otro lado del mar. Si así fuese, a Túpac Yupanqui no le hubiese costado mucho navegar por rutas ya abiertas, solo siguiendo las utilizadas por los comerciantes. 

La embarcación más común utilizada por los manteños eran las balsas, de las que existían diversos tamaños y características según el uso a que se destinasen.

Por la utilización preferente que se le daba en la fabricación de estas naves, la madera en que eran construidas es conocida como “madera de balsa”.

La balsa (ochroma pyramidale) es un árbol nativo que se desarrolla en muy buena forma y rápido en la selva tropical, especialmente en la ecuatoriana, donde se le conoce como guaguaripo. En cinco años puede alcanzar hasta 30 metros de altura con diámetros que pueden superar los 75 centímetros.

El cronista español Miguel de Estete (1495-1572) describe de esta forma las balsas en su relación “El descubrimiento y conquista del Perú”:

“…estas balsas son de unos maderos muy  gruesos y largos; son tan fofos y livianos sobre el agua, como es un corcho; estos (los indios) atan muy recto uno con otro con cierta maña de maromas que ellos usan y sobre ellos hacen una armadura alta, para que las mercaderías y cosas que llevaren no se mojen; y de esta manera y poniendo un mástil en el madero mayor de en medio, ponen una vela y navegan por todas aquellas costas; y son navíos muy seguros porque no se puede anegar ni trastornar, porque el agua los baña por todas partes”.

Por su parte, otro cronista, Agustín de Zárate (1514-1560) entrega éstas características de las embarcaciones en su libro “Historia del descubrimiento y conquista del Perú”:

“Hay balsas en las que caben cincuenta hombres y tres caballos; navegan con la vela y con remos porque los indios son grandes marineros de ellas”.

Existe además esta relación, atribuida a Francisco de Xerez, aunque investigaciones más recientes se la asignan a un marinero desconocido que participó en la expedición de Bartolomé Ruiz y que posteriormente fuera incluida en la Relación Sámano:

“Este navío que digo que tomó, tenía parecer de cabida de hasta treinta toneles; era hecho por el plan e quilla de unas cañas tan gruesas como postes, ligadas con sogas de uno que dicen henequén, es como cáñamo, y los altos de otras sogas más delgadas, ligadas con las dichas sogas a do venían sus personas, y la mercaduría en henxauto; porque lo bajo bañaba. Trae sus mástiles y antenas de muy fina madera, y velas de algodón del mismo talle de manera que los nuestros navíos, y muy buena jarcia del dicho henequén, que digo que es como cáñamo, e unas potalas por anchas a manera de muela de barbero”.

Todas estas citas dejan en evidencia que los españoles quedaron asombrados de la capacidad marinera de las balsas fabricadas en lo que hoy es la costa ecuatoriana, que fueron las utilizadas por los incas para sus incursiones oceánicas.

Esta admiración fue ratificada cuatro siglos después cuando, en 1947, Thor Heyerdahl construyó su balsa Kon Tiki de acuerdo a las características de las precolombinas, las que el noruego intentó respetar al máximo, teniendo éxito en su misión de cruzar desde Sudamérica a la Polinesia.  

Perfil de una balsa peruana, dibujo de 1841. Obsérvense las “guaras”, paletas insertas entre los largueros, que se usaban a modo de timón, para dirigir la nave.

En su libro Kon Tiki, el noruego afirma, una vez concluida su travesía, que terminó en Tuamotú, al estrellarse con unos arrecifes coralinos:

Mi teoría de la migración, como tal, no quedaba necesariamente probada con el éxito alcanzado por la expedición de la «Kon Tiki». Lo que sí probamos es que las embarcaciones de balsa sudamericanas poseen cualidades desconocidas hasta hoy para los hombres de ciencia de nuestro tiempo, y que las islas del Pacífico están situadas muy al alcance de ·las embarcaciones prehistóricas del Perú.

Claro que también la madera de balsa tiene detractores:

Dice Samuel K. Lothrop (1892-1965) en su libro Aboriginal Navigation Off the West Coast of South America,  que después de un tiempo en el mar, la madera de balsa absorbe agua y se hunde, lo que lo llevó a concluir que resulta imposible realizar un viaje prolongado en una embarcación construida con esa madera.

Un estudio titulado “Comercio marítimo antiguo en balsas de balsa: un análisis de ingeniería”, escrito por Leslie Dewan y Dorothy Hosler y publicado en el 2008 en Journal of Archeological Research, asegura que la madera de balsa efectivamente se satura durante su permanencia en el mar, lo que redunda en una disminución de su capacidad de carga. A los cuatro meses, una balsa de originales treinta toneladas de capacidad, solo podía cargar diez y a los ocho meses, cinco. Es decir, su vida útil permaneciendo en el agua se limita a menos de un año. El estudio no explica que, si acaso se deja secar la nave, ésta puede volver a ser utilizada a plena carga.

De cualquier manera, los manteños se las arreglaban para navegar por el océano y por los ríos de la zona en naves fabricadas en esta madera, que para ellos era de fácil acceso.

Para dirigir las balsas, aún contra el viento, los indígenas tenían un ingenioso sistema de largas paletas que llamaban guaras, que se introducían entre los maderos de la balsa tanto en proa como en popa y que sumergiéndolas más o menos, les permitía controlar la dirección de la nave.

LA LOGÍSTICA

Otra de las grandes dudas que asalta a los investigadores es la logística utilizada por los incas para realizar el viaje, independiente del destino que fuera. En cualquier época, la navegación en altura requiere de una preparación adecuada para no morir en el intento y más en esos tiempos en que todos los itinerarios tardaban mucho en cumplirse, sobre todo que, una vez en altamar, se dependía de los vientos y las corrientes y uno de los elementos imprescindibles para la supervivencia es el agua.

Con respecto a este tema, los cronistas dicen que portaban el vital elemento en recipientes de arcilla y de madera que la mantenían fresca al estar sumergidos atados a las bandas de la nave. Pero la mayor reserva la llevaban en largas cañas de bambú atadas bajo los largueros que daban cuerpo a la balsa, conservándose en buenas condiciones al permanecer resguardadas por las bajas temperaturas del mar, sin ocupar espacio en cubierta ni añadir mucho peso a la nave. Para beber, la sacaban con bombillas también de caña y la mezclaban con agua salada. Estudios al respecto aseguran que el agua dulce mezclada con agua de mar en un porcentaje que puede variar entre el 20% y el 40%, se puede consumir sin producir problemas por su ingesta.

Además, quedaba otra alternativa. Buse de la Guerra cita el siguiente texto en su trabajo, cuya procedencia no queda clara:

“Caso que el agua esté dañada y huela mal, toman un puño o dos de harina de maíz tostado y échanlo en un vaso o taza é echan el agua con ello, é revuélvenlo, é bébenlo: que ninguno daño hace al que lo bebe, ni huele mal, sino bien…”

Thor Heyerdahl afirmaba que chupar la linfa de pescado crudo también es un excelente medio de calmar la sed. 

Sin duda que todos estos procedimientos obligan a un consumo racionado, pero queda en claro que, si se tomaban las providencias necesarias, los manteños conocían los medios para evitar el desabastecimiento de agua durante un viaje prolongado.

La alimentación resultaba menos problemática pues se basaba en la pesca y además los incas conocían la forma de deshidratar carnes, frutas y vegetales. La palabra “charqui” es de origen quechua. El otro elemento que pudo ser determinante en ayudar a paliar hambre y sed, fue la masticación de hojas de coca, planta asociada desde siempre a la cultura inca y a sus predecesoras en la sierra, y vital para la subsistencia en esos parajes donde la altura es la reina. Se sabe que la masticación de coca ayuda a paliar el hambre, la sed y el cansancio.

Entonces, tenemos todos los elementos para una larga travesía, no sin riesgos por supuesto, que según Sarmiento de Gamboa, duró entre nueve meses y un año.

LOS DESTINOS PROBABLES

Partiendo de la premisa de que el viaje efectivamente se realizó, diremos que Sarmiento de Gamboa habla de 400 balsas y 20.000 hombres que participaron en la expedición, cifra a todas luces muy elevada. Joseph Daguer profesor de historia de la Pontificia Universidad Católica del Perú, y discípulo de José Antonio del Busto, en entrevista al diario El Comercio de Lima, publicada el 14/10/2017, fija la cifra en aproximadamente 120 balsas, tripuladas por cinco marineros y quince guerreros por nave, lo que daría un total, aproximado, de 2.400 hombres. Su profesor, Del Busto, en su libro habla de 2.000 individuos y alrededor de 133 balsas mayores, dejando quince embarcaciones para el traslado de las provisiones.

Los elementos que, de una u otra forma, han permitido aceptar o rechazar los posibles destinos de la expedición y resultan relativamente claves para los defensores de una u otra teoría, son aquellos que Túpac Yupanqui trajo a su regreso como trofeos de guerra:

  • Esclavos negros.
  • Un sitial de madera cubierto de latón.
  • Una quijada que podría corresponder a un caballo.
  • Pieles de animales desconocidos en el incanato, posiblemente también de caballos.

Salvo los hombres de color, cuyo destino se borró con el tiempo, los otros elementos desaparecieron durante las guerras civiles que enfrentó el incanato años después, guerras que facilitaron la conquista del Perú por parte de Francisco Pizarro, aunque Sarmiento de Gamboa afirma que la mayor parte de la información respecto a la travesía la obtuvo de Hernando Urco Guaranga, uno de los expedicionarios que viajó con Túpac Yupanqui y que conservaba el sitial de madera. De ser así, seguramente se trataba de un noble para que le entregasen la responsabilidad de custodiar esta reliquia.

Es improbable, aunque no imposible, que Urco viajase con el príncipe. Si la travesía se realizó hacia 1465 y el libro de Sarmiento fue escrito en 1572, por muy joven que fuese el tripulante debería tener unos quince años, o sea, nació alrededor de 1450. En 1572 tendría más de 120 años.

Otro historiador peruano, don Federico Kauffmann Doig (1928-) saca sus propios cálculos y deduce que la expedición debió realizarse hacia el 1500, pero para entonces Túpac Yupanqui, según los datos disponible, ya había sido asesinado en 1493 por una de sus esposas.

Como decíamos al comienzo, la historia que estamos narrando tiene muchas aristas por resolver. Pero continuaremos con ella.

GALÁPAGOS

Después de la Polinesia, la segunda teoría que los investigadores más han analizado como destino probable del viaje de los incas son las islas Galápagos, (ubicadas a aproximadamente 1.100 kms. de Manta) que tuvo en el insigne investigador español Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898) a su principal defensor.

Este científico llegó a América como parte de la Comisión Científica del Pacífico, que zarpó de Cádiz el 10 de agosto de 1862,  una misión española que traía paralelamente dos objetivos: cobrar a Perú los dineros adeudados desde su independencia a la corona (misión que desembocó en la guerra de España contra Chile y Perú) y explorar, con afán científico, los territorios que ya no le pertenecían, perdidos por los peninsulares en las guerras de la Independencia de América y que habían sido visitados por eruditos de otras nacionalidades, tales como Humboldt y Darwin. A raíz del señalado conflicto contra Chile y Perú, la misión recibió órdenes de regresar a España, pero Jiménez de la Espada, junto a otros tres científicos desobedecieron dicha orden y permanecieron en América investigando el territorio y realizando una verdadera proeza: recorrer el Amazonas desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Este científico, que escribió el libro “Las Islas de los Galápagos y otras más al poniente” publicado en Madrid en 1892, basándose en datos paleontológicos, fonéticos, oceanográficos y otros, afirma en forma categórica que este archipiélago fue el destino de la expedición de Túpac Yupanqui. En este mismo sentido publicó un estudio en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid en 1891, donde afirma que Ahuachumbi y Ninachumbi son dos de las Galápagos.

Hermann Buse lo desmiente en forma categórica. Considera que el análisis oceanográfico de Jiménez está errado por considerar que la corriente de Humboldt pasa junto a la costa ecuatoriana en circunstancias que, frente a ese país su curso corre a muchas millas mar adentro del territorio. En esas circunstancias ¿cómo navegaron las balsas hasta allá? Además, el español hace algunos alcances lingüísticos del quechua respecto de los orígenes de los nombres Ahuachumbi y Ninachumbi, asegurando que son los nombres de dos de las Galápagos. Buse considera que los conocimientos del quechua de Jiménez de la Espada son precarios y que sus afirmaciones carecen de asidero.

El español tampoco da una justificación para los “tesoros” traídos por el príncipe de su incursión oceánica. 

Clements Markham, (1830-1916) escritor, botánico y aventurero inglés que permaneció durante un tiempo en Perú, escribió el libro Los Incas del Perú donde, después de vacilar respecto de la veracidad del periplo, termina convenciéndose y afirmando que el destino fueron, indiscutiblemente, las Galápagos. Aunque aporta algunas curiosas “novedades”. Las embarcaciones utilizadas fueron maderos puestos sobre odres rellenos de aire, los trofeos, en lugar de quijada o pieles de caballo, eran restos de tortugas y así sostiene algunas afirmaciones que resultan de muy poco valor analítico.

José de la Riva Agüero y Osma (1885-1944) fue un ensayista, historiador y político peruano que también opinó respecto del viaje de Túpac Yupanqui afirmando que, sin lugar a dudas, su destino fueron las Galápagos, que la quijada no era de caballo sino que de león marino, que las pieles corresponderían a alguna de las extrañas especies animales residentes en el archipiélago y aquí la novedad de esta teoría, que a su regreso el príncipe inca recaló en Atacames y en alguna otra playa de la zona de Manabí, en donde recolectaron las esmeraldas (umiñas, en quechua) y, lo más curioso, capturaron simios del género Mycetes, a los que confundieron con humanos de piel negra. Entonces tenemos que los esclavos traídos por el príncipe inca no serían humanos de raza negra sino monos. Cada uno puede sacar su propia conclusión al respecto.

Thor Heyerdahl, que visitó las Galápagos donde habría encontrado restos de cerámica precolombina, aseguraba que el archipiélago era destino frecuente de los indios de la costa ecuatoriana, por lo que un eventual viaje de Túpac Yupanqui a ese destino no constituía ninguna novedad.

Claro que Heyerdahl tiene detractores. Incluso lo acusan de “sembrar” los restos arqueológicos en Galápagos para dar sustento a su hipótesis.

Luis Pericot y García (1899-1978) arqueólogo e historiador catalán, apoya la teoría del noruego aunque otros científicos aseguran que, hasta la llegada de los españoles en 1535, que tocaron el archipiélago en forma casual al ser desviados por una tormenta, las islas nunca fueron pisadas por pie humano.

Charles Darwin defiende esta posición asegurando que, cuando visitó las islas a bordo del Beagle, las aves se acercaban sin temor a los humanos lo que evidenciaba que nunca antes tuvieron contacto y que por eso no les temían.

OTROS DESTINOS POSIBLES

Cuando este tema vio la luz, fueron muchos los científicos y otros no tanto, que comenzaron a investigar o simplemente a opinar respecto de las posibilidades reales de la travesía y, aquellos que la aceptaron como cierta, a especular sobre cuál sería el destino alcanzado por el inca en su aventura oceánica. Así aparecen varios lugares como probables.

Uno y que Hermann Buse incluye en su trabajo, son las Islas Lobos. Se trata de dos porciones de tierra seca, sin agua, ubicadas una, a poco más de 20 y la otra a unos 60 kilómetros de la costa peruana. Ambas son generosas fuentes de guano a raíz de que por milenios aves marinas las han utilizado para anidar.

Hermann Leicht, citado por Hermann Buse de la Guerra, sostiene que la falta de experiencia en navegación de altura de los incas no les hubiese permitido alejarse más allá de estas islas y que aún pese a su cercanía, constituiría una verdadera proeza para la época, teniendo en cuenta la mentada inexperiencia.

Schweigger basado en condiciones oceanográficas, afirma que las corrientes y contracorrientes de la zona hubiesen favorecido que la flota de Túpac Yupanqui fuese llevada hasta estas islas.

Los detractores indican que, dada la corta distancia de tierra, no hubiese necesitado entre nueve meses y un año para la travesía. Por otra parte, estas islas han estado deshabitadas desde siempre, viviendo en ellas solo colonias de aves que la convirtieron en una de las principales fuentes de recolección de guano, pero que en su superficie no crece nada. Son completamente desérticas.

Si están deshabitadas, difícilmente el príncipe pudo conseguir los trofeos que exhibió a su regreso.

Al observarlas en el mapa, desde la perspectiva actual podría parecer hasta un sarcasmo sugerir que por un viaje de estas características se hubiese levantado tanto revuelo.

También Buse menciona la isla de La Plata, la Gorgona, la isla del Gallo y hasta algunos creen que el destino pudo ser la isla Cocos, frente a Costa Rica. Otros creen que la expedición nunca se alejó de la costa y que lo de las islas fue producto de la imaginación de los nautas o de los cronistas. No existe acuerdo entre quienes han intentado dar una respuesta categórica al asunto.

EL VIAJE A LA POLINESIA

En algunas regiones de la Polinesia consumían el camote, alimento original de Sudamérica, mucho antes de la llegada de los colonizadores. ¿Cómo fue que esto ocurrió? ¿Quiénes cruzaron primero el océano?

Los estudios al respecto tienden a afirmar que fueron los polinesios los que llegaron hasta el continente americano, en una expansión que se habría iniciado, partiendo desde la actual Taiwán, hacia el 3.000 a.C. permitiéndoles llegar hasta la Polinesia, alrededor del 1.500 a.C. y con el tiempo hasta Rapa Nui, donde se estima que habrían arribado alrededor del 400 d.C. Desde ahí, supuestamente, alcanzaron el continente americano.

En su viaje de 1956 Eric de Bisschop (1891-1958), en la balsa Tahiti Nui construida en la Polinesia de acuerdo a técnicas milenarias, trató de demostrar la factibilidad de esta travesía. Lamentablemente la nave no resistió y el navegante, junto a los demás tripulantes, fue rescatado por el barco de la Armada de Chile “Baquedano”, a la altura del archipiélago de Juan Fernández cuando el naufragio era inminente.

Paul Rivet,(1876-1958) en su libro Los Orígenes del Hombre Americano, afirma que la colonización de Sudamérica la realizaron polinesios que viajaron hacia el sur hasta topar con el continente antártico y desde ahí atravesaron el Paso de Drake para iniciar su peregrinaje desde el Cabo de Hornos hacia el norte. 

Aunque tampoco se descarta la posibilidad de que hubiese sido al revés, que los sudamericanos visitaron primero la Polinesia. Eso fue lo que trataron de demostrar Thor Heyerdahl, en la Kon Tiki, Carlos Caravedo Arca, en la Tangaroa, William Willis, alemán, en su embarcación Siete Hermanitas, Eduard Ingris, checoslovaco que lo consiguió en su segundo intento en la Kantuta II y el mismo De Bisschop, zarpando ahora desde Constitución, en Chile, navegantes que unieron ambos continentes en frágiles balsas zarpando desde Sudamérica, todos con mejor suerte que De Bisschop, que murió al naufragar al llegar a destino.

Un estudio de ADN publicado por Carl Zimmer en el The New York Times del 10 de julio de 2020, da cuenta de que en algunos habitantes de Rapa Nui se encontraron rastros de ADN de los zenú, de Colombia, rastros que tendrían una antigüedad de 800 años. También nativos de otras cuatro islas polinésicas mostraron los mismos rastros, lo que permite afirmar con cierto grado de certeza que existieron viajes intercontinentales a través del Pacífico mucho antes de la llegada de los españoles. 

En el mismo trabajo publicado por el periódico estadounidense, se cita a Lisa Matisoo-Smith cuyos estudios se centran en el uso del ADN para mapear la migración humana. Junto al chileno José Miguel Ramírez, catedrático de la Universidad de Valparaíso, investigaron antiguos cementerios indígenas de la isla Mocha, en Chile, donde encontraron unos cráneos que, según la científica: lucían muy polinesios en su forma. Para el tema que nos preocupa, es importante establecer que desde muy antiguo existieron viajes a través del Pacífico, por lo que no resulta del todo improbable el viaje de Túpac Yupanqui a la Polinesia.   

A LA POLINESIA

Ahora vamos a entrar de lleno en el libro “Túpac Yupanqui. El Resplandeciente”. Vol. 1: “El Conquistador”, de José Antonio del Busto Duthurburu, porque es el mayor estudioso de la vida del Inca Túpac Yupanqui y el que más ha investigado sobre el viaje de este insigne personaje de la América precolombina.

Después de revisar diversas fuentes, el historiador peruano sugiere el año 1465 como aproximado para el zarpe. El mismo método utiliza para fijar en 1500 guerreros, 500 marineros y en 133 las balsas para trasladarlos. Además agrega 15 balsas para vituallas con sus correspondientes tripulantes, lo que nos lleva a un total de 2200 hombres en 148 balsas el total de la expedición. De todas maneras, resulta una flotilla asombrosa solo imaginar esa cantidad de embarcaciones surcando el océano. 

De la forma en que se decidió el inca para aventurarse, citamos a Sarmiento de Gamboa:

“Y andando Topa Yupangui conquistando la costa de Manta y la isla de Puná y Tumbez, aportaron allí unos mercaderes que habían venido por la mar de hacia el poniente en balsas, navegando a la vela. De los cuales se informó, de la tierra de donde venían, que eran unas islas llamadas una Auachumbi y otra Niñachumbe, adonde había mucha gente y oro. Y como Topa Inga era de ánimo y pensamientos altos y no se contentaba con lo que en tierra había conquistado, determinó tentar la feliz ventura que le ayudaba por la mar”.

Pero nos dice Sarmiento que el príncipe no se tragó de buenas a primeras la historia y llamo a su nigromántico de cabecera, llamado Antarqui, que le acompañaba en sus conquistas, el que luego de recorrer el océano volando (tales poderes tenía este mago), regresó para confirmar que lo que decían los mercaderes era verdad:

“Y así dicen que fue por sus artes, y tanteó el camino y vido las islas, gente y riqueza dellas, y tornando dio certidumbre de todo a Topa Inga”.

Una vez decidido el viaje, Túpac Yupanqui nombró sus capitanes, que Sarmiento cita por sus nombres y tribus de origen: Huamán Achachi, Conti Yupanqui y Quíhuar Túpac, que eran Hanan Cuscos. Por los Hurin Cuscos los elegidos fueron: Yancan Maita, Cachi Mapaca, Macus Yupanqui y Llimpita Usno Maita. Es de suponer que todos estos nombres perduraban en la memoria prodigiosa de Urco Guaranga.

Si bien Del Busto es defensor a ultranza de la travesía a la Polinesia, deja espacio para algunas dudas. Al revisar apuntes relativos a vientos y mareas, calcula que la flota necesitó alcanzar primero la Corriente de Humboldt, girar al poniente pasando al sur de las Galápagos para ganar la Corriente Ecuatorial que lo llevaba directamente a los mares de la Polinesia, dejándolos a mitad de camino entre ambos continentes. Ahí debían tomar la Corriente Ecuatorial del Sur que los llevaría a su destino. Si los navegantes manteños conocían esta ruta, no les debe de haber resultado muy difícil seguirla. Del Busto calcula en aproximadamente 90 los días utilizados para tocar tierra al otro lado del mar, lo más probable, en la isla Nuku Hiva, (llamada Marchand por los franceses) perteneciente al archipiélago de las Marquesas.

Del Busto basa su afirmación en que en esta isla se encuentran las ruinas de un supuesto altar que Túpac Yupanqui levantó para agradecer por lo exitoso de su viaje. Las ruinas se llaman Aáotupa. El otro argumento de Del Busto se refiere a la leyenda del rey Tupa, un misterioso personaje que habría arribado desde el poniente trayendo joyas, cerámicas y tejidos de lana, todo desconocido en estos parajes.  Además los nativos llamaban al viajero “Hombre Rojo”, lo que Del Busto atribuye a que el frío de los Andes enrojece el rostro de muchos de sus habitantes pues los vasos sanguíneos aparecen a flor de piel. 

Desde esta isla el príncipe Inca habría viajado hasta Mangareva, en el archipiélago de la Gambier y ésta, afirma Del Busto, es, seguramente la Auachumbi que menciona Sarmiento de Gamboa.

Mangareva es la más grande de este conjunto insular. Aquí la expedición inca habría permanecido unos tres meses, reparando balsas y reponiendo energías, pese a que los alimentos disponibles no eran ni muy variados ni abundantes, dejando como legado el culto a Tupa, un canal entre islotes bautizado con su nombre y un baile ceremonial que perdura hasta ahora.

Con respecto al canal, Thor Heyerdahl narra una leyenda polinésica que asegura que un rey arribó en una balsa esplendorosa que a medida que avanzaba por la tierra, ésta se iba abriendo a su paso y que luego de concluir su atravieso, dejó como huella el estrecho llamado Te-Ava-nui-o-Tupa, el canal de Tupa, que separa a Mangareva de varios islotes, entre ellos uno llamado Te-Kava-Maru.

Volviendo al tema del intercambio cultural, al parecer, si los incas trasmitieron a los polinesios algunos conocimientos de cerámica, metalurgia o tejido, desaparecieron con el tiempo por la inexistencia de materias primas para seguir practicando esas técnicas. Lo que se demostraría porque la vida de los polinésicos, incluso a la llegada de los europeos, tres siglos después del viaje de Túpac Yupanqui, era muy primitiva. Desconocían el metal, sus ropas eran de fibras vegetales, sus herramientas de piedra o madera endurecida al fuego y los elementos para cocinar, de madera. 

Desde Mangareva habrían procedido los esclavos y todos o parte de los objetos llevados por el Inca como demostrativos de su viaje. Seguramente los prisioneros de raza negra eran melanesios capturados por los polinesios en algún momento y que ya eran tratados como esclavos. También en la isla existen algunos vestigios que podrían ser restos de altares levantados por los visitantes para honrar a sus dioses, pero nada que permita afirmar categóricamente que sean eso. Las dudas que persisten se refieren al trono de latón pues, al parecer, los polinesios no conocían el metal. Es muy probable que fuese de origen Chimú, eximios orfebres que ya conocían la tumbaga, una aleación de oro con cobre que permitía obtener un brillo muy llamativo en las piezas que fabricaban. En su territorio debieron atracar los expedicionarios a su regreso.

Según Del Busto, citando a Heyerdahl, los incas, para agradecer, tenían por costumbre levantar altares en los territorios visitados. Muchos de esos altares aprovechaban estructuras existentes a la que agregaban características que eran propias de artesanos del incanato. Uno de esos sería el Aáotupa mencionado anteriormente.

Con respecto a la danza del Rey Tupa, que para Del Busto sería la máxima prueba de la presencia de incas en Mangareva. En su libro Aku Aku, Thor Heyerdahl afirma que es una danza en honor a ese legendario rey y consiste en un baile que se realiza en la playa, donde aparece el monarca con el rostro cubierto por una máscara pintada de rojo, confeccionada en un tronco de palmera.

Según el mismo Heyerdahl, la leyenda afirma que el rey, proveniente de levante, arribó con una flotilla de grandes balsas y que luego de permanecer por un tiempo en la isla, regresó a su tierra para no volver jamás.

A RAPA NUI

Una vez concluida la aventura mangaverana, la flota de balsas inició su viaje de regreso hacia el levante. Ubicar la Isla de Pascua en la inmensidad del océano es una misión que requiere, entre otras cosas, de mucha suerte, salvo que entre los tripulantes existiesen algunos que ya hubiesen realizado el viaje y conociesen la ruta marcada por las estrellas.

Según Del Busto, una de las teorías sobre el poblamiento de Rapa Nui asegura que, la primera oleada migratoria partió de las islas Marquesas y se calcula que ocurrió en el siglo XII. La segunda provino de Tuamotú y Mangareva, alrededor del año 1400 de nuestra era. De ser así, es posible que los viajes entre ambas islas fuesen relativamente frecuentes, pese a los 2.600 kilómetros que las separan.  Eso hasta que los pascuenses se quedaron sin árboles por la tala indiscriminada. Sin madera, no pudieron construir embarcaciones.

Entre 1902 y 1903 la Armada de Chile aprovechó el crucero de instrucción de la Escuela Naval Arturo Prat en la corbeta General Baquedano para intentar reconstruir el periplo de los primeros habitantes de Rapa Nui, efectuando un recorrido que se inició en Valparaíso, siguió hasta Juan Fernández, pasó por San Félix, San Ambrosio, Rapa Nui, para arribar a la Polinesia en Nuku Hiva, pasando a las Marquesas, terminando su recorrido en Auckland antes de regresar a Valparaíso. Si el objetivo era investigar el origen de los pascuenses, es de suponer que a su regreso utilizaron la misma ruta, pero no fue posible acceder a las conclusiones de este viaje.

Pero el solo hecho de que la isla perdida en medio del océano esté habitada, se puede deducir que llegar a ella era posible con los medios existentes hace ochocientos años. .

En Rapa Nui no existe memoria respecto a la llegada del rey Tupa y de su enorme ejército. La isla, a raíz de las guerras civiles que se sucedieron y los posteriores arribos de marinos europeos, piratas y esclavistas peruanos, sufrió un despoblamiento progresivo que seguramente fueron borrando muchos de los recuerdos colectivos. De hecho, hasta las rongo rongo, las tablillas parlantes que podrían aclarar mucho de la historia de la isla, no han podido ser interpretadas porque los únicos que conocían su significado fueron secuestrados por esclavistas peruanos y de otras nacionalidades en el siglo XIX. 

Del Busto respalda su teoría de la presencia de Túpac Yupanqui en Rapa Nui en dos pilares fundamentales e indesmentibles para él: el primero, la existencia del Vinapú.

El Vinapú es una construcción de piedra levantada muchos años antes de la posible llegada de los incas pero está recubierta con un enchape de roca volcánica con características muy propias de la cultura imperial andina. Es una copia del estilo de la construcción de Sacsahuamán, en el Cuzco, por lo que resulta fácil suponer que canteros incas moldearon los trozos que se adhirieron a la construcción existente.

Del Busto supone que el Príncipe dejó algunos mitimaes en Rapa Nui los que, posteriormente a la partida de la expedición, realizaron esta obra. El tiempo de permanencia, que debió ser breve, no alcanzaba para realizar el trabajo, cuyas dimensiones reales que tuvo al momento de ser construido, se desconocen. Se supone que terremotos, deslizamientos de tierra o la mano del hombre en medio de las guerras civiles que despoblaron la isla, dejaron solo una fracción de lo que, en sus comienzos, fue.

Ahu Vinapú, Isla de Pascua.

Como muchos de los argumentos usados por los defensores de la teoría del viaje de Túpac Yupanqui a la Polinesia y a Rapa Nui, este monumento también tiene detractores en cuanto a su origen, pero no nos detendremos a analizarlos.

Ninachumbi, el nombre que Del Busto supone que corresponde a Pascua, lo traduce como Isla de Fuego, lo que atribuye a los volcanes extintos que existen en la isla.

El otro factor argumentado por el historiador peruano es la leyenda de Uho. Ramón Campbell (1911-2000), médico y musicólogo chileno que estudió la cultura pascuense, rescató esta leyenda.

Uho, una pascuense, entrega su cuerpo a una tortuga gigante a cambio de que la lleve a conocer donde nace el sol. La tortuga cumple su parte del trato y a su llegada a tierras lejanas cubiertas de niebla, la muchacha se casa con un príncipe que se llama Mahuna-te Ra´a, cuya traducción del pascuense es Hijo del Sol. Pronto la niña, que ha sido madre, añora su tierra a la que consigue regresar. Llega a Rapa Nui seguida por su hijo, que posee alas por lo que lo hace volando. Al descender a tierra, el muchacho pierde sus alas y ya no podrá volver a elevarse.

El relato concluye cuando Uho y su hijo son recibidos en gloria y majestad por los isleños.

Del Busto ve en esta historia muchas señales que permiten suponer la presencia de Túpac Yupanqui. Por ejemplo, la tortuga gigante es la balsa real, el príncipe es Túpac Yupanqui pues su nombre Hijo del Sol, es el que recibe entre los suyos. La niebla corresponde a la camanchaca que habitualmente cubre la costa peruana,

Lo que acepta como irreal es la posibilidad de que Uho regresase a la isla. Las mujeres de los príncipes incas eran cautivas de su señor y es imposible que hubiese logrado escaparse de su lado, salvo que su hijo la hubiese trasladado volando.

EL RETORNO

Según Del Busto, los más de 4.000 kilómetros del viaje de regreso desde Rapa Nui al continente, debió ser la parte menos grata de la expedición. La isla tenía poco que ofrecer a una delegación numerosa –ni siquiera agua- la que seguramente debieron captar de las lluvias. En alimentos era casi nada lo que tenían y a duras penas alcanzaría para la supervivencia de los isleños. Así que con seguridad la sobrevivencia estuvo ligada a la pesca, al racionamiento del agua durante los sesenta días que el historiador peruano, calcula, duró la travesía entre Pascua y la costa sudamericana.

Es muy probable que, si Túpac Yupanqui dejó mitimaes en Mangareva y en otros sitios en los que atracó, la cantidad de tripulantes hubiese mermado. Tampoco podemos descartar naufragios u otras tragedias ocurridas en una delegación tan numerosa, por lo que es muy posible que a Rapa Nui arribaran bastante menos navegantes, aunque les debemos agregar los esclavos negros, cuyo número se desconoce.

De todas maneras, los recursos de la isla eran limitados y debe de haber resultado complejo, tanto para visitantes como anfitriones, alimentar a una hueste numerosa.

Cuando los pilotos de las balsas lograron internarse en la corriente de Humboldt, todos se vieron enfrentados a un clima más frío, con constantes nieblas que impedían ver la ruta. Solo las estrellas mostraban por dónde debían seguir para arribar a ese destino que, seguramente, la mayoría anhelaba después de un año de travesía.

Siguiendo la trayectoria de vientos y corrientes, es muy probable que la escuadrilla de balsas, con seguridad disminuida con respecto a la que zarpó, haya tocado tierra en zona de los Chimú, cuyo gobernante, Minchacamán, debe haber visto con recelo la presencia de los incas.

Aun así accedió a negociar el sillón de tumbaga y seguramente le entregó el oro y la plata que el Príncipe exhibió como trofeo en su desfile triunfal por las calles del Cuzco. También les debe de haber proporcionado alimentos frescos que por largo tiempo escasearon en el menú de los tripulantes.

Pese a que según algunos mapas levantados por estudiosos arriban en la costa peruana frente al Cuzco, Del Busto los hace continuar navegando por el litoral para arribar a Manta, desde donde procederían las esmeraldas, el otro trofeo exhibido por el joven príncipe.

La conclusión a la que llega el historiador peruano no es positiva. Si bien es cierto los incas lograron expandir por una sola vez sus fronteras más allá del océano que podían ver desde sus costas, nada de lo que consiguieron representó un fortalecimiento del imperio. Seguramente significó un enorme gasto en recursos y es muy probable que en vidas humanas, para exhibir solo como novedad un puñado de esclavos negros y unos huesos y pieles de animales exóticos.

Pero quedó la proeza.

Además, los escritos de los cronistas dejan planteada una odisea que pudo ser o no ser. La historia nos habla con lenguajes que a veces resultan difíciles de creer. Pero el ser humano ha sido capaz de grandes proezas y los Incas en particular lograron dominar un imperio gigantesco que sucumbió, como muchos de los que se han conocido, por la avidez de poder, el talón de Aquiles que permitió a Pizarro, otro ávido, tanto de poder como de riquezas, someterlos.

FUENTES:

Del Busto Duthurburu, José Antonio – Túpac Yupanqui. El Resplandeciente – Libro I: El conquistador. Universidad de Piura. Facultad de Humanidades, 2017

Sarmiento de Gamboa, Pedro – Historia de los Incas.

https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=3592

Alonso Rojo, José Miguel. Pedro Sarmiento de Gamboa.

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https://ebuah.uah.es/dspace/bitstream/handle/10017/5733/Los%20%C3%9Altimos%20A%C3%B1os%20de%20Pedro%20Sarmiento%20de%20Gamboa.pdf?sequence=1&

Rose, Sonia. Miguel Cabello Balboa. Real Academia de la Historia

https://dbe.rah.es/biografias/17864/miguel-cabello-balboa

Cabello Balboa, Miguel. Miscelánea Antártica. Una historia del Perú Antiguo.

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https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=3529

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Buse de la Guerra, Hermann. Historia Marítima del Perú. Época Prehistórica. Instituto de estudios histórico-marítimos del Perú, 1977.

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https://books.google.cl/books/about/El_Descubrimiento_y_la_conquista_del_Per.html?id=-73KmgEACAAJ&redir_esc=y

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https://www.catedra.com/libro/letras-hispanicas/historia-del-descubrimiento-y-conquista-del-peru-agustin-de-zarate-9788437643786

Anónimo. Relación Samano- Xerez

http://historiadordelperu.blogspot.com/2010/10/la-relacion-samano-xerez-1525.html#:~:text=Este%20manuscrito%20de%205%20p%C3%A1ginas,cabo%20entre%201525%20y%201527.

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https://patrimoniodigital.ucm.es/s/patrimonio/item/559780

Markham, Clements. The Incas of Peru. University Press of the Pacific, 2004

Rivet, Paul. Los Orígenes del hombre americano. Fondo de Cultura Económica de México, 1960.

Heyerdahl, Thor. La expedición de la Kon Tiki. Ediciones Continente, 2013.

Otras Crónicas de Fernando Lizama Murphy con alguna relación con el tema:

Erick de Bisschop, el Navegante Audaz

El apóstol de Rapa Nui.

https://fernandolizamamurphy.com/tag/rapa-nui

La tragedia étnica de Rapa Nui y la Polinesia

La travesía de la Tangaroa

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