LA TRAVESÍA DE LA TANGAROA

“El hombre no puede descubrir nuevos océanos a menos que tenga el coraje de perder de vista la costa.”

André Gide

TangaroaEn una plaza ubicada en el distrito de Surco, en la intersección de las calles Querecotillo y Simbila, existen cinco palmeras que conmemoran a otros tantos navegantes que cruzaron el Pacífico desde Perú a la Polinesia, en balsa, en homenaje a:

  • Thor Heyerdahl, el navegante noruego que realizó su viaje en la Kon Tiki.
  • William Willis, alemán que lo consiguió en su embarcación Siete Hermanitas
  • Eric de Bisshop, francés que lo logró, aunque murió a llegar a su destino, en la Tahiti Nui II (ver crónica).
  • Eduard Ingris, el checoslovaco que lo consiguió en su segundo intento en la Kantuta II.

La quinta y última palmera, que está ubicada frente a lo que fue su hogar, es por el único peruano que llevó a cabo esta travesía, reservada para los valientes; nos referimos a Carlos Caravedo Arca, que llegó a la Polinesia en la Tangaroa

La idea de todos ellos fue demostrar que habitantes de Sudamérica arribaron a la Polinesia y que influyeron en la cultura de ese otro extremo del mundo, así como ratificar que la travesía que hacia 1480 había realizado una flota de balsas enviada por el inca Tupac Yupanqui, era posible.

El viaje de Thor Heyerdahl, a bordo de su Kon Tiki, realizado en 1947, fue descrito por el navegante y ampliamente difundido en un libro del que se vendieron más de cincuenta millones de ejemplares y que sirvió de base para el libreto de una película y de varios documentales.

William Willis nació en Hamburgo, pero a los diez años se trasladó a los Estados Unidos. En 1954 cruzó desde Perú hasta Samoa en su balsa Siete Hermanitas, acompañado solo por un gato y un loro. Navegó casi 7.000 millas. Pasada una década repitió el viaje, pero ahora su recorrido fue de 11.000 millas, llegando hasta Australia. Cuatro años después, en 1968, cuando ya tenía setenta años, intentó nuevamente hacer el trayecto, ahora en un bote, pero no lo consiguió. En octubre de ese año otro barco encontró su nave a la deriva, sin nadie a bordo. La bitácora mostraba una última anotación hecha el 21 de julio. Escribió el libro “Solo en mi balsa”, donde narra sus experiencias.

Eric de Bisshop recorrió el mundo en naves frágiles. En 1956 decidió efectuar el recorrido de Heyerdahl, a la inversa. Zarpó desde la Polinesia, pero su balsa se destruyó y hubo de ser rescatado a la altura del archipiélago de Juan Fernández. Pero no cejó, decidió construir una nueva embarcación en el puerto de Constitución, Chile, y con ella zarpó, en febrero de 1958, rumbo a El Callao, desde donde continuó camino hacia la Polinesia. La balsa encalló en los arrecifes de Rakahanga el 30 de agosto del mismo año. De Bisschop murió ahogado.

Eduard Ingris, checoslovaco de nacimiento pero peruano por adopción, fue un hombre múltiple que exploró el Amazonas, estudió las culturas precolombinas, fue un gran fotógrafo y un excelente compositor musical cuyas melodías se incluyeron incluso en algunas cintas cinematográficas estadounidenses. Además, fue un gran navegante. Su primer intento por unir Perú con la Polinesia lo hizo a fines de 1955 en una balsa de totora, a la que bautizó Kantuta. Llegó a las Galápagos, pero después las corrientes lo arrastraron hacia el norte, hasta Panamá, donde estuvo a punto de zozobrar. Junto a sus acompañantes, los rescató un barco de los Estados Unidos. Hombre tenaz, en 1959, con la Kantuta II, consiguió su objetivo.

La quinta palmera es en honor al único hombre nacido en Perú que ha realizado la hazaña; Carlos Caravedo Arca.

Carlos CaravedoCarlos Caravedo, que nació en noviembre de 1920, pertenecía a una familia de agricultores, siendo los propietarios de la hacienda Inquisidor y Pulido, ubicada en Ate, donde producían papas y algodón. Por eso fue natural que, después de egresar del colegio Champagnat de Lima, estudiara agronomía en universidades peruanas y chilenas. Pero sus inquietudes iban más allá de sembrar la tierra; fue un gran deportista, especializándose en saltos ornamentales, además de pintor, músico y, en su interior, bullía un corazón aventurero.

Cuando supo de la expedición de Heyerdahl, quedó alucinado con la idea de cruzar el Pacífico en una balsa. Como no pudo tomar contacto con el noruego, no perdió oportunidad de acercarse a William Willis cuando preparaba su viaje. Entre ambos nació una amistad, pese a la diferencia de edad. De este navegante aprendió muchos secretos que después utilizaría en su propia travesía. También se ofreció para acompañar al alemán nacionalizado estadounidense, pero la intención de éste fue siempre hacer el viaje en solitario.

Cuando Ingris preparaba su primera expedición, también se acercó para obtener un cupo. Tampoco le resultó, ocurriéndole lo mismo para el segundo viaje del checo, y eso teniendo en cuenta la afinidad entre ambos por su afición musical. Varias veces se reunieron para compartir esta inquietud. Quizás Ingris no lo quiso exponer a los peligros que involucraba la travesía.

Eric de Bisschop hizo escala en El Callao, proveniente desde Constitución, y un entusiasta Carlos Caravedo no perdió oportunidad de tomar contacto con él para ofrecerse a integrar la tripulación, pero el francés tenía su viaje planificado desde Chile y llegó con sus marinos ya reclutados.

Decepcionado porque se le cerraban las puertas, optó por organizar su propia aventura, utilizando los conocimientos y contactos conseguidos junto a los otros navegantes, aprovechando los recursos que le aportaba la hacienda familiar.

Para comenzar diseñó su balsa en base a los modelos que observó de sus antecesores. Con los planos en mano, en julio de 1964 se dirigió a Ecuador donde compró los troncos necesarios para construir su embarcación. Eligió árboles hembras de entre sesenta y ochenta centímetros de diámetros por diez metros de largo. La razón para que fuesen hembras era que, según los entendidos, flotaban mejor, aunque tenían una vida más corta. Los trasladó por el río hasta Guayaquil, donde consiguió que un barco colombiano, que viajaba a Lima sin carga, se los llevara gratis. Los recursos eran escasos y cualquier ayuda le servía.

A los expedicionarios extranjeros la empresa de Servicios Industriales de la Marina, conocida por su sigla SIMA, les facilitó las instalaciones de El Callao para la construcción de sus balsas. A Caravedo se lo negó sin explicación, lo que lo obligó a ocupar unos precarios galpones ubicados en el sector de Mar Brava, destinados a la reparación de embarcaciones menores.

Ahí, con la ayuda de don Saturnino Luque, maestro experto en fabricar sogas y efectuar nudos y que ya había colaborado con los anteriores aventureros, fue tomando forma la Tangaroa, bautizada así en honor a una deidad polinésica.

La fecha ideal para el zarpe era el mes de abril y Caravedo se esforzó por tener todo listo para esa fecha, incluida la tripulación, que inicialmente contemplaría a una dama de apellido Tassara. Pero las autoridades portuarias y marítimas, las mismas que le negaron las facilidades para construir su balsa, comenzaron a hacerle exigencias relativas a la flotabilidad, diseño y otros detalles que fueron retardando el zarpe, exasperando a un Caravedo que veía con preocupación que el mejor tiempo para partir se le escapaba, al igual que algunos tripulantes que, frente al atraso, debieron regresar a sus quehaceres habituales.

A Caravedo le daba la impresión de que alguien, quizás de su familia, temiendo por su vida, estaba utilizando todos los medios disponibles para evitar que llevara a cabo su travesía. Pero él no se dejaba amilanar por nadie ni por nada. Con una tenacidad a toda prueba, continuó insistiendo.

Tres meses tardó la burocracia en permitir el zarpe, tiempo que significó que los troncos absorbieran agua, modificando la línea de flotación y el eje de la embarcación, que comenzó a inclinarse hacia un costado.

Pese a estos inconvenientes, el 26 de julio de 1965, en medio del bullicio de las sirenas de los barcos surtos en el puerto, zarpó desde el Club de Yates de Lima la Tangaroa, capitaneada por el inquebrantable Caravedo. Fue escoltada por numerosos yates del club y remolcada hasta 100 kilómetros mar adentro por el BAP Dueñas. Ahí comenzó su travesía, que duraría noventa y siete días; su destino, según el manifiesto: Samoa.

Después de las deserciones producto de la demora en el zarpe, la tripulación quedó conformada por Carlos Caravedo Arca, capitán; Jaime Toledo, navegante, y José Mathous, encargado de la radio. La dama que inicialmente viajaría junto a ellos no lo hizo. Tanto Toledo como Mathous tenían experiencia en estas aventuras ya que habían viajado junto a Ingris en la Kantuta II.

El agua necesaria para el viaje la almacenaron en bidones que antes contuvieron un dentífrico. Caravedo diría después que durante todo el viaje bebieron agua con sabor a Kolynos.

Desde un comienzo el tardío zarpe les comenzó a pasar la cuenta. Se vieron enfrentados a grandes olas de hasta veinte metros que amenazan con volcar la frágil embarcación, pero ésta resistió los embates. En algunos tramos navegaron rodeados de tiburones, en otros, por delfines y ballenas. Por la noche, las estrellas y las medusas luminiscentes les marcaban la ruta. Desde la Tangaroa lograron capturar algunos peces para variar e incrementar el menú. Los alimentos embarcados disminuían rápidamente a causa del apetito insaciable de Mathous, que atribuía algunas dolencias estomacales al estado de descomposición de las vituallas, lo que no obstaba para que las devorara con fruición.

Con las maderas que llevaban de repuesto y los bidones de agua vacíos decidieron construir una segunda balsa, mucho más pequeña que la Tangaroa, para que les sirviera de apoyo. La verdad es que al capitán le prestó otra utilidad. Sin pensarlo, quizás en ella estuvo su salvación. A medida que el viaje avanzaba, los dos tripulantes comenzaron a inquietarse, llevando incluso a Caravedo a temer por su vida. En algún momento hubo un conato de motín y el capitán se vio obligado a trasladarse a la balsa de apoyo. Las exigencias incluían incluso el cambio de destino hacia Australia. Sintiéndose amenazado, Carlos nadó hasta la embarcación pequeña en busca de un incierto refugio, pues hubiese bastado que cortaran la cuerda para que quedara entregado a su suerte. Parlamentando con ellos logró, desde ese lugar, persuadir a los amotinados. De más está decir que después de estos incidentes comenzó a dormir muy mal, inquieto, temeroso, y con su revolver bajo la almohada.

Para empeorar las cosas, el equipo de radio se descompuso, dejándolos completamente aislados. Eso deterioró aún más las relaciones. Afortunadamente, los conocimientos adquiridos por Caravedo a lo largo de su vida le permitieron reparar el aparato y, después de un mes de silencio, en el que en Lima pensaron lo peor, lograron comunicarse a través de un radioaficionado uruguayo.

Por otra parte, la Tangaroa empezó a mostrar el deterioro producto de la travesía y de la larga espera en Perú. Las amarras aflojaban y los troncos se separaban entre sí, convirtiéndose en un permanente riesgo el quedar con las piernas atascadas entre ellos. La madera comenzaba a podrirse hasta el punto que, en algunas partes, era posible enterrar los dedos. Caravedo trataba de disimularlo, pero el temor, tanto a sus compañeros de excursión como al estado de la balsa, lo abrumaba. A esas alturas ya se había visto obligado a racionar el agua y los alimentos, lo que hizo resurgir la ira en Mathous.

Por fin, el 31 de octubre avistaron la isla Napuka, en la Polinesia Francesa. Los salió a recibir una delegación de embarcaciones locales que los arrastró hacia la costa. En ese momento, la gran satisfacción de Caravedo es haber logrado esta meta en 97 días, cuatro menos de los que tardó Heyerdahl en una distancia equivalente. Claro que esta isla no era el destino que se había prefijado. Él pretendía arribar a Samoa, así que luego de efectuar algunas reparaciones en la Tangaroa, vuelven a zarpar.

Pero Toledo no había calculado que en esta época del año las corrientes ya no son las mismas que hubieran circulado si el zarpe se hubiese realizado en abril, como estaba originalmente previsto. Las mareas sufrían variaciones, y aunque lucharon por evitarlo, fueron arrastrados hacia pequeños atolones coralinos que los rodeaban, dejando muy poco espacio para maniobrar. A duras penas lograron evitar varios, pero Caravedo se dio cuenta que sería imposible eludirlos todos y, después de advertir a sus tripulantes que tendrían que tratar de salvarse como pudieran, decidió intentar el cruce de un estrecho que le permitiría atracar en lo que a la distancia parecía un refugio. No lo consiguieron y terminaron con la nave encallada en la isla Fakarava.

Afortunadamente lograron vararla en una zona arenosa, por lo que la Tangaroa concluyó, después de todo, bastante airosa su aventura. Los tripulantes, salvo algunos rasguños, el cansancio y el mal humor, se encontraban bien. Era el 18 de noviembre de 1965 y habían completado 115 días de viaje por mar. Porque ahora deberían caminar dos días más para conseguir ayuda.

Unos isleños, la familia Tokoragi, cuya hija habla francés, los acoge. Luego de descansar, estos anfitriones los llevan en una embarcación dotada de un motor que funciona a medias, hasta el lugar donde yace la Tangaroa. A sus benefactores les regalan los alimentos, las velas y todo aquello rescatado de la balsa que les fuese de utilidad. A cambio, Samuel Tokoragi se compromete a dejar la balsa en un lugar en el será exhibida como parte de una proeza.

Los problemas con sus tripulantes no terminaron para Caravedo con el fin de la expedición. Éstos le robaron las fotografías tomadas durante la travesía con la intención de venderlas y cobrar los derechos, pero logró recuperarlas mientras estaban siendo reveladas.

A raíz de los desencuentros con la tripulación, sus memorias quedaron inconclusas. El aventurero consideraba que no podía omitir los tristes episodios en los que temió por su vida a manos de Toledo y Mathous, y estaba convencido de que, si publicaba el libro mientras éstos estuviesen con vida, podrían cobrarse alguna venganza. Se desconoce si alguien conserva los escritos de este valiente aventurero peruano.

Las fuentes consultadas no nos han permitido saber por qué medio regresó al Perú, ni cómo fue la bienvenida que se le brindó. Lo que sí se sabe es que su vida, después del retorno, no fue fácil.

Primero, la reforma agraria le expropió a él y su familia la hacienda de Ate, lo que lo dejó en una situación económica muy compleja. Por otra parte, sufrió un accidente en motocicleta que casi le cuesta una pierna. Los médicos le aseguraron que no podría volver a caminar sobre sus dos extremidades inferiores. Pero para este hombre no existían los imposibles y, después de muchos esfuerzos, logró hacerlo nuevamente. El único imposible, el propósito que no logró cumplir, fue satisfacer su deseo de regresar a Fakarava. Ese resultó ser su sueño incumplido.

Pero aún le faltaba una última decepción a Carlos Caravedo. En el año 2006, Olav Heyerdahl, nieto del precursor de estas travesías en tiempos modernos, quiso emular a su abuelo y participó en una expedición en balsa, eso sí, apoyado ahora en la nueva tecnología existente.  Estos nuevos expedicionarios eligieron para su balsa el nombre Tangaroa, olvidando que era el nombre que Caravedo le diera a su embarcación.

El 27 de abril de 2006 declaró al diario La República:

“No es un atropello a mi persona, sino al Perú, porque el nuestro fue un logro nacional. Pido que se nos haga justicia respetando nuestra Tangaroa. Hay tiempo para que esa balsa cambie de denominación”.

De hecho, apenas lo supo inició gestiones frente a todas las autoridades pertinentes, conversó con los noruegos explicándoles la situación para evitar que se consumara este hecho que él consideraba una afrenta. Pero nadie prestó oídos a sus reclamos. Finalmente la balsa zarpó llevando el nombre de Tangaroa-Kon Tiki. Algunos intentaron justificarlo diciendo que era un homenaje a su travesía, pero él nunca lo reconoció así.

Una vez más se ratificaba el dicho: “El Perú es la madre de los extranjeros y la madrastra de los peruanos

Carlos Caravedo Arca, que vivió sus últimos años en una delicada situación económica, falleció de un derrame cerebral el 8 de octubre de 2007.

Por Fernando Lizama-Murphy

Fuentes

CÓRDOVA TÁBORI, Lilia. “Expedición peruana Tangaroa: A 50 años de su llegada a la Polinesia”, en Boletín Marítimo del Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú – Historia Marítima y Naval. 15 de mayo de 2018. En http://boletinmaritimo.blogspot.cl/2018/05/efemerides-maritimas-y-navales_53.html. Consultado el 25/05/2018.

KNUDSEN, Mario. La Balsa Tangaroa y Carlos Caravedo Arca. En https://es.scribd.com/doc/19221155/La-Balsa-Tangaroa-y-Carlos-Caravedo-Arca. Consultado el 25/05/2018.

KNUDSEN, Mario. “Expedición balsa peruana Tangaroa”. En Tangaroa is peruvian raft in 1965: http://expeditiontangaroaraft1965.blogspot.cl/2008/06/expedicion-balsa-peruana-tangaroa.html. Consultado el 25/05/2018.

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