ERIC DE BISSCHOP – EL NAVEGANTE AUDAZ

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Crónica de Fernando Lizama-Murphy

La primera noticia que tuve sobre Eric de Bisschop surgió de una conversación con mi amigo Felipe Blanco, sobrino de don Horacio Blanco Baeza, uno de los más entusiastas colaboradores que tuvo el marino francés en Constitución para poder concretar la aventura que le costó la vida.

Porque Eric de Bisshop ─que cruzó el mundo varias veces navegando en embarcaciones frágiles y que terminó sus días al encallar la Tahiti Nui II (o la III, no lo sabemos muy bien) en los arrecifes de Rakahanga, al norte de las islas Cook─ nunca aprendió a nadar.

Este navegante, aventurero, antropólogo, científico, escritor y quizás cuántas cosas más, nació en Francia, en Aire-sur-la-Lys, cerca de Calais, el 21 de Octubre de 1891. Participó en la Primera Guerra Mundial donde, entre 1914 y 1915, estuvo a cargo de un barreminas. Amante de las emociones, no dudó en enrolarse en la nueva arma que se estaba probando en el frente, la aviación, sufriendo un grave accidente en 1917. No se sabe cuánto tiempo le costó reponerse de las heridas porque durante diez años está perdido el rastro de este hombre singular.

Pero su sed de aventuras recién comenzaba. En 1927 viajó a China. Ahí navegó dedicándose al comercio y a recopilar información geográfica a bordo de un junco de su propiedad, el Fou Po, en compañía de Joseph Tatibouet, que fue su compañero de viajes y aventuras durante muchos años, en los que recorrieron miles de millas náuticas, viviendo un sinfín de aventuras.

Juntos fueron apresados en 1935 por los japoneses en las islas Marianas, de las que huyeron a duras penas para llegar a la isla Molokai casi muertos de hambre. Dos días después del arribo un tifón hundió la embarcación con todas las anotaciones que el navegante había tomado de sus viajes.

Pero sin duda la primera gran locura emprendida por Eric de Bisschop fue cruzar en el Kaimiloa, un catamarán polinésico (denominación que no le agradaba al francés, prefería la de doble canoa) y acompañado únicamente por su inseparable Tatibouet, desde Honolulu hasta Cannes, pasando por Australia y el Cabo de Buena Esperanza, en un viaje que duró 15 meses, recorriendo 19.000 millas náuticas. Las peripecias están relatadas en su libro Kaimiloa, publicado en 1939.

Concluido el viaje se casó con Constance Contable, a la que había conocido en Hawái y sus amigos pensaron que sería el fin de su vida aventurera; pero se equivocaron. Un año después zarpó con su mujer hacia las Islas Marquesas, pero su embarcación chocó con otra en Palmas de Mallorca, donde debió permanecer un tiempo a causa del juicio por el accidente. En el intertanto fue nombrado por Pétain cónsul en Honolulu, pero después del ataque a Pearl Harbor Estados Unidos le revocó el nombramiento sin que quedaran claras las causas.

En 1947, el mismo año que Thor Heyerdhal cruzó el Pacífico desde Perú a la polinesia intentando demostrar que la colonización de estos archipiélagos se debió a navegantes sudamericanos, de Bisschop abandonó Honolulu para embarcarse como marino mercante. Durante ocho años navegó por aguas polinésicas, desempeñando distintas funciones y madurando su proyecto máximo. Porque Eric de Bisschop sostenía lo contrario que Heyerdhal. Afirmaba que navegantes de los archipiélagos habían llegado a las costas de Sudamérica.

Para concretar su teoría, en 1956 construyó una balsa conforme a los sistemas primitivos que se utilizaban en la polinesia: de bambú atado con sogas fabricadas a partir de fibras de coco, unido con tarugos de madera, sin clavos metálicos y sin ninguno de los elementos que la modernidad de la época ponía a su disposición para conseguir una travesía más segura. Y por supuesto, a vela, con el viento y las corrientes como únicos motores. En la aventura lo acompañaron cuatro tripulantes: Francis Cowan, los hermanos Alain y Michel Brun y el chileno Juan Bugueño, que le sirvió de intérprete en nuestro país.

Seis meses después y cuando estaban cerca de Juan Fernández, los nautas, acongojados, concluyeron que seguir en las condiciones en las que se encontraba la nave era suicida y pidieron socorro. Los rescató la Baquedano, de la Armada de Chile, que intentó arrastrar la balsa para ser reparada; pero la frágil embarcación no resistió y terminó desarmándose. Los duros aventureros, que venían de soportar las más adversas condiciones climáticas, que convivieron durante todo ese tiempo en un espacio reducido, contemplando solo mar las veinticuatro horas del día, sin otra compañía que ellos mismos y que al final a duras penas se toleraban, lloraron como niños la pérdida de su embarcación. Como compensación, en Valparaíso tuvieron una recepción de héroes.

Pero de Bisschop no era de esas personas que se dejan vencer fácilmente y consultando, fue informado de los astilleros de Constitución, que en esa época continuaban construyendo faluchos para trasladar minerales en el norte. Sin dudarlo partió a la “Perla del Maule”. Ahí lo conoció el personaje del que proviene esta historia. Don Horacio Blanco era el jefe de la estación de ferrocarriles del puerto y de inmediato quedó seducido por el proyecto de construir una nueva balsa, la Tahiti Nui II.

En el Astillero de los hermanos Muñoz se construyó la embarcación de acuerdo a planos del propio de Bisschop, en los que intentó mejorar las deficiencias que causaron el naufragio de la primera balsa. Después de un trabajo arduo, de recolectar las mejores maderas de ciprés en la zona y de comprometer a toda la comunidad en el proyecto, a comienzos de Febrero de 1958 la nave estuvo lista para navegar.

Como buen francés, de Bisschop tuvo un affaire con una chilena. María Correa Pereira, dueña de viñas en Lontué, en cuya casa el marino concluyó su libro póstumo, Cap a l´Est, donde narra las peripecias de su travesía e incluye algunas notas con observaciones efectuadas durante su vida. Se podría decir que fue su testamento.

Pese a ser una mujer madura y viuda, doña María estaba obsesionada con la idea de ser parte de la tripulación de la Tahiti Nui II, a lo que por supuesto de Bisschop se opuso. No obstante, ella buscó la manera de acoplarse al periplo y el día 15 de Febrero de 1958, fecha fijada para el zarpe, la balsa amaneció con su línea de flotación mas sumergida, la cubierta apenas sobresalía por sobre el agua. Pero no había tiempo que perder, la barra del río Maule se presentaba favorable, por lo que entre tres lanchas la arrastraron hasta dejarla a la cuadra necesaria para captar los vientos del sur, la corriente de Humboldt y emprender el viaje.

Los tripulantes Jean Péllisier, francés y los chilenos Juan Fischer y Juan Bugueño, no tardaron en darse cuenta de que el sobrepeso provenía de varias cajas de vino que por la noche hiciera embarcar la enamorada del capitán. Poco más tardaron en percatarse de que ella misma permanecía oculta entre las botellas. Para su pesar, la trasladaron a una de las lanchas y doña María tuvo que despedirse de su amor, en la que sería la última vez que lo vería.

Toda la población del puerto de Constitución, además de los veraneantes que en esa época del año repletaban el balneario, salieron a despedir a los arrojados marinos, que zarparon entre pañuelos agitados y gritos de alegría y vítores. Días después, la balsa recaló en Valparaíso y siguió viaje hasta el Callao, desde dónde enfiló hacia el oeste a mediados de Abril de 1958.

De Bisschop pretendía llegar a las islas Marquesas, pero las corrientes lo arrastraron más hacia el oeste. Algunas versiones dicen que fue la Tahiti Nui II la que encalló en los arrecifes de Rakahanga, el 30 de Agosto de 1958. Otros aseguran que esta balsa se destruyó a comienzos del mismo mes y que debieron construir una de emergencia, la Tahiti Nui III, que los llevó a este destino, en el que Eric de Bisshop, el soñador, después de conseguir su meta, encontró la ruta a la eternidad.

Fue sepultado en Moreai, en la isla Rurutu.

 

©Fernando Lizama-Murphy (Talca, enero 2015)

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