PICAPIEDRA

Houses are swept by a tsunami in Natori City in northeastern Japan

─¿Tsunami? ¡Leseras, mijita! Antes se llamaban maremotos y nunca pasó nada aquí. ¿No ve que estamos protegidos por la Piedra de la Iglesia? Ni siquiera para el terremoto del 85, que fue tan re fuerte, llegó el agua.

─Es que parece que el de esta noche fue mucho más fuerte que el del 85, tía María. Las autoridades andan con altavoces ordenando la evacuación.

─El mar es mi amigo, mijita. Jamás hará nada que me perjudique.

─¡Pero tía, dicen que la ola viene en camino, que va a arrasar con Conti, que tenemos que huir a los cerros!

─Ándate tú, si quieres. Yo ya estoy vieja, llevo más de la mitad de mis setenta y cuatro años viviendo en este pueblo, en este mismo lugar, que está protegido por los roqueríos y nunca había pasado nada tan serio. Hasta hoy, con este maldito terremoto, que hizo llover peñascos. ¡Nunca creí que iba a ver algo como eso! Piedras cayendo del cielo. Es a la tierra a la que hay que tenerle miedo, no al mar.

─Tía, todos andan diciendo que el terremoto produjo una ola gigante que está por llegar. ¡Hay que huir, tía! ¡Si hasta los pelícanos desaparecieron de las rocas!

─Los pelícanos son unos cobardes que le temen a todo; por eso han sobrevivido desde la prehistoria. Pero ya le dije, mijita, váyase usted. A mí, déjeme tranquilita en mi casa con mis cositas. Desde este mirador privilegiado, he visto la mar embravecida, pero nunca como para huir de ella. He visto pescadores ahogados, botes destrozados, pero a mí, le repito, nunca me ha pasado nada. El mar me recuerda que soy frágil cuando está furioso, pero también es el que me alimenta, el que me arrulla con su oleaje, el que me provee para poder atender el restorán, me acaricia los pies cuando camino por la playa. Yo creo que un poco reemplazó al Heriberto cuando murió. ¡Entienda, mijita, que es mi único amigo! Si hasta converso con él por las noches. Váyase usted y déjeme tranquila, por favor. Ya veré cómo me las arreglo.

─Me voy tía, aunque me da no se qué dejarla sola. Pero tengo mucho miedo.

─No se preocupe, mijita. Voy a acatar lo que el mar decida.

Fernando Lizama-Murphy

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