FRANCISCA ZUBIAGA, “LA MARISCALA”

Por Fernando Lizama-Murphy

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Francisca Zubiaga, por Fernando Murillo Gallegos.

Era de mediana talla y fuertemente constituida, a pesar de haber sido muy delgada; su figura no era en verdad bella, pero, si se juzgaba por el efecto que producía en todo el mundo, sobrepasaba a la mejor belleza. Como Napoleón, el imperio de su belleza estaba en su mirada, cuánta fuerza, cuánto orgullo y penetración; con aquel ascendiente irresistible ella imponía el respeto, encadenaba las voluntades, cautivaba la admiración. Su voz poseía un sonido sordo, duro, imperativo. (Flora Tristán, Peregrinaciones de una paria).

Desde el nacimiento, la vida de Francisca fue agitada. Antonio de Zubiaga, su padre, un contador vizcaíno, viajó a caballo con su mujer embarazada desde la costa hacia el Cuzco para que ella, Antonia Bernales, diese a luz en su ciudad natal. No alcanzaron a llegar. La niña nació en Anchibamba, en el distrito de Oropesa, el 11 de septiembre de 1803.

Educada en el estricto protocolo religioso de su época, Francisca sintió a muy temprana edad su vocación religiosa y en 1815 ingresó a un convento para convertirse en monja. Pero tomó tan en serio los rigores del claustro que su salud se resintió, poniendo en peligro su vida, y abandonó los hábitos cinco años después.

Justo en esa época, la fiebre libertadora afectaba al Perú, como a toda América Latina, y don Antonio, por razones que la historia no ha revelado, regresó a la madre patria, dejando a sus hijas en el Monasterio de la Encarnación. Pero Francisca decidió otra cosa y se vinculó sentimentalmente con el Prefecto del Cuzco, general Agustín Gamarra, quién la aventajaba en casi veinte años en edad. Dicen que en la decisión de la muchacha, por sobre el amor, primaron las ansias de poder y el deseo de abandonar la monótona vida conventual. Se casaron en Zurite, en 1825. Seguir leyendo “FRANCISCA ZUBIAGA, “LA MARISCALA””