LOS PLAGIOS DE NERUDA

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Neruda

Los buenos artistas copian; los grandes, roban.
Pablo Picasso

La palabra “plagio” tiene una raíz muy antigua. Entre los indoeuropeos, plak era “tejer”. Pasó al latín como plagium ―cuya traducción es “secuestro”― y como plaga que, entre otras acepciones, tiene la de “trampa” o “red”. En síntesis, el plagio, en el entendido de las creaciones artísticas, es el “secuestro” de obras ajenas para atribuírselas como propias, o hacer “trampa”, en el sentido de engañar al que en sus manos tiene una obra artística haciéndole creer que es creación propia cuando se le ha robado a otro.

La historia del plagio es tan antigua como la capacidad del hombre de crear, pero es una práctica que comenzó a considerarse como un delito, primero moral y luego judicial, solo después de la aparición de la imprenta. Este invento permitió que las creaciones, inicialmente literarias, fuesen identificadas con un autor y la obra masificada se convirtió en una mercancía que podía ser transada. Al quedar un testimonio impreso de que tal libro había sido escrito por tal autor, permanecía un registro físico de su creación. No era invulnerable (y hasta hoy, aún con las tecnologías vigentes, sigue sin ser perfecto), pero representaba una cierta defensa moral de la autoría.

Después de esto, el  escritor vendía su obra para que fuese difundida y en los contratos, que comenzaron a firmarse entre autor e imprenta, fueron quedando explícitos los derechos del primero. Pronto se comenzó a perfilar la persona jurídica del derecho de autor y así quedaba resguardada, aunque siempre a medias, la propiedad intelectual.

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