LA EPOPEYA DE MENCÍA CALDERÓN

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

La increíble aventura de una mujer que desafió las costumbres de su época para llevar a cabo su misión: traer a América del Sur a las primeras mujeres hidalgas del Nuevo Mundo, para iniciar así una aristocracia colonial de índole europea.

Mencía CalderónEl 10 de Abril de 1550 el puerto de Sanlúcar se paralizó frente a la procesión de distinguidas damas que cruzaban para embarcar. Nunca el populacho vio a tanta hermosa y elegante mujer junta, y el hecho merecía un minuto de descanso para llenar sus pupilas de esa belleza, tan ajena a ellos. A la cabeza marchaba una viuda, evidente por su negra vestimenta, que tras el velo parecía una dama joven cuyo porte distinguido acusaba su alcurnia.

Pocos sabían que se trataba de doña Mencía Calderón de Sanabria; su marido, Juan de Sanabria, al morir poco antes le heredó la misión que le encomendara el Consejo de Indias cuando el Rey lo nombró Adelantado del Río de la Plata y Paraguay.

Al otro lado del mundo, Asunción era conocido como el “Paraíso de Mahoma” por la promiscuidad en la que convivían los conquistadores junto a mujeres guaraníes, de las que cada uno de ellos llegaba a tener hasta diez, con la consiguiente descendencia bastarda, según afirmaban los escandalizados curas al regresar a la península. En España, conocedores de esta situación, temían que el excesivo mestizaje terminara por hacer perder la identidad a los habitantes y dejasen de reconocer a la Madre Patria como su nación.

Seguir leyendo “LA EPOPEYA DE MENCÍA CALDERÓN”

DURANTE EL SEPELIO

Durante el sepelioCuento de Fernando Lizama-Murphy

Numerosa fue la asistencia al funeral del padre de mi amigo Florencio, pese al frescor del mediodía otoñal. Claro que entre tanto pariente, quedé relegado al último lugar de ese moderno camposanto, de exuberante verdor matizado con millares de flores. El sopor me invadió con los discursos. No conocía al muerto y si estaba ahí era para acompañar a mi  amigo en tan difícil trance, por lo que desconocía si lo que decían los oradores era verdad, ni si sus bondades, siempre agigantadas en estos casos, eran simples zalamerías que ratificaban que no hay muerto malo.  En todo caso, Florencio nunca me había hablado de su padre. Seguir leyendo “DURANTE EL SEPELIO”