LA EPOPEYA DE MENCÍA CALDERÓN

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

La increíble aventura de una mujer que desafió las costumbres de su época para llevar a cabo su misión: traer a América del Sur a las primeras mujeres hidalgas del Nuevo Mundo, para iniciar así una aristocracia colonial de índole europea.

Mencía CalderónEl 10 de Abril de 1550 el puerto de Sanlúcar se paralizó frente a la procesión de distinguidas damas que cruzaban para embarcar. Nunca el populacho vio a tanta hermosa y elegante mujer junta, y el hecho merecía un minuto de descanso para llenar sus pupilas de esa belleza, tan ajena a ellos. A la cabeza marchaba una viuda, evidente por su negra vestimenta, que tras el velo parecía una dama joven cuyo porte distinguido acusaba su alcurnia.

Pocos sabían que se trataba de doña Mencía Calderón de Sanabria; su marido, Juan de Sanabria, al morir poco antes le heredó la misión que le encomendara el Consejo de Indias cuando el Rey lo nombró Adelantado del Río de la Plata y Paraguay.

Al otro lado del mundo, Asunción era conocido como el “Paraíso de Mahoma” por la promiscuidad en la que convivían los conquistadores junto a mujeres guaraníes, de las que cada uno de ellos llegaba a tener hasta diez, con la consiguiente descendencia bastarda, según afirmaban los escandalizados curas al regresar a la península. En España, conocedores de esta situación, temían que el excesivo mestizaje terminara por hacer perder la identidad a los habitantes y dejasen de reconocer a la Madre Patria como su nación.

Por esta razón la corona encomendó a Juan de Sanabria una doble misión: consolidar la presencia española en zonas aún en disputa con Portugal, trasladando matrimonios que colonizaran territorios fronterizos; y llevar mujeres hidalgas, solteras y virtuosas para que los soldados de Asunción se casasen, generando una descendencia racialmente pura para el futuro gobierno de las nuevas conquistas.

En España no faltaban damas de familias hidalgas dispuestas a correr la aventura. La vida casi conventual que llevaban, además de la escasez de hombres por las guerras y la conquista, unidas a la falta de dinero para pagar dotes y obtener un buen marido, les abría una puerta airosa para escapar del convento, destino casi seguro para aquellas que no lograban encontrar un consorte. Intuían que al llegar al nuevo continente la vida retomaría la monotonía de toda mujer casada, aunque se afirmaba que en los territorios allende los mares ellas disponían de mayor independencia.

Contraviniendo las costumbres y desechando los prejuicios, además de la falta de otros interesados con la suficiente fortuna para financiar la misión, el Consejo de Indias terminó por aceptar a la viuda para que se hiciese cargo del traslado de las mujeres. La otra labor, la fundacional, la llevaría a cabo Diego de Sanabria, único hijo del primer matrimonio de Juan, entonces de dieciocho años, considerado muy joven por el Consejo para tan importante misión, pero que al final terminó aceptando por no existir otros postulantes que cumpliesen con los requisitos, ni decididos a arriesgar vida y hacienda en la aventura.
Diego de Sanabria zarparía diez meses después para darle apoyo a su madrastra y cumplir con la misión de fundar ciudades en esos territorios tan disputados con la vecina Portugal.
Para Mencía este apoyo nunca llegó.

La expedición de Diego fue desviada por un temporal hacia el Caribe y, según algunas versiones, terminó en manos de tribus antropófagas del Orinoco. Otros dicen que desembarcó en Cartagena de Indias y desde ahí se dirigió por tierra al sur, intentando llegar hasta Asunción, pero remató en Potosí, ciudad que no abandonó, seducido por las minas de plata. Sea como sea, al parecer Mencía Calderón nunca tuvo una certeza de la suerte corrida por su hijastro. Ni su apoyo.

En cuanto a la expedición en la que viajaba nuestra heroína, el 10 de abril de 1550 zarparon de Sanlúcar de Barrameda tres embarcaciones transportando a alrededor de trescientas personas. Mencía, junto a sus tres hijas y a las cincuenta doncellas (ochenta, según otras versiones), viajaba a bordo del patache San Miguel.

El viaje transcurrió sin novedad hasta las Islas Canarias, su primera escala, pero luego los atrapó un temporal que dispersó la flota. El San Miguel fue arrastrado por el viento y las mareas hacia la costa africana. Cuando se aprestaban a varar la nave en una playa del golfo de Guinea para reparar los daños ocasionados por la tempestad, fueron abordados por un pirata francés. Contrariando a los pocos hombres de la expedición, que estaban dispuestos a dar su vida antes que entregar a las damas, Mencía decidió negociar con los piratas. No sabemos si fue su capacidad de persuasión, la caballerosidad del galo u otro argumento lo que permitió que solo se llevaran las joyas y otras cosas de valor, incluidos los instrumentos de navegación, pero respetaron la honra de las mujeres. Esto doña Mencía lo certificó en un escrito que entregó a su llegada a Asunción, para evitar cuestionamientos a la virtud de las damas que lograron arribar a destino.

Superado este trance, todos los hombres y esas mujeres que nunca hicieron otra cosa que coser, bordar o tañer un instrumento, debieron trabajar arduamente para poner al San Miguel en condiciones de continuar viaje, soportando además los rigores de un clima inusual para ellas y una peste que cobró muchas vidas, incluida la de una de las hijas de Mencía. Pero nada lograba menguar el entusiasmo de la “Adelantada” título que nunca tuvo pero con el que la reconocían los tripulantes por su entereza y por ser la viuda del Adelantado Sanabria.

Empujados por ella, aceleraron al máximo los trabajos para abandonar ese sitio maldito, logrando hacerse nuevamente a la mar; pero la falta de instrumentos los hizo deambular por el Atlántico durante meses, hasta encontrar el derrotero que los llevó a la isla de Santa Catalina, a la que arribaron en diciembre de 1550. En este lugar se encontraron con la Asunción, otra nave de la expedición, también muy dañada por las tempestades. La tercera embarcación nunca apareció. De los trescientos tripulantes que zarparon de Sevilla, solo ciento veinte celebraron esa Navidad.

En esa isla sufrieron constantes ataques de tribus opuestas al asentamiento de blancos. Dos años lucharon contra los enemigos aborígenes, hasta que estos comprendieron que la mejor forma de derrotar a los invasores era por el estómago y los bloquearon. Los alimentos y el agua comenzaron a escasear, lo que no les dejó otro camino que pedir ayuda a los enemigos portugueses.

Durante la permanencia en Santa Catalina se celebraron varias bodas, como la de María Sanabria con el capitán Hernando De Trejo. El primer hijo del enlace nació en la isla.
Con hambre, sed y en una nave a punto de desarmarse, navegaron seiscientos kilómetros hasta la Isla de San Vicente, ciudad principal del imperio portugués. Fueron tratados como enemigos por el gobernador Tomás de Souza, que se oponía a los asentamientos españoles en la cercanía de su frontera. Durante otros dos años fueron retenidas doña Mencía y sus mujeres, algunas de las cuales se  casaron con soldados portugueses, radicándose en esa colonia lusitana.

Gracias a que Portugal cambió el gobernador y a la mediación de dos sacerdotes, consiguieron la libertad y los expedicionarios, que abandonaron San Vicente en abril de 1555, se dividieron en dos grupos. El primero, liderado por Juan de Salazar al que acompañaba su mujer, hijas, algunos artesanos, un puñado de soldados y dos sacerdotes, se dirigió directamente a Asunción, donde llegó en octubre del mismo año, después de un sinfín de peripecias y muchas bajas.

Nuestra obstinada dama, con las doncellas que quedaban y el resto de los hombres, dirigidos por su yerno, el capitán Trejo, regresó hacia el sur donde fundaron una localidad llamada San Francisco, para cumplir con las instrucciones del Consejo de Indias. Pero fueron incapaces de defenderla contra los ataques de los indios carios, por lo que pronto la abandonaron y se internaron en la selva, en un esfuerzo casi suicida por llegar a Asunción.
Recorrieron más de mil kilómetros, debieron cruzar montañas, vadear ríos, luchar contra los indios, las fieras y los mosquitos. Al final, con el apoyo de los guaraníes, en Mayo de 1556, seis años y un mes después de haber zarpado, alrededor de cuarenta sobrevivientes entraron en la capital paraguaya. De ellos, la mitad eran mujeres.

Se sabe que el nuevo gobernador de Paraguay, Martínez de Irala, nombrado porque en España dieron por perdida la expedición Sanabria, regaló encomiendas y privilegios a la “adelantada” y su familia. También se sabe que su descendencia se desparramó por casi toda Sudamérica. Entre ellos se cuenta su nieto Hernando de Trejo y Sanabria, obispo de Tucumán y fundador de la Universidad de Córdoba, en Argentina. Pero como ocurrió en muchos casos, el destino de las colonizadoras se pierde al concluir las aventuras que las hicieron famosas.

De Mencía Calderón Ocampo, la mujer que cruzó miles de kilómetros de océanos y selvas, que estuvo presa, que pasó hambre y sed pero que no flaqueó hasta cumplir la misión que le encomendara, solo se sabe que murió hacia 1570 en Asunción.

Fernando Lizama-Murphy
Noviembre de 2016

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