EL LONKO QUILAPÁN

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

La historia del último siglo y medio de Chile recuerda a dos personajes con este nombre.

Lonco Quilapán.
El Jefe Quilapan, óleo de Martín Boneo.

El primero de ellos fue el último toqui mapuche que dirigió la guerra contra el gobierno de Chile, episodio que este país bautizó con el inapropiado nombre de “Pacificación de la Araucanía”. Hacia 1861 y al mismo tiempo que los argentinos iniciaban la invasión de la pampa para tomar posesión de esos territorios, el gobierno chileno comenzó a hacer lo propio hacia el sur. Además del temor a que los vecinos ampliaran sus fronteras al oriente de Los Andes, llegando hasta el océano Pacífico, otros dos factores lo empujaron:

Primero, la necesidad de más tierras de cultivos para trigo, producto que se estaba exportando a una California ávida de alimentos, que vivía la fiebre del oro.

Segundo, la aparición en la zona de Orélie Antoine de Tounens, quien intentó crear un país mapuche, autoproclamándose Rey de la Araucanía y de la Patagonia, con el beneplácito del gobierno francés y de muchas tribus, que vieron en esta eventual alianza una forma de consolidar su dominio en los territorios ancestrales, cuya propiedad sentían amenazada.

Para el gobierno chileno el temor a que esto permitiera la instalación de un enclave galo, como de hecho hubiera ocurrido, llevó a que el General Cornelio Saavedra sugiriera su invasión, la que fue autorizada por el parlamento.

Cabe hacer notar que el gobierno de Chile había firmado en 1825 el Parlamento de Tapihue, en el que se comprometía a respetar como frontera indígena desde la ribera sur del río Bío Bío. Claro que, posterior a esa fecha, algunas tribus mapuches, que tampoco se llevaban muy bien entre ellas, apoyaron sendas asonadas golpistas, dirigidas desde Concepción, en contra del gobierno central.  Esos intentos fracasaron pero dejaron, además de un resentimiento en contra del pueblo mapuche por parte de los habitantes de Chile central, una gran cantidad de soldados e indios errantes que se dedicaron al bandidaje en la zona, atacando a los colonos.

Por todos estos actos, que el gobierno de Chile consideró hostiles por parte de los mapuches, se dio por justificado el desconocimiento del pacto de Tapihue.

El proceso llamado “pacificación” y que duró veintitrés años, se podría decir que fue, como su nombre lo indicaba, relativamente pacífico en sus comienzos. Los mapuches, diezmados por siglos de guerra contra el invasor y dispersos entre los territorios chileno y argentino, opusieron poca resistencia, lo que le permitió al ejército chileno llegar hasta los ríos Malleco y Toltén. En esa extensa área emplazaron fuertes en Angol, Negrete, Mulchén y Lebu. Las tierras conquistadas iban siendo traspasadas a colonos que llegaban desde el norte y que iniciaban su explotación, suponiendo además que contaban con la mano de obra indígena, de bajo costo.

Pero las tribus llamadas arribanas o wenteches, que a duras penas sobrevivían en las cercanías del río Malleco, no estaban dispuestas a entregar sus territorios ni a entregarse tan fácilmente al conquistador y resolvieron en una junta, se estima que en 1866, hacer frente al enemigo. Eligieron a José Santos Quilapán  ─Külapang en mapudungun─ como Toqui, quien los exhortó diciendo:

Mientras haya  colihues para construir nuestras lanzas, no dejaremos entrar a nuestras  tierras a los huincas.

Quilapán era hijo del cacique Juan Mangin Hueno y se preparó para la guerra en la pampa argentina, luchando al lado de Calfucurá (ver crónicas asociadas AQUÍ). En 1868 logró su máxima victoria cuando derrotó al teniente coronel Pedro Lagos (que posteriormente sería héroe en la Guerra del Pacífico) en el Combate de Quechereguas, en las cercanías de Traiguén. Esta fue la última victoria de importancia en la historia de las tropas mapuches.

Luego la guerra se diluyó en múltiples escaramuzas con bajas para ambos bandos, pero comenzó a inclinarse a favor de los chilenos cuando éstos, en 1870, reemplazaron los antiguos rifles por los Spencer, de repetición, lo que les dio una ventaja incontrarrestable.

Quilapán continuó en la lucha hasta su muerte, ocurrida en Loncoche hacia 1875. Se dijo que falleció a causa de una intoxicación alcohólica, de lo que no existe ninguna certeza, como tampoco respecto de la fecha exacta de su deceso. Sus defensores aseguran que esta versión es falsa y que fue el gobierno el que la divulgó para desacreditarlo. Al parecer, a partir de esta noticia se extendió el controvertido mito que, hasta hoy, califica a los mapuches como borrachos consuetudinarios.

Los guerreros, acéfalos por un tiempo, continuaron combatiendo en forma esporádica hasta un último intento masivo de sublevación, ocurrido entre 1880 y 1881, mientras Chile luchaba en el norte contra Perú y Bolivia. En esa ocasión, dirigidos por el lonco Esteban Romero, atacaron la ciudad de Temuco, pero fueron repelidos por los húsares y la artillería que causaron por lo menos cuatro mil bajas entre los sublevados (hay quienes aseguran que fueron siete mil). Los soldados caídos sumaron trescientos.

A partir de esta derrota los mapuches, hartos de siglos de lucha, fueron aceptando el sometimiento al gobierno central, aunque nunca abandonaron sus cultos, sus tradiciones y el amor por su mapu.

Un segundo Lonko Quilapán

En abril de 1989 visitó Chile y Argentina, pero principalmente la región de la Araucanía, Philippe Boiry, que se declaraba príncipe heredero de Orélie Antoine de Tounens, el mismo que ciento veinte años antes se denominara a sí mismo Rey de la Araucanía y de la Patagonia.

Según declaró Boiry al diario La Tercera:

Yo no vengo a hacer reivindicaciones políticas o territoriales, sino como amigo de Argentina y Chile.

Aunque se reconocía como Príncipe de la Araucanía y de la Patagonia, el francés, catedrático de la Universidad de París, no reclamó ningún derecho, pero sí se reunió con comunidades mapuches, visitó escuelas, hospitales, centros culturales y familias para conocer el sistema de vida de sus “súbditos”. Le interesaba saber de sus problemas y atender sus solicitudes. En todas partes fue recibido con curiosidad y respeto. Además, ofreció gestionar ayuda en organismos internacionales. En Argentina se reunió con autoridades de gobierno, pero en Chile no se consigna que ocurriese lo mismo y sus citas fueron con organizaciones locales como Ad Mapu y la Coordinadora Unitaria Mapuche.

No todas las organizaciones indígenas estuvieron de acuerdo y hubo algunas que decidieron demandar a Philippe Boiry por considerar que su título “constituye un insulto a la Araucanía”. Quien anunciaba esta medida era Lonko Quilapán, presidente de la Confederación Indígena de Chile. Incluso pedía que se apresara al francés por esta afrenta. Además lo acusó de solicitar ayuda en nombre del pueblo araucano (sic), ayuda que jamás llegaba a ellos.

¿Quién era este nuevo Lonko Quilapán?

No se sabe mucho de la vida anterior de este hombre. Sí se sabe que nació con el nombre de César Navarrete en Huaraculén, provincia de Linares, en 1909. También se sabe que fue profesor de arte en el liceo Abate Molina de la ciudad de Talca, y en algún momento, a finales de los años sesenta, se le pierde el rastro. Reaparece en el sur de Chile rebautizado como Lonko Quilapán, nombre que tomó prestado del heroico Toqui y que posteriormente legalizó.

Actuaba como estudioso y representante del pueblo mapuche (que él llamaba “araucano”),  sin que se sepa quién lo nombró en tal cargo. Porque además ostentaba los títulos de secretario de la Academia Araucana de la Lengua y presidente del Instituto Araucano de Parapsicología.

Entre otras cosas, aseguraba que los mapuches, antes de la llegada de los griegos, se comunicaban mediante telepatía.

Algunos afirman que su verdadera misión era la de ser quintacolumnista de Pinochet entre las organizaciones indígenas, aunque sus actividades se iniciaron bastante antes del advenimiento del gobierno militar.

Lo concreto es que los estudios que habría efectuado lo llevaron a la conclusión de que el pueblo mapuche descendía de los espartanos. Sí, de los de Grecia y para defender su posición, en 1974 publicó un libro de 130 páginas, del que se editaron mil ejemplares y que hoy es muy apetecido por los bibliófilos. El libro se titula El Origen Griego de los Araucanos.

En el prólogo de su obra sintetiza su teoría:

Por los años 800 al 600 antes de J.C., partió una Colonia desde Esparta (Grecia), la que, pasando por Troya, tomó el camino tradicional hacia Asuán (Asia-este) y bajando por el nordeste de la India, a cuya región dieron el nombre de Laos, que significa pueblo, entraron por Málaca (Queroneso, llamada en el mapa de Ptolomeo) al Okénos (Pacífico actual). 

Lo dividieron en Melanesia, Indonesia, Micronesia, Maganesia y Polinesia (de nazos = isla), finalmente se establecieron en el continente entre los paralelos 35 al 42, latitud sur, o sea, entre los mismos paralelos que estaba Grecia, desde Macedonia a Creta. Le dieron a estas tierras el nombre de “Chile”, palabra que en griego significa tribu, lejana por antonomasia. 

Formaron un Estado igual al griego, con los Picunches al norte, los Pehuenches al lado argentino y los Huilliches al sur; Chile como Esparta y Atenas, al centro. Estos pueblos aliados, Polis en Grecia, tenían los mismos dioses, la misma lengua, la misma ley, las mismas armas y hasta la misma vestimenta, pero se gobernaban independientemente, para unirse sólo en caso de guerra bajo un solo jefe; se repetía entonces el Estado griego en lo geográfico y en lo político. 

Los espartanos impusieron acá la ley de Licurgo, que pasó a llamarse “Admapu”, ley de los antepasados. 

Le dieron sus mismos dioses, sus leyendas, incluyendo la Sirena (pincoya), sus oráculos (oficiaba la machi igual la pitonisa sobre una columna), su árbol sagrado, sus mismas armas, su educación y como en Grecia, la ceremonia del casamiento fue el rapto. 

Nótese que sólo dos pueblos de la antigüedad no tuvieron ídolos: Grecia y Chile. 

Leer esta historia es releer la historia de Esparta, es decir, escuchar, porque la historia de Esparta no fue escrita, ya que al igual que en Chile estaba prohibida la escritura, “porque se graba más lo que se escucha que lo que se lee”, no se excluye el diálogo, base de la escuela griega. 

Cada afirmación va, en este libro, acompañada de sus correspondientes pruebas: científicas, arqueológicas, lingüísticas… al servicio de la verdad histórica

Otra curiosidad en torno a este libro es que fue usado como referencia en parte de 2666, la novela de Roberto Bolaño.

Pero la teoría de Lonko Quilapán tiene su sustento en varios textos, incluido un libro de Pedro Sarmiento de Gamboa (1530-1592), es decir, escrito cuatrocientos años antes. Ahí el cronista español nos explica:

Dice Strabon, y Solino, que Ulises, después de la expugnación de Troya, navegó en poniente, y en Lusitania pobló a Lisbona; y después de edificada, quiso probar su ventura por el mar Atlántico Océano por donde agora venimos a las Indias, y desapareció, que jamás se supo después que se hizo. Esto dice Pero Anton Beuter, noble historiador valenciano, y, como el mismo refiere, así lo siente el Dante Aligero, ilustre poeta florentín. Este Ulises, dando crédito a lo dicho, podemos deducir por indicios que de isla en isla vino a dar a la tierra de Yucatán y Campeche, tierra de Nueva España, porque los de esta tierra tienen el traje, tocado y vestido grecesco de la nación de Ulises, y muchos vocablos usan griegos y tenían letras griegas. 

Y no son los únicos. Muchos investigadores han seguido este camino para encontrar el origen de los pueblos que habitan nuestro lado del mundo.

Pero además Lonko Quilapán escribió otro libro, titulado “O´Higgins es Araucano”, en el que asegura que el Padre de la Patria chilena tenía raíces mapuches.

Más allá de que sus textos tengan algún sustento, algunos mapuches lo acusan de charlatán, de estafador, de carecer de toda representación de su etnia e incluso de ser un huinca (hombre blanco) usurpador del título de mapuche.

En el Boletín Aukiñ, del primer semestre de 1989, editado en Argentina con motivo de la visita de Philippe Boiry, R. Marhikewun anota que Lonko Quilapán contactó por correo al “príncipe” en 1982 ─siete años antes de su visita a este continente─ en una carta escrita en francés, idioma que aseguraba haber aprendido de sus antepasados mapuches que conocieron personalmente al rey Orélie Antoine  y le solicitó apoyo financiero para la construcción de una escuela. El francés le creyó el cuento y gestionó esta ayuda con diferentes agencias europeas, la que le habría llegado directamente a Quilapán. Marhikewun lo acusa de no rendir cuentas a nadie, haciéndose del dinero en beneficio propio.

El mismo boletín asegura que la Confederación Indígena de Chile apareció repentinamente cuando llegó el príncipe Philippe al país y que despareció de la misma forma cuando éste lo abandonó. ¿Fue una organización creada por el gobierno para sabotear su visita y Lonko Quilapán se convirtió en su cara visible?

César Navarrete, el segundo Lonko Quilapán, más contradictorio y mucho menos heroico que su homónimo, falleció en el año 2003 y ya no podrá responder a estas ni a muchas otras dudas.

Fernando Lizama Murphy
Noviembre 2016

Un comentario en “EL LONKO QUILAPÁN

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