EL LONKO QUILAPÁN

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

La historia del último siglo y medio de Chile recuerda a dos personajes con este nombre.

Lonco Quilapán.
El Jefe Quilapan, óleo de Martín Boneo.

El primero de ellos fue el último toqui mapuche que dirigió la guerra contra el gobierno de Chile, episodio que este país bautizó con el inapropiado nombre de “Pacificación de la Araucanía”. Hacia 1861 y al mismo tiempo que los argentinos iniciaban la invasión de la pampa para tomar posesión de esos territorios, el gobierno chileno comenzó a hacer lo propio hacia el sur. Además del temor a que los vecinos ampliaran sus fronteras al oriente de Los Andes, llegando hasta el océano Pacífico, otros dos factores lo empujaron:

Primero, la necesidad de más tierras de cultivos para trigo, producto que se estaba exportando a una California ávida de alimentos, que vivía la fiebre del oro.

Segundo, la aparición en la zona de Orélie Antoine de Tounens, quien intentó crear un país mapuche, autoproclamándose Rey de la Araucanía y de la Patagonia, con el beneplácito del gobierno francés y de muchas tribus, que vieron en esta eventual alianza una forma de consolidar su dominio en los territorios ancestrales, cuya propiedad sentían amenazada.

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EL PADRE LUIS DE VALDIVIA, DEFENSOR DE LOS MAPUCHES

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Mártires de Elicura
Mártires de Elicura. Sacerdotes jesuitas siendo asesinados por guerreros mapuches en 1612. Hist. de Chile. Padre Alonso de Ovalle.

Durante la conquista de América existieron muchas figuras que la historia fue sumiendo en una especie de nebulosa. De estos hechos y personajes ―de algunos más que de otros― existen registros, crónicas y tradiciones que con los años se fueron distorsionando hasta convertirse en mitos o leyendas, cuya verdad, en algunos casos, dejó de ser importante para que sobreviviera la fábula.

Entre ellos la historia ha destacado, para bien o para mal, a muchos hombres de iglesia que participaron en el proceso colonizador. Aunque hay varios cuyas acciones no han tenido la trascendencia que debieran para las nuevas generaciones, que simplemente los han echado al olvido.

Uno de ellos es el jesuita Luis de Valdivia.

El padre Valdivia nació en Granada en 1560 y a los veinte años ingresó a la Compañía de Jesús. En 1589, recién ordenado, fue enviado como misionero al Perú, donde permaneció por cuatro años. Venía muy influenciado por las ideas y normas que en España dictara el padre Francisco de Vitoria, en cuanto al respeto que los colonizadores debían tener hacia los nativos, sus familias y sus pertenencias; entre ellas, el derecho a la propiedad de las tierras que habitaban por siglos. Esta misma doctrina, ratificada casi por completo en las llamadas Leyes de Burgos y con algunas adaptaciones según las circunstancias, fueron las que siguieron, entre otros, el padre Bartolomé de las Casas en México y fray Gil González de San Nicolás, sacerdote dominico, en Chile. A este último, su fidelidad a los dictados del padre Vitoria lo convirtió en el primero que objetó las políticas bélicas utilizadas para enfrentar a los mapuches.

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EL REY DEL PAÍS DE LAS MANZANAS

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Cacique SayhuequeCuando el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi hacia 1670 plantó unos manzanos en la zona que actualmente es Neuquén no imaginó que se multiplicarían cubriendo cientos de hectáreas de fruta silvestre. Tanto así que el sector tomó el nombre de País de las Manzanas. Ese fue el territorio que, casi dos siglos después, gobernó y por el que luchó Valentín Sayhueque, lonco o cacique principal.

Con los españoles ya expulsados de Chile y Argentina, Francisco Perito Moreno, investigador bonaerense que convivió con el lonco en sus tolderías (aunque algunos historiadores sostienen que fue su cautivo), habló de siete tribus que habitaban la extensa pampa y la Patagonia. Cito textual: “Araucanos, Picunches, Mapuches, Huiliches, Agongures, Tehuelches y Traro Huiliches”,  cada una con su jefe, pero casi todas unidas bajo un lonco, Valentín Sayhueque, a quién la prensa ungió como Rey del País de las Manzanas.

La única frontera aceptada por estos pueblos, que eran muchos más que los señalados por Moreno, era la Cordillera de Los Andes. A las tierras que quedaban al oriente del macizo andino (actual Argentina) las llamaban Puelmapu y los territorios del lado occidental (actual Chile), los denominaban Ngulumapu. Seguir leyendo “EL REY DEL PAÍS DE LAS MANZANAS”

CALFUCURÁ, EL NAPOLEÓN DE LA PAMPA (Parte 2)

Crónica de Fernando Lizama-Murphy (Continuación de CALFUCURÁ, EL NAPOLEÓN DE LA PAMPA)

La relación entre Juan Calfucurá y Juan Manuel de Rosas tuvo muchos altos y bajos. Por eso después el lonko se reconcilió con el caudillo y lo apoyó con tropas en Caseros, el 3 de febrero de 1852, batalla que significó la caída de Rosas y el acceso al poder de José de Urquiza. Al día siguiente de este combate, Cafulcurá nuevamente atacó Bahía Blanca.

Francisco Bibolini y don Juan Calfucurá
Parlamento entre el sacerdote italiano Francisco Bibolini y don Juan Calfucurá el 29 de octubre de 1859. El Padre Bibolini disuadió al temido Señor de las Salinas Grandes de saquear el Fortín Mulitas, hoy ciudad Veinticinco de Mayo, Provincia de Buenos Aires.

La salida de Rosas del poder significó un gran retroceso en las negociaciones que se habían sostenido hasta entonces con los naturales. De ahí en adelante vino una sucesión de episodios bélicos, casi todos ganados por Calfucurá y sus lanzas. El 13 de febrero de 1855 arrasó la ciudad de Azul, matando a trescientas personas, secuestrando a más de ciento cincuenta cautivas y apoderándose de sesenta mil cabezas de ganado.

El gobierno argentino, enfrentado a muchos problemas, necesitaba urgente poner fin a esta guerra de desgaste a que lo sometían los mapuches y decidió enviar al general Bartolomé Mitre, su mejor carta, para derrotar a Calfucurá en forma definitiva. Seguir leyendo “CALFUCURÁ, EL NAPOLEÓN DE LA PAMPA (Parte 2)”

CALFUCURÁ, EL NAPOLEÓN DE LA PAMPA

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Cacique Juan KalfükuraMaestro, explíqueme usted qué es la famosa Civilización que nos tiene que barrer de estas pampas por la angurria de unos pocos hombres que se van repartiendo en tajadas grandotas lo que nos van quitando a nosotros. Pero explíqueme también todas las muertes y todos los atropellos y piense que les están dejando a sus hijos una patria equivocada, empantanada en la injusticia y la mentira. Todos nosotros somos parientes, y vivimos en amistad sobre la misma ancha tierra, pero el huinca tiene la idea errada de que sólo él tiene derecho a vivir en ella. Por ignorancia o por pura mezquindad, está tratando de matar el alma de esta tierra, plantando aquí un mundo ajeno donde caben pocos. Quien sabe algún día vendrán las lluvias y nuestras desgracias retoñarán en algo que sea bueno para nuestros hijos.

Carta de Juan Calfucurá al maestro Francisco Larguía, profesor de uno de sus hijos.


La convivencia entre los mapuches y las tribus que habitaban el lado oriental de la Cordillera de Los Andes nunca fue fácil. Tal vez los del lado occidental eran muy agresivos o quizás cuando cruzaban el macizo andino no se sentían bien acogidos por los pampinos. Las mutuas traiciones y las matanzas eran frecuentes.

Pero, al parecer, la fuerza de los mapuches resultó incontrarrestable para los del lado que hoy llamamos Argentina porque éstos terminaron aceptando, entre muchos otros usos y costumbres, el mapudungun como su lengua, desplazando el uso de las propias.

Durante la guerra contra el dominio español, los habitantes del sur de lo que hoy es Chile se hicieron famosos por su resistencia al invasor. Los del lado del Atlántico fueron más complacientes y más proclives a buscar acuerdos para mantener la armonía. Tenían la ventaja de disponer de un vasto territorio que, aunque no fuera muy rico en vegetación, por eso lo llamaban desierto, tenía agua de muchos ríos, que a su paso dejaban pastizales que les permitían mantener sus animales. Además poseía sectores boscosos desde donde se abastecían de caza. Ellos, en su candidez, pensaban que había suficiente para todos.
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JANEQUEO, HEROÍNA MAPUCHE

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Janequeo, obra de Eleacer Gavilán
Janequeo, pintura de Cristián Eleacer Gavilán.

La inexistencia de una escritura mapuche no deja evidencias tangibles de los personajes que participaron en diversos episodios de su historia y la única referencia a ellos proviene, en forma paradojal, de sus enemigos hispanos. Cuando el tiempo va tendiendo su velo, la historia se suele confundir con el mito y la frontera entre ambos se hace difusa. A veces tan difusa, que el personaje comienza a transformarse en una imagen etérea de cuya existencia física no quedan rastros. Al parecer eso es lo que ocurre con Janequeo.

Según el historiador Diego Barros Arana, en los escritos de la época no existe ninguna mención de los hechos en los que aparezca involucrada Janequeo. La única es la que hiciera Ercilla en La Araucana, pero ni Mariño de Lobera, ni Caro de Castro, ni ningún documento de la época menciona a esta heroína mapuche. Sus apariciones en las crónicas son posteriores; corresponden a Ovalle en su “Histórica Relación del Reino de Chile” y a Rosales en la “Historia General del Reino de Chile, el Flandes Indiano”. A partir de esos textos se comenzó a repetir la historia como verdadera. Seguir leyendo “JANEQUEO, HEROÍNA MAPUCHE”

CONJURO A LAS LUCIÉRNAGAS

niño mapucheLa primera vez le dijo que era el sacristán, la segunda fue el alcalde, luego, un policía, un albañil. Rosalía seguía el juego, sabiendo por la voz y el aliento que era Marcos, su vecino leñador, marido de Edelmira.

Muerta Clara, su madre, Rosalía creció al amparo de sus tíos, mostrando ahora, en la adolescencia, una belleza inquietante. El pelo negro enmarcaba un rostro moreno, armónico, poseedor de unos inútiles ojos ambarinos.

Marcos se ausentaba por semanas, talando en remotos rincones del bosque. A su regreso, dormía días enteros mientras Edelmira recolectaba moras, mosquetas o callampas para contribuir al sustento. Salía ella y él despertaba para cruzar hasta la rústica vivienda de la vecina. Creía engañarla con su burdo camuflaje verbal.

La ciega se dejaba seducir, ajena a las consecuencias de su candidez. Evocaba el suave y tierno cariño materno, pero se entregaba sin resistencia a este hombrón rudo, de manos callosas, simulando desconocer su identidad. Temía perder ese único afecto brutal y por eso guardaba un silencio cómplice. Cuando él dejó de visitarla, Rosalía supuso que fue porque intuyó que en su vientre latía un nuevo corazón. Seguir leyendo “CONJURO A LAS LUCIÉRNAGAS”