EL PADRE LUIS DE VALDIVIA, DEFENSOR DE LOS MAPUCHES

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Mártires de Elicura
Mártires de Elicura. Sacerdotes jesuitas siendo asesinados por guerreros mapuches en 1612. Hist. de Chile. Padre Alonso de Ovalle.

Durante la conquista de América existieron muchas figuras que la historia fue sumiendo en una especie de nebulosa. De estos hechos y personajes ―de algunos más que de otros― existen registros, crónicas y tradiciones que con los años se fueron distorsionando hasta convertirse en mitos o leyendas, cuya verdad, en algunos casos, dejó de ser importante para que sobreviviera la fábula.

Entre ellos la historia ha destacado, para bien o para mal, a muchos hombres de iglesia que participaron en el proceso colonizador. Aunque hay varios cuyas acciones no han tenido la trascendencia que debieran para las nuevas generaciones, que simplemente los han echado al olvido.

Uno de ellos es el jesuita Luis de Valdivia.

El padre Valdivia nació en Granada en 1560 y a los veinte años ingresó a la Compañía de Jesús. En 1589, recién ordenado, fue enviado como misionero al Perú, donde permaneció por cuatro años. Venía muy influenciado por las ideas y normas que en España dictara el padre Francisco de Vitoria, en cuanto al respeto que los colonizadores debían tener hacia los nativos, sus familias y sus pertenencias; entre ellas, el derecho a la propiedad de las tierras que habitaban por siglos. Esta misma doctrina, ratificada casi por completo en las llamadas Leyes de Burgos y con algunas adaptaciones según las circunstancias, fueron las que siguieron, entre otros, el padre Bartolomé de las Casas en México y fray Gil González de San Nicolás, sacerdote dominico, en Chile. A este último, su fidelidad a los dictados del padre Vitoria lo convirtió en el primero que objetó las políticas bélicas utilizadas para enfrentar a los mapuches.

El padre Valdivia, además de misionar en Lima, lo hizo en Cuzco y en Juli, en la orilla sur del lago Titicaca, donde los jesuitas tenían un importante centro de difusión, incluida una imprenta en la que editaban textos religiosos en castellano y en aimara. Ahí mostró una gran facilidad para aprender las lenguas aborígenes y su gramática, lo que le serviría para conseguir un mayor acercamiento con los indios durante su misión y para escribir libros y diccionarios que sirvieran a una mejor comunicación. Porque cabe destacar la otra faceta del padre Valdivia: es considerado un importante traductor, gramático y lexicógrafo de las lenguas nativas del cono sur de América.

En 1593 formó parte de la primera delegación jesuita enviada a Chile, que zarpó del Callao el 3 de febrero y que, por problemas climáticos, debió recalar en Coquimbo. Desde ese puerto continuaron por tierra hasta Santiago, adonde arribaron el 11 de abril del mismo año. Dirigía esta avanzada el Vice Provincial Baltazar de Piña y estaba integrada por otros cinco sacerdotes, además de dos hermanos coadjutores. El padre Valdivia llegó en calidad de maestro de novicios.

Los jesuitas venían decididos a trabajar y en seis semanas lograron poner en funcionamiento su primer colegio, el San Miguel Arcángel del que, un año después, se hizo cargo el padre Valdivia. En el aspecto docente, cada uno de los sacerdotes se dedicó a impartir clases a los distintos habitantes de la ciudad. Uno a los negros, otro tomó a su cargo a los niños y otro a los blancos. Luis de Valdivia se encargó de los indígenas, además de los novicios.

Cabe hacer notar que en Santiago existía una importante cantidad de indios huarpes, provenientes de Cuyo, territorio que entonces pertenecía a la Capitanía General de Chile. Los encomenderos de esa zona los trasladaron a este país como parte de los beneficios que implicaba su encomienda porque, pese a que en las Leyes de Burgos se establecieron claramente los derechos y obligaciones de los encomenderos, estos, aprovechando la distancia y la complicidad de las autoridades locales, las acomodaron a su conveniencia.

Los huarpes, (interesante etnia de la que escribiremos en una próxima crónica) hablaban dos idiomas, según su ubicación geográfica: el millcayac, desde lo que hoy es Mendoza al sur, y el allentiac, hacia el norte. Para facilitar tanto el entendimiento entre estos aborígenes y los españoles como el adoctrinamiento religioso, Luis de Valdivia escribió, en ambos dialectos, hoy casi desaparecidos, su libro Doctrina Christiana, Cathecismo, Confessionario, Arte y Vocabulario.

Cuando arribaron estos misioneros jesuitas, la vida en el Chile central transcurría con  quietud provinciana y la Guerra de Arauco aparecía en Santiago como un episodio algo remoto. En la capital todos daban por descontado el triunfo de las tropas del rey de España por sobre los indígenas. Eso, hasta la batalla de Curalaba.

El desastre de Curalaba

En ese lugar, la víspera de la Navidad de 1598 las tropas mapuches, dirigidas por los toquis Pelantarú, Anganamón y Guaiquimilla, cayeron sobre el campamento español, matando a ciento cuarenta y nueve de los ciento cincuenta soldados (el que sobrevivió lo hizo haciéndose el muerto) y a los trescientos yanaconas que los acompañaban. Incluso murió el gobernador Oñez de Loyola, cuyo cráneo los nativos conservaron como trofeo.

Los mapuches, envalentonados con esta victoria, iniciaron una arremetida contra todas las fortalezas del sur creando un sentimiento de pánico que se extendió a la totalidad del territorio.

La reacción de los españoles fue declarar esclavos a todos los indios rebeldes que fuesen capturados, lo que se oponía a la doctrina de la Corona respecto del trato que debían recibir los aborígenes por parte de los colonizadores. El padre Valdivia, que ya dominaba la lengua mapuche y que había logrado comunicarse de mejor forma con ellos conociendo parte de sus inquietudes, intentó evitar esa medida. Pero la ira y la sed de venganza eran muy grandes y sus esfuerzos resultaron vanos.

Para reconquistar los territorios, desde Lima enviaron a los gobernadores provisionales Pedro de Vizcarra y Francisco de Quiñones, que convirtieron la Araucanía en un territorio ruinoso, devastado, asesinando o esclavizando a todo indio capturado.

Lo que se trascribe es parte del informe final de Quiñones:

“Goberné aquel reino por dieciséis meses y en ellos por mi persona y las de mis capitanes maté, quemé, prendí y ahorqué más de dos mil indios…”. 

Triste record el de este gobernador.

Por su parte los mapuches respondieron de la misma forma atacando todo vestigio de español que encontraban a su paso. Las batallas, sangrientas para ambos bandos, se sucedieron una tras otra.

Para el Virreinato del Perú la situación en Chile era preocupante, no solo por la cantidad de vidas que se perdían sino que además por los costos de mantención del ejército; incluso el Rey Felipe III organizó un Consejo de Indias para analizar lo que ocurría y desde España llegaron notas a Lima manifestando preocupación. En este ambiente de inquietud, se le solicitó al padre Valdivia un informe en el que detallara in situ lo que estaba pasando.

Eliminar la espada y dejar la cruz

El sacerdote viajó a Lima para entregar su versión de la realidad y explicar sus experiencias, encontrando buena acogida en el oidor de la Real Audiencia, Juan de Villela. En ese informe Valdivia sugería la Guerra Defensiva como arma para conseguir la paz en la Araucanía.

Esta estrategia proponía crear una frontera en las riberas del río Biobío, dejando desde ahí hacia el sur un terreno exclusivo para los mapuches. Además los españoles estarían obligados a devolver sus sirvientes y esclavos de esa etnia, pues según el cura, una de las razones de la lucha era su utilización en los llamados “servicios personales”, que para ellos resultaban humillantes. Los conquistadores deberían eliminar también las fortalezas existentes en esos territorios y retirar todas sus tropas. Con la frontera claramente delimitada, los jesuitas iniciarían una evangelización pacífica, llevando la palabra de Dios a los indígenas. La propuesta del sacerdote proponía eliminar la espada y dejar la cruz.

Hay historiadores que ven en esta iniciativa una segunda intención, que es la de crear haciendas al estilo de las que se hicieron en Paraguay, en las que los jesuitas enseñaban a cultivar la tierra y a criar ganado a cambio de parte de la producción y de la evangelización. Pero en los escritos del padre Valdivia no se percibe que esto fuese así. Sólo queda clara su intención misionera.

Las propuestas del sacerdote, avaladas por Villela, encontraron acogida en el Virrey, Marqués de Montes Claros, que decidió enviar al propio Valdivia a España a defenderlas.

En Chile por supuesto que los enunciados pacifistas tocaban directamente los intereses de militares y encomenderos, que los rechazaron de plano, al extremo de elaborar su propio informe, objetando cualquier otro método que no fuese la guerra. Este informe fue enviado directamente al rey por medio del Capitán Lorenzo del Salto.

Por curiosa coincidencia, Del Salto y Valdivia viajaron a España en la misma nave.

El Consejo de Indias, después de varios meses de deliberaciones, acogió el proyecto de Valdivia, lo nombró Visitador General de Chile y ordenó al virreinato de Lima para que respaldase las atribuciones y le entregara los elementos para poderlo llevar a cabo.

La misión de Valdivia en Chile

Después de permanecer en Lima un año preparando su misión, a comienzos de 1612, portando muchos documentos que lo respaldaban y en compañía de otros diez misioneros de su congregación, regresó Valdivia a Chile, a bordo de la nave San Francisco, que hizo puerto en Concepción.

Desde un comienzo el sacerdote debió enfrentar la tenaz oposición de los gobernadores, tanto del interino Juan Jaraquemada, como posteriormente la del titular Alonso de Ribera, además de la indisimulada obstrucción de los encomenderos y de varios sacerdotes que respaldaban la postura belicista y que, a regañadientes, aceptaban las órdenes del Rey y de su representante.

Cabe destacar que en su misión a España lo acompañaron seis mapuches que, al regresar a Chile, y como muestra del nuevo estilo que pretendía imponer en las relaciones, Valdivia puso en libertad para que comunicaran a sus hermanos esta buena nueva.

Es importante destacar que los mapuches nunca estuvieron organizados como un solo pueblo sino que estaban fraccionados en múltiples grupúsculos, dirigidos cada uno por un cacique y que se unían solo frente a situaciones bien específicas. Una de ellas y tal vez la más importante, la guerra.

Teniendo esto presente, podemos decir que al comienzo la misión del padre Valdivia fue exitosa. Luego de enviar regalos y promesas, logró reunir a más de seiscientos representantes mapuches de diez comunidades, con los que se firmó la paz. Pero, pese a sus deseos de conservar esta  paz, los naturales desconfiaban. Sabían que las buenas intenciones eran solo del padre Valdivia y de los jesuitas, pero que los soldados y los encomenderos estaban atentos a cualquier traspié para entrar en acción.

Y eso ocurrió a fines del mismo año 1612. A una reunión convocada por el sacerdote, los mapuches asistieron entregando, como muestra de su buena disposición para la paz, a varios españoles que mantenían cautivos. Entre ellos estaba el sargento Juan de Torres. En el campamento al que arribaron, se encontraba la cautiva María de Jorquera, a la que el cacique Anganamón, el mismo de Curalaba, había tomado para sí y con la que tenía una hija. Se desconoce cómo ocurrieron los hechos, pero lo concreto es que el sargento huyó con la mujer española, la hija y con otras dos esposas nativas del líder mapuche y logró llevarlas hasta el fuerte Paicaví, al que arribaron el 22 de noviembre.

El 7 de diciembre un gran número de mapuches, entre los que no se encontraba Anganamón, se dirigió, en son de paz, al fuerte Paicaví. Exigían el abandono y demolición de la fortaleza, conforme a lo prometido por el padre Valdivia, además de la devolución de las mujeres. Los españoles aceptaron de inmediato lo concerniente al fuerte, que ya estaba acordado, pero dilataron el tema de las mujeres, sobre todo lo referente a su compatriota. La situación era compleja. Al final, Utablame, el cacique que dirigía las huestes que se acercaron a parlamentar, se comprometió a conversar con el afectado y ofrecerle una compensación económica, pagada por los españoles por la mujer blanca.

Con esta idea marcharon hacia Elicura, en la orilla del lago Lanalhue, donde se reunirían los caciques para discutir los temas relacionados con la paz. Los acompañaban tres misioneros jesuitas: dos sacerdotes y un novicio.

Pero Anganamón llegó a la conferencia con doscientos guerreros y no atendió razones. Él quería a sus mujeres sin aceptar nada a cambio y como no le dieron lo que pedía, procedió a atacar a sus hermanos de sangre y a los sacerdotes, que  pasaron a ser los Mártires de Elicura. Además cayeron cinco caciques mapuches y muchos hombres.

La triste noticia de la muerte de los curas cayó como balde de agua fría en Concepción y dio pretextos a todos aquellos que se oponían a la guerra defensiva. El padre Valdivia fue el foco de las críticas, pero defendió su postura e intentó mantener la paz. Por su parte, el gobernador rompió las paces y reinició las hostilidades en contra de la población nativa.

La pugna entre Valdivia y el gobernador llevó sus relaciones a límites extremos.  Al final, en 1614, ambos enviaron sendas delegaciones a España a defender sus posturas. Nuevamente los argumentos del padre Gaspar Sobrino, el embajador jesuita, fueron los atendidos por la corte y se impuso la idea de seguir con la guerra defensiva; pero en la práctica eso no ocurrió. Las hostilidades continuaron y Valdivia no lograba imponer su autoridad.

Entonces, en 1620, se dirigió personalmente a España con el propósito de explicar lo que estaba ocurriendo, que no se estaban respetando las órdenes impartidas por el Rey a través del Consejo de Indias. Pero la situación en España había cambiado. Muerto Felipe III, reinaba su hijo Felipe IV, quien no creyó lo de la guerra defensiva. Aún así se demoró cinco años en emitir la cédula real que autorizaba el retorno a la estrategia original, la que en realidad durante muy breve tiempo se dejó de practicar en Chile.

Para tranquilidad de los encomenderos, de los militares y de los sacerdotes que nunca creyeron en la política del padre Luis de Valdivia, ni nunca pretendieron seguirla porque la consideraban nefasta, en 1626 se recibió en el país la noticia que respaldaba su accionar.

Por otra parte, teniendo en cuenta que ya tenía más de sesenta años, un anciano para la época, la congregación jesuita creyó más útil la permanencia del padre Valdivia en España regresándolo a sus labores de preparación de novicios. Murió en Valladolid el 5 de noviembre de 1642, seguramente muy triste por haber fracasado en su propósito.

Tampoco debe haber imaginado que, cuatro siglos después, aún seguiría vigente el conflicto que él luchó por erradicar.

 Fernando Lizama Murphy

Octubre 2016

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