MARTINA CHAPANAY, BANDOLERA CUYANA

Crónica de Fernando Lizama-Murphy


“Fue la gaucha-gaucho, la mujer-hombre, arrojada y valiente.

Fue la gaucha rebelde que se convirtió en mujer samaritana.
Fue la gaucha cerril que se convirtió en santa gaucha.
Fue el gaucho de la región andina y de la travesía.
Martina Chapanay fue expresión del valor y capacidad de la mujer de la travesía”.

José Casas.

Martina ChapanaySobre Martina Chapanay, en Argentina, se han escrito novelas, ensayos y poemas. Se han filmado películas y representado obras de teatro. En su honor hasta se puede escuchar en YouTube una cueca sanjuanina interpretada por los Trovadores de Cuyo. (VER)

Su supuesta tumba, en la localidad de Mogna, pueblo ubicado a 120 km al norte de San Juan, es objeto de peregrinación y los campesinos del sector le atribuyen milagros, como rescatar ganado perdido, arreándolo de vuelta donde sus dueños y esfumándose cuando los ve a salvo.

Pero como ocurre con muchos personajes que surgen espontáneamente (sobre todo en zonas rurales remotas en las que la soledad abre la imaginación para dejar un generoso espacio a las leyendas) y que por sus actos se arraigan en la cultura popular, el mito se confunde con la realidad y abundan las versiones sobre sus orígenes, sobre su vida y obra, sobre su muerte y el sitio en el que descansan sus restos. Los “dicen que” o “me contaron que” inician la construcción de múltiples personalidades a partir del ser humano que les dio vida. Y en este caso los “dicen que” son abundantes e inevitables. También los “casi”. Porque casi nada es certero, casi ninguna verdad es definitiva, casi toda su vida tiene un episodio alternativo.

Buscando una línea, partiremos diciendo que Martina nació hacia 1800 ―otros dicen que en 1811―, en Lagunas de Guanacache, humedales cuyanos que desparecieron con la construcción de una represa. Sobre sus padres, la versión más difundida nos explica que era la única hija, mestiza, de Ambrosio Chapanay, cacique huarpe, y de Teodora González, una huinca posiblemente cautiva que murió cuando la niña era pequeña.

Martina se crió en el campo, montando a caballo, cazando con honda o con boleadoras. Además manejaba el facón con destreza, maniataba y sacrificaba animales, corría y nadaba con gran agilidad. Sabía seguir un rastro y ubicar ganado perdido.

Hasta que su padre decidió que no era la vida que quería para ella y la entregó a la severa institutriz Clara Sánchez, de la ciudad de San Juan, para su educación formal. Pero la rebelde jovencita nunca toleró ni el encierro ni los reglamentos.

Algunos dicen que en casa de la señora Sánchez conoció al bandido Cruz Cuero, otros dicen que éste nunca existió y que fue una creación del escritor decimonónico Pedro Echagüe, pero lo concreto es que huyó y se perdió entre los indios huarpes que vivían en la región y desde ahí inició una vida de bandidaje, a veces a cargo de sus propios montoneros, otras uniéndose a otros líderes.

Algunos cuentan que Martina colaboró como chasqui con San Martín en la preparación del cruce de Los Andes, aunque no hay vestigios de que haya participado en la travesía hacia Chile.

Caudilla Chapanay, hembra del desierto

Lo que sí se sabe es que luchó al lado de Facundo Quiroga, de Nazario Benavidez y del Chacho Peñaloza, míticos caudillos que pelearon en la guerra civil que por años asoló a una Argentina, dividida en múltiples bandos, que buscaba una forma de gobierno y de división política para el país.  

Las descripciones, normalmente generosas cuando el pueblo las hace de sus ídolos, hablan de que era una hermosa mestiza de piel canela, de ojos y pelo negros, menuda de cuerpo, aunque musculosa y ágil de mente. Poseía además una mirada inquisidora y un carácter dominante que le permitió mantener a raya a los pretendientes que ella no elegía. Marcos Estrada, uno de sus biógrafos, la ve como mujer brava, curtida por el desierto de días calurosos y noches congeladas, y endurecida tanto en las batallas como por la presencia constante de la muerte.

Vestía de gaucho, con chiripá, casaca, poncho, además de calzar botas de potro y portar en su mano el rebenque; por eso sus enemigos la describían como amachada. Domingo Faustino Sarmiento la llamaba despectivamente “la marimacho”. Ella lo desmentía llevando a su lecho a todo hombre que le atrajera. Al parecer, indómita como era, nunca tuvo una relación amorosa estable, lo que provocaba habladurías y rechazos en la sociedad pechoña de la época. Tampoco se le conocieron hijos.

La leyenda cuenta que le llamó la atención un cautivo gringo y lo llevó a su cama. Cuando Cruz Cuero, por entonces su amante, se enteró de lo que ocurría, la golpeó y mató al gringo de un balazo. Ella no dudó en atravesar a su compañero de tantas jornadas con la lanza. También se cuenta que cuando le gustaba un prisionero, se lo llevaba a su tendal y le pagaba sus favores con la libertad. Parece que en lo que se refería a sus pasiones amorosas, nadie podía imponerle una conducta.

Deprimida por el asesinato de Facundo Quiroga, decidió regresar a sus raíces pero se encontró con que las tierras en las que ella naciera estaban devastadas. El gobierno central había ordenado la reubicación de los pocos huarpes que sobrevivieron al reclutamiento forzoso, esos que no alcanzaron a huir hacia la sierra y prácticamente su pasado había desaparecido. Durante un tiempo meditó en su terruño natal sobre el futuro y decidió que el único camino que le quedaba era continuar en lo que venía haciendo.

Durante varias décadas Martina Chapanay luchó por sobrevivir y por imponer una mayor justicia, ya fuera dirigiendo a sus propios grupos, ya aliándose con otros para combatir por lo que consideraba justo. Convertida en el Robin Hood de la pampa, robaba a los ricos para repartir a los pobres. Incluso se dice que asaltó iglesias para quitarles sus riquezas. Consideraba que Dios no necesitaba de esas joyas que para los pampinos pobres podían convertirse en alimentos y ropas.

En algún momento se hartó de esta vida nómada y marginal. Perdonada por la autoridad por sus andanzas y ya con algunas canas tiñendo las sienes, consiguió un trabajo como policía en San Juan. Otros dicen que fue sargento mayor del Ejército Nacional. En cualquier caso, en ese momento estuvo del lado de la ley.

También se dice que mientras desempeñaba este cargo se encontró con Pablo Irrazábal, el hombre que, rompiendo un pacto, asesinó al Chacho Peñaloza y a sus cercanos, y ella lo retó a duelo. Él eligió la espada, arma que creía dominar, pero la leyenda asegura que Irrazábal, literalmente cagado de miedo frente a las primeras estocadas de Martina, se retiró del lance, de la ciudad y se perdió para siempre en la vergüenza.

Al parecer sus últimos años los pasó trabajando como baqueana y rastreadora. Murió en 1874, según una versión en Mogna, otra afirma que en Zonda. Están los que dicen que falleció de vieja junto a sus perros, otros que la mordió una serpiente y algunos aseguran que la atacó un puma.

Se cuenta que quien recibió su última confesión fue el cura Elacio Bustillos, a quién le entregó las reliquias religiosas que guardaba como recuerdos de sus andanzas como asaltante. Él, después de perdonarla, la habría sepultado al pie de un algarrobo, en un costado de la Iglesia de Santa Bárbara, en Mogna, cubriendo su tumba con una laja blanca sin ninguna inscripción, “porque todos saben quién descansa ahí”.

Hasta hoy es un lugar de peregrinaje para pedir los favores de Martina Chapanay, cuyana valiente y generosa.

Como parte de la anécdota y que nos hace meditar respecto de las distintas trascendencias de estos personajes míticos, contamos que, en la zona de San Juan, hasta hace pocos años a las niñas que mostraban comportamientos viriles, se las llamaba “Martina Chapanay”.

Fernando Lizama Murphy
Octubre 2016

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