LA INCREIBLE HISTORIA DE DON MIGUEL GONZÁLEZ BARRIGA DE LA CUEVA

Por Fernando Lizama Murphy

Vestimentas de penquistas durante el periodo virreinal español.

Por recomendación de un amigo, descargué (con autorización, por cierto) de la Biblioteca de la Universidad de Harvard un libro, escrito por don Ambrosio Valdés y publicado en Chile por la imprenta “Victoria” en 1890, cuyo título llama la atención: Ojos de cuenta, pelo de oro”.

Don Ambrosio Valdés Carrera (1843-¿…?), acérrimo balmacedista radicado en Quillota, nieto de don José Miguel Carrera, fue un destacado historiador, pero sobre todo un genealogista que hurgó en las raíces de muchas familias llegadas a Chile durante el período colonial.

Al inicio del libro mencionado, que no fue el único que publicó, cuenta una historia que no pudo ser ratificada en otros textos por este cronista, pero que por lo curiosa, merece ser narrada.

En el libro de Valdés aparecen algunas inconsistencias cronológicas que omitiremos y de igual forma resucitaremos los hechos y a los protagonistas.

Don Alonso González Barriga, andaluz, inició su carrera militar en España a las órdenes del duque de Medina-Sidonia. Luego pasó a México junto al almirante Pedro Portel Casanate, quien lo envió a Filipinas a mando de la escuadra para, desde ahí, pasar a Chile, específicamente a la ciudad de Concepción. Estamos frente a un soldado fogueado en mil batallas al que le correspondió venir a luchar contra los araucanos, donde se reencontró con Portel Casanate, que fue nombrado Gobernador entre 1656 y 1662, año en el que muere de hidropesía, en Concepción.

Antes de fallecer, el gobernador nombra como su albacea a don Alonso González Barriga, hecho que aparece mencionado en el libro “Historia de Concepción 1550-1970”, del historiador Fernando Campos Harriet.

Luego del gobierno interino de don Ángel de Peredo, en 1663 asume la gobernación de Chile el controvertido don Francisco de Meneses, que nombra a González Barriga Capitán General. 

El aguerrido militar contrae nupcias en la sureña ciudad —que hasta 1751, año del gran terremoto, estaba asentada en el lugar que ocupa actualmente Penco— con la distinguida dama penquista María de la Cueva Gatica y Aranda de Valdivia. Don Ambrosio Valdés no nos informa sobre la fecha del matrimonio ni respecto la cantidad de hijos que tuvieron, limitándose a hablar sobre Miguel, el protagonista de la historia que pasamos a contar.

Penco, cuando fue Concepción. Escudo fuerte La Planchada

Un tormentoso atardecer de invierno de un año impreciso, mientras don Alonso estaba a cargo de las tropas de la ciudad de Concepción, los mapuches iniciaron un ataque a la plaza. Estos malones eran bastante frecuentes por lo que los habitantes vivían con el temor y en permanente estado de alerta, con las armas pesadas y livianas preparadas para la lucha.

La masa informe de miles de indígenas, en cuanto se percataron de que la sorpresa no sería tal, comenzaron a correr contra las defensas emitiendo el peculiar griterío aterrador que esta vez no logró amilanar a las fuerzas defensivas, que con fingida serenidad esperaban el enfrentamiento.

Cuando los tuvieron a tiro, los cañones dispararon su mortífera metralla, raleando a los asaltantes que no se detenían a contar sus bajas para continuar adelante con su intento. La batalla se daba en las afueras del fuerte sin que los indios lograsen traspasar sus portones.

Cuando los toquis encargados del ataque comprendieron que el asalto no había dado los resultados esperados, dieron la orden de retiro, dejando en el campo a sus muertos, que al amparo del silencio nocturno fueron retirados para ser sepultados como héroes. Los españoles, dentro de la fortaleza, hicieron otro tanto con sus propios caídos.

Pero don Alonso, creyendo que su triunfo había sido avasallador, no se conformó con rechazar el asalto e inició la persecución de los enemigos para darles el golpe de gracia. Cruzó el río Bío-Bío junto a trescientos jinetes, entre ellos su hijo Miguel, a la sazón un muchacho de catorce años, nos dice Valdés, para encontrarse con que a los atacantes se los había tragado la tierra.

Después de recorrer montes y selvas con el ánimo de poner fin al suplicio que significaba para ellos y sus familias el estado de permanente angustia, decepcionados regresaban a la fortaleza cuando, casi sin darse cuente, se vieron rodeados por centenares de mapuches que les bloqueaban todos los posibles caminos.

El malón (1845) por Mauricio Rugendas.

La lucha encarnizada se desarrolló mientras los hispanos, sabedores de que en esa desigualdad de condiciones no tenían ninguna posibilidad de vencer, hacían lo posible por abrir una brecha que les permitiese salir de la trampa. En algún momento don Alonso lo logró y junto a un grupo de sus valerosos soldados pudieron huir y salvar la vida.

Pero no todos tuvieron la misma suerte. Cuarenta de sus hombres quedaron en el campo de batalla entre muertos, heridos y aquellos que no pudieron huir porque perdieron sus cabalgaduras durante el combate y que fueron hechos prisioneros por los mapuches. Uno de ellos fue Miguel, el hijo de don Alonso.

La creencia era que los araucanos no tomaban prisioneros, así que, según los españoles, el destino insoslayable que les esperaba a los cautivos era una muerte horrorosa. En esa marcha triste de regreso a Concepción, el único pensamiento que movía a don Alonso era vengar a su hijo y a los otros soldados perdidos en la refriega.

Pero la suerte de Miguel estaba muy lejos de ser la que temía su padre. Como se trataba de un joven muy apuesto, alto para su edad, rubio y de ojos azules, uno de los jefes indígenas lo separó de los demás prisioneros y lo ocultó en su ruca hasta que Chedhuenco, el toqui principal, lo extrañó y reclamó su presencia.

Ahí el protector del muchacho aceptó que lo mantenía escondido y que le había evitado la suerte de los demás prisioneros porque tenía “ojos de cuenta y pelo de oro”. Su intención al esconderlo era convertirlo en el padre de sus nietos para que heredasen sus rasgos. Dicho claramente, lo quería para semental.

A Chedhuenco no le pareció mal la idea y para evitar que el muchacho intentase una fuga, decidió entregarle a su cargo un extenso territorio en el valle de Lonquimay, rio arriba del Bío-Bío, adonde nuestro joven se trasladó junto a cuatro esposas, dos hijas del toqui principal y dos del que fue su protector, además de “cinco mil súbditos”, según nos refiere Valdés.

Pese a esta principesca vida, durante el primer tiempo Miguel intentó en vano buscar una vía de escape que sus súbditos debían evitar, bajo pena de muerte, pero pasado el tiempo se fue acomodando a su nueva realidad, a las costumbres, aprendió el idioma, enseñó su lengua, a leer y escribir a sus esposas y por supuesto, engendró hijos, la principal tarea que le permitió salvar la vida. Valdés nos habla de seis mestizos, pero no nos dice si nacieron rubios y de ojos azules.

Fueron más de tres años los que duró este cautiverio feliz hasta que una de las esposas, que tuvo ocasión de viajar a Concepción, comentó en el fuerte que Miguel estaba vivo y explicó a su padre dónde lo podía encontrar. No queda claro qué la llevó a entregar esta información. Pudieron ser los celos, el despecho o alguna otra razón que solo el intrincado corazón de una mujer, de la raza que sea, puede esgrimir. Para don Alonso esta luz de esperanza abrió unos enormes deseos de rescatarlo.

Partió enviando pequeñas expediciones que confirmaran la veracidad de los dichos de la mujer y cuando ya tuvo la plena certeza de ello y de la ubicación exacta de su hijo, organizó no uno, sino tres ejércitos para ir en su rescate.

Los informes recibidos por sus enviados le permitían saber que el valle de Lonquimay tenía tres vías de acceso y por ello lo de los tres contingentes. Uno avanzó por Nacimiento, el otro por Renaico y el tercero, dirigido por el mismo don Alonso González Barriga, se encaminó por el cajón del Bío-Bío.  

Por supuesto muy pronto los vigías mapuches detectaron las fuerzas enemigas y corrieron a avisar a Miguel que, cuando supo que se trataba de su padre, pidió que le dejasen continuar sin obstaculizar su marcha. Es más, cuando lo tuvo a la vista, corrió a abrazarlo y lo invitó a compartir todas las comodidades de las que disfrutaba en su calidad de señor de esas tierras.

También hizo acomodar a las tropas españolas de la mejor forma que se lo permitían sus recursos.

La intención de don Alonso era “rescatar” a su hijo de las manos enemigas, pero el hijo no quería ser rescatado. Sentía que la vida que llevaba entre los mapuches era lo mejor que le había ocurrido, amaba a sus esposas y a sus hijos y por nada quería abandonarlos. Transcurrían los días en los que Miguel agotaba pretextos para no regresar con su padre, mientras la paciencia de éste se terminaba.

Hasta que llegó el momento en que don Alonso, harto de las vacilaciones de su hijo, lo hizo prender y a la fuerza lo llevó con él a Concepción. Miguel, en un último acto de autoridad con sus súbditos, les ordenó que no detuviesen la marcha de los españoles. Él buscaría la manera de regresar junto a su tribu y a su familia, sin que fuera necesario el derramamiento de sangre.

Una vez en la fortaleza española, don Alonso percibía que mientras su hijo, que se mostraba triste y taciturno, estuviese cerca de lo que consideraba su mundo, buscaría la forma de huir para regresar a el, por lo que tomó la drástica decisión de trasladarlo a Santiago y no contento con eso, lo internó en el convento de San Francisco para que se convirtiera en sacerdote. Muy pronto el señor de Lonquimay a contrapelo lucía la tonsura y el hábito de los novicios franciscanos.

Durante los tres años que estuvo en esa condición se esforzó por demostrar a la jerarquía de la congregación su rechazo a la imposición paterna. Intentó huir, fue encerrado en el calabozo y a pesar de eso hizo todo aquello que contraviniera las reglas hasta que, por cansancio, consiguió que el superior lo devolviera junto a su padre.

Después de ese tiempo, su permanencia en las tierras de Lonquimay, sus cuatro mujeres, sus seis hijos y sus súbditos, no eran más que un vago recuerdo y al parecer ya no renacía en él el deseo de regresar a esos lugares.

Pero sin dudas que fue el amor el que lo llevó a ese olvido y a aceptar las nuevas imposiciones paternas. Porque quizás lo único rescatable para él de su paso por la iglesia fue que un día divisó, desde el sitio reservado a los novicios para que asistieran a misas, letanías y otras manifestaciones de fe, a una muchacha muy hermosa que oraba y que despertó toda su pasión. Se propuso que, una vez que estuviese liberado de la prisión del convento, la buscaría.

Su padre, harto de los caprichos de su hijo, cuando abandonó el noviciado lo conminó a tomar la carrera de las armas y muy pronto Miguel vestía un gallardo uniforme en el que resaltaba su porte y por supuesto los ojos de cuentas y el pelo de oro.

En el pequeño Santiago de entonces no le costó encontrar a la fuente de su pasión, una muchachita de dieciséis años, muy hermosa. Se llamaba María Fernández de Rebolledo y Orozco. Después de revisar ambos pergaminos y quizás omitiendo la descendencia mestiza que nuestro personaje dejara en los lejanos parajes sureños, contrajeron nupcias en la catedral de Santiago con toda “pompa y solemnidad”, como lo menciona Ambrosio Valdés.

Hasta aquí nos deja el relato el señalado historiador para adentrarse en la genealogía de las familias, tema engorroso que los interesados pueden leer en el enlace que señalamos más abajo. Solo nos referiremos a los hijos del matrimonio González Barriga y Fernández de Rebolledo que fueron:

-Antonio, coronel de milicias, que casó con doña Leonor de Villagrán y Guzmán.

-Alonso, capitán de ejército, casado con María de Carvajal.

-Mercedes, casada con el oficial real don Juan Jaraquemada.

-Josefina, casada con don Alonso de Córdoba.

-Miguel, que contrajo nupcias con doña Isabel Gaete de la Barra.

Como dato curioso, diremos que de la siguiente generación, el hijo de Antonio González y Leonor Villagrán, llamado Agustín, suprimió en su descendencia el apellido González, quedándose solo con el Barriga. En cambio en Concepción procedieron a la inversa y suprimieron el apellido Barriga, prevaleciendo el González.

En las generaciones siguientes unos y otros dejaron de reconocerse como parientes.

Fernando Lizama Murphy

Para consultar:

Valdés, Ambrosio – Ojos de cuenta y pelo de oro. Santiago de Chile, Imprenta Victoria – 1890.   En el siguiente enlace es posible leer completo el texto citado. https://curiosity.lib.harvard.edu/latin-american-pamphlet-digital-collection/catalog/43-99006809965020394  – Consultado enero 2022.

Campos Harriet, Fernando – Historia de Concepción – 1550-1970. Editorial Universitaria – 1979. Se puede leer en el siguiente enlace: http://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/MC0053248.pdf – Consultado enero 2022.

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