DURANTE EL SEPELIO

Durante el sepelioCuento de Fernando Lizama-Murphy

Numerosa fue la asistencia al funeral del padre de mi amigo Florencio, pese al frescor del mediodía otoñal. Claro que entre tanto pariente, quedé relegado al último lugar de ese moderno camposanto, de exuberante verdor matizado con millares de flores. El sopor me invadió con los discursos. No conocía al muerto y si estaba ahí era para acompañar a mi  amigo en tan difícil trance, por lo que desconocía si lo que decían los oradores era verdad, ni si sus bondades, siempre agigantadas en estos casos, eran simples zalamerías que ratificaban que no hay muerto malo.  En todo caso, Florencio nunca me había hablado de su padre. Mientras me balanceaba medio dormido, la vi. Estaba sentada en el césped, a unos veinte metros, junto a un entierro reciente. Tenía su rostro oculto por unas gafas oscuras que me impedían saber lo que ocurría tras ellos. Me la imaginé llorando mientras jugaba con una rosa entre sus manos. De pronto se inclinaba hacia la tumba, que a la distancia parecía recién cerrada y tomaba un puñado de tierra en su mano, devolviéndola lentamente a su sitio. Yo la contemplaba absorto mientras las voces de los declamadores repiqueteaban como gotas de lluvia, lejanas y vacías. Era una mujer joven, de no más de treinta años, su pelo negro, corto, envolvía su rostro albo. Vestía una blusa blanca, una chaquetilla oscura, pantalones del mismo color y zapatos negros con un pequeño taco. Me imaginé que despedía a su marido, un hombre joven muerto en un accidente automovilístico. Seguramente antes de partir no tuvo tiempo para dejarle ni un mensaje, ni un “te quiero” susurrado al oído. Tal vez le quedó debiendo el beso de despedida y ella no lo abandona porque necesita cobrar esa deuda impaga. Quizás cuánto tiempo lleva sentada a sus pies, esperando una respuesta a su súplica –medité. Pero de tanto mirarla, cambié de idea. Esa es la ventaja de soñar despierto; puedes acomodar el relato a tu voluntad. Era su madre la que había partido y comenzaba a sentir la soledad de quienes pierden no sólo al ser querido, sino también a quien ha sido el puntal de su existencia. Recordé cómo me sentí yo cuando, siendo un adolescente, perdí a mi madre, arrastrada por la enfermedad. Nunca lloré, pero la sensación de soledad que me invadió me llevó a un desastroso estado anímico que me costó mucho tiempo superar. Mis divagaciones continuaron por largo rato, mientras las voces monocordes repetían una y otra vez, como una letanía, las bondades del padre de Florencio. Entonces, como una chispa que repentinamente se enciende, comprendí que ella era la amante del muerto. ¡Ahí estaba la razón de su presencia! Debía permanecer lejana a la ceremonia para no despertar sospechas entre los familiares, que se preguntarían quién era ella, pero tampoco aceptó permanecer ausente durante la despedida de este amor incógnito para los demás. Con seguridad se conocieron en algún lugar de trabajo, quizás fue su secretaria y él, con el irrenunciable ánimo de aventura de todo hombre, le había prometido amor eterno, aunque la diferencia de edad hacía difícil que en ella floreciera la reciprocidad. Tal vez le dijo que la amaba con locura y que no podían vivir juntos por los problemas que eso le traería con su familia. Quizás le instaló un departamento en el que ella lo aceptaba fastidiada, simulando amarlo, con un trago pagado por él, para yacer en un acto desabrido, acompasado por la senescencia y en una elegante cama, también comprada por él. Cuando encendió un cigarrillo y dejó a un lado la rosa, me llamó la atención. Lo consideré una falta de respeto. ¿Cómo podía fumar mientras sepultaban a su amante? Eso demostraba que a ella sólo la motivaba el interés por obtener una tajada –aunque fuese pequeña —de la fortuna del muerto. Pero aunque así fuera, estaba obligada a guardar las apariencias. Tampoco me gustó cuando bebió sin disimulo de una botella de agua mineral. A mi parecer, no estaba acorde con las circunstancias. Quizás, a medida que me hago viejo, me voy llenando de prejuicios –pensé. ―A la gente joven no le importan estas manifestaciones de frialdad que tanto nos impactan a los que crecimos pensando que la muerte era una tragedia. Estos muchachos sienten que es un tránsito, un paso irrenunciable y así lo toman. Con excesiva ligereza, a mi entender. Un silencio profundo cayó en el lugar cuando se desvaneció la última palabra del último discurso. Entonces, comenzó la interminable sesión de abrazos y pésames, en la que todos parecen querer ser el primero en expresar su incierta pena, y yo, parte del sistema, me acerqué a Florencio para repetir la rutina. Mientras lo abrazaba, me costó reprimir los deseos de preguntarle si conocía a la muchacha que observaba el funeral desde lejos. Cuando me volví, ella ya no estaba. Confundido, miré en rededor por si veía su figura empequeñecerse con la distancia. Fue inútil. Se había esfumado. Ya la había olvidado cuando caminábamos hacia la puerta del camposanto y Florencio me pidió que lo acompañara a la oficina del cementerio por unos papeles. Y ahí estaba ella tras el computador, sin sus gafas, con una sonrisa forzada, preguntándole a mi amigo: ―¿En qué lo puedo ayudar?

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