LA MALDICIÓN DE LA VIUDA NEGRA

maldición viuda negraCuento de Fernando Lizama-Murphy

Pudo ser mi manía por el orden o el aburrimiento por la espera lo que me llevó a enderezar ese cuadro que estaba inclinado en la casa de mi tía Eufemia. Ella me había pedido que la acompañara al médico y mientras la aguardaba, no se me ocurrió nada mejor que tomar el cuadro para dejarlo completamente horizontal. Fue en ese momento cuando sentí la picadura en el dedo índice. Retiré mi mano y vi una araña viuda negra buscar refugio detrás de la pintura. No sé si interrumpí su sueño o su coito, pero que reaccionó con violencia, de eso no hay dudas.

Al principio, no le di mucha importancia, pero pronto un calambre comenzó a recorrer mi cuerpo y mi miembro viril, sin que yo hiciese nada para ello, se erectó hasta llegar al tamaño que me hubiera gustado tener la tarde en que salí chueco con la rubia del banco.

Desde la consulta del doctor de mi tía, donde me diagnosticaron que me afectaba un priapismo, enfermedad que todos los hombres quisieran tener pero que cuando la tienen se convierte en una maldición, me enviaron directo al hospital, donde me llenaron de sueros y jeringazos que aliviaban en algo el dolor, pero que no conseguían que yo arriara la bandera. En la sala de espera, mi señora con mi tía preguntaban por mí y nadie sabía darles una respuesta, pese al desfile de mujeres de blanco que entraban en mi habitación y que levantaban la sábana, tapándose luego la boca como para evitar que les entrara algo distinto al asombro.

A mí, con el dolor y la molestia de estar con ese apéndice en constante erección, ya tenía bastante, pero además estar convertido en la atracción del circo hospitalario, me daba vergüenza. Tanto que me hubiese gustado vanagloriarme de mi virilidad y ahora que tenía la ocasión, me avergonzaba. A veces no hay cómo darle en el gusto a uno.

La niña que quedó para cuidarme durante la noche, una gordita nada de fea, seguramente avisada por sus colegas, no más entrar me levantó la sábana y también abrió los tremendos ojos y se tapó la boca, pero a diferencia de las otras, pareció decir ésta es la mía, me ató a la cama  y se sentó sobre mí, empeñada en conseguir aquello que los medicamentos fueron incapaces. Yo me revolcaba en una mezcla extraña de dolor y placer y varias veces estuve a punto de gritar pidiendo ayuda, pero algo me apretaba la garganta y seguía padeciendo los embates de esta hembra empeñosa, que no cejaba en sus intentos por hacer volver las cosas en su lugar.

Cuando la sorprendió otra niña en estos menesteres, también quiso tener su parte de la torta, o del cuchuflí sería más acertado decir, y entre las dos me siguieron dando hasta que me desmayé. No sé qué hora serían, pero ya era tarde.

Tampoco sé si mientras estuve inconsciente habrán continuado abusando de mí, pero lo concreto es que cuando recuperé el conocimiento, mi aparato continuaba al tope, mientras mi mujer y mi tía me miraban con ojos compasivos, paradas frente a la cama.

Al verlas, les pedí que por favor me sacaran de ese hospital, que ahí estaban cometiendo las peores atrocidades en contra mía, pero ellas creyeron que era parte de mi delirio y no me hicieron caso.

Por la tarde, cuando parecía que todos dormían una siesta, reapareció la gordita, ahora tierna, cariñosa. Me acarició y besó como si yo fuera su osito de peluche, pero cada cierto tiempo metía su mano por debajo de la ropa y emitía exclamaciones lujuriosas. Me la imaginé como a una fiera que estaba guardando parte de la comida para la noche. La verdad es que a esa altura el dolor y los calambres habían disminuido mucho y sólo me quedaba la desagradable sensación producida por esa erección permanente.

Estábamos en eso, o mejor dicho ella estaba en eso, cuando llegó el doctor y luego de revisar mi tripa, que continuaba  firme como un roble, determinó que si el problema persistía, no quedaría más que operar.

―¿Y en qué consiste la operación? –pregunté con un hilo de voz.

―¿En qué se imagina usted? –respondió él.

―Córtela doctor, mire que soy re malo para las adivinanzas – repliqué yo.

―Usted lo ha dicho, pues hombre: córtela. En eso consiste la cirugía. Ni más ni menos.

Debo de haberme puesto más lívido que la sábana que me cubría, porque hasta la gordita se volvió a llevar la mano a la boca, como pensando que no podían hacerle eso a ella, que lo estaba pasando tan re bien.

Cuando llegaron mi mujer y mi tía, el doctor las estaba esperando para anunciarle la decisión:

―Señora, si mañana su marido amanece en las mismas condiciones, no nos quedará más que amputar –le dijo el doctor y mi vieja abrió los ojos, se llevó la mano a la boca y se puso a llorar. No sé si porque me iban a operar o porque esa parte de la anatomía pasaría a ser comida para los perros, no lo sé. Lo único que la escuché decir fue que si se debía llegar a ese extremo, le podrían entregar la tripita en un frasco de formol. Para ella esa parte había sido tan importante, que no se podía resignar a perderla así como así. El doctor aceptó complacido. Claro que cuando todos salieron de la habitación, la gordita me dijo que si alguien tenía derecho a quedarse con la presa era ella, que mal que mal era la que más había hecho para que yo sanara, aún a riesgo de contraer alguna enfermedad transmitida por ese apéndice que podía estar hasta infectado.

Terminada esta alocución, parece que se acordó para qué servía mi aparato y volvió a las andanzas, igual que la noche anterior, claro que ahora tomó pocas precauciones, convencida de que nadie entraría a mi cuarto. Cuando regresó mi señora porque se le había quedado el celular, me encontró atado a la cama y la gordita encima, dándose un banquete conmigo, por una parte imposibilitado y por otra sin ganas de defenderme.

El combo que le propinó mi mujer dejó a la libidinosa e insaciable gordita en el suelo, enredada entre las mangueras y los cables de los aparatos que me monitoreaban. No contenta con eso, agarró la cama en la que yo permanecía atado y la sacó por la puerta, la arrastró por los pasillos, mientras otros funcionarios intentaban en vano impedírselo. Nadie se puede imaginar cómo es mi mujer enojada. Los tipos volaban de un lado a otro cada vez que intentaban impedirle el desplazamiento. Así llegó al ascensor, bajamos hasta la entrada, donde nos esperaba una guarnición completa de empleados auxiliares, enfermeras y doctores, entre ellos el que había amenazado con cortarme mi adminículo.

Entre tanta refriega, no me había percatado que todo había vuelto a la normalidad ―en lo que respecta a mi anatomía me refiero—y el doctor, al ver que la sábana ya no abultaba, la levantó para encontrarlo tan lacio como casi siempre. Para evitar que el conflicto se agudizara, me dio el alta en ese momento y me envió en ambulancia a la casa, donde mi mujer se arrepiente todos los días por no haber aprovechado la picadura de la araña.

Yo también la extraño, lo mismo que a la gordita.

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