SIMÓN BOLÍVAR, EL LIBERTADOR LIBERTINO

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

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        Simón Bolívar (1783-1830)

Los libros de historia, sobre todo aquellos destinados a los escolares, resaltan las virtudes de liderazgo, el valor y el sentido de la oportunidad de los próceres, pero se saltan, quizás por parecerles intrascendentes, muchas de sus características más terrenales. Se olvidan que además de héroes, son seres humanos. Los historiadores comienzan a buscar en los archivos información respecto de los acontecimientos importantes en la trayectoria de un personaje y, ¡oh sorpresa!, se encuentran con vidas paralelas que distan mucho de ser gloriosas.

Tal es el caso del prócer venezolano Simón Bolívar. A pocas personas se les conoce una historia amorosa tan nutrida como a él. Dos investigadores sobre el tema, el colombiano Eduardo Lozano Torres y el venezolano Ramón Urdaneta, han logrado descubrir hasta treinta y cinco mujeres, de las que existe algún registro, que yacieron con Bolívar en distintos países, ciudades y circunstancias. Si tenemos en cuenta que murió de 47 años, resulta fácil asegurar que tiene un promedio difícil de igualar para un personaje de su trascendencia histórica.

Y esto sin considerar que habrá romances fugaces que no han podido ser ratificados ni conocidos, porque parte del archivo con sus cartas personales naufragó en noviembre de 1873 junto con la nave Ville du Havre. En ella viajaba el historiador venezolano Felipe Larrazábal, autor de una biografía de Bolívar, que tenía la misión de editarlas. Incluso se dice que el naufragio fue provocado por un familiar del prócer, que por este medio extremo intentó resguardar la imagen de su pariente.

Pero de una u otra fuente Lozano y Urdaneta han logrado recopilar el material necesario como para reconstruir una parte importante de las historias románticas y de alcoba del Libertador.

Partamos diciendo que, como descendiente de una familia acomodada, poseedora de haciendas, es posible suponer que tuvo acceso a la virtud de muchas esclavas e hijas de campesinos que se sentían halagados ─o aparentaban sentirlo─ porque sus hijas perdieran la virginidad con el hijo del patrón. Lo de disponer de la virginidad de una niña no era simplemente un capricho juvenil, sino que obedecía además a la certeza de que estas muchachitas estaban libres de la enfermedades de transmisión sexual. Por eso la preferencia por ellas.

Por otra parte, se sabe que el padre de Bolívar, don Juan Vicente Bolívar y Ponte era un hombre libidinoso, que le pagaba a mujeres para que le informaran de muchachas hermosas de sus tierras y poder llevarlas al lecho o al pajar. De hecho, le siguieron un juicio, iniciado por un obispo, en el que más de veinte víctimas declararon en su contra reconociendo tener hijos de él. Pero la justicia, siempre al lado del poderoso, lo exoneró de toda culpa.

La vida amorosa oficial, o de la que existe un registro, del joven Simón se inició en México, en 1799, donde arrugó las sábanas de la dama María Ignacia Rodríguez Velasco que, a sus diecinueve años, ya contaba con varios matrimonios con ancianos que la habían dejado viuda, ayudándola a llenar su billetera. Deberíamos decir ancianos cornudos, porque la damisela en cuestión no vacilaba mucho para buscar a alguien que supliera las carencias propias de la edad de los desposados. Entre los que compartieron su lecho, además de varios clérigos, se encontraba el mismísimo Alexander von Humboldt, el científico alemán. También llenó parte de su vacío el emperador Agustín Iturbide. El joven Simón, tres años menor que ella,  contribuyó durante dos meses al incremento de las cornamentas de los vejetes.

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                                      Matrimonio con María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza.

Después Bolívar viajó a España para completar su preparación militar, y en tierras íberas conoció a la que sería su única esposa: doña María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza.  Enamorado, debe pedir autorización al ministro para la boda, por ser parte del Batallón Aragua. Se casan en Madrid en mayo de 1802. Recién desposados viajan a Venezuela para establecerse en el fundo San Mateo, propiedad de los Bolívar. Pero el clima rechaza a la novia que, ocho meses después del matrimonio, en enero de 1803, muere en Caracas víctima de la fiebre amarilla.

Para pasar la pena, en 1804 Simón viaja a París, donde encuentra consuelo en los brazos de Fanny Dervieux, mujer casada con un hombre un cuarto de siglo mayor que ella y que encuentra en el fogoso sudamericano aquello que su marido no es capaz de brindarle. Durante seis meses se entregan a una pasión que deslinda con el escándalo, pero él ya ha sido tocado por la vara de la política y decide distanciarse para continuar con su preparación para las lides que venían.

Resulta evidente que la soledad no rimaba con el apellido Bolívar y pronto comienza un idilio con Teresa Lesnais, madre de la que sería la escritora Flora Tristán, más tarde abuela de Paul Gauguin. Incluso algunas versiones aseguran que la Tristán sería hija del Libertador, pero su acta de nacimiento es de 1803 y Bolívar llega a Francia en 1804, conociendo a Teresa hacia fines de ese año o a comienzos de 1805. Que fueron amantes, no hay dudas, pero en apariencia es imposible la paternidad que se le pretende endosar.

Viaja por Europa y tiene algunos romances fugases en Italia, donde se codea con ciertos círculos intelectuales. Por esa época, Napoleón se estaba adueñando de Europa y Bolívar decide regresar a su país, donde se entera de la invasión napoleónica a España. Conoce la reacción de los realistas, leales al rey Fernando VII, y también la de aquellos que quieren aprovechar la coyuntura para, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, declarar la independencia. Esta es la idea que él suscribe.

Se inicia un período de debates y confrontaciones y muy pronto comienzan las actividades bélicas que lo llevan a deambular por todo el país, oportunidad que aprovecha para invadir varios lechos, como el de la señorita Anita Lenoit, de origen francés y de diecisiete años, que se enamora perdidamente de él. Le cuesta convencerla de que está predestinado a una labor superior y la deja embargada en la más profunda tristeza.

Continúa su lucha y en 1813 conquista Caracas donde también conquista el corazón de Josefina Machado Madriz, “Pepita”, que se convertiría en una de las mujeres más influyentes en la vida de Simón, durante una relación que duró seis años. Pepita fue su brazo derecho, participó en las campañas, cocinó y cosió ropa para la tropa, se preocupó de las finanzas y de muchos otros aspectos que Bolívar no dominaba. Todo eso, además de calentarle la cama. Pero todos estos esfuerzos y sacrificios no significaron para el prócer un compromiso de fidelidad. Pepita Machado dio su vida por la causa bolivariana. Falleció de tuberculosis en plena campaña, en un caserío llamado San Juan de Paraya, cerca de Achaguas.

En 1815, mientras estaba en campaña, se encuentra en Cartagena con su prima Isabel Soublette, una rubia de ojos azules que le consuela por un breve tiempo en su soledad.

Por razones de Estado, ese mismo año viaja a Jamaica, donde una criolla de ascendencia francesa lo acoge en su seno y esto le permite salvar la vida. Una noche, un mercenario contratado para asesinarlo intenta atacarlo en su habitación, mientras supuestamente duerme en compañía de Julia Corbier, también conocida como madame Julienne. Pero el prócer andaba en una de sus exploraciones nocturnas en otro lecho. En su lugar muere Félix Amestoy.

Una de las pocas damas que lo rechazaron fue la bogotana Bernardina Ibáñez. Ella estaba enamorada de otro hombre y resistió todos los embates del ilustre héroe de la Independencia, que a las perdidas, sedujo a la hermana, Nicolasa Ibáñez.

En Pié de Cuesta, Colombia, mantiene un romance con Ana Rosa Mantilla, con la que engendra un hijo de nombre Miguel Simón Camacho, que después cría la sobrina del Libertador, casada con un señor de ese apellido. A propósito de esto, mucho se especuló respecto de una posible esterilidad del héroe, que el mismo se esforzó por desmentir en algunas cartas. Pero el tema de su descendencia amerita otra crónica.

Mientras continuaba hacia el sur en su guerra de conquista, en Palmira, también en Colombia, intima con Paulina García, una morena de veinte años.

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                     Manuela Sáenz.

El 16 de junio de 1822 Bolívar entra triunfante a Quito y es recibido por una lluvia de flores arrojadas desde los balcones de las casonas coloniales. Detrás de una de las flores aparece la mano de Manuela Sáenz de Thorne, esposa de un comerciante inglés, dama que muy pronto conquista el inquieto corazón del Libertador.

En la fiesta de recepción se inició el idilio que sólo terminó con la muerte del prócer, en 1830. Al igual como antes lo hiciera Pepita, lo siguió en los campos de batalla, en los asuntos de Estado e incluso se interpuso entre los asesinos y él, dándole tiempo para huir, en otro intento de ultimarlo en el Palacio de San Carlos de Bogotá (hoy Cancillería de Colombia).

Los atentados contra Simón también darían material suficiente para otra crónica.

Los enemigos de Bolívar se dedicaron a desprestigiar a Manuelita, acusándola incluso de lesbianismo. La verdad es que parece que era bastante amachada, fumaba, montaba como un hombre, aunque además era dueña de una cautivante belleza, según algunos de sus contemporáneos.

Pero esta relación no impide que nuestro héroe continúe en paralelo por el camino de las conquistas de faldas. En Guayaquil enamora a una adolescente de diecisiete años, Joaquina Garaicoa Llaguno, a la que le engendra un hijo deficiente mental, según aseguran quienes los conocieron.

Después de Ayacucho, conoce a Manuelita Madroño de dieciocho años y en Arequipa a Paula Prado. En junio de 1825, en Cusco le pone cuernos al “Cholo” Agustín Gamarra, con su mujer Francisca Zubiaga. En agosto, en La Paz, fue el turno de Benedicta Nadal, y en octubre del mismo año, en Potosí, el de María Joaquina Costas, casada con un general argentino y que en el lecho le avisa al prócer de una conjura para matarlo. Esta misma mujer queda embarazada de Bolívar y tiene un hijo al que bautiza José Antonio Costas.

En 1826, en el Callao conoce a la irlandesa Jeanette Hart, a la que visita varias veces a bordo del barco United States, hasta que la nave continúa con ella su viaje hacia Valparaíso.

Quizás decidió serle fiel a Manuelita Saenz o tal vez ya la enfermedad que lo llevó a la tumba, un trastorno hidroelectrolítico, que se convirtió en tuberculosis, le disminuyó la libido, lo concreto es que desde 1826 hasta la fecha de su fallecimiento, no se conocen nuevas conquistas de féminas en la nutrida bitácora romántica del Libertador.

Para esta crónica se han elegido aquellas mujeres que fueron más trascendentes en la vida de Bolívar, lo que no significa que fueran las únicas amantes de las que existen evidencias. Completaremos este registro con varios nombres que podrían ser la lista de curso de un colegio de niñas:

Asunción Jiménez

Aurora Pardo

Benedicta Suárez

Delfina Guardiola

Gertrudis del Toro

Isabel Jiménez

Jeanne Bowvril

Josefa Sagrario

Josefina Álvarez de Lugo

Josefina Núñez

Juana Pastrano Salcedo

Manuelita White

María Barrios

María Concepción Loperana de Castro

Marina de Milán

Marina López

Teresa Mancebo

Muchos de los enemigos de Bolívar fueron maridos cuyas esposas cedieron a sus encantos y quizás su gloria hubiera sido mayor si no hubiese postergado asuntos de Estado o de estrategia por permanecer junto a una mujer, como ocurrió con la expedición libertadora de Venezuela, que se detuvo en Los Cayos, Haití, por cuatro días a la espera de que Bolívar saciara sus apetitos sexuales con Manuelita Sáenz, a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Algunos de sus aliados culparon a este retraso por el fracaso de la incursión.

Pero a estas alturas nada de eso importa. La gloria de Bolívar, su aporte a la independencia de muchos países de América Latina, va por lejos más allá de su exuberante vida íntima. Además, en su Venezuela natal, se le rinde culto a nivel popular. Junto con los monumentos en casi todas las plazas del país, se le levantan altares familiares en los que se le piden favores, como si fuese un canonizado más. Al parecer, nadie recuerda o nadie sabe de su otra vida, la de fogoso amante. O tal vez es un ídolo además por esto. Quién sabe.

Mirando la situación con la perspectiva de nuestra época, resulta difícil de comprender que en una sociedad colonial que suponíamos mojigata, repleta de supersticiones y prejuicios religiosos, donde muchas mujeres optaban o se le imponía la vida conventual, tantas estuviesen dispuestas a acceder a los requerimientos sexuales de un hombre, por muy famoso o seductor que fuera. Quizás la clave está en las muchas damas que eran desgraciadas porque fueron obligadas a casarse en matrimonios por conveniencia.

Sin duda, Simón Bolívar era un don Juan con grandes recursos persuasivos. Tal vez la hipocresía y la gazmoñería estaban mucho más arraigadas de lo que nos quiere presentar la historia oficial. Pero de que el prócer debe de haber disfrutado mucho esa faceta de su vida, qué duda cabe.

Fernando Lizama-Murphy

Enero 2016

Un comentario en “SIMÓN BOLÍVAR, EL LIBERTADOR LIBERTINO

  1. Eduardo Lozano Torres

    Fernando: soy Eduardo Lozano Torres, autor del libro “Bolívar, mujeriego empedernido” y acabo de leer su artículo Simón Bolívar el libertador libertino en el que encuentro algunos datos que me permito aclarar, no sin antes preguntarle con mucho interés acerca de el Acta de nacimiento de Flora Tristán que usted fija en 1803. He tratado de conseguir ese dato desde hace tiempo, pero hasta ahora encuentro esta fecha en su nota. Por ello le solicito comedidamente me indique la fuente en la que encontró esta fecha, pues tengo la duda de si Flora nació en 1802 o en 1803. Tengo el dato de su partida de bautizo que si es de 1803, pero no la de su nacimiento.
    Me permito hacerle una aclaración sobre la fecha en la que se conocieron Bolívar y Teresa Laysney, pues usted menciona que fue a finales de 1804 o comienzos de 1805, pero realmente eso sucedió a finales de marzo de 1801 en Bilbao. Igualmente debo aclarar que Bolívar sedujo a Nicolasa Ibañez en la poblaciónde Ocaña en 1813 (Bernardina apenas tenía 9 años) y no después de que Bernardina se negara a aceptarlo, que fue años después en Bogotá. Bernardina era ocañera y no bogotana.
    Disculpe mi intromisión, pero creo que usted la tomará positivamente.
    Cordial saludo;
    Eduardo Lozano Torres

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