LA INCREIBLE HISTORIA DE VICTORIANO PIG

Obreros salitrerosCrónica de Fernando Lizama-Murphy

¿Qué hace que un hombre físicamente disminuido, trabajando en uno de los parajes más adversos del mundo y en una de las actividades más ingratas saque fuerzas de flaquezas para seguir dando la lucha por la vida?
La historia de Victoriano Pig González es un ejemplo de superación contra la adversidad.
No conocemos la fecha de nacimiento de este español, pero sabemos que fue en Santa María la Real, cerca de Segovia. Sabemos también que, atraído por el olor del argento, llegó a América alrededor de 1875 para trabajar en el mineral de Caracoles. Pero el desierto entregó muy rápido todos los tesoros que escondía en esa zona y en sólo ocho años fue asolado por ambiciosos mineros. Duró poco, casi como un sueño y para Victoriano, que llegó casi a los despojos, fue un sueño muy efímero.Pero se convirtió en uno más de los enamorados del desierto y, tenaz como era, decidió continuar la búsqueda de su propio Eldorado.
Así comenzó en el salitre, participando en sociedades explotadoras del mineral. Pero el aire sofocante de las oficinas lo asfixiaba. Necesitaba estar cerca de las entrañas de la tierra que entregaba el nitrato. Se transformó en cateador.
Según Andrés Sabella, en su libro “Norte Grande”: “El cateador no tenía ojos. Llevaba dos nidos de lince en su lugar. Y adentro de él iba otro hombre sutilísimo, lleno de intuiciones para presentir el yacimiento con sus riquezas. Ni la mujer ni el alcohol eran capaces de retenerle.
Los cateadores fueron los responsables de descubrir la mayoría de los yacimientos salitreros que aparecieron a lo largo y ancho del Desierto de Atacama. Hasta los acusan de ser los verdaderos causantes de la Guerra del Pacífico. Como no sabían de fronteras, continuaron más allá de los territorios que los países reconocían como propios, seguidos de aquellos que querían explotar lo que se iba descubriendo. Sin darse cuenta, se habían introducido en el patio del vecino.
Dicen que descubrían los yacimientos con el sol del atardecer, que hacía cambiar el color de la tierra en la que se escondía el preciado mineral.
Victoriano Pig se convirtió en uno de los mejores. Pero cargaba, sin saberlo, un enemigo acérrimo dentro de él. Una enfermedad llamada ateroma arterial, que en esa época y con mayor razón aún en esa zona, no tenía remedio. El ateroma, implacable, consumía su cuerpo desde adentro, gangrenado sus extremidades. Pig no se amilanó y comenzó a hacerse cercenar a medida que la enfermedad avanzaba.
Diecinueve mutilaciones lo convirtieron en un busto de un metro de alto, sin brazos ni piernas, que se hacía trasladar en un carrito mientras seguía buscando salitre en esa tierra que se resistía a ser domeñada. Cuando el carrito no podía avanzar por lo escarpado del terreno, lo tomaban en angarillas y continuaban con él a cuestas. Muchas veces, con sus porteadores agotados subiendo cerros, lo trasladaron al lomo de una mula para que continuara cateando.
Démosle la pasada a esta maravillosa descripción que hace Sabella en la citada “Norte Grande”: Y ningún relato ─acaso─ habla más hondamente del instinto del cateador, que la vida del español Victoriano Pig González. Creció con el hambre del azar en sus labios y se hizo al desierto como un marino que investigara el poder del viento en un océano desconocido. ¿Cuántos años vagó y vagó? iQué importan las fechas! Una vez, un pie sintió la picada de la gangrena (lo devoraba el ateroma arterial), Don Victoriano se decidió: icortadlo! Y, así, el cuchillo fue, poco a poco, subiendo por sus piernas, devorante, insatisfecho, hasta que sumó diecinueve amputaciones. Era, prácticamente, un busto tembloroso y sediento. Lo más preciado del cateador quedaba en los recipientes de un médico cualquiera. ¿Era esto bastante para tornar al hombre, en la estatua de la desventura? ¡No! Don Victoriano había sentido el rumor grandioso del infinito en sus temporadas de exilio y de esperanza en el desierto. Se fabricó una carretilla y, sentado en ella se lanzó, por quién sabe qué vez, a catear el pecho de la pampa. Es de imaginar la sustancia moral de este varón que no se detenía ni aun ante el fracaso macabro de su propio cuerpo. iEra cateador!, vale indicar, hombre de horizontes. Y, como tal, no podía permanecer en la paz de un hogar donde la caridad y la compasión abrían sus alas pueriles. ¡Ancha es la ruta de la muerte! Don Victoriano recorrió la pampa en su extraño carruaje. Se arrastró. Sufrió. Pudo morir lentamente, en la sombra de una casona vulgar. Pero, icuán tentadora era la mejilla dorada del desierto! ¡Allá, a morir como un hombre de fuego, como los capitanes en el puente de mando de su nave! Las huellas y la soledad, el calor y las camanchacas y la puna y el silencio, se hicieron a un lado para dejarle paso a este hombre que les desafiaba con apenas un metro de humanidad.

Algunas versiones dicen que murió en su ley, extraviado en los vericuetos desérticos y abandonado por sus compañeros que, extenuados, no lo pudieron seguir cargando.
Otros aseguran que, cuando ya no se pudo mover más y quedaba poco por amputar, se fue a Santiago donde murió soñando que olía salitre.
Fuera como fuera, seguramente de su cuello colgaba el escapulario de la Virgen de la Soterraña, patrona de su pueblo natal y a la que acudía pidiéndole fuerzas para poder seguir.

©Fernando Lizama Murphy

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