LA MUERTE VIAJABA EN EL “CAZADOR”

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

El CazadorEl 8 de Diciembre de 1851, en la batalla de Loncomilla, ocurrida en las postrimerías de la Guerra Civil, los rebeldes del sur de Chile fueron derrotados por el ejército gobiernista comandado por Manuel Bulnes.

Parte de las tropas vencidas, entre los que se contaban algunos mapuches dirigidos por el cacique Colipí, temerosos de represalias y sin tener un destino claro, se agruparon en montoneras que se dedicaron a asaltar campos, pueblos y ciudades, sembrando el pánico y la inseguridad entre los habitantes del sur del país. Esto obligó al gobierno a enviar un ejército para restaurar la paz.

Cuatro años después, cuando se consideró que el objetivo estaba cumplido, se inició el retiro de los soldados y de sus familias. Porque muchos formaron un hogar en los lugares donde estuvieron acantonados y otros, al ver prolongada su permanencia, trasladaron mujeres e hijos desde sus ciudades de origen.

El 30 de enero de 1856 le correspondió el turno de regresar a Valparaíso al Sexto Batallón del Regimiento Segundo de Línea y a sus familias. A las 11.30 de la mañana zarparon desde Talcahuano en el vapor Cazador, de la Armada de Chile, cuya tripulación, compuesta por 65 marineros, la encabezaba el capitán Ramón Cabieses.

El Cazador, barco para carga y transporte de personas, construido en Francia y adquirido de segunda mano en 1848, fue la primera nave a vapor de la escuadra nacional. Se impulsaba mediante el sistema de paletas laterales, utilizando sus máquinas de 140 HP conjuntamente con el velamen para lograr los 9 nudos de velocidad máxima. Desplazaba 250 toneladas y su precario armamento se limitaba a tres cañones de bajo calibre.

Para ese viaje, el pasaje lo componían 98 soldados, más de 160 mujeres, una cantidad algo menor de niños y una docena de pasajeros, la mayoría funcionarios de gobierno. Por razones que se desconocen, transportaba además a un número indeterminado de polizones.

La nave se desplazaba en calma, con brisa a favor, a una velocidad promedio de 6 nudos, lo que le permitiría arribar al atardecer del día siguiente a su destino. Incluso los músicos del regimiento interpretaron algunas piezas para amenizar la travesía.

Pero a las ocho, cuando el sol comenzaba a perderse en el horizonte, se produjo la tragedia. En Punta Carranza, entre Chanco y Constitución, el barco encalló en los roqueríos, distantes unos dos kilómetros de la costa. El informe oficial, emitido por Cabieses, señala que el impacto se debió a un descuido del oficial del guardia, teniente 1° Roberto Simpson, porque a esa hora y en pleno verano, la luz diurna aún permitía una buena visibilidad.

El capitán, tratando de salvar la nave y a los pasajeros, intentó desprenderla de su atolladero utilizando las máquinas en reversa, pero fue peor. El Cazador se partió en dos, hundiéndose en veinte minutos. Solo cuatro botes salvavidas, los de popa, lograron ser bajados; dos de ellos se estrellaron contra las rocas, pereciendo sus ocupantes, en tanto los otros dos fueron arrastrados por la corriente y solo al día siguiente lograron tocar la costa. En uno de ellos se salvó el capitán Cabieses.

Puede suponerse que a bordo de la nave el caos era total. La orden de zafarrancho, tocada a corneta por un joven recluta del regimiento, no sirvió de mucho; mientras oscurecía, la mayoría de las mujeres y los niños quedaron entregados a su suerte en medio del descalabro incontrolable.

El saldo del naufragio, informado por el capitán, es dantesco. Murieron ahogados todos los niños, 166 mujeres, 90 entre soldados y oficiales del Segundo de Línea, 48 tripulantes, 9 pasajeros y un número indeterminado de polizones. El total de fallecidos se estima en 458 personas, convirtiendo a este naufragio en la tragedia naval más grande de Chile en tiempo de paz y una de las mayores de América Latina.

Durante varios días el mar devolvió cuerpos de los infortunados. Quienes participaron en el rescate fueron testigos de escenas dramáticas, como madres abrazadas a sus hijos o matrimonios atados en el abrazo final.

La opinión pública de la época volcó su ira en contra de Cabieses, que fue sometido a Consejo de Guerra. Pero resultó absuelto de toda culpa, reintegrándolo a la Armada para que trabajara en levantamientos hidrográficos en las islas Guaitecas. Posteriormente estuvo a cargo de otros navíos e incluso llegó a ocupar cargos directivos en la Marina.

Solo en 1895 y después de otro naufragio con saldo fatal, el del John Elder, se construyó el Faro Cabo Carranza, que aún está en servicio.

En la playa Loanco, roqueríos ahora repletos de lobos marinos, nos señalan el lugar donde ocurrió la tragedia. Ahí también se levanta un monolito en recuerdo de este triste y casi desconocido episodio de nuestra historia naval.

Fernando Lizama-Murphy
Diciembre 2016

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