LA CIUDAD DE LOS CÉSARES III

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

“…bien juzgo yo que aquel navío que los Nodales toparan perdido y varado en el Cabo de Las Vírgenes, es el navío de Argüello, que allí mismo se perdió y varó unos veinte años antes que llegaran los Nodales allá…”. Nicolás Mascardi SJ  (Fragmento de “Relación sobre el descubrimiento de la Ciudad de Los Césares  y conversión de los infieles que habitan los llanos hasta el Estrecho de Magallanes”, 1670)

Ciudad de los Césares

Tercera Fuente

La fiebre de los descubrimientos y conquistas que despertó Cristóbal Colón resultó incontrolable para toda Europa. Las naves que zarpaban desde los puertos españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses, repletas de marineros cargados de sueños rumbo a estas tierras hasta hace poco desconocidas, eran muchas. Algunos se hacían a la mar en muy precarias condiciones. Otros reunían recursos, solicitaban créditos u obtenían el padrinazgo de algún inversionista para equipar su expedición; y, por supuesto, estaban los que viajaban al amparo de alguna bandera. Todos zarpaban rumbo a las nuevas tierras en busca de la gloria, la fortuna o la muerte.

El 21 de septiembre de 1534 zarpó desde el Guadalquivir, con dos naves y 250 tripulantes, la flota de Simón de Alcazaba. El rey de España le había concedido la gobernación de Nueva León, consistente en 200 leguas al sur del paralelo 36°, lo que lo convertía en dueño de casi todo el extremo sur de Sudamérica. Este marino portugués, que a la sazón ya tenía más de 64 años, había decidido establecer su residencia en la costa del Pacífico, por lo que en enero de 1535 intentó cruzar el Estrecho de Magallanes. No lo consiguió y debió regresar para fijar un centro de operaciones provisorio en un lugar llamado Caleta Hornos, en la costa del Atlántico. Desde aquí inició una expedición con la que pretendía llegar por tierra al lugar en el que pensaba residir. Logró internarse setenta leguas (340 km) dentro de un territorio inhóspito. Escaseaban los alimentos y el frío los atenazaba. Con su salud quebrantada, Alcazaba debió regresar a Caleta Hornos, donde estaban ancladas sus naves, mientras que sus acompañantes, dirigidos por el capitán Juan Arias, continuaron hasta llegar a la ribera del río Chubut. Pero como no encontraron nada de lo que buscaban, ni oro ni alimentos, regresaron a las naves decididos a amotinarse para retornar a España o dedicarse a la piratería. Abordaron de noche y asesinaron a Alcazaba mientras dormía. En el posterior enfrentamiento entre los leales al gobernador y los amotinados, triunfaron los primeros que condenaron a muerte a los vencidos. De éstos, varios lograron huir, permaneciendo en tierra cuando las naves zarparon rumbo a la península Ibérica.

Los fugitivos nuevamente se habrían internado en el territorio, hasta encontrar aborígenes con los que lograron establecer buenas relaciones. Se supone que se arrimaron a ellos, que formaron familias y que cuando llegó el momento de organizar su propio núcleo, según las costumbres ancestrales, se habrían dirigido hacia la cordillera patagónica, donde encontraron terrenos aptos para el cultivo. Según la leyenda, ahí se asentaron conviviendo pacíficamente con tribus vecinas.

Esta historia tiende a mezclarse con otra, la de la expedición de Gutierre de Vargas y Carvajal, obispo de Plasencia.

Don Gutierre fue un prelado de alta alcurnia, cuya familia le compró el título de obispo cuando tenía 18 años, cargo que no pudo asumir hasta cinco años después por la oposición de los feligreses. Era cuñado del virrey de México, Antonio de Mendoza, que fue quien le inculcó al sacerdote la idea de solicitar la autorización real para colonizar las tierras patagónicas hasta el extremo sur del continente. Entusiasmado con la idea, puso en ella todo su empeño y un gran capital, con el que mandó a construir ocho naves en astilleros vascos. Al final, y con un año de retraso, le fueron entregadas cinco, una de las cuales naufragó durante el viaje hacia Sevilla.

Después de apertrechar, de contratar tripulantes y de cambiar al capitán de la expedición, Francisco de Camargo, por razones no del todo claras, a fines de agosto o principios de septiembre de 1539 las cuatro naves, capitaneadas por fray Francisco de la Ribera, se hicieron a la mar (según algunas versiones, solo fueron tres las naves que en definitiva zarparon desde Sevilla). La historia no dice por qué no viajaba el obispo de Plasencia, organizador del periplo.

El 12 de enero de 1540 echaron anclas frente a la desembocadura del río Santa Cruz, al norte de los que hoy es Río Gallegos. El 20 del mismo mes, las naves intentaron iniciar el cruce del Estrecho de Magallanes, pero una tormenta las dispersó. En medio de una mar gruesa, de vientos arremolinados, de truenos y relámpagos, la nave capitana fue arrojada contra la costa, donde encalló. Por fortuna, casi la totalidad de la tripulación alcanzó a llegar a un lugar seguro.

Una segunda nave hizo grandes esfuerzos por rescatar a los náufragos, pero el mal tiempo se lo impidió. Sus tripulantes decidieron no correr más riesgos y  regresaron a España, después de un azaroso viaje.

Otra de las embarcaciones logró cruzar al Pacífico y navegó por la costa chilena hasta llegar al Perú. Estaba al mando de Alonso o Francisco de Camargo (en distintos documentos figura con uno u otro nombre).

La cuarta nave, si es que existió, también habría naufragado en el estrecho y posiblemente los tripulantes que lograron llegar a tierra, se unieron a los de la capitana.

Los sobrevivientes no fueron pocos: 150 soldados, 30 aventureros, 48 marineros y un grumete. Algunas versiones hablan también de trece mujeres, pero no todos los cronistas coinciden en esto. Estos náufragos, dirigidos por Sebastián de Argüello, que debió asumir frente a la súbita muerte de Francisco de la Ribera a los pocos días de ocurrido el encallamiento, habrían logrado rescatar importantes cantidades de alimentos, armas, municiones e incluso cabras, ovejas, mulas y asnos, que trasladaban a bordo para iniciar su nueva vida en el lugar de destino.

La principal fuente de los hechos que se narran proviene de dos supuestos sobrevivientes del naufragio que, en 1563 ―o sea veinte años después― aparecieron por Concepción, relatando su aventura.

Estos hombres, Antonio de Cobos y Pedro de Oviedo, contaron que luego de encallar y después de organizarse para la travesía, caminaron durante un tiempo largo hacia el norte en un duro viaje  que incluyó enfrentamiento con aborígenes, con fieras y condiciones climáticas extremas. En algún lugar de la travesía, el capitán decidió hacer un alto de cuarenta días. Después continuaron hasta que lograron llegar a una gran laguna en cuya ribera se instalaron (estudiosos del tema deducen que debería tratarse del lago Buenos Aires/General Carrera).

Por instrucciones de Argüello construyeron un fuerte, viviendas y sobrevivieron de la caza, de la pesca y de la agricultura, logrando organizar una comunidad en la que se convivía relativamente bien. Por expresas instrucciones del capitán se evitaron los conflictos con los naturales, buscando conseguir una mutua tolerancia. Los nativos terminaron aceptándolos, muchos de ellos se bautizaron y algunos de los colonos tomaron por esposas, casándose según el rito cristiano, a las mujeres nativas, procreando muchos hijos mestizos.

También refirieron que en las cercanías del lugar en el que ellos se habían establecido, estaba ubicada la rica ciudad de los mitimaes, los fugitivos incas, que se encontraban en conflicto permanente con los aborígenes. Argüello decidió apoyar a éstos últimos para granjearse aún más su confianza. Según los dos aventureros llegados a Concepción, las amenazas de los españoles bastaron para que los incas no continuaran enfrentándose con los nativos.

Al parecer después de algunos apremios, Cobos y Oviedo aceptaron que se vieron obligados a huir tras cometer un asesinato en el poblado español y que primero buscaron refugio entre los incas, donde pudieron conocer a Topa Inca, su emperador, al que describieron como un hombre joven, acogedor y gentil. Aseguraron que fueron agasajados y llevados a la zona donde orfebres realizaban obras en plata y piedras de colores y que incluso les ofrecieron algunas joyas de regalo, que ellos rechazaron a cambio de alimentos y que les permitieran el paso. No solo les dieron esto, sino que los escoltaron hasta que llegaron a Villarrica.

Resulta difícil de creer que una misteriosa colonia inca, que mantenía con tanto sigilo su ubicación, permitiera que dos soldados enemigos atravesaran por su territorio y saliesen indemnes, pero los personajes de la época, al parecer muy ingenuos, aceptaban como verdaderos todos los testimonios de sus compatriotas. Porque no se sabe de alguien que pusiesen en duda esta versión.

Para los españoles residentes en Chile y en Argentina, la llegada de estos dos hombres que habían hecho un largo y accidentado recorrido hasta arribar a Concepción, solo venía a ratificar los rumores que desde hacía tiempo se escuchaban sobre náufragos de la expedición del obispo de Plasencia y sobre la ciudad perdida de los Incas, cuyas míticas riquezas eran el sueño dorado de muchos aventureros.

Estos hechos estaban tan difundidos que, en 1551, cuando Francisco de Villagra viajaba hacia Chile y permaneció un tiempo en la actual Mendoza, envió una expedición al sur que llegó hasta el río Diamante. Su misión era recopilar antecedentes tanto de los españoles que habitaban la Patagonia, como de la Ciudad de los Césares. Quizás lo primero era pretexto para lo segundo. Pero de esta última no obtuvieron ninguna información, aunque si escucharon hablar de unos hispanos que habitaban más al sur.

Casi al mismo tiempo, Gerónimo de Alderete exploraba el sur de Chile y decidió atravesar la cordillera. Ahí tuvo varios enfrentamientos con indios puelches y algunos prisioneros hablaron de los náufragos establecidos en una zona conocida por algunos como Lin-Lin y por otros como Trapananda. También mencionaron a los incas que vivían en un paraje indeterminado, pero no muy lejano. Incluso se hablaba de una ciudad encantada que podía cambiar de ubicación, que tanto se podía divisar en una isla en medio del lago como en las montañas.

Basado en estas informaciones, Pedro de Valdivia, Gobernador de Chile, envió en 1552 al mismo Francisco de Villagra para que realizase una travesía que debía llegar al Atlántico y por la costa de ese océano descender hasta el Estrecho de Magallanes, para regresar bordeándolo. Aparte de explorar esos territorios y si no tenían dueño (español por cierto) anexarlo a su gobierno, la otra misión era contactar con los náufragos de Simón de Alcazaba o los de Plasencia y por supuesto ubicar la tierra de los mitimaes. Los constantes ataques de los nativos y algunas fallas en la planificación, hicieron que esta travesía fracasase, llegando solo hasta el río Limay, cerca de la actual Neuquén. Pero también sirvió para escuchar más testimonios que hablaban de la ciudad de los españoles y de la de los incas.

Estas tres historias, la de los fugitivos de la expedición de Alcazaba, la de los náufragos de la expedición del obispo de Plasencia y sobre todo la de los mitimaes incas, que huyeron de los invasores hacia el sur portando grandes riquezas, se fusionaron en el imaginario popular, dando origen a la leyenda de la Ciudad de los Césares, leyenda que despertó la ambición de muchos durante largo tiempo.

Sin olvidar, por supuesto, la expedición primigenia, esa de Francisco César, que fue la que le dio nombre al mito.

Cuarta Fuente  

Algunos estudiosos del tema incluyen un episodio  de la historia de Chile como el origen de la leyenda de la Ciudad de los Césares. Según esta versión, después del desastre de Curalaba (23 de diciembre de 1598), en el que los mapuches dieron muerte a las tropas españolas y a todos los indios llamados amigos, los guerreros de Arauco asediaron siete ciudades de la frontera, ubicadas en territorios ancestrales, las que finalmente cayeron bajo su dominio, obligando al invasor a plegarse hasta la ribera norte del río Bio Bío.

Este episodio es tan trascendente en la historia de Chile, que marca el fin del período llamado Conquista para dar origen a la Colonia.

Según algunas versiones, habitantes principalmente de Osorno, pero también de Valdivia y de Villarrica, frente a la inminencia del ataque indígena, huyeron hacia el sur, a la zona de los canales australes y por algún sitio lograron cruzar al lado oriental de la cordillera, donde fundaron una ciudad.

Desde Chile se organizaron varias expediciones en busca de los “osornenses” como se les llamó, pero ninguna dio resultados.

No obstante, en su época se pensó que fueron estas personas las que dieron origen a la mítica Ciudad de los Césares.

 Fernando Lizama Murphy
Abril 2017.

3 comentarios en “LA CIUDAD DE LOS CÉSARES III

  1. Nini Tuuli

    Un resumen interesante de aquella tierra de la patagonia de donde soy originaria; .y que por cierto nunca la lei, no me la contaron ni en la escuela, se supone deberia haber estado en los textos de enseñanza escolar de mi época ” La ciudad de los Cesares ” sueño frustrado para quienes querian hacerse de fortuna y fama a costa de usurpación y muerte. Gracias a Usted, de una lectora de la historia de América.

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  2. LUIS Cesar

    muy interesante las tres partes de esta historia. justamente ahora me encuentro cerca de la ciudad de Bariloche Rio Negro y en proximidades de Alicura la Provincia de Neuquen cerca de donde se localiza esa historia es bueno saber que alguien siempre se ocupa de hacer saber estos mitos y leyendas.

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