LA CIUDAD DE LOS CÉSARES II

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

El pavimento de la ciudad es de plata y oro macizo, una gran cruz de oro corona la torre de la iglesia y la campana que ésta posee es de tales dimensiones, que debajo de ella pueden instalarse cómodamente dos mesas de zapatería con todos sus útiles y herramientas. Si esta campana se llegase a tocar, su tañido se oiría en el mundo entero. (Del libro “Chiloé y los chilotes”, Francisco Cavada – 1914)

Ciudad de los Césares

 Segunda Fuente

El descubrimiento de Núñez de Balboa llevó pronto a los españoles a construir una calzada que permitiría una viaje más expedito entre los océanos Atlántico y Pacífico. Necesitaban unir Santa María la Antigua del Darién, en la cuenca continental del Caribe, con Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, primera ciudad fundada en la costa del Mar del Sur. En esta última se inició tanto la construcción de embarcaciones como la exploración de la costa poniente de Sudamérica y desde ahí zarparon expediciones hacia el norte y el sur.

Uno de los primeros aventureros que se adentraron en estas costas recién descubiertas fue Pascual de Andagoyas, que navegó hasta la desembocadura del río Esmeraldas, en lo que hoy es Ecuador, zona ubicada algo más al sur del límite norte del imperio Inca, que en su máxima expansión alcanzó hasta la actual frontera colombo-ecuatoriana.

Aunque no existen testimonios escritos, es muy probable que este explorador haya tenido contacto con avanzadas incaicas, y si no fue así, por lo menos compartió con tribus contribuyentes de los incas o directamente sometidas a ellos, por lo que supo de muy buena fuente sobre el poderío y las riquezas del reino que se situaba más al sur. Los nativos fueron los que le comentaron de las joyas, del oro y la plata que abundaban como los peces en el mar.

Andagoyas tuvo la intención de iniciar solo la conquista de estos territorios de ensueño, pero lo precario de su nave, además de problemas de salud, lo obligaron a regresar a Panamá.

No era la primera vez que los españoles asentados en el continente oían hablar de este pueblo misterioso, pero la proximidad a la que llegó Andagoyas y las maravillas que contó reforzaron las hipótesis de su existencia. Fue el impulso final que faltaba a Francisco Pizarro, Diego de Almagro y al sacerdote Hernando de Luque, para organizar la expedición destinada a la conquista de esos territorios que les quitaban el sueño y les despertaban las ambiciones.

Por sabidos, obviaremos los detalles del dramático sometimiento del Perú. Nadie duda que fue un proceso sangriento. Se sabe de la codicia y lascivia de los españoles; se ha escrito sobre la soberbia que los invadió cuando lograron subyugar a un pueblo inmensamente superior en número, pero dócil frente a la jerarquía; se conocen los truculentos métodos que utilizaron los religiosos para imponer la fe cristiana; y también sabemos que Pizarro, después de matar a sus escoltas, capturó a Atahualpa en Cajamarca y lo encerró en una habitación que el Inca prometió llenar de oro a cambio de su libertad. Sabemos, además, que Atahualpa dio instrucciones a todo el reino para que trasladaran las riquezas necesarias para cumplir con el rescate ofrecido a los conquistadores.

Para cuando Pizarro asesinó a Atahualpa, muchas de esas riquezas aún no llegaban a Cajamarca. Entonces los mitimaes ―que eran una especie de colonos trasladados desde otras comarcas hacia los pueblos sometidos y destinados a defender las conquistas incaicas, recaudar los tributos y propagar su cultura― comenzaron a esconder dichos tesoros, convencidos de que los incas terminarían por vencer a los invasores.

Se supone que parte de esas riquezas fueron a parar a ciudades ocultas, como Machu Picchu. Pero es fácil deducir que muchas otras partieron con destino desconocido, tal vez hacia escondites en la selva amazónica que nunca se encontraron y que han dado argumento para tantas novelas y películas. Un continente vasto, lleno de selvas vírgenes, montañas de alturas inexpugnables y desiertos interminables ofrecía muchas posibilidades de refugio para hombres y especies.

Pero la leyenda asegura que una parte importante de estos tesoros incaicos habrían tenido un destino distinto.

La historia nos ha hablado de las disputas entre Pizarro y Almagro, las que finalmente llevaron a este último a partir hacia Chile para someter los territorios que le asignara el rey de España. Ahí esperaba encontrar una riqueza similar a la conseguida por Pizarro en Perú.

El 3 de julio de 1535, la expedición de Diego de Almagro inició su viaje hacia esos territorios que parecían promisorios, especialmente por los comentarios de los nativos que embolinaron a los invasores hablándoles de grandes riquezas. La marcha era encabezada por cincuenta soldados españoles, a los que en el camino se les unieron un centenar más y miles de cargadores o yanaconas, de los cuales murieron o desertaron la gran mayoría.

Para garantizar el éxito de una travesía por tierras que suponía hostiles, Almagro llevaba, en calidad de rehenes, a Vilac-Umu, el sumo sacerdote del imperio (que huyó en cuanto tuvo la oportunidad) y a Paullu Inca[1], hermano menor de Atahualpa del cual algunos historiadores afirman que viajaba voluntariamente. Ambos personajes le abrirían las puertas a los territorios bajo dominio inca y servirían para recaudar a favor del invasor los aportes en oro, plata y alimentos que las distintas tribus sometidas al incanato guardaban para enviar a su rey.

Investigadores de este hecho sostienen que Manco Capac II entregó estos rehenes para ganar tiempo mientras preparaba una contraofensiva. Según pensaba el Inca, los invasores quedarían debilitados con el fraccionamiento de sus tropas. Y aunque este contraataque masivo nunca ocurrió, los chasquis, enviados por el monarca en secreto, ya habían difundido la noticia hasta los extremos del imperio para que estuviesen preparados. A quienes mejor les cayó esta noticia fue a aquellos que se veían enfrentados a las tropas de Almagro.

Porque es hecho conocido que durante la travesía los españoles cometieron muchas tropelías que les acarrearon la enemistad de los mitimaes y de otras tribus que no se habían sometido del todo al imperio Inca. Frente a tantas humillaciones y vejaciones, las tropas leales a Manco Capac II pensaron que la solución a sus problemas estaba en rescatar a Paullu Inca y acto seguido exterminar a los invasores. Con este objetivo cumplido, regresarían a Cuzco para apoyar a su Inca. Pero fracasaron en su intento. Se dice que fue porque el propio rehén se negó a su liberación.

Descubierto el conato, Almagro respondió a lo que él consideraba traición con una matanza de mitimaes, que se consumó en el valle de Quiriquirí

Entonces, los sobrevivientes, temiendo que continuara la matanza ―y en este punto es donde comienza la leyenda―, tomaron las riquezas que guardaban para su señor, enviaron chasquis a los habitantes de distintas comarcas ubicadas tanto alrededor del lago Titicaca, como en el sur del Perú y el norte de Chile y Argentina, para comenzar un largo éxodo por el lado oriental de la Cordillera de Los Andes hacia el sur.

Los incas como invasores fueron bastante peculiares. Acostumbraban a sobornar a las jerarquías de los pueblos que pretendían anexar al imperio y, a través de ellos, comenzaban a recaudar tributos y a obligar a la población a someterse a sus normas y a aprender su lengua. Los mitimaes eran los encargados de fiscalizar que estos objetivos se cumplieran, por lo que no eran bien aceptados entre los pueblos subyugados. Ahora les pasaron la cuenta cuando vieron a su verdugo caído en desgracia.

Por eso es de suponer que este peregrinaje por la pampa estuvo pleno de contratiempos, como ataques de los indígenas, problemas para alimentar a la caravana, además del gran temor que despertaba el invasor hispano, que suponían tras sus pasos para expoliarlos de las riquezas que portaban.

Esto los empujó a continuar su caminata hacia el sur, buscando territorios en los que la mano del incanato no hubiese dejado huella y donde pudiesen vivir en paz.  Así llegaron al valle del río Diamante, cercano a la actual San Rafael, en Argentina.

Desde ahí decidieron continuar su peregrinaje hacia el sur borrando todo rastro para que no pudiesen ser perseguidos por los enemigos, hasta arribar a un lugar impreciso de la Patagonia.

Quizás porque todo no fue más que un sueño en el que los comentarios y las opiniones de muchos difundieron distintos lugares creando una gran confusión, nunca se logró establecer el sitio exacto en el que habrían encontrado las condiciones necesarias para organizar esta nueva patria Inca. Pero la leyenda lo sitúa en algún lugar muy intrincado, cercano al lago Nahuel Huapi.

Allí habrían fundado un país en el que vivieron según sus usos y costumbres, esperando que algún día su tierra de origen recuperara la libertad para regresar.

En 1553, Blas Ponce, un cronista de Catamarca, escribió que conoció a un anciano indígena casi ciego que relató haber vivido, durante su juventud, por tres años en la ciudad fundada por los mitimaes. Dijo que era una tierra muy poblada, con mucho ganado, especialmente llamas y guanacos y con tal cantidad de oro que hasta los vasos y los platos eran de ese material.

Pero como el mito se ha alimentado de varias fuentes, existe otra versión, aproximadamente de 1590, donde Miguel de Olavarría afirma que los mitimaes, que actuaban como avanzada en territorio chileno y que fueron derrotados por los mapuches en las orillas del río Maule, serían los que huyeron hacia el otro lado de la cordillera con las riquezas acumuladas luego de saber que el Inca había sido asesinado en Perú y que los españoles venían hacia el sur. Según Olavarría, éstos serían los auténticos Césares.

Para los cazadores de ilusiones, independientemente de su lugar de procedencia, hasta donde fuera que estuviesen, se trasladó la esquiva Ciudad de Los Césares y una interminable procesión de aventureros inició su búsqueda.

Fernando Lizama Murphy
Marzo 2017

[1] Ver Crónica asociada: “El Último Emperador Inca del Collasuyu”.

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