AÓNIKENK, PATAGONES O TEHUELCHES. TRES NOMBRES PARA UNA CULTURA EXTERMINADA

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Grupo de tehuelches. Dibujo de 1832.
Grupo de tehuelches. Dibujo de 1832 realizado durante el viaje de Jules Dumont d’Urville.

Según Antonio Pigafetta, el cronista veneciano que, como integrante de la expedición de Hernando de Magallanes, vivió cerca de ellos, los primeros contactos que tuvieron los españoles con los aónikenk ─como se llamaban a sí mismos los habitantes del extremo sur de América, zona que después sería bautizada como Patagonia─ fueron cordiales. Mediante gestos intercambiaron baratijas por pieles y carne de guanaco, además de recibir plumas y huevos de ñandú. No hubo oro, riquezas u otro tipo de minerales o piedras, de esas que tanto ambicionaban los colonizadores.

Los aborígenes del cono sur eran cazadores semi nómades que vivían pacíficamente de lo que la tierra les proveía en una de las regiones más inhóspitas del planeta. Para la cacería, principalmente de ñandúes y de guanacos, eran diestros en el uso del arco y de las boleadoras, arma que manejaban con particular destreza. Estos seres, salvajes para los parámetros de los europeos de la época, porque nunca antes tuvieron contacto con otras culturas que no fueran las de sus vecinos cercanos, causaron una tremenda impresión en los navegantes por su descomunal estatura.

Pigafetta, en su libro Relazione del primo viaggio intorno al mondo (1524), describió así al primer aónikenk que vio:

Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura.  De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos rodeados por un círculo amarillo y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo.

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