LA EFÍMERA REPÚBLICA DE ACRE

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Fuerza militar saliendo de La Paz a la región del Acre
Tropas bolivianas saliendo de La Paz en dirección al territorio del Acre en 1899.

Cuando moría el siglo XIX, en el corazón de Sudamérica, en plena selva amazónica se creó un país independiente, de efímera existencia, gobernado por el español Luis Gálvez Rodríguez de Arias. Sobre este país y sus gobernantes habla esta crónica.

El Acre es una región brasilera, que recibe su nombre del río que la atraviesa, fronteriza con Perú y Bolivia, cuya disputa nació junto con la fiebre del caucho (ver crónica Morir en el Amazonas).

En 1877 una gran sequía afectó el noroeste brasilero y muchos habitantes de esa área iniciaron una invasión pacífica de Acre, entonces boliviana, rica en árboles de caucho y en yacimientos auríferos. Los altiplánicos, enfrentados entre ellos en sucesivas guerras civiles, no contaron ni con el contingente ni con la voluntad para condenar este proceso invasivo y de pronto se dieron cuenta que los habitantes de su país eran minoría frente a los extranjeros, que cruzaban su frontera y extraían sus riquezas sin ningún tipo de impedimento.

Pese a que el Tratado de Ayacucho, firmado entre Bolivia y Brasil en 1867, reconoció a parte de ese territorio como boliviano (en ese documento el presidente Melgarejo entregó a los brasileros una extensión de más de 164.000 km2 de territorio tanto de su país como peruano a cambio, entre otras cosas, de dos caballos blancos) la presión de los invasores hizo que el gobierno del Estado de Amazonas, limítrofe con Acre, buscara algún mecanismo para incorporarlo como territorio propio. Para eso su gobernador Ramalho Junior, fue convencido por el aventurero español Rodríguez de Arias, que se ofreció para encabezar un ejército y apropiarse de la zona que en la práctica aparecía como tierra de nadie, pero con una población mayoritariamente brasilera.

MAPA EL ACRE

Luis Gálvez Rodríguez de Arias nació en la ciudad de San Fernando, Cádiz, en 1864, en el seno de una familia de mucho abolengo. Cursó estudios de Ciencias Jurídicas, pero nunca obtuvo el título. Acostumbrado a la buena vida, se aficionó al juego y para pagar deudas adquiridas por este medio metió mano a fondos de la empresa en la que trabajaba y giró cheques sin fondo. Como era muy mal visto que una persona de su linaje pagase con cárcel sus deudas, dejó España y se embarcó para Sudamérica en busca de la mítica El Dorado. Llegó a Buenos Aires donde, además de sus dotes de jugador, hizo gala de las de donjuán, terminando uno de sus romances en un duelo con el marido engañado, al que mató. En Argentina no estaban permitidos los duelos, por lo que debió huir y lo hizo hacia Río de Janeiro donde se instaló con negocios que nunca prosperaron. Arruinado, se dirigió a Manaos en busca de la esquiva fortuna.

En la capital de la Amazonia trabajó como periodista, escribiendo para el diario Comercio de Amazonas y, haciendo gala de su gran encanto personal, entabló amistad con sus más prominentes vecinos. Ahí también conoció a otro gaditano como él, Guillermo Uhtohff, que actuaba espiando a los bolivianos a favor de Brasil. Con este nuevo amigo planificó la descabellada aventura que planteó al gobernador del Estado de Amazonas y que consistía en apoderarse de la mal defendida zona boliviana para crear un estado independiente.

Según informaciones recabadas por Uhtohff, los bolivianos estaban negociando con enviados de los Estados Unidos la consignación por treinta años del territorio de Acre. Gálvez, ―antiyanqui furibundo porque consideraba que la derrota sufrida por España en Cuba y Filipinas, que significó el término de los territorios ibéricos en ultramar, habían sido una traición de los norteamericanos― estaba decidido a evitar, como fuera posible, que eso se concretara. Junior, el Gobernador de Amazonas, que estaba buscando la forma de llevar a cabo el apoderamiento de esos terrenos, compró la idea sin el respaldo del gobierno central y le dio carta blanca para que actuara.

El español reclutó como mercenarios a una veintena de compatriotas, desertores o abandonados por su país después de la derrota en La Habana, a los que sumó un importante contingente de seringueiros (trabajadores y pequeños empresarios del caucho) y con ellos se embarcó río arriba a la conquista de su propia tierra prometida. Bolivia, inmersa en una sucesión de guerras civiles, ni supo del avenimiento de esta “fuerza invasora” que tomó Puerto Alonso, la capital de la provincia, sin mucha oposición de los ocho soldados que la defendían.

Rep. de AcreY así se adueñó de “su” territorio, en el que declaró la independencia el 14 de Julio de 1899, fecha elegida simbólicamente porque justo ese día se celebraban los 110 años de la Toma de la Bastilla. Fundó la República Independiente de Acre, argumentando que los caucheros brasileros no aceptaban volverse bolivianos y que preferían una patria independiente.

Autodenominado “emperador de Acre”, creó la bandera, echó las bases para la construcción de escuelas y hospitales, organizó ministerios, impartió justicia, emitió un sello postal (cuyo valor filatélico actual es incalculable porque sólo quedan en circulación menos de una decena), estructuró un ejército, un cuerpo de bomberos y, como un anticipado a la época, soñó con un país en el que las preocupaciones sociales y medioambientales fueran prioritarias.

Pero los seringueiros consideraban que le daba importancia a problemas para ellos secundarios y no resolvía los reales, así que, a los seis meses, en diciembre de 1899, lo derrocaron y lo reemplazaron por un dirigente elegido entre ellos, llamado Antonio de Souza Braga. Pero este hombre tenía otro tipo de intereses y un mes después, le devolvió el poder a Gálvez.

Frente a la invasión del español, el gobierno boliviano tardó en reaccionar y lo hizo reclamándole a su par de Brasil, apelando al Tratado de Ayacucho, que reconocía el territorio invadido como boliviano. Los brasileros aceptaron la queja y enviaron una flota de cuatro barcos de guerra y tropas de infantería, que casi sin necesidad de luchar derrotaron al “emperador”. El 11 de marzo de 1900, en Caquetá, a orillas del río Acre, se rindió, poniéndose fin a la efímera república creada por este aventurero español, que después de su derrocamiento regresó a su patria.

Pero no terminó ahí su historia en esos parajes, porque años después regresó a Manaos, sin saber que sobre él pesaba una orden de aprehensión por su osadía. Lo recluyeron en el fuerte de San Joaquín, en Río Branco, desde donde huyó, sin que se conozca la treta usada para conseguir este objetivo. Volvió a España, donde falleció en 1935, pobre y enfermo.

Acre

Pero la historia por la posesión de esta tierra no terminó ahí. Bolivia recuperó su territorio y de inmediato reinició las tratativas con los norteamericanos, que para cuya explotación formaron una compañía con sede en Nueva York, la Bolivian Syndicate, presidida por el hijo del presidente estadounidense William McKinley. Cuando lo supieron los seringueiros, enfurecieron, organizando un nuevo ejército, que se llamó la “Expedición de Floriano Peixoto” o “Expedición de los Poetas”, dirigida por el periodista Orlando Lopes Correa. Estaban decididos a luchar por lo que consideraban sus tierras y sus derechos. A fines del mismo año fueron derrotados por el ejército boliviano y se dispersaron.

Tampoco concluyó ahí la historia. Los caucheros no se resignaban a perder el territorio y menos cuando se enteraron que el convenio de los bolivianos lo cedía, en caso de guerra, a los Estados Unidos, cláusula que tampoco agradaba al gobierno de Brasil. Continuaron luchando por permanecer ahí, en desmedro de la empresa norteamericana que, básicamente por lo inhóspito, no terminaba de establecerse en la zona.

José Plácido de Castro

José Plácido de Castro_Acre
José Plácido de Castro.

Así fue como los seringalistas organizaron un nuevo ejército, ahora al mando de José Plácido de Castro que, pese a su juventud (27 años), poseía una larga experiencia en combate, peleando en las guerras civiles de su país, principalmente en la Revolución Federalista. El 6 de agosto de 1902 reiniciaron la lucha en Xapurí y después de varias escaramuzas lograron apoderarse de Puerto Alonso, la capital de la región para los bolivianos, que rebautizaron como Puerto Acre. Nuevamente declararon la independencia, ahora con el nombre de Estado Independiente de Acre, gobernado por de Castro. Los bolivianos enviaron diversas unidades militares para recuperar el territorio, la última dirigida por el propio general Pando, entonces Presidente de la República, pero todas fracasaron. El joven militar brasilero había logrado reunir un contingente de 30.000 hombres, la mayoría sin ninguna preparación militar, que resultaron invencibles para los bolivianos (según la versión boliviana, se trataba de un ejército bien preparado, enviado por el Gobierno de Brasil).

El sentido último de esta lucha no era la creación de un nuevo estado, sino que Brasil se hiciese cargo de la zona. Bolivia terminó cediendo y con la firma del Tratado de Petrópolis, el 17 de noviembre de 1903, la totalidad del Acre pasó a ser territorio brasilero (191.000 km2, a los que hay que sumar los 164.000 entregados en el Tratado de Ayacucho. En total, los bolivianos perdieron un territorio equivalente a la superficie de Alemania).

Brasil canceló a Bolivia £ 2.000.000 de la época y se comprometió a la construcción del ferrocarril Madeira-Mamoré, lo que le permitiría a los altiplánicos sacar sus mercaderías hacia el Atlántico a través del Puerto de Manaos.

Este tren, por falta de uso por parte de los beneficiados, que para su intercambio comercial prefirieron utilizar el tren de Arica a La Paz, construido por Chile después de la guerra de 1879, se retiró de circulación en 1972.

En 1906 José Plácido de Castro fue nombrado Gobernador del estado brasilero de Acre. Murió el 11 de agosto de 1908, asesinado en una emboscada dirigida por un enemigo político. Sus restos descansan en un mausoleo en Porto Alegre. En el mármol de la tumba, su familia hizo grabar los nombres de los catorce hombres que participaron en la encerrona que le costó la vida.

 Fernando Lizama-Murphy- Noviembre 2015

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