LA EXPEDICION SALVANY

Por Fernando Lizama-Murphy

Ilustración de la Expedición BalmisJosé Salvany y Lleopart, joven médico catalán y poeta por añadidura, oculta su enfermedad para no quedar al margen de la expedición encabezada por el doctor Francisco Xavier Balmis, que zarpa el 30 de Octubre de 1803 desde La Coruña, España, para traer a América y Filipinas la vacuna contra la epidemia de viruela que azota con fiereza  a las colonias de ultramar.
El antecedente más curioso o más dramático de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, nombre oficial del periplo, lo constituye el hecho de que los portadores del virus son veintidós niños sacados de casas de expósitos de Madrid y de La Coruña. Como no existen las cadenas de frío para conservar las cepas, se opta por la cadena humana, por considerarlo el método más práctico para la época.
La vacuna, descubierta en 1796 en Inglaterra por Edward Jenner, debe su nombre a que el científico observa que la viruela ataca en forma leve a las ordeñadoras del norte de Europa. De las pústulas de una de estas mujeres extrae el líquido que luego inocula en otras personas con un espectacular resultado. Pronto la noticia recorre todo el viejo continente y Carlos IV, el rey de España, en cuya familia se han presentado varios casos fatales de la enfermedad, acoge la idea de extenderla por todo su reino, especialmente en América, donde el mal ha causado y sigue causando una enorme mortandad entre aborígenes y colonos.
Pero no todos ven en la vacunación una cura contra la letal enfermedad. Las supersticiones y los prejuicios religiosos resultan rivales difíciles de vencer. Incluso algunas personas creen que, como su origen está en las vacas, les crecerán protuberancias córneas. Solo un edicto real, dando claras instrucciones para que a la expedición se le otorguen todas las facilidades, permite que ésta cumpla casi por completo su objetivo, aunque con muchas dificultades, que en algunos momentos exigen actitudes de verdadero heroísmo.
Después de un accidentado viaje a bordo de la corbeta María Pita, en el que se viven momentos de gloria, como en las Islas Canarias, o de frustraciones, como en Puerto Rico, donde el gobernador opone todo tipo de dificultades, la expedición llega a Caracas.
Recordemos que parte importante del pasaje de este barco de doscientas toneladas son niños de entre tres y diez años, expósitos, cuyas conductas distan mucho de ser ejemplares y que por supuesto jamás antes navegaron.
En Caracas y frente a las constantes noticias que reciben de focos de viruela que se encienden en distintas partes del continente, el doctor Balmis decide dividir la expedición en dos y encomienda a su segundo, el doctor Salvany, para que continúe hacia Sudamérica.
El 8 de Mayo de 1804, en el bergantín San Luis embarcan el médico, su ayudante, el facultativo Manuel Julián Grajales, el practicante Rafael Lozano, el enfermero Basilio Bolaños, más tres niños sanos, rumbo a La Guaira, para desde ahí zarpar hacia Cartagena de Indias. Pero la nave encalla y se destruye en la desembocadura del río Magdalena. Guiados por nativos, que a duras penas les ayudan a rescatar parte de los implementos, llegan a Cartagena sucios, enfermos y hambrientos luego de atravesar las peligrosas Ciénagas de Santa María y por supuesto con un notorio retraso respecto del plan original.
Pero todo es compensado con la apoteósica recepción que les hacen en la amurallada ciudad, donde crean la Junta Vacunal de Cartagena, a través de la cual entregan instrucciones y algunos materiales para que el proceso se extienda hacia Panamá, Portobello y Buenos Aires.
No obstante, la misión va contra el tiempo. La epidemia se extiende a una velocidad muy superior a la de sus desplazamientos y Santa Fe de Bogotá sufre el embate de una feroz arremetida de viruela. Embarcados en campanes, un tipo de canoa propia de la zona, y con diez niños entregados por los cartageneros, ascienden por el río Magallanes hacia la capital. Durante el viaje, aprovechan de desembarcar en los poblados ribereños, vacunando a sus habitantes. En esta peligrosa travesía, en la que los mosquitos y fieras los acosan, Salvany comienza a dimensionar el tamaño del territorio que pretenden cubrir y las dificultades que conlleva abarcarlo. Decide dividir en dos su equipo; Grajales y Lozano seguirán la ruta por el valle de Chuta, mientras él y Bolaños lo harán cruzando la cordillera.
Pero el clima hostil afecta la salud de Salvany, que al parecer sufre de tuberculosis, aunque él nunca quiso referirse a su propio mal y en Nares enferma de gravedad. El virrey de Santa Fe, informado de la situación y preocupado por lo que podría ocurrir si Salvany muere, envía a un facultativo y a diez niños para que se ocupen tanto del médico como de su preciosa carga humana. Portado en hamaca por nativos y bajo estrictos cuidados, Salvany logra llegar a la capital, aunque lamentando la pérdida de la visión de un ojo. Antes, en otra crisis de su mal, había perdido parte de la audición.
Reunidos los cuatro miembros y con el jefe en mejores condiciones, inician un espectacular proceso de vacunación en el que logran inmunizar a más de cincuenta mil personas. Además Salvany instaura de Junta de Vacunación y se da tiempo para crear la primera Junta de Sanidad, orientada a prevenir enfermedades.
Salvany se encuentra más repuesto y considera que su labor en Santa Fe está concluida, pero desde Quito les avisan de un brote de viruelas. Luego de analizar la geografía de la zona, nuevamente decide dividir la expedición. Él, junto a Lozano, se dirigirá por tierra hasta Quito cruzando nuevamente el macizo andino, mientras que Grajales y Bolaños irán por mar a Guayaquil para una vacunación preventiva; como puerto, puede resultar un trágico puente para que la enfermedad se esparza. En cada grupo viajan, por supuesto, los niños necesarios.
El equipo de Guayaquil, perseguido por piratas, jamás puede llegar a su destino y deben descender en Lima, desde donde se dirigen por tierra a Quito para reunirse con su jefe. Ahí la recepción de las autoridades es excelente, pero sufren el robo de casi todo el dinero que les queda y parte del equipaje, lo que los inmoviliza durante dos meses a la espera de los recursos para poder continuar con su labor humanitaria. Las navidades de 1805 las pasan en esa ciudad. Si bien es cierto a Salvany lo desespera esta inmovilidad, no es menos cierto que este obligado descanso le permite recuperar, al menos en parte, la salud.
En territorio peruano la recepción no es igual en todas partes. En Cuenca y Loja no tienen inconvenientes, pero en Lambayeque, incitados por un sacerdote, la población los rechaza, tildándolos de “anticristos”. Afortunadamente otro sacerdote, Fray Tomás de las Angustias, encargado del hospital local y que entiende el sentido de la misión, les da refugio y se compromete a continuar con la vacunación en el mismo pueblo y en las localidades cercanas. Pero llegan noticias que la enfermedad, como una burla, ha aparecido en Lima, ciudad cuya cantidad de habitantes, los obliga a buscar un número mayor de niños para poder portar la vacuna. Por lo mismo acuden a la ayuda de otro sacerdote, Fray Lorenzo Justiniano, para que colabore en el manejo del grupo de infantes, con el que deben atravesar la cordillera de Los Andes en medio de grandes nevazones.
La situación en la capital del virreinato es desoladora, aunque la buena acogida les permite trabajar con tranquilidad, logrando controlar el brote infeccioso. Pero lo que detienen por un lado, surge en otro. Urgente deben partir hacia Chepén, setecientos kilómetros al norte de la capital, siendo abandonados en el camino por los porteadores. Varios días deambulan, completamente desorientados, junto a los niños que lloran angustiados. Por fin aparece la ayuda de la mano de un hacendado de la zona.
Al regresar a Lima, Salvany se lleva la mayor decepción de su carrera. La vacuna es traficada en el comercio a altos precios por los comerciantes locales, que compran las cepas a las personas que él dejara habilitadas para que continuaran con el proceso de vacunación. Angustiado, acude a la Universidad de San Marcos y a los médicos locales y deciden que el proceso sea efectuado solo por éstos, en recintos asistenciales, suspendiéndose las vacunaciones masivas. Intentan evitar de esta forma la comercialización del antídoto.
Una vez superada esta situación, Salvany decide nuevamente dividir al grupo. Él junto a Lozano parte hacia Arequipa y envía a Grajales y Bolaños a Cuzco, para que desde ahí se dirijan por barco a Chile.
Pero la salud de Salvany vuelve a resentirse y el viaje entre Lima y Arequipa resulta un infierno. Llega a su destino muy grave y debe permanecer un tiempo largo para restablecerse. Después de la navidad de 1807, cuando se considera sano y ha logrado cumplir su misión en esa ciudad, decide continuar hacia La Paz. Con su salud en franco deterioro, demora un año y medio en alcanzar su destino. Pero nada consigue frenarlo. Se siente un poco mejor y continúa su misión, ya convertida en un verdadero apostolado. Viaja hacia el interior, vacunando a indígenas y misioneros en zonas de difícil acceso.
Tanto esfuerzo termina por pasarle la cuenta. Muere en Cochabamba, el 21 de Julio de 1810, con 34 años de edad, después de siete de peregrinar enfermo por América, portando el milagro de la prevención de la viruela.
A Chile llegó Manuel Julián Grajales en Diciembre de 1807, desconociendo que desde 1765 (31 años antes que Jenner), en Valdivia, el sacerdote jandeliano Pedro Manuel Chaparro vacunaba con éxito, utilizando un método aparentemente descubierto por él. Desde 1805 Chaparro, con la ayuda del Regidor Nicolás Matorras, inmunizaba contra la viruela en las puertas del Cabildo de Santiago.
No obstante haber llegado tarde para cumplir su principal objetivo, Grajales desarrolla una fructífera labor, creando las Juntas de Vacuna de Valparaíso y de Santiago. Además es nombrado profesor de anatomía del Instituto Nacional y ejerce como cirujano. Regresa a España en 1825.
La  Facultad de Medicina de la Universidad de Chile le otorga el título de Miembro Honorario en 1848.
Manuel Julián Grajales fallece en su país en 1855.

©Fernando Lizama Murphy

Bibliografía:
*A Flor de Piel (novela) Javier Moro.
*Revista Chilena de Infectología  Santiago Dic. 2009
*teinteresa.es  Expedición Balmis, La primera Misión Filantrópica de la Historia  Pedro García Luaces. 
* scielo.isciii.es Medicina y Seguridad en el Trabajo Madrid sep. 2007  La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna  Jorge Veiga – Elena de la Fuente – Helena Martin.

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