EL ERMITAÑO

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

 
Estoy visitando a mi familia en Iquique y en una excelente publicación local, el Iqueique, en su número correspondiente al trimestre abril-junio de 2016, pude leer un artículo de Sergio Cortés González, operador de turismo aventura, que me llamó la atención.

Konrad Fuchslocher HubachAhí nos cuenta parte de la historia de Konrad Fuchslocher Hubach, un hombre que lo abandonó todo para vivir como ermitaño a orillas de la Laguna del Huasco, ubicada en el salar del mismo nombre.

Este Santuario de la Naturaleza, que se encuentra a más de 170 km al oriente de Iquique, en la frontera con Bolivia, está cercado de cerros y al fondo de una hondonada descolgada a 3.780 metros sobre el nivel del mar. Por las noches el cielo es tan diáfano que se pueden ver galaxias que solo existen en la imaginación de quienes escriben ciencia ficción. Para llegar desde lo que llamamos “civilización” es necesario cruzar transversalmente el Desierto de Atacama y circular por caminos de tierra aptos sólo para vehículos 4×4. También hay que atravesar montañas que superan los 4.300 metros snm. Se deben portar vestimentas adecuadas, porque las temperaturas en la zona fluctúan, en promedio, entre los 25ºC durante el día, para descender durante la noche, también en promedio, a los  -12ºC.La belleza del entorno es espectacular. Además de la sobrecogedora soledad, enmarcada por las cumbres cordilleranas de nieves eternas, engalanan el paisaje tres tipos distintos de garzas, junto al pato juarjual, el ganso andino; a veces se puede observar algún ñandú, mientras el cielo lo sobrevuelan relajados cóndores. En fauna terrestre se destacan los pumas, las vizcachas, el gato colocolo, el zorro andino, roedores que no se ven en otras latitudes como el tuco-tuco y en las aguas salobres nadan el sapo peruano, el bagre y el karachi. Pese a la altura, el frío y la salinidad, también sobreviven algunas plantas como la llareta, la yerba coca y el berro, entre otras que se pueden contar con los dedos de las manos.

Quizás fue todo esto lo que atrapó a Konrad Fuchslocher y lo llevó a abandonar la vida cómoda que tenía en tierras sureñas. Porque este nieto de alemanes era osornino de nacimiento, hijo del matrimonio formado por Alberto Fuchslocher Thater y Frida Hublach.

Alberto Fuchslocher, que era propietario de los fundos Colimahuida y Puloyo, se dedicaba principalmente a la ganadería y la lechería. Ocupó además importantes cargos públicos; fue regidor, llegando a ser Intendente de Osorno entre 1951 y 1952.

Su hijo mayor Konrad, que nació el 20 de Mayo de 1912, inició sus estudios en su ciudad natal, los continuó en el Internado Nacional Barros Arana, en Santiago, para luego regresar a su tierra. En la Escuela Agrícola de Osorno se tituló como Perito Agrícola. Durante cuatro años se especializó en Europa. De regreso al país se casó con Nora Schleyer y tuvieron dos hijos, Michael y Hans, generadores de una numerosa descendencia que seguramente Konrad no conoció, porque optó por la vida de eremita.

Según nos cuenta Sergio Cortez, Konrad, que llegó a vivir al salar a fines de los años sesenta, habitaba en una pequeña choza construida por él con piedras y paja, dormía en el suelo sobre un colchón de hierbas y se arropaba con frazadas de lana tejidas por sus vecinos aymaras. Sus muebles consistían en tres tablones que utilizaba para cocinar, escribir y comer. Su mayor lujo era el pozo, cavado por sus propias manos, en el que había logrado encontrar agua no salobre para beber. Todo lo compartía, pero en el pozo nadie más que él podía meter mano.

Para sobrevivir, además de su espíritu, disponía de una pequeña jubilación que un amigo le cobraba en Iquique y que le llevaba mensualmente a Laguna del Huasco, convertida en alimentos. Porque él no bajaba, no quería ya tener contacto con las ciudades y si las visitas lograban alegrarlo, era por lo esporádico.

Llegó a tanto su necesidad de vivir en un mundo propio, alejado de todo lo mundano, que cuando le pareció que circulaba mucha gente cerca de su choza, se mudó a otro sitio, siempre junto a la laguna, pero al que era más difícil acceder. En ese lugar construyó dos viviendas de barro y paja; la segunda para recibir a los que consideraba sus amigos, entre los que se contaba Cortez. Vivía cerca de ahí una familia aymara, los Lucas, que lo ayudaron en su vejez.

Durante veinticuatro años este hombre cohabitó con la soledad, el aislamiento, en medio de una austeridad extrema y sólo cuando los años le comenzaron a pasar la cuenta, se vio obligado a dejar la inhóspita tierra en la que él se sentía tan bien acogido, en la que conversaba con los pájaros y las plantas, en la que buscaba parte de sus sustento, evitando invadir espacios ajenos.

Cuando ya su cuerpo fue incapaz de seguir resistiendo el clima endiablado del salar, fue trasladado al Hogar Águilas Blancas de Iquique, administrado por el Consejo para la Protección de la Ancianidad, donde falleció el 12 de agosto de 1993.

Mientras escribía esta crónica me rondaba la pregunta ¿qué puede gatillar en un hombre un deseo tan extremo de soledad? ¿Alguna decepción? ¿Un problema de carácter? ¿La locura? Por otra parte, resulta increíble percibir cómo la mente humana se adapta a las condiciones más adversas que, en algunos casos como éste, pueden ser las mejores para determinadas personas. Seguramente don Konrad era feliz en ese ambiente; las pocas fotografías que aparecen en la publicación así lo muestran. Seguramente también en algún momento sintió nostalgia por su pasado, sintió deseos de ver a su familia, la necesidad del calor de otro ser, de abrazarse con alguien, pero decidió perseverar, permanecer solo, acompañado por la naturaleza imponente, por la amistad de ocasionales visitantes y por sus vecinos aymaras, tan amantes del silencio como él. Es muy probable que no le gustasen los lazos de ningún tipo y tal vez, cuando consideró que había cumplido con las imposiciones sociales, tomó el camino de la auto-reclusión.

¿Qué habrá pensado su familia de su decisión? ¿Lo habrán sabido de inmediato o habrá sido de aquellos que salen a comprar cigarrillos para no regresar jamás? La familia por lo menos sabe que murió en Iquique, pues en el árbol genealógico de los Fuchslocher su deceso está consignado en esta ciudad.

Quizás algún familiar o algún amigo de este hombre solitario lea este blog y pueda dar respuesta a alguna de estas interrogantes, pero lo más probable es que queden sin explicación, porque por lo menos yo, carezco de las agallas necesarias para revivir, ni por un día, una aventura así. Tal vez muchos de los lectores de esta crónica habrán sentido, en algún momento de sus vidas, el llamado a tomar una resolución como esta, pero fueron incapaces de abandonar la comodidad, los prejuicios, el mundo al que estaban habituados.

Aquellos que conocieron a Konrad y siguen visitando la Laguna del Huasco continúan sobrecogiéndose con la belleza del entorno. Pero aseguran que ya no es lo mismo sin la presencia del Ermitaño.

Y eso que han pasado veintitrés años de su muerte.

 

Fernando Lizama Murphy

Iquique, Junio 2016.

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