SANTIAGO HUMBERSTONE, EL PADRE DEL SALITRE

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Humberstone en su oficina de Agua SantaJames Thomas Humberstone no fue el que descubrió el salitre ni sus propiedades, pero fue el que revolucionó la industria extractiva y los procesos consiguiendo rendimientos muy superiores a los que se obtenían en esa época y mejorando notablemente la calidad de vida de los pampinos. Tampoco fue el propietario de la salitrera que hoy se conserva como el museo al aire libre más importante de Chile, pero fue tan grande su aporte a esa industria, que se la rebautizó con su nombre.

Nació en Dover, Inglaterra, en 1850. Era hijo de un modesto funcionario de correos, que fue trasladado a Londres. En esta ciudad James comenzó a trabajar en la London and North Western Railway, una empresa ferroviaria donde adquirió conocimientos básicos de mecánica y de química, disciplina ésta que lo sedujo. Decidió que su futuro se encaminaría hacia esos estudios e ingresó a los cursos nocturnos del Mechanical Institute, donde se destacó por su dedicación, lo que le valió una beca de £ 50 para que pudiera continuar en la Escuela Real de Minas, donde obtuvo el título de Ingeniero Químico.

Con su diploma bajo el brazo recibió una oferta de trabajo desde Perú para trabajar en la oficina salitrera San Antonio de Zapiga, de Campbell Outram & Co.  Recaló en Pisagua, entonces puerto peruano, el 6 de enero de 1875 para desempeñarse como ayudante del jefe de laboratorio, pero éste falleció de disentería a los pocos días de arribado Humberstone,  asumiendo él el cargo.

A raíz de una explotación muy rudimentaria, carente de métodos adecuados, la ley del caliche que se estaba obteniendo no era buena y los rendimientos bajos. Los costos se elevaban y la única manera que tenían los empresarios para disminuirlos era explotando al máximo la mano de obra. Esto se traducía en una creciente inquietud laboral y los resultados no mejoraban en forma sustantiva. Las condiciones de trabajo eran paupérrimas, las medidas de seguridad inexistentes y los obreros estaban cautivos de sus patrones que no les pagaban sus salarios en dinero sino en fichas para ser canjeadas por alimentos en las pulperías, administradas también por los propietarios del mineral.

Humberstone había conocido en Inglaterra los procesos de lixiviación desarrollados por James Shanks, e hizo lo necesario para adaptarlos a la extracción del salitre. Cuando en 1878 ya había logrado probar con éxito su innovación, se produjo una auténtica revolución en la forma de trabajar.

Con el antiguo sistema de “paradas” se procesaba en el sitio mismo de la extracción, obteniendo un bajo rendimiento que dejaba grandes cantidades de mineral virgen. Con las máquinas introducidas por el ingeniero se crearon los asentamientos industriales en los que los obreros, si bien es cierto no estaban en condiciones óptimas, tenían muchas más garantías que cuando vivían ―muchas veces junto a sus familias― en campamentos en medio de los salares.

Humberstone hizo construir habitaciones separadas para los obreros solteros, hizo edificar una escuela, construyó un teatro y canchas para actividades deportivas. Con estas medidas, que hoy nos parecen obvias, fue tan notable la mejoría en el rendimiento de los trabajadores que la mayoría de las salitreras las copiaron.

A las oficinas salitreras que ya trabajaban con el sistema Shanks, llegaba el mineral transportado en ferrocarriles u otros medios de transportes y se aprovechaba al máximo el material. Esto permitió notables crecimientos en la producción. Si en 1878 fue de  323 mil tm., en 1883 llegó a 590 mil y en 1890 se superó el millón de toneladas métricas.

La innovadora técnica implementada por Humberstone consistía en que el caliche se disolvía en bateas de doble fondo, calentadas al vapor. También se aprovechaban los minerales de menor ley, mejorando en forma significativa los rindes de los yacimientos.

Pero no todo fue trabajar para este inglés, anglicano observante. También dejó espacio para el amor. En la hacienda Tiliviche, un vergel en medio del desierto, lugar de esparcimiento y de residencia para muchos ejecutivos de la pampa, conoció a Irene Jones, con quien se casó en 1877. De los trece hijos que tuvo el matrimonio, sobrevivieron seis, siendo el único que siguió el camino de su padre Bertie, que en 1935 dirigió parte de la construcción de la salitrera que más tarde llevaría el nombre de su progenitor.

Como la perfección no existe ocurrió que, cuando a Humberstone le llovían las ofertas de trabajo, surgió el fantasma de la guerra. Y con este emigrante no fue muy amistosa.

Dentro de todos los contactos y amistades que este inglés había hecho en su patria de adopción, estaba Hilarión Daza, entonces presidente de Bolivia, que si bien es cierto lo ayudó, también le inculcó un gran temor hacia los chilenos, que en noviembre de 1879 desembarcaron en Pisagua, como parte de la campaña de la Guerra del Pacífico que enfrentó a Chile contra la alianza Perú-Boliviana.

Humberstone, que desde hacía un tiempo administraba la oficina Agua Santa, se había quedado sin trabajadores, todos reclutados a la fuerza por el ejército peruano-boliviano, que además ocupaba las instalaciones de la salitrera como centro de operaciones. Solo permanecían en la empresa los ancianos y las familias de algunos de los enlistados. También residían en el lugar ocho trabajadores extranjeros y sus familias, encabezados por Humberstone, que vivía ahí junto a su mujer, su suegra y sus dos hijas pequeñas, la menor de pocas semanas. Cuando decidieron que tendrían que partir ocultaron todas sus pertenencias en los pozos secos excavados en el desierto y, al acercarse las tropas chilenas, resolvieron huir hacia el pueblo de Tarapacá. Para empeorar las cosas, el dinero del que disponía el inglés no le servía para utilizarlo fuera de su círculo íntimo, por lo que recibió un préstamo del general boliviano Villamil para enfrentar el tortuoso camino que le esperaba.

La travesía se hizo bajo el inclemente sol atacameño durante el día y soportando las gélidas temperaturas de la noche. Las mujeres, vestidas a la moda de la época, eran las que más sufrían con las variaciones que llevaban el termómetro a más de 35°C, para caer a -10°C por la noche. Cuando llegaron a su destino, se encontraron con que el avance de las tropas chilenas era demasiado rápido. El gobernador de la ciudad les recomendó continuar su huida hacia el norte y les sugirió que se dirigieran a Arica que, quebradas mediante, distaba más o menos cuatrocientos kilómetros. Los caminos costeros se descartaron por la inminencia de las batallas y la ruta cordillerana por ser demasiado peligrosa. Aconsejados por los lugareños, optaron por seguir aquella que atravesaba todo el desierto de Atacama.

Veinte días duró la agotadora travesía en la que él y su familia, además de los rigores del clima, sufrieron hambre y sed. Fue tanto lo que impactó el viaje a su protagonista, que lo dejó plasmado en un relato. Se titula Huída de Agua Santa en 1879 y fue publicado por la Editorial Andrés Bello en 1980. Además, el escritor chileno Fernando Emmerich escribió una novela basada en este dramático episodio de la vida de Humberstone, titulado El viaje bajo los quitasoles amarillos.

Continuando con su huida, de Arica pasó a Tacna, pero en algún momento el inglés descubrió que nada sacaba con seguir con su fuga. Además, si los chilenos luchaban por la posesión de las salitreras, él podía ser un importante aporte para cualquiera que se hiciese cargo de su explotación. Los ejecutivos de su empresa y el cónsul británico hicieron las gestiones para que el inglés retornara a sus funciones en la oficina Agua Santa. Además le consiguieron un nuevo pasaporte a nombre de Santiago Humberstone, castellanizando su nombre de pila.

En todo caso, esta salitrera siguió produciendo para los mismos dueños, ahora bajo la soberanía chilena y Humberstone continuó trabajando, al margen del conflicto.

Las innovaciones introducidas por este ingeniero no pasaron desapercibidas para John North, el llamado “Rey del Salitre”, que lo contrató para que administrara muchas de las oficinas de las que él se apropió aprovechando las confusiones de la guerra.

Humberstone, dueño de una capacidad creativa casi sin límites, continuó innovando en los procesos extractivos y en las mejoras a la calidad de vida de los obreros.

Diseñó el trazado y supervisó la construcción del ferrocarril de Huara, que corría desde Agua Santa a Alto Caleta Buena. En Caleta Buena, ubicada a setenta kilómetros al norte de Iquique, fundó un puerto y como el embarcadero se encontraba al pie de un farellón casi vertical de setecientos metros, hizo construir un sistema de andariveles para el descenso de personas y carga. Todas las instalaciones portuarias fueron diseñadas por él.

Caleta Buena

Hoy Caleta Buena es un puerto fantasma, prácticamente inaccesible luego de haber sido casi tan importante como Pisagua o Iquique. En 1929 un incendio gigantesco destruyó sus instalaciones y cayó sobre el lugar el estigma de puerto maldito. Los pocos habitantes que quedaban después de la crisis de los años veinte, lo abandonaron.

Santiago Humberstone fue también el que introdujo la utilización del petróleo como combustible para las faenas mineras, lo que permitió el uso de motores diesel, mucho más eficientes que las máquinas a vapor o a leña, ambos combustibles muy escasos en el desierto. Con el diesel llegaron los generadores y pudieron disponer de electricidad para el alumbrado de las residencias y de las instalaciones y para operar mucha maquinaria moderna. Todas estas innovaciones permitieron disminuir los costos de producción.

Toda su vida familiar y profesional la complementó con una activa participación en la Iglesia Anglicana, llegando a ser, en el epílogo de su existencia y cuando la industria del salitre estaba en plena decadencia, predicador en Iquique. También fue generoso con su credo, donando materiales para la construcción de capillas, regalando biblias y otros libros del culto.

Si bien ya no trabajaba en la industria salitrera, se dedicó hasta su último día a dar a conocer su vida, sus experiencias, sus conocimientos. La muerte lo sorprendió, el 1° de junio de 1939, dictando una conferencia en la Escuela de Artesanos de Iquique. El infarto ocurrió cuando le faltaba una semana para cumplir noventa años.

La carroza, que hizo una pasada por la oficina Agua Santa, rebautizada como Santiago Humberstone, trasladó sus restos al Cementerio Inglés de Tiliviche, otro pueblo fantasma, donde descansan hasta hoy.

Muchos obreros, sus familias, alumnos de colegios, boy scouts, recorrieron los ciento veinticinco kms que separan este sitio del puerto de Iquique para despedir, con banderas chilenas e inglesas a este gran hombre.

En 1936 el Rey Jorge VI de Inglaterra le confirió la Orden del Imperio Británico.

Pero sin duda que el mayor homenaje recibido en vida por Santiago Humberstone fue que la oficina Agua Santa llevara su nombre.

Este museo al aire libre, ubicado en el cruce de la Carretera Panamericana con el camino que accede a Iquique, recibe al año miles de visitas que pueden conocer e imaginar parte de la imponencia de la industria salitrera, por medio siglo motor de la economía chilena, y del rigor en el que trabajaron los pampinos, vida que hubiese sido mucho más severa sin la existencia de don Santiago Humberstone.

 

Fernando Lizama Murphy

Septiembre 2016

2 comentarios en “SANTIAGO HUMBERSTONE, EL PADRE DEL SALITRE

  1. gustavo collao mira

    Completísima la narración de la vida y pasares del Padre del Salitre. La faceta histórica de don Santiago Humberstone muestra las múltiples actividades que cumplió con éxito en la explotación del salitre, la dedicación al mejoramiento de la condición de vida de los obreros de la pampa y la tecnología que introdujo en las faenas de las calicheras.
    Fernando, nuevamente te felicito por esta crónica de alto interés para toda persona y que deberían leer los interesados en la historia de Chile,
    Permíteme agregar que el libro “Huida de Agua Santa en 1879” – para los que se interesen – cuenta los detalles del tremendo esfuerzo que don Santiago Humberstone, su narrador, debió cumplir para dejar la Oficina y encaminarse con su familia y algunos empleados hacia Ramírez, Huaraciña, Tarapacá, Tilivilca, Ariquilda, Cabrane, Suca, Camarones y Arica, cruzando parte de la Pampa del Tamarugal y el pie de monte andino y evitar el encuentro con las tropas chilenas.

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