Por Fernando Lizama-Murpy
En 1962 el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, visitó Brasil y solicitó ver jugar a Pelé. Lo invitaron para que asistiera al siguiente partido que debía disputar el astro en el estadio Pacaembú, en Sao Paulo. Tanto en el Ministerio de Relaciones Exteriores como las autoridades de la Federación Brasilera de Fútbol se preguntaban qué indicaba el protocolo para estos casos. Si el noble debía bajar a la cancha para saludar al futbolista o si éste debía subir a la tribuna oficial. El dilema lo dirimió el propio príncipe, que en cuanto llegó al estadio bajó al césped para estrechar la mano del deportista.
A partir de ese estrechón de manos, Edson Arantes do Nascimento se convirtió, para la torcida y para la prensa, en El Rey. Entonces un periodista brasilero escribió:
En el reino del fútbol, al que pertenecen todos los países del mundo, el único Rey es Pelé. Por encima de su soberanía solo se encuentra el poder de Dios.
Pero la cuna del astro distaba mucho de ser noble. Nació en Minas Gerais, en un poblado llamado Tres Corazones, el 23 de octubre de 1940. Era hijo de Joao Ramos do Nascimento, que jugó fútbol profesional con el apodo de “Dondinho” y que, por una lesión, muy pronto debió abandonar la actividad, obligándose a trabajar en un empleo público mal remunerado. Su madre, típica dueña de casa, fue la señora María Celeste Arantes. Seguir leyendo «DE LUSTRABOTAS A REY»
Casi simultáneamente con la navegación a vapor, hicieron su aparición los grandes transatlánticos o paquebotes para el transporte de pasajeros, que competían entre ellos para ofrecer lujos y comodidades a viajeros de las más diversas condiciones económicas. A comienzos del siglo XX fueron el Titanic o el Lusitania, y hacia mediados de la misma centuria varias empresas navieras de distintos países atravesaban los siete mares en estas grandes naves, precursoras de los actuales cruceros. Los ingleses tenían al Queen Mary y al Queen Elizabeth; los estadounidenses el United States, los italianos al Donizetti, el Verdi y el Rossini y los portugueses el Vera Cruz y el Santa María. A comienzos de 1961 esta última nave fue la protagonista de uno de los hechos más curiosos, por llamarlo de alguna manera, de los que fue sido testigo el mundo en el pasado siglo.

Para los países sudamericanos, recién independizados se hizo imprescindible contar con barcos de guerra que les permitieran conservar la libertad conseguida con tanto esfuerzo. Los españoles no se resignaban a la pérdida de sus colonias y los ingleses y norteamericanos buscaban enclaves desde donde continuar su expansión por el mundo. A esto tenemos que sumar las poco claras fronteras que quedaron establecidas después de la partida de los ibéricos, que dejaron latentes muchos conflictos, obligando a que cada república se armara para defenderse de sus vecinos y asegurar los territorios que consideraban como propios.
Para comenzar, debemos aclarar que, al parecer, los changos ―aborígenes nómades que habitaron la zona costera del sur del Perú y del norte de Chile― nunca constituyeron una etnia, ni una cultura. Reciben esta denominación la mayoría de los individuos que, en forma de grupúsculos y por lo menos desde el año 8.000 AC, poblaron la franja costera del desierto de Atacama. Es decir, uno de los territorios más inhóspito de nuestro planeta. Lo que los unía, y que al mismo tiempo los separaba, era la necesidad de agua dulce, elemento muy escaso en la zona, que, según los rastros encontrados, abarcaba desde lo que hoy es Camaná, en la costa de Arequipa, hasta el río Elqui. Algunos investigadores aseguran que dejaron huellas hasta mucho más al sur, en la desembocadura del Aconcagua.
Muchos fueron los aspectos negativos del bombardeo a Valparaíso durante la guerra que Chile y Perú libraron contra España entre 1864 y 1866. Podemos citar, por nombrar algunos, la destrucción de las incipientes instalaciones portuarias y la incómoda sensación de inseguridad que dejó en la población. Pero también tuvo consecuencias positivas: la principal, una ola de inventos que se presentaron a la autoridad para defender al puerto de nuevos ataques.
Ahí nos cuenta parte de la historia de Konrad Fuchslocher Hubach, un hombre que lo abandonó todo para vivir como ermitaño a orillas de la Laguna del Huasco, ubicada en el salar del mismo nombre.
Cuando el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi hacia 1670 plantó unos manzanos en la zona que actualmente es Neuquén no imaginó que se multiplicarían cubriendo cientos de hectáreas de fruta silvestre. Tanto así que el sector tomó el nombre de País de las Manzanas. Ese fue el territorio que, casi dos siglos después, gobernó y por el que luchó Valentín Sayhueque, lonco o cacique principal.