ALLEN GARDINER, EL VENDEDOR DE BIBLIAS

Si me fuera concedido un deseo para el bien de la humanidad,

sería que la misión de Tierra del Fuego fuera proseguida con vigor…

Pero el Señor dirigirá y lo hará todo,

porque el tiempo y las razones son suyos

y los corazones están en sus manos…

Testamento de Allen Francis Gardiner

Alan Gardiner1834 fue un año trágico para Allen Gardiner. Murió su mujer, Susan Reade, y uno de sus cinco hijos. Esto tuvo dos consecuencias para el futuro de este marino: lo obligó a renunciar a su puesto de Comandante en la Real Armada Británica para dedicarse al cuidado de los hijos sobrevivientes, y lo envolvió una profunda onda mística que lo llevó a dar un giro radical en su vida.

Ahí nació el misionero que recorrió casi todo el mundo difundiendo su doctrina para, finalmente, morir por ella.

Nació en Basildon, Inglaterra en 1794, en el seno de una familia de anglicanos observantes. Inculcada por sus padres, desde pequeño llevó la simiente religiosa, pero a los catorce años ingresó a la Academia Naval y comenzó a recorrer el mundo. Embarcado en el Dauntless visitó China y Nueva Guinea, asombrándose de las religiones aborígenes que, según él, por su idolatría condenaban a quienes las practicaban. De regreso en Inglaterra solicitó al Obispo anglicano de Gloucester el respaldo para predicar la verdadera palabra durante sus viajes.

Con la viudez decidió dedicarse de cuerpo entero a la prédica religiosa. Su primer destino fue África, continente que pretendía evangelizar financiando en parte su obra con la venta de biblias. Se interna en la tierra de los zulúes. Llega en mal momento, justo cuando ha sido asesinado el rey Chakka, con la consiguiente turbulencia interna por la designación del sucesor. Aun así, algo logra avanzar en su propósito. Funda una ciudad, Durban, y contrae matrimonio con Elizabeth Marsh. Pero en 1837, en Ciudad del Cabo, muere otro de sus hijos. Se descorazona, sus resultados son pobres, considera que su avance es casi nulo y que el precio que está pagando es demasiado alto. Estalla la guerra entre los Boers y los Zulúes, lo que le da la justificación para regresar a Inglaterra. La verdad era que la venta de Biblias en inglés había sido un fracaso y ya estaba con serias dificultades para continuar sobreviviendo junto a su familia.

La Sociedad Misionera que financió parte de su viaje lo consideró un fiasco y no le renovó los fondos para que pudiese seguir. Trabajó con ahínco junto a otros integrantes de su ministerio para conseguir los recursos que le permitieran continuar. Cuando reunió algo de dinero se embarcó, con su familia, para Sudamérica. Llegó a Río de Janeiro, desde ahí pasó a Argentina, país muy convulsionado por luchas internas, hasta llegar a Mendoza. Atravesó la cordillera de Los Andes, siempre junto a su familia, en carreta, hasta Santiago de Chile. Pretendía divulgar la Palabra entre los mapuches, pero la Guerra de Arauco, contra los indios rebeldes del sur del río Bío-Bío, hacía que los nativos desconfiaran de todos los de una raza distinta a la propia. Además nunca consiguió un traductor. Lo intentó en Los Ángeles, en Osorno, en Valdivia, y aunque todo le salía mal, no cejaba. Tras esta nueva decepción, desde Valparaíso se embarcó hacia Nueva Guinea, en otra misión fracasada. Regresa a Valparaíso y desde ahí navega hasta Chiloé, pero va de frustración en frustración. Aún así su tenacidad no decae. Se embarca hacia las Falkland (Malvinas) donde, con su familia, arriban para la Navidad de 1841. Port Louis no alcanza ni para caserío, con una cincuentena de habitantes que malviven en chozas. Ni siquiera existe una autoridad.

Pero aun en esas precarias condiciones deja a su mujer y a sus hijos para embarcarse hacia el Canal Beagle, decidido a evangelizar a los Tehuelches y a los Yaganes. Informes de balleneros que trabajan en la zona le hablan de pretéritas visitas de predicadores que fueron bien recibidos. Optimista, regresa a las Falkland y de ahí a Inglaterra para obtener recursos frescos. Cree haber escuchado el llamado divino que le muestra el camino que debe seguir.

Después de recaudar donaciones regresa solo a Sudamérica. Al parecer, luego de seis años de penurias intentando en vano predicar la palabra divina, el resto de la familia estaba harta de viajes. Por conflictos en Buenos Aires debe desembarcar en Montevideo y, por los mismos conflictos, no puede continuar hacia el sur. Se interna en Argentina y, predicando y vendiendo Biblias, visita Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán. En todas partes se encuentra con la tenaz oposición de los sacerdotes católicos, que califican a sus libros de herejes. Después de siete meses y, arrastrando un nuevo fracaso, regresa a Inglaterra, donde organiza su propia Sociedad Misionera para la que recauda fondos en su país y en Escocia.

En septiembre de 1845 está de vuelta en Montevideo y nuevamente se ve impedido de seguir con su misión. Ahora Argentina está en conflicto con Inglaterra, Francia y Paraguay. Decide continuar hasta Valparaíso y desde ahí a Cobija, puerto entonces boliviano, y se dirige al Chaco, siempre vendiendo Biblias e inspirado en su ánimo evangelizador de indios. Enfermo de disentería, debe guardar cama. Avisado de su presencia, lo visita el gobernador que le ofrece apoyo para su misión. Eso sí, debe presentar un buen proyecto al parlamento boliviano. A los gobiernos de las repúblicas americanas les incomodan las intromisiones de la Iglesia Católica en los asuntos civiles y piensan que permitiendo otros credos pueden disminuir la influencia de los curas.

Con esta clara perspectiva, nuevamente regresa a Inglaterra para preparar la presentación solicitada, pero en el intertanto un golpe de estado derroca al presidente boliviano y George Packenham, el administrador y recaudador de la Misión, lo persuade de que volver a Bolivia con un nuevo gobierno no asegura que le respeten la promesa anterior. El poco dinero del que disponen no les permite correr ese riesgo.

Frente a tantas señales, Gardiner resuelve que su destino tiene que ser el Canal Beagle. Dios le ha cerrado los otros caminos porque debe centrarse en ese. Decide buscar a Jemmy Button, el yagán que fuera trasladado a Inglaterra por Darwin y Fitz Roy y devuelto a su tierra en 1832. Sabe que su compatriota lo dejó en una caleta llamada Walaia y hacia allá apunta su brújula.

Los fondos recaudados por Packenham no son suficientes para adquirir una nave, por lo que se contentan con dos veleros pequeños, el Speedwell y el Pioneer, ambos de casco de acero, que creen ventajosos para los canales patagónicos. Junto con el predicador John Maidmant, el carpintero Joseph Erwin, el cirujano Richard Williams, los marineros Bradcock, Pearce y Bryant y los dos veleros, se embarcan en el Ocean Queen que tres meses después, en diciembre de 1850, los deja en la Isla Picton.

Quedan a merced de los elementos, de los yaganes y de Dios. Pero parece que Éste los ha olvidado, así como ellos olvidaron la pólvora a bordo del Ocean Queen. Tienen armas para cazar y eventualmente defenderse, pero no tienen con qué cargarlas.

Al acercarse a la orilla comienza el acoso de los indígenas. Están acostumbrados a los regalos de los misioneros y carecen del sentido de la propiedad privada, creen que todo es de todos y, en cuanto los ingleses se descuidan, toman lo que les queda al alcance de la mano.

Los evangelizadores se desesperan. Ven con terror que los alimentos, embarcados para seis meses, desaparecen vertiginosamente. Intentando salvar algo, se hacen a la mar, perseguidos por las ágiles canoas yaganes, tripuladas por navegantes acostumbrados a esos parajes inhóspitos. Aún así consiguen evadirlos encontrando refugio en Bahía Aguirre, una pequeña rada muy próxima al Cabo de Hornos.

Pero la mala suerte se ha ensañado con Gardiner. Al desembarcar, se estrella el Pioneer y se despedaza. Quedan con una sola embarcación y se asilan en unas cavernas del sector. Las inclemencias del tiempo los maltratan. Las mareas suben y bajan, inundando la cueva elegida. Las Biblias son arrastradas por la mar. Con el mayor frío llegan las enfermedades. Cuando ve que ya no tiene mucho más que perder, un Gardiner desesperado navega hasta la isla Picton, entierra unas botellas y escribe un mensaje de auxilio en las rocas. Lo hace en marzo de 1851.

Llega el invierno austral. El hambre, el frío y las enfermedades matan a Bradock a finales de junio. En agosto parten Erwin y Bryant.

Las últimas palabras de Allen Francis Gardiner en su diario, escritas en 6 de septiembre de 1851, dicen:

Nuestro querido hermano Maidment se marchó el martes en busca de comida y todavía no ha regresado. Con seguridad ya debe estar en presencia del Redentor a quien sirvió con fidelidad. En breve y por la gracia de nuestro Señor, nos encontraremos todos para cantar alabanzas a Cristo por toda la eternidad. No tengo hambre ni sed, aunque hacen ya cinco días que tragamos el último bocado. Maravillosa bondad y amor hacia mí, un pecador.

Ocho meses lograron sobrevivir estos misioneros en uno de los lugares más inhóspito del planeta, casi sin alimentos, sin ropa adecuada y rodeados de indios hostiles.

El 21 de octubre la fragata John E. Davison encuentra al Seedwell con los cuerpos de Williams y Pearce, y a Bradock sepultado en las cercanías. Un temporal obliga al capitán Smiley a abandonar la búsqueda.

En enero de 1852, la nave Dido, enviada por el Almirantazgo, encuentra los restos del Pioneer en Bahía Aguirre, junto a los cuerpos de Gardiner y sus otros compañeros.

Allen Gardiner, el tenaz pero ingenuo misionero que intentaba financiar su apostolado vendiendo Biblias en inglés en zonas donde nadie lo hablaba, jamás logró convertir a un yagán.

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

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