LOS MUERTOS DEL SCORPION

Crónica de Fernando Lizama Murphy

Francisco Antonio García Carrasco
Francisco Antonio García Carrasco, Gobernador de Chile entre 1808 y 1810.

A las nueve de la noche del 13 de Octubre de 1808, en la playa de Quilimarí, fue asesinado el capitán inglés Tristán Bunker, junto a nueve de sus tripulantes, en una celada preparada por varios personajes amparados por Juan Martínez de Rozas, asesor letrado del Capitán General de Chile, Francisco Antonio García Carrasco, también involucrado en el crimen.

Tristán Bunker capitaneaba la fragata Scorpion, que no se dedicaba a la caza de ballenas, como indicaban sus manifiestos, sino que al contrabando en los puertos de Sudamérica, aprovechando la situación de guerra que se vivía en España contra Napoleón. Esto le impedía al gobierno de este país mantener un adecuado abastecimiento de las colonias. Además, gravaba con impopulares impuestos las mercaderías que no fueran de procedencia peninsular, lo que estimulaba la venta clandestina.

Desde mucho antes, los contrabandistas, como piratas y corsarios, frecuentaban las caletas que el gobierno central no podía custodiar por falta de contingente y por lo extenso del litoral. Por ahí se descargaban muchas mercaderías. Entre las más apetecidas estaban las telas inglesas que vestían las damas de la sociedad chilena. La verdad era que, frente al desabastecimiento de varios artículos, no existían muchos interesados en impedir el alijo y algunas autoridades hacían la vista gorda.

A marzo de 1807, durante su segundo viaje a Chile, Bunker conoció en Quilimarí, que parecía ser un sitio muy apreciado para los negocios ilícitos, a un ciudadano, no se sabe si inglés o norteamericano, llamado Henry Faulkner, que ejercía de médico en Quillota, aunque jamás acreditara tal profesión.

Faulkner se presentó como representante de un grupo de comerciantes interesados en una muy importante partida de telas inglesas, que reportarían a todos grandes utilidades. Bunker, entusiasmado con la perspectiva de un buen negocio, aceptó y fijaron para mediados del año siguiente la fecha del reencuentro, en Topocalma, caleta en la costa de Colchagua, al parecer otro paraíso para el contrabando.

Una vez en Inglaterra, Bunker junto a sus socios, se prepararon para tan importante negocio. Carenaron la fragata, elevaron sus amuradas, la armaron con más de veinte cañones, impermeabilizaron sus bodegas, la dispusieron para una tripulación de cincuenta hombres, todos armados para resistir abordajes u asaltos.

Zarparon de Plymouth el 6 de marzo de 1808, cargados con ochenta mil libras esterlinas en géneros y telas de hilo. Hizo puerto en Las Malvinas, para reabastecerse y, con puntualidad inglesa, arribó a Topocalma el 15 de Julio, ocultándose detrás de una puntilla denominada del Chivato. Bunker hizo descender a siete de sus tripulantes, algunos de los cuales hablaban español, para que tomaran contacto con su cliente.

Los marinos no encontraron a Faulkner, sino a un hacendado llamado José Fuenzalida, a quién intentaron venderle algunas mercancías. Por coincidencia, o porque tuvo algún encuentro previo, Fuenzalida conocía a Faulkner y ofreció enviar a matacaballo, a Quillota, donde residía, una carta avisando la llegada del Scorpion. Al mismo tiempo, envió otra carta a Francisco Antonio de la Carrera, subdelegado del distrito de Colchagua, avisándole de la presencia de una nave sospechosa en Topocalma.

Reunidos en la hacienda de Fuenzalida, el dueño, más Faulkner y Carrera, decidieron apoderarse del barco y sus mercaderías, amparándose en las leyes que prohibían el contrabando, pero como no se atrevían a enfrentar a los cincuenta marinos de la fragata, decidieron buscar otros cómplices de alto vuelo.

Para eso y ocultando su propósito, Faulkner abordó la Scorpion y tomó muestras de las telas para presentar a los supuestos compradores. Ya había arreglado con Fuenzalida para que en su hacienda acogiera a Bunker y a otros oficiales de la tripulación, a objeto de ganar tiempo mientras él hacía los arreglos. El incauto Bunker los veía como arreglos comerciales. Los otros, como arreglos para apoderarse de la nave y de la mercadería.

Pero pasaron los días sin noticias de Faulkner, por lo que el capitán, temeroso de ser sorprendido, decidió hacerse a la mar, comprometiéndose a regresar el 25 de septiembre. Suponía que para esa fecha ya estaría todo listo para formalizar el negocio. Fuenzalida, como muestra de buena fe, le regaló unas vacas para que alimentara a su tripulación durante este tiempo.

Pero el mismo Fuenzalida viajó a Santiago con una carta del subdelegado Carrera para el Gobernador García Carrasco, explicándole el plan. Al gobernante, que no tomaba ninguna decisión sin la aprobación de Martínez de Rosas, le interesó la posibilidad de incrementar sus arcas personales con parte del botín, lo mismo que a su secretario y decidieron participar en el plan, cobrando el 85% de las utilidades. No les gustó para nada a los autores de la idea la codicia de los gobernantes, pero no les quedó otra que aceptar. Todos juntos urdieron la celada y las autoridades comprometieron la participación de ochenta soldados, elegidos de entre los Dragones del Rey.

Entretanto Bunker recaló en Tongoy y desde ahí, a caballo, se dirigió a La Serena, donde buscó a un antiguo conocido, George Edwards, tripulante del Scorpion en su primer viaje a Chile. Edwards decidió quedarse en tierra en esa oportunidad y ahora se negó a entrevistarse personalmente con el capitán, pero le envió, con un pescador, una carta anónima escrita en inglés en la que le advertía que estaban complotando en su contra. Bunker no se imaginaba la altura que había tomado el asunto y menos que estaba siendo espiado mientras planificaban su captura y la de su carga, razón de la cautela de Edwards.

El capitán, intrigado por la información recibida, se dirigió a Coquimbo con el ánimo de reunirse con su antiguo amigo y pedirle más antecedentes, pero no consiguió más datos y en la fecha prevista recaló en Topocalma, desoyendo la advertencia de Edwards.

Una fogata en tierra les avisó que los esperaban. Bunker envió al teniente Isaac Ellard, su segundo, para trasladar a bordo a Faulkner, quién regresó a la nave acompañado de Carrera y un personaje llamado Pedro Sánchez, que se presentó como mayordomo del Marqués Larraín, señalado por Faulkner como el principal cliente en el negocio.

Al final, acordaron que el 14 de Octubre se reunirían en Quilimarí, donde se haría la transacción, la que sería pagada con monedas de plata y barras de cobre.

Fuenzalida, en un acto de arrepentimiento, sugirió a sus cómplices que al capitán Bunker lo hicieran parte del negociado. Argumentaba que el haberlo tenido como huésped había permitido el comienzo de una amistad y le parecía demasiado ruin el dejarlo en la calle luego de la captura de la nave. Los demás no estuvieron de acuerdo y desde ese momento dejaron de informar al hacendado del curso que seguían los acontecimientos.

La nave llegó el día 13 al destino previsto y muy pronto se encendieron en la playa las señales convenidas. Bunker bajó a tierra en un bote para regresar a bordo una hora después en compañía de Faulkner, Carrera, Sánchez y el mismísimo Marqués Larraín, que lucía en su pecho la cruz de la orden de Carlos III, símbolo de su rango. Claro que se trataba de un marqués de utilería, el verdadero solo supo que estaba mencionado en este turbio negocio bastante tiempo después.

Una vez a bordo, el ingenuo inglés, iracundo, les mostró la carta que le enviara Edwards, advirtiéndole una traición. Por supuesto que los coludidos negaron todo, jurando que solo los movía el deseo de hacer negocios y destacando que en todo momento lo habían tratado como a un amigo. Bunker, convencido, les creyó y entre abrazos olvidaron el incidente.

Comenzó la descarga de las telas y la carga de la plata y las barras de cobre, que habían sido previamente entregadas por el gobierno de García Carrasco para ser utilizadas como cebo. Los confabulados apuraban la maniobra para, según ellos, evitar ser sorprendidos durante el proceso.

Cuando concluyó la transacción, invitaron a Bunker a cenar en una ramada que habían levantado en la playa, junto a los oficiales que estaban en tierra. Otros marinos permanecieron en los alrededores, esperando a su capitán para abordar el Scorpion y desaparecer con su carga.

De pronto, en medio de una gran batahola, aparecieron los ochenta soldados del regimiento de Dragones, vestidos sin sus uniformes y con la cabeza cubierta por pañuelos blancos. Cuando Bunker se puso de pié para ver lo que ocurría, recibió la primera puñalada por la espalda. Aún herido intentó huir, pero lo capturaron y lo ultimaron a sablazos y puñaladas, lo mismo que ocurrió con otros siete marineros que intentaron oponer una débil resistencia. Nadie esperaba el ataque. A todos los sepultaron en la arena.

En los botes, que permanecían en la playa, embarcaron los Dragones para asaltar la nave en plena oscuridad. Asesinaron a los dos marinos de guardia y al resto, que estaban desprevenidos o durmiendo, los tomaron prisioneros. Junto a los oficiales que capturaron vivos en tierra los trasladaron a Valparaíso. Salvo Ellard, el destino del resto se desconoce.

En cuanto García Carrasco supo del éxito de la operación, declaró al Scorpion y su carga como bienes de presa, lo que permitía el reparto entre los coludidos, a los que les había otorgado una patente de corso ―del todo irregular― para justificar su hazaña. La autoridad de Aduana insistía en que la carga del barco era contrabando, por lo que debía ser confiscada en beneficio de Su Majestad el rey de España, aduciendo que la guerra entre la Madre Patria e Inglaterra había terminado antes y todos estaban en conocimiento de ello, por lo que no correspondía actuar en corso en contra de naves de un país que ahora era considerado amigo. García Carrasco hizo oídos sordos a los reclamos del funcionario.

De regreso en Valparaíso, algunos soldados del regimiento de Dragones, avergonzados por la felonía que habían cometido, asesinando a marinos indefensos, comentaron lo ocurrido y la noticia se expandió como mancha de aceite. La opinión pública se volvió del todo en contra de los autores del crimen, a los que bautizaron como escorpionistas, insultándolos en las calles, intentando incluso el linchamiento, por lo que algunos debieron salir del país o cambiar su ciudad de residencia.

Martínez de Rozas, que envió con un hijo su parte del botín a Perú, fue muy cuestionado por su participación en los hechos, debiendo buscar refugio en Concepción mientras se calmaban las aguas. Aunque algunos años después volvió en gloria y majestad a la política.

García Carrasco, al amparo de un escrito que él envió informando su versión de los hechos, fue felicitado por el Gobierno español ─durante la guerra asentado en Sevilla─ por la captura del contrabandista, pero pronto comenzaron a llegar cartas de otros involucrados, entre ellas una de Fuenzalida, quien fue marginado del reparto del botín, más una declaración del Isaac Ellard, el segundo de a bordo de la Fragata Scorpion, en las que se reseñaba, con lujo de detalles, la verdad. En medio del caos bélico de Europa, el Gobernador logró sobrevivir en su puesto hasta la creación de la Primera Junta de Gobierno. Desacreditado por este caso y muchos otros, luego de entregar el mando, viajó al Perú, donde murió en 1813, sin recibir el pago que le correspondía en el “negocio” de la Scorpion, según consta en cartas que envió a contactos en Chile reclamando y declarándose en bancarrota.

De la Scorpion, algunos aseguran que fue hundida en Quilimarí luego de ser desvalijada, otros que la trasladaron a Valparaíso, donde fue rematada.

Lo más curioso es que, en medio de la trifulca política que desencadenó este triste episodio, Tristán Bunker y sus nueve marineros fueron olvidados. Nunca se juzgó a nadie por su asesinato.

Por Fernando Lizama Murphy

Un comentario en “LOS MUERTOS DEL SCORPION

  1. gustavo collao mira

    Estimado Fernando:

    Muy interesante, como siempre tus crónicas, y también ésta la de la inglesa Fragata Skorpión al mando de Tristán Bunker. Hay tanta historia interesantísima en Chile a partir de 1536 y los chilenos conocemos tan poco de nuestros ancestros. Solo agrego a esta documentada crónica tuya que nuestro segundo Vocal de la Primera Junta de Gobierno, Juan Martínez de Rozas, se comportó igual que los políticos de hoy: participó en el negociado de las telas, cobró su parte alícuota y, medio pillado, se fue a refugiar a Concepción para luego, más tarde, volver a la política “en gloria y majestad”. Felicitaciones.

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