LOS “EXTIRPADORES”, LA INQUISICIÓN ANDINA

Crónica de Fernando Lizama-Murphy

La extirpación de idolatríasLa Inquisición es una de las organizaciones más perversas que ha creado el hombre. A su amparo se torturó, asesinó, quemó, expolió y se cometieron todos los abusos más brutales que el ser humano pueda imaginar. Inicialmente sus blancos fueron judíos y musulmanes, pero no tardó en hacer extensiva su persecución a todo aquello que a la Iglesia Católica le parecía herejía. En España representó un freno severo para el progreso científico y el bienestar económico, pese al torrente de caudales que recibían desde América.

Digamos que en la América española fue menos sangrienta. Los tribunales inquisitoriales, que fueron tres (México, Cartagena de Indias y Lima) comenzaron a funcionar alrededor de 1560 y desaparecieron hacia 1820, junto con la independencia de las naciones. En ellos existen antecedentes de no más de ochenta personas ejecutadas durante todo ese período, lo que podríamos considerar poco frente a los miles que murieron en Europa por esta causa.

Pero en el Perú, surgió una forma paralela de inquisición. Se trató de la Extirpación.

En 1608 Francisco de Ávila, el cura de Huarochiri, localidad distante a 110 kilómetros de Lima, recibió una denuncia de Cristóbal Choquecaxa, uno de los ciudadanos más prominentes del pueblo, que apuntaba a que, en secreto, los naturales continuaban adorando tanto a las antiguas deidades precolombinas, como a las reliquias de sus antepasados. Todo esto pese a que habían recibido el bautismo hacía ya mucho tiempo.

Para el arzobispado virreinal esta noticia fue un balde de agua fría. Ya llevaban setenta años de evangelización y suponían que sus logros habían sido definitivos, que la herejía estaba desterrada. El hecho de saber que se continuaban practicando antiguos ritos representaba un fracaso para la iglesia, que optó por nombrar al propio Ávila con el cargo de “Juez Extirpador de Idolatrías”. Su misión, erradicar de raíz todos los cultos que invocaban a la divinidades ancestrales, tales como Pariacaca, el dios de las lluvias o Illapa, el dios del clima, que eran los más adorados.

Por supuesto que, avisados por este cura, pronto desde el arzobispado comenzaron a descubrir muchas otras comarcas andinas ─algunas muy distantes de la capital─ en las que se continuaba con esas prácticas que suponían extintas, lo que hizo necesario nombrar varios jueces exterminadores para la misión.

Sin duda que, desde el punto de vista de la Iglesia Católica, la labor de los extirpadores fue provechosa porque muchos cultos se fueron extinguiendo o por lo menos atenuando. Además, contribuyeron a recopilar riquezas ocultas en templos clandestinos y casas cuyos moradores las resguardaban como objetos de idolatría. De hecho, existieron algunos extirpadores que se dedicaron con más afán al expolio de joyas que a la destrucción de los elementos rituales.

Si seguimos a Ávila y su gestión de exterminio podemos saber que su primera actividad tuvo lugar en la localidad de Huarochirí, ubicada a unos 100 kilómetros al oriente de Lima, donde se dirigió, incluso antes de informar a sus superiores, apenas tuvo conocimiento de que sus habitantes continuaban creyendo en sus antiguas divinidades. En ese lugar amonestó a los feligreses desde el púlpito instándolos a abandonar los ritos paganos y a entregar las imágenes de sus dioses. Algunos lo hicieron, pero la mayoría de los pobladores, aconsejados por una sacerdotisa, en lugar de acceder interpusieron algunas denuncias en contra del cura con el ánimo de que fuese trasladado a otra región. Él, para defenderse, optó por informar al arzobispado sobre lo que estaba ocurriendo. La reacción de la autoridad religiosa, previa confirmación de la veracidad de lo denunciado, fue otorgarle el cargo mencionado y poderes para llevar a cabo su misión.

Entonces, intentando llegar al meollo del asunto, Ávila comenzó por buscar a los sacerdotes de los cultos ancestrales. El primero en ser capturado fue Hernando Paucar, al que informó que había sido denunciado por sus feligreses. Paucar reaccionó tal como el cura esperaba: furioso, comenzó a delatar a todos aquellos que le seguían en su fe. Esto constituyó la punta de una madeja que el “extirpador” supo aprovechar muy bien y condenó a muchas personas, en la mayoría de los casos con la deportación a Lima, desde donde eran enviados a trabajar en las minas. No hubo condenas a muerte por parte de los extirpadores, porque la población andina había disminuido mucho por la sobreexplotación, las pestes y las guerras y los colonizadores necesitaban más mano de obra esclava. Los muertos no servían para trabajar.

Al mismo tiempo Ávila hizo destruir millares de huacas de cerámica y de piedra; las de madera se incineraban y las de oro o plata eran abolladas y enviadas a la parroquia. Según un balance del cura, estimó en veinte mil las imágenes destruidas.

Pero lo que más afectó emocionalmente a los que profesaban los cultos precolombinos fue la profanación e incineración de los malquis o momias de los antepasados. Los nativos le atribuían la protección de los ayllu (familias), como asimismo la fertilidad de la tierra. Para ellos era de gran importancia la conservación de sus cuerpos momificados, a los que en la práctica no consideraban muertos, pues continuaban estando presentes en muchas actividades de la vida comunitaria.

Era tanto lo que reverenciaban a sus momias que, aunque los cuerpos fuesen incinerados, recogían sus cenizas para conservarlas. Cuando los ministros de la iglesia lo supieron comenzaron a arrojar los restos a los ríos para que no quedara nada que adorar.

Pese a los intentos de exterminarlos los cultos siguieron profesándose, recurriendo a todo tipo de artimañas como una forma de resistencia a la colonización española y también como un intento de perpetuar las tradiciones. El hecho de que destruyeran las huacas no significó que ellas dejaran de existir. Cada pedazo de piedra o de cerámica destruida por los defensores de la doctrina cristiana se convirtió en objeto de culto para los andinos porque, según ellos, esos pequeños trozos conservaban todo el poder atribuido a los dioses a los que pertenecieron, con la ventaja de que por su forma y tamaño resultaban más fáciles de ocultar.

Por supuesto que todo esto produjo rivalidades y disputas serias entre aquellos conversos que respaldaban la labor de los curas y quienes consideraban una afrenta a la memoria de sus ancestros lo que estaban haciendo. Incluso dentro de las mismas familias ocurrieron confrontaciones por esta causa, lo que aprovechaba la Iglesia para obtener más denuncias y continuar con su misión extirpadora.

En Cajatambo, otro poblado andino, distante a 220 kilómetros de Lima, se dio la jocosa situación de que los seguidores de los cultos precolombinos retiraron sus malquis de las cuevas en las que los conservaban  y los ocultaron en las sepulturas que los cristianos tenían dentro de las iglesias para sacarlos de ahí cuando eran necesarios para alguna celebración. Por supuesto, todo a espaldas del cura.

En otros lugares comenzaron a reemplazar las imágenes de sus ídolos por las de Jesús, vírgenes y santos cristianos, especialmente santo Tomás, a los que adoraban como si sus dioses estuviesen disfrazados, o dentro, como imaginarias muñecas rusas, para no ser descubiertos.

Sin duda que, desde el punto de vista de la Iglesia Católica, la labor de los extirpadores fue provechosa porque muchos cultos se fueron extinguiendo o por lo menos atenuando. Además, contribuyeron a recopilar riquezas ocultas en templos clandestinos y casas cuyos moradores las resguardaban como objetos de idolatría. De hecho, existieron algunos extirpadores que se dedicaron con más afán al expolio de joyas que a la destrucción de los elementos rituales.

Con el mismo ánimo de ocultar a estos depredadores la existencia de sus cultos, gran parte de las ceremonias y de los bailes rituales se dejaron de practicar, porque los curas no siempre se tragaron el anzuelo de que se trataba de homenajes para los santos cristianos.  A otras danzas, para no ser descubiertos, les dieron un carácter folklórico más que ritual y en muchas de ellas incluían a niños como bailarines, a los que enviaban en representación de sus padres.

Las tres campañas de extirpación

En la historia del Perú se reconocen tres campañas de extirpación. La primera, la de Francisco de Ávila, que se prolongó entre 1609 y 1620. Luego se desarrolló una mucho más breve, entre 1625 y 1626, que estuvo a cargo de Gonzalo de Ocampo. La más prolongada fue la última, que duró tres décadas. La manejó Pedro de Villagómez y se prolongó desde 1641 hasta 1671.

Pero pese a toda la destrucción, al miedo que sembraron, a los rencores que despertaron entre los moradores de los distintos pueblos en los que se llevó a cabo este proceso, los extirpadores no consiguieron suprimir definitivamente la idolatría y hasta hoy en los Andes peruanos, bolivianos, chilenos y argentinos, sobreviven cultos a la Pachamama y a otras divinidades.

Además, perviven muchas celebraciones en las que se mezclan los homenajes a los dioses ancestrales y a los santos cristianos y que ahora son aceptados por la Iglesia, como la fiesta de La Tirana.

Lo otro que nunca pudieron eliminar fue el culto a los Apus, las montañas, que desde tiempos inmemoriales son consideradas como seres vivos en los cultos andinos y a las que se le atribuyen influencias en los ciclos vitales de las zonas que dominan. Ellas esconden la fuerza irresistible del fuego en el corazón de los volcanes y desde ellas descienden las aguas de los deshielos, imprescindibles para los cultivos en la temporada seca.

Entre Perú Bolivia, Chile y Argentina existen más de veinte Apus o Apus Wamani, en los que se siguen descubriendo entierros, productos de sacrificios ceremoniales o rastros de antiguas celebraciones.

Quizás algunas de estas celebraciones ocurrieron después de la desaparición de los extirpadores.

 

Fernando Lizama Murphy

Agosto 2016

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