LA VIDA DEL OBISPO EN UN PARTIDO DE CHUECA

la chuecaCrónica de Fernando Lizama-Murphy

Un episodio Olvidado de la Guerra de Arauco

Hablando con franqueza, debo hacer presente que las autoridades españolas creyeron ver siempre en el juego de la chueca el enemigo mas poderoso de la dominación araucana; i no dejaban de tener razón, pues mediante ella los indios se hacían fuertes guerreros e indomables por su valor, ligereza i resistencia en el ataque.Si bien es cierto que este juego se presta a desórdenes e incorrecciones de toda especie, no es menos cierto que levanta el espíritu, templa los nervios i forma hombres de arrojo i de carácter firme, haciendo gozar al cuerpo de todos los beneficios que la ciencia exije para robustecer los organismos débiles.

Manuel Manquilef (Comentarios del Pueblo Araucano-1911)

 La guerra es la manifestación extrema de la inagotable capacidad de autodestrucción del hombre. En ella se evidencia toda la bestialidad del género humano. Pero también entrega algunas lecciones, que casi nunca aprendemos, e historias que no quedan registradas en las síntesis que se difunden en los libros, pero sí en los recuerdos de cronistas, o de quienes las vivieron, o de sus descendientes.


La frontera de Arauco era un terreno frágil. La vida nunca fue tranquila, pese a que varios caciques, hartos de luchar, se sometían al dominio español y a la religión católica. Pero otros permanecían rebeldes y transar con el invasor no estaba en sus planes. Para ellos, los sometidos eran traidores a sus ancestros.

Por eso, cuando el 28 de Octubre de 1793, Francisco José de Marán y Geldres, Obispo de Concepción, abandonó su sede episcopal para viajar a Chiloé en visita pastoral, sentía un justificado miedo. Era natural del Perú y cuando asumió su cargo en 1779, jamás imaginó que la diferencia de actitud ─que tanto mentaban en la región que venía a evangelizar─ entre los sumisos indígenas de su país y los feroces mapuches, fuera verdad. Antes de su arribo, suponía que exageraban.

Ahora, al partir hacia el sur, sabía que en el camino encontraría muchos indios amigos, pero asimismo sabía que su vida corría peligro si llegaba a caer en manos de los rebeldes. Tratando de garantizar su seguridad, el intendente puso a su disposición un destacamento militar, además de enviar mensajeros a los caciques leales, anunciando el arribo de Su Eminencia, que impartiría sacramentos entre los nuevos feligreses que, por las buenas o por las malas.

A medida que pasaba por territorios ocupados desde siempre por tribus ahora leales, se unían a su séquito guerreros mapuches que, sumados a los soldados españoles, le brindaban protección y una relativa seguridad.

Todo marchó bien hasta Arauco, pero desde ahí, el camino se tornó más complejo, pese a que el grupo se incrementaba con la presencia de guerreros de distintas tribus.

Cuando la comitiva se acercaba a Tirúa, el silencio del bosque se interrumpió con una música atronadora. Era el cacique Huentelemu, con tropas provenientes de Lleulleu, Tucapel y Tirúa, que parecían dispuestas a incorporarse protegiendo al purpurado. Pero en los bosques de los alrededores se movían indios ocultos entre los árboles, que los soldados españoles vieron como movimientos de troncos en la vegetación. El miedo al enemigo y la superstición, aumentaron la intranquilidad, contagiando al obispo y al séquito de sacerdotes, acompañantes en su misión religiosa.

Una inquietud casi demencial se respiraba en el ambiente. Para abandonar pronto esas tierras inhóspitas, marcharon a pie forzado por varios días. Las monturas eran privilegios de pocos.

Una tarde, agotados por la larga caminata, armaron el campamento en el sitio que al jefe del destacamento militar le pareció más seguro. Solo los centinelas se mantenían despiertos al momento en que un estrépito retumbó en todo el cajón cordillerano de Nahuelbuta. Los soldados, con el terror reflejado en el rostro, empuñaron las armas justo cuando la corona de las montañas colindantes se tiñó con el resplandor del fuego. Casi al mismo tiempo, una indiada, gritando “malón, malón” se abalanzó sobre el contingente del obispo, mientras Huentelemu con sus tropas cambiaba de bando.

A duras penas el purpurado y los sacerdotes abandonaron sus carpas, montaron sus cabalgaduras y huyeron por entre las quebradas, protegidos por algunos soldados, que también trataban de salvar sus pellejos. Pero fueron capturados.

Las tropas del cacique Curimilla, que continuaban leales a la corona y a la fe, lograron bloquear la retirada de los rebeldes, que se retrasaron buscando a los fugados. Cara a cara las dos fuerzas, parecía que el único camino era el enfrentamiento entre mapuches. Gran parte de las tropas del rey, los curas de Marán y él mismo, ya eran prisioneros de Huentelemu.

Pero los caciques necesitaban de sus hombres y no deseaban sacrificarlos en una lucha fraticida. Por eso, en medio del grito ensordecedor de sus adeptos, parlamentaron y resolvieron que el destino del obispo y de los demás cautivos se definiría en una serie de tres partidos de chueca, el deporte de los mapuches.

Buscaron el lugar más adecuado para el enfrentamiento, seleccionaron a los valientes que representarían a cada bando y se prepararon para las confrontaciones que definirían la suerte de los rehenes.

Los defensores de Marán y sus huestes se mantenían en silencio, quizás pensando en por qué tenían que luchar por alguien que no era de su sangre. En cambio las tropas de Huentelemu, avivadas por él, que a modo de poncho vestía la casulla púrpura del obispo, lanzaban alaridos frenéticos, seguros de su victoria y sedientos de la sangre de los cautivos. En un rincón del campamento rebelde se podía ver la triste figura del obispo, pálido, extenuado, confesándose con un sacerdote que le daba la absolución.

Curimilla y los demás caciques leales, planificaron una estrategia y enviaron al primer partido un contingente débil, que tenía como misión principal agotar al rival. Suponían que, entusiasmados como estaban por las arengas de su líder, cargarían con todo para conseguir la victoria.

Y así ocurrió. Los hombres de Huentelemu, después de un largo y agotador partido de chueca, consiguieron un triunfo celebrado a gritos, burlándose de sus rivales, que, heridos en su amor propio, juraron vengarse en el partido siguiente.

Ahí Curimilla incluyó a sus mejores hombres, a los más robustos y fornidos, a los más resistentes a los golpes y las fatigas, mientras por el otro lado, debieron reemplazar a los exhaustos por jugadores menos hábiles.

Al atardecer y luego de una ardua lucha, lograron la victoria los hombres leales al obispo. La definición del pleito quedó postergada para el día siguiente.

Nadie durmió esa noche; todos se preparaban para el partido definitivo, que se inició cuando amanecía y al que se incorporaron los dos caciques, cada uno apoyando a los suyos. Pero ya no fue una confrontación deportiva. Las chuecas no buscaban la bola sino el cuerpo de los rivales y cuando se quebraban en el fragor del partido, continuaban golpeándose con los puños. A media mañana, parecía que los triunfadores serían los hombres de Huentelemu.

Marán, espectador obligado desde su incómoda posición, sentía los golpes como si se los dieran a él. Lo recorría un sudor frío imaginando la suerte que le esperaba. En un momento se puso de rodillas y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones: “Señor, Señor ¿por qué me habéis abandonado? Estoy dispuesto al martirio por ti, pero no olvidéis que sólo soy un hombre”.

Para callarlo, alguien le golpeó la cabeza. En ese instante solo deseaba morir. Pero la situación produjo el milagro de distraer a Huentelemu, lo que aprovechó Curimilla para descargar sobre la chueca del cacique rival un golpe con tanta fuerza, que saltó convertida en astillas. Aprovechando la confusión, corrió hasta el sitio en el que estaba la pelota en disputa y la golpeó hacia sus guerreros, que traspasaron la línea de meta, conquistando el triunfo.

Francisco José de Marán y Geldres no podía salir de su letargo, pese a la victoria que le daba la libertad. Al principio, no sabía si los gritos de alegría provenían de sus aliados o de sus enemigos. Una vez repuesto del susto y de los golpes, decidió que lo mejor era regresar a Concepción. Continuar hasta Chiloé podía significar la oportunidad de la revancha para Huentelemu y era un riesgo que prefería no correr.

La ciudad, avisada por los mensajeros del anticipado retorno del Obispo por la situación vivida, salió a recibirlo en medio de gritos de alegría, como si regresase de la tumba.

Un año después, Monseñor Francisco de Marán se trasladó a la diócesis de Santiago, donde fue obispo hasta 1804. Falleció en la capital, en 1807.

©Fernando Lizama Murphy / Enero 2015

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