Illariy, una muchachita quechua de catorce años, nunca imaginó que la atronadora y prolongada erupción del volcán Sabancayo, ocurrida en 1450, le costaría la vida y en cierta forma, le daría eternidad.
Durante más de seis meses el macizo andino, cercano a Arequipa, estuvo escupiendo lava, humo y cenizas sobre los poblados vecinos. Los cultivos se dañaban, los guanacos, las llamas y las vicuñas, estaban inquietas. Nadie se sentía a salvo. Seguir leyendo «La Dama de Ampato»→
“Fue la gaucha-gaucho, la mujer-hombre, arrojada y valiente. Fue la gaucha rebelde que se convirtió en mujer samaritana. Fue la gaucha cerril que se convirtió en santa gaucha. Fue el gaucho de la región andina y de la travesía. Martina Chapanay fue expresión del valor y capacidad de la mujer de la travesía».
José Casas.
Sobre Martina Chapanay, en Argentina, se han escrito novelas, ensayos y poemas. Se han filmado películas y representado obras de teatro. En su honor hasta se puede escuchar en YouTube una cueca sanjuanina interpretada por los Trovadores de Cuyo. (VER)
Su supuesta tumba, en la localidad de Mogna, pueblo ubicado a 120 km al norte de San Juan, es objeto de peregrinación y los campesinos del sector le atribuyen milagros, como rescatar ganado perdido, arreándolo de vuelta donde sus dueños y esfumándose cuando los ve a salvo.
Pero como ocurre con muchos personajes que surgen espontáneamente (sobre todo en zonas rurales remotas en las que la soledad abre la imaginación para dejar un generoso espacio a las leyendas) y que por sus actos se arraigan en la cultura popular, el mito se confunde con la realidad y abundan las versiones sobre sus orígenes, sobre su vida y obra, sobre su muerte y el sitio en el que descansan sus restos. Los “dicen que” o “me contaron que” inician la construcción de múltiples personalidades a partir del ser humano que les dio vida. Y en este caso los “dicen que” son abundantes e inevitables. También los “casi”. Porque casi nada es certero, casi ninguna verdad es definitiva, casi toda su vida tiene un episodio alternativo.
Mártires de Elicura. Sacerdotes jesuitas siendo asesinados por guerreros mapuches en 1612. Hist. de Chile. Padre Alonso de Ovalle.
Durante la conquista de América existieron muchas figuras que la historia fue sumiendo en una especie de nebulosa. De estos hechos y personajes ―de algunos más que de otros― existen registros, crónicas y tradiciones que con los años se fueron distorsionando hasta convertirse en mitos o leyendas, cuya verdad, en algunos casos, dejó de ser importante para que sobreviviera la fábula.
Entre ellos la historia ha destacado, para bien o para mal, a muchos hombres de iglesia que participaron en el proceso colonizador. Aunque hay varios cuyas acciones no han tenido la trascendencia que debieran para las nuevas generaciones, que simplemente los han echado al olvido.
Uno de ellos es el jesuita Luis de Valdivia.
El padre Valdivia nació en Granada en 1560 y a los veinte años ingresó a la Compañía de Jesús. En 1589, recién ordenado, fue enviado como misionero al Perú, donde permaneció por cuatro años. Venía muy influenciado por las ideas y normas que en España dictara el padre Francisco de Vitoria, en cuanto al respeto que los colonizadores debían tener hacia los nativos, sus familias y sus pertenencias; entre ellas, el derecho a la propiedad de las tierras que habitaban por siglos. Esta misma doctrina, ratificada casi por completo en las llamadas Leyes de Burgos y con algunas adaptaciones según las circunstancias, fueron las que siguieron, entre otros, el padre Bartolomé de las Casas en México y fray Gil González de San Nicolás, sacerdote dominico, en Chile. A este último, su fidelidad a los dictados del padre Vitoria lo convirtió en el primero que objetó las políticas bélicas utilizadas para enfrentar a los mapuches.
Grupo de tehuelches. Dibujo de 1832 realizado durante el viaje de Jules Dumont d’Urville.
Según Antonio Pigafetta, el cronista veneciano que, como integrante de la expedición de Hernando de Magallanes, vivió cerca de ellos, los primeros contactos que tuvieron los españoles con los aónikenk ─como se llamaban a sí mismos los habitantes del extremo sur de América, zona que después sería bautizada como Patagonia─ fueron cordiales. Mediante gestos intercambiaron baratijas por pieles y carne de guanaco, además de recibir plumas y huevos de ñandú. No hubo oro, riquezas u otro tipo de minerales o piedras, de esas que tanto ambicionaban los colonizadores.
Los aborígenes del cono sur eran cazadores semi nómades que vivían pacíficamente de lo que la tierra les proveía en una de las regiones más inhóspitas del planeta. Para la cacería, principalmente de ñandúes y de guanacos, eran diestros en el uso del arco y de las boleadoras, arma que manejaban con particular destreza. Estos seres, salvajes para los parámetros de los europeos de la época, porque nunca antes tuvieron contacto con otras culturas que no fueran las de sus vecinos cercanos, causaron una tremenda impresión en los navegantes por su descomunal estatura.
Pigafetta, en su libro Relazione del primo viaggio intorno al mondo (1524), describió así al primer aónikenk que vio:
Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos rodeados por un círculo amarillo y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo.
Como en casi todos los episodios de su vida, el poeta (Neruda) convertirá la historia del Winnipeg en un mito. Un poema de heroísmo y libertad. «Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie».
(Andrés Gómez Bravo, diario La Tercera, 1° de septiembre de 2009)
Pasajeros del Winnipeg descendiendo en Valparaíso el 2 de septiembre de 1939.
Quizás uno de los hechos más destacados de la vida del poeta Pablo Neruda fue organizar el viaje, para su asilo en Chile, de más de dos mil refugiados españoles que permanecían hacinados en campos de concentración franceses o en el norte de África a la espera de un milagro que lograra sacarlos de la muy precaria situación en la que se encontraban. Se calcula que sólo en el último año de la Guerra Civil entre 400.000 y 500.000 hispanos se sintieron obligados a buscar protección en países vecinos ante la inminencia de la victoria de Franco. Se estima también que alrededor de 120.000 de ellos fueron a parar a los campos de refugiados que los franceses les habilitaron, miserablemente provistos, en los que la vida fue en extremo difícil.
Algunos investigadores afirman que esta fuga masiva, descontrolada, histérica, se debió a una sicosis colectiva provocada por los mismos republicanos derrotados con el fin de estigmatizar a los vencedores, más que a un afán vengativo de éstos. Sea como fuere, la fuga existió y condenó a mucha gente inocente a un calvario. Las familias se disgregaron, la pobreza se apoderó de lo cotidiano y debieron someterse a innumerables humillaciones con el único propósito de sobrevivir.
James Thomas Humberstone no fue el que descubrió el salitre ni sus propiedades, pero fue el que revolucionó la industria extractiva y los procesos consiguiendo rendimientos muy superiores a los que se obtenían en esa época y mejorando notablemente la calidad de vida de los pampinos. Tampoco fue el propietario de la salitrera que hoy se conserva como el museo al aire libre más importante de Chile, pero fue tan grande su aporte a esa industria, que se la rebautizó con su nombre.
Nació en Dover, Inglaterra, en 1850. Era hijo de un modesto funcionario de correos, que fue trasladado a Londres. En esta ciudad James comenzó a trabajar en la London and North Western Railway, una empresa ferroviaria donde adquirió conocimientos básicos de mecánica y de química, disciplina ésta que lo sedujo. Decidió que su futuro se encaminaría hacia esos estudios e ingresó a los cursos nocturnos del Mechanical Institute, donde se destacó por su dedicación, lo que le valió una beca de £ 50 para que pudiera continuar en la Escuela Real de Minas, donde obtuvo el título de Ingeniero Químico.
Con su diploma bajo el brazo recibió una oferta de trabajo desde Perú para trabajar en la oficina salitrera San Antonio de Zapiga, de Campbell Outram & Co. Recaló en Pisagua, entonces puerto peruano, el 6 de enero de 1875 para desempeñarse como ayudante del jefe de laboratorio, pero éste falleció de disentería a los pocos días de arribado Humberstone, asumiendo él el cargo.
Este triunfo y cien más se harán insignificantes si no dominamos el mar.
John Illingworth Hunt (1786-1853)
Con esta frase Bernardo O´Higgins dejaba muy en claro que sin el dominio del mar, la independencia de Chile y de los otros países de Sudamérica corría un severo riesgo. Por eso y pese al precario estado en que quedaron las finanzas públicas después de la travesía de Los Andes para lograr la derrota terrestre de los realistas, se empeñó en crear una escuadra que le permitiera hacer frente a la flota española del Pacífico.
Para poder obtener armas y apoyo para la naciente república, nombró a José Antonio Álvarez Condarco, un ingeniero argentino que había participado en la preparación y en la posterior incursión del Ejército de Los Andes, para que representara al gobierno chileno en Inglaterra e hiciera gestiones encaminadas a conseguir naves y oficiales calificados.
Las gestiones del comisionado no pudieron ir mejor. Consiguió a Lord Thomas Cochrane, uno de los más avezados marinos ingleses, que en ese momento residía en Francia por problemas de deudas, para que se hiciese cargo de la incipiente escuadra. Seguir leyendo «JOHN ILLINGWORTH HUNT, SEÑOR DEL PACÍFICO»→
Normalmente, cuando pensamos en Rastafari, nos imaginamos personajes con largas y enmarañadas trenzas vestidos en forma estrambótica que escuchan a Bob Marley y su reggae. Y aunque podría tratarse de personas que siguen esa doctrina, es preciso dejar en claro que muchos jóvenes lo han asumido como una moda, pero el aspecto externo no necesariamente identifica a un rasta.
Marcus Garvey en 1924.U.S. Library of Congress, George Grantham Bain Collection.
Y es que el rastafarismo es mucho más que una moda. Es un movimiento religioso que fusiona distintas raíces y que tiene como único Dios a Jah (apócope de Jehová). Surge en Jamaica hacia 1930 inspirado en el discurso de Marcus Garvey.
Garvey nació en agosto de 1887 en la Bahía de Santa Ana, al norte de la isla caribeña. Era hijo de un constructor en cuya casa existía una amplia biblioteca. Se educó en la escuela metodista y en su ciudad aprendió el oficio de tipógrafo. A los dieciséis años se trasladó a Kingston y continuó en el rubro de las impresiones, hasta convertirse en jefe. Quizás por su cultura, muy superior al promedio, fue elegido vicepresidente del sindicato de impresores y desde esta posición patrocinó una huelga del rubro que en 1908 le significó ser despedido de su trabajo.
No perseguí a los judíos con avidez ni placer. Fue el gobierno quien lo hizo. La persecución, por otra parte, sólo podía decidirla un gobierno, pero en ningún caso yo. Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia. En aquella época era exigida la obediencia, tal como lo fue más tarde la de los subalternos.
Adolf Eichmann, durante su defensa
La Segunda Guerra Mundial no concluyó con la rendición de Alemania ni con las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Hubo muchos coletazos posteriores, entre ellos el Juicio de Núremberg, en el que algunos jerarcas nazis fueron condenados a diversas penas. Pero en ese tribunal no estuvieron presentes en el banquillo de los acusados todos los que debieron estar. Muchos, aprovechando la confusión reinante, huyeron hacia distintas partes del mundo. Si hasta existen quienes aseguran que Hitler huyó de Alemania y que su suicidio en el búnker no fue sino un montaje para cubrir la fuga.
Lo concreto es que una parte importante de los jerarcas del Tercer Reich buscaron refugio en Sudamérica, especialmente en Argentina.
El 11 de noviembre de 1817 zarpó desde Valparaíso, con la primera patente de corso otorgada por el Gobierno de Chile y luciendo la bandera a franjas de la Patria Vieja, el Death or Glory. Con tan imponente nombre (“Muerte o Gloria”) es fácil imaginar una gran embarcación, pero sólo se trataba de un lanchón al que tres marineros, ingleses y escoceses, adaptaron una vela latina para dedicarlo al corso (elegante título otorgado al pillaje de altamar o costero, respaldado por un gobierno).
Los tres socios de esta aventura, Henry James, William Mackay y Robert Budge, se encontraban sin trabajo y gastaron sus últimos pesos en dejar la nave en medianas condiciones de zarpar. Lograron reclutar a otros veintidós marineros de distintas nacionalidades para iniciar un viaje con destino incierto. Como el nombre original les resultaba difícil de pronunciar a los de habla castellana, optaron por rebautizarlo Fortuna.Seguir leyendo «EL «DEATH OR GLORY», LA PRIMERA NAVE CORSARIA CHILENA»→