Crónica de Fernando Lizama-Murphy

Durante la conquista de América existieron muchas figuras que la historia fue sumiendo en una especie de nebulosa. De estos hechos y personajes ―de algunos más que de otros― existen registros, crónicas y tradiciones que con los años se fueron distorsionando hasta convertirse en mitos o leyendas, cuya verdad, en algunos casos, dejó de ser importante para que sobreviviera la fábula.
Entre ellos la historia ha destacado, para bien o para mal, a muchos hombres de iglesia que participaron en el proceso colonizador. Aunque hay varios cuyas acciones no han tenido la trascendencia que debieran para las nuevas generaciones, que simplemente los han echado al olvido.
Uno de ellos es el jesuita Luis de Valdivia.
El padre Valdivia nació en Granada en 1560 y a los veinte años ingresó a la Compañía de Jesús. En 1589, recién ordenado, fue enviado como misionero al Perú, donde permaneció por cuatro años. Venía muy influenciado por las ideas y normas que en España dictara el padre Francisco de Vitoria, en cuanto al respeto que los colonizadores debían tener hacia los nativos, sus familias y sus pertenencias; entre ellas, el derecho a la propiedad de las tierras que habitaban por siglos. Esta misma doctrina, ratificada casi por completo en las llamadas Leyes de Burgos y con algunas adaptaciones según las circunstancias, fueron las que siguieron, entre otros, el padre Bartolomé de las Casas en México y fray Gil González de San Nicolás, sacerdote dominico, en Chile. A este último, su fidelidad a los dictados del padre Vitoria lo convirtió en el primero que objetó las políticas bélicas utilizadas para enfrentar a los mapuches.
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James Thomas Humberstone no fue el que descubrió el salitre ni sus propiedades, pero fue el que revolucionó la industria extractiva y los procesos consiguiendo rendimientos muy superiores a los que se obtenían en esa época y mejorando notablemente la calidad de vida de los pampinos. Tampoco fue el propietario de la salitrera que hoy se conserva como el museo al aire libre más importante de Chile, pero fue tan grande su aporte a esa industria, que se la rebautizó con su nombre.

La Segunda Guerra Mundial no concluyó con la rendición de Alemania ni con las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Hubo muchos coletazos posteriores, entre ellos el Juicio de Núremberg, en el que algunos jerarcas nazis fueron condenados a diversas penas. Pero en ese tribunal no estuvieron presentes en el banquillo de los acusados todos los que debieron estar. Muchos, aprovechando la confusión reinante, huyeron hacia distintas partes del mundo. Si hasta existen quienes aseguran que Hitler huyó de Alemania y que su suicidio en el búnker no fue sino un montaje para cubrir la fuga.
La Inquisición es una de las organizaciones más perversas que ha creado el hombre. A su amparo se torturó, asesinó, quemó, expolió y se cometieron todos los abusos más brutales que el ser humano pueda imaginar. Inicialmente sus blancos fueron judíos y musulmanes, pero no tardó en hacer extensiva su persecución a todo aquello que a la Iglesia Católica le parecía herejía. En España representó un freno severo para el progreso científico y el bienestar económico, pese al torrente de caudales que recibían desde América.